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viernes, 2 de septiembre de 2016

CONSUMO VERSUS INVERSIÓN 2/7/16

El Ágora
CONSUMO VERSUS INVERSIÓN

              Durante los años del kirchnerismo la Argentina prácticamente no tuvo ministro de economía (o de finanzas o como se lo llame). En una economía ordenada y libre podríamos decir que no tener un ministro del área puede resultar irrelevante, pero en una economía superlativamente intervenida como la de nuestro país resulta por lo menos incomprensible que el matrimonio Kirchner hubiera desistido de nombrar en esa cartera a un profesional serio con un equipo técnico adecuado.
            Esto dio lugar a todo tipo de arbitrariedades, mucho mayores que las que el propio intervencionismo provoca. Y acá dejamos de lado la corrupción, los sobreprecios en la obra pública y todo el daño colateral provocado por la desidia y el prevaricato.
          El daño que el intervencionismo produce en la economía es inmenso, entre muchísimas otras cosas por el hecho de que cuando se pretende “promocionar” algo, alguien debe hacerse cargo de pagar la diferencia. Las distorsiones tornan inestable el mercado e imposible el equilibrio. Meter todas las variables de la economía en una planilla de Excel, como dijera un ministro del gobierno anterior, resulta una pantomima, como ocurre en esas películas en las cuales alguien juega a ser Dios ante un panel repleto de pantallas de TV en las que pretende observar la intimidad de todo el mundo.
         Este es el marco general que permite ahora avanzar sobre lo que siempre ha dicho tanto el presidente Néstor Kirchner como su señora esposa, Cristina Fernández en el ejercicio del gobierno.  El planteo ha sido siempre el de incentivar el consumo para de esa manera hacer crecer la economía. Como tal incentivo no es acompañado por la inversión necesaria por diversas razones, entre las cuales se encuentran precisamente la arbitrariedad producto del abuso del intervencionismo manejado además por manos poco profesionales, se produce la suba de los precios a la cual contribuye, desde ya, la emisión de moneda necesaria para, justamente, intentar incentivar el consumo.
         En esta clase de esquemas intervencionistas y fomentadores del consumo, el camino que eligen políticos inexpertos o simplemente populistas, es el del control de los precios, pensado tal vez que así se incentiva la producción, cuando en realidad ésta se contrae. Nadie invierte en un país donde el futuro de los precios no está sujeto a la oferta y la demanda sino al capricho de los gobernantes. Esta verdad elemental no es comprendida por demasiada gente. Y así nos va.
        En esta verdadera dicotomía que se nos presenta, el otro extremo está en la inversión. Es la inversión la que provoca el incremento del ingreso per cápita y la que mejora la situación económica de un país. La razón por la que un simple operario en EEUU gana mucho más que un profesional en la Argentina, es la inversión per cápita acumulada.
        La inversión se produce cuando las condiciones de legalidad están lo suficientemente maduras como para garantizar que los capitales lleguen y no sean timados por políticos oportunistas.
        En los últimos años hemos asistido a todo tipo de arbitrariedades desde la Secretaría de Comercio o desde el Ministerio de Planeamiento. Hemos visto por doquier prohibiciones de importar, prohibiciones de exportar, prohibiciones de girar dividendos, obligación de ingresar divisas a un “cambio oficial” claramente irreal y una cadena sin fin de necesidades de pedir permiso para las cosas más elementales. Aparte de esto, se reciclaron leyes como la de “abastecimiento”, injerencia en las empresas, intentos de fijación de márgenes de utilidad, controles de precios de diverso tenor, e inclusive regulación de retenciones sobre exportaciones para “disciplinar” (Roberto Lavagna dixit) los precios locales.
      Este tipo de políticas suelen ser bien vistas por buena parte de la población en la Argentina, pero claramente ninguna persona con una mediana sensatez habrá de hundir capitales en estas condiciones, donde todo queda en manos de funcionarios con poderes omnímodos capaces de subir o bajar el pulgar de decidir así sobre fortunas enteras.
     Hemos comparado la situación Argentina con la existente en China. China es una férrea dictadura comunista, pero si una empresa norteamericana ingresa en ese país y acepta las condiciones que el régimen le impone (los chinos no son necios para negociar, lo sabemos), es seguro que tales condiciones se mantendrán según lo acordado. Nadie temerá en China que mañana venga un funcionario de primer o segundo orden y les diga que no pueden girar dividendos, o que los dólares deben ingresar al precio que se le ocurre a un ministro, o que el sistema tributario cambiará radicalmente en 48 horas porque están en emergencia.
      Esa es la razón, de paso sea dicho, por la cual China, un régimen de origen marxista acérrimo, ha aceptado el capitalismo como parte de su desarrollo. Capitalismo que dicho sea de paso, ha podido ser aceptado PORQUE EXISTE. Y esto, que es de Perogrullo, hay que recalcarlo, porque si por el marxismo fuera, habría dejado de existir hace rato y ya no podría contarse con él.
      Bien, entonces volviendo al principio, tenemos que tener presente que la forma de afianzar el crecimiento económico de un país consiste en establecer un sistema jurídico que respete la propiedad privada, que establezca reglas de juego estables, que respete las normas establecidas, que no sea arbitrario y que no pretenda cambiar las reglas todos los días según las cambiantes condiciones de la economía.
       Nada habrá de ser absolutamente estático, por supuesto, la economía es una ciencia social y las sociedades cambian todos los días, pero hay una banda de razonabilidad sobre la que se debe operar.
      El error global está en creer que incentivando el consumo se incentivará  la producción y que de tal modo se corregirá la inflación. Y que cuando la inflación no se corrige porque la inversión no “llega a tiempo”, se congelan los precios y todos contentos. No. Las cosas no son así, y los argentinos deberíamos haberlo aprendido hace ya varias décadas.
     Si la inversión no cubre la demanda, los precios subirán, y sin o suben, los bienes se agotarán, como ocurrió con la energía. O aparecerá el mercado negro.


Buenos Aires, 2 de julio de 2016                                            HÉCTOR BLAS TRILLO


                                                         

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