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domingo, 6 de agosto de 2017

EL ÁGORA: EL COSTO ARGENTINO

El Ágora
ACTUALIDAD ECONÓMICA: EL “COSTO ARGENTINO”
         La Argentina está muy cara no porque nos “roben los supermercados” o se abusen de nosotros los “formadores de precios”. Hay que poner la mira en la realidad y dejarse de politiquería.
         Por estas horas ha vuelto el remanido discurso de que los precios de los alimentos y otros bienes son muy elevados por culpa de que determinados sectores se abusan de toda la población y encima lo hacen con la ayuda del actual gobierno. En nuestra opinión dicha “explicación” no sólo es oportunista y carente de fundamento técnico, sino que produce un gran daño en la opinión pública, toda vez que políticamente siempre se ha asociado la suba de los precios a la actitud empresaria y en muy pocas oportunidades (y sin la debida vehemencia, además) se ha quitado toda responsabilidad al Estado responsable del valor de la moneda.
       Una vez más vuelve a escucharse aquello de que “los supermercados le roban a la gente”. Y más allá del pleonasmo que esto significa (¿a quién, si no?) es interesante recordar que en su momento, siendo presidente, Néstor Kirchner, expresó públicamente en un discurso: “Sr. Coto (Alfredo), deje de meterle las manos en los bolsillos a la gente”. Misma idea, mismo origen político.
       Sin el ánimo de defender a nadie en particular, porque naturalmente entendemos que cada cual sabrá defenderse solo, si es que  quiere hacerlo; es útil volver sobre el asunto cada vez que aparece un brote. Porque es como si se tratara de alguna enfermedad que de vez en cuando reaparece, esto de buscar culpables donde sea y quitarse las culpas propias.
      Primero digamos una vez más que los precios elevados no constituyen inflación. Porque la inflación es la suba sostenida de los precios, o lo que es su equivalente: la pérdida de valor de la moneda. Que los precios de los productos y servicios sean caros implica que vivir en nuestro país es caro, sí, pero no existe relación entre una cosa y la otra.
      En la Argentina resulta carísimo el sistema tributario, que es uno de los pilares para el sostenimiento de un Estado cuasibenefactor que reparte desde jubilaciones sin aportes hasta asignaciones por hijo, pasando por subsidios diversos, salud pública y un sinfín de cuestiones relacionadas con el llamado “gasto social” cuya eliminación o reducción tiene un inmenso costo político, como vimos que ha ocurrido (más allá de errores cometidos) con la recuperación de las tarifas de gas y de luz.
      El déficit fiscal producto del enorme gasto público, es muy difícil de manejar y necesita ser financiado de alguna forma si no puede reducírselo. Esta es la gran encrucijada del Estado argentino que se repite cíclicamente a lo largo de muchos años.
      El déficit se financia con emisión de moneda, que provoca inflación; con presión tributaria (que impide o limita enormemente el desarrollo de la actividad económica); o con endeudamiento, que entre otras cosas aumenta la oferta de dólares en el mercado produciendo una baja de su valor en pesos, es decir que contribuye a generar el llamado “atraso” cambiario.
       El sistema tributario es un desastre, no sólo por la maraña de impuestos nacionales, provinciales y municipales sino también por la inmensa carga de trabajo administrativo que implica para los contribuyentes, a lo que se suma el costo financiero de abonar anticipos, pagos a cuenta, retenciones y percepciones de toda índole, sobre todo lo cual jamás se reconoce un interés o el efecto de la inflación. Dicho de otro modo, los impuestos se anticipan a lo largo del año como si la moneda tuviera un valor constante, mientras ésta pierde un 20, un 30 o un 40% de su valor.
      Aparte de esto, y colateralmente, muchas veces las retenciones y percepciones bancarias, el Estado Nacional o los Estados provinciales las aplican sin constatar si corresponden o no, simplemente porque lo “presumen”; y deben ser los contribuyentes los que deben demostrar que eso no es correcto, para lo cual hay que movilizar papelería, adjuntar datos, exhibir comprobantes, libros o lo que sea; en lo que constituye una verdadera reversión de la carga de la prueba. Ya que es el Estado el que debe probar que debemos pagar un impuesto, y no los contribuyentes los que debemos probar que no nos corresponde.  Y además, si probamos esto último, deberemos luego tramitar la devolución de lo que el Estado nos retuvo o percibió de modo indebido, cosa que ocurrirá, con suerte, el proverbial “día del arquero”, sin ajuste por inflación (prohibido por la ley de convertibilidad del año 1992) y sin ningún resarcimiento.
      Los comerciantes y las empresas soportan además ingentes cargos financieros, ya que por ejemplo el IVA debe abonarse alrededor del 20 del mes siguiente a aquél en que se produce la venta, con independencia de si la venta fue cobrada o no.
      Como por otro lado la tasa de interés es altísima, producto de la inflación que el propio Banco Central se ocupa de tratar de frenar “secando” la plaza de pesos ofreciendo altas tasas de interés a los bancos para que adquieran las llamadas “Lebacs” (letras del banco central) y otros títulos; tenemos que para una PYME común y silvestre el costo financiero es aún mucho mayor. Y esto tiene la lógica elemental de que el Estado seguro pagará sus bonos, pero una PYME del Gran Buenos Aires no sabemos si podrá hacerlo.
     Hay mucho más si analizamos lo que pasa con los costos impositivos y con la carga de trabajo administrativo que implica estar al día con los organismos recaudadores. Por ejemplo: cada vez que una ley establece algún beneficio, como sería el caso de la llamada ley PYME de hace pocos meses, la AFIP reglamenta su implementación y exige cumplimientos y puestas al día para otorgar el beneficio, yendo incluso por sobre  la propia ley.  O exigiendo cosas tales como el establecimiento del “domicilio fiscal electrónico”, esto es una cuenta de email donde pueda notificar o intimar al contribuyente por supuestos o reales incumplimientos. Como las obligaciones son tantas (presentaciones, pagos en término, regímenes de información de todo tipo y color, etc) permanentemente se reciben notificaciones que además no es que se hacen llegar al contribuyente, sino que se publican en un rubro denominado “e ventanilla” en la página web del sujeto obligado. Por lo cual es preciso estar mirando todos los días para saber qué nuevos reclamos habrán acontecido. Y si todo esto no se hace, se pierden los beneficios que otorga tal o cual ley.
     En este verdadero galimatías, y como hemos señalado tantas veces, la venta informal es moneda corriente, y es permitida y tolerada por los sucesivos gobiernos, como ocurre en las llamadas “saladas” y “saladitas”, o a través de los “manteros” en la vía pública, especialmente en las inmediaciones de las estaciones de ferrocarril o en los centros urbanos y transporte público.
    También podríamos agregar el costo laboral, que es inmenso, ya que por cada 100 pesos de bolsillo que recibe un trabajador, el empresario debe pagar casi el doble.
    Todo esto tiene relación directa con los precios, pero hay más. El transporte es carísimo. En los combustibles más de la mitad de su valor son impuestos. De tal modo la carga fiscal supera el 100%, a lo que se suman fletes, seguros, desgaste de los camiones (porque los ferrocarriles están destruidos desde hace muchos años), custodia y un montón de gastos y cargas provinciales, entre ellas impuesto sobre los ingresos brutos y hasta “tasas de desinfección” al pasar de unas provincias a otras.
      Entonces volvamos ahora al principio. Los supermercados  operan el 100% en blanco. Nadie se va sin su ticket de cualquier compra que realice en cualquier cadena de supermercados. Eso no ocurre, como todos sabemos, en los comercios pequeños o medianos del barrio, donde por lo general los comerciantes se inscriben como monotributistas y declaran sólo una parte de sus ingresos, en la figura conocida como “enanismo fiscal”.
     Hasta donde sabemos, uno de los grandes negocios del supermercadismo es el financiero. Dado que muchísimas de sus operaciones se realizan en efectivo o con tarjeta de débito, mientras que las cadenas realizan sus compras en grandes cantidades, con interesantes descuentos por eso mismo, y con pagos a 60, 90 o más días.
     Lo mismo ocurre con otras grandes cadenas, como las hamburgueserías por citar un ejemplo.
     Por supuesto que no tenemos medida la incidencia de cada uno de los factores enumerados en cada caso. Porque además cada cadena tiene su propia política de compras y ventas, y lo mismo cada comerciante barrial. No es lo mismo operar en un shopping que hacerlo en una galería comercial de González Catán.
     Si tenemos que traer cincuenta contenedores de manzanas o peras desde Río Negro, debemos emplear 50 camiones. Si esta operatoria pudiéramos hacerla en tren, como en los viejos tiempos, o como hacen hoy por ejemplo en EEUU, entonces una sola formación con una sola máquina diesel (a lo sumo dos) traería la misma mercadería en 50 vagones. La diferencia de costo es abismal.
     Pero para eso hace falta invertir muchísimo dinero en restaurar el ferrocarril, aparte de mantenerlo dejando de cobrar tarifas políticas y cobrando lo que corresponde para mantener el servicio en condiciones.
    El actual gobierno apunta a lograr grandes inversiones en diversas áreas, como la petrolífera o la energética, para de esa manera hacer crecer la economía y disminuir así el déficit fiscal y su incidencia según lo que venimos comentando. Pero no es nada sencillo de lograr esto. Porque los inversores internacionales esperan una cierta seguridad jurídica, y también esperan que la maraña burocrática e impositiva tenga un cierto orden y la razonabilidad que implica reconocer lo verdaderamente pagado.
    Sobre la reforma tributaria mucho se ha venido hablando, pero lo cierto es que salvo pequeños parches más bien políticos que otra cosa, es muy poco lo que se ha hecho. Se le sacó la pata de encima a los productores primarios (excepto la soja) quitando las retenciones, o la prohibición de exportar trigo, por citar ejemplos. Enormidades heredadas de la gestión anterior que produjeron un daño enorme a las economías regionales. Por supuesto que reactivar este sector puede coadyuvar en gran medida a levantar tales economías y toda la industria agropecuaria asociada. Y también la comercial vinculada a ellas. Pero no deja de ser apenas un botón de muestra.
       El dólar no está “atrasado” únicamente por el endeudamiento para paliar el déficit. Lo está porque las altas tasas de interés en pesos provocan el ingreso de los llamados capitales “golondrina”  que colocan sus dólares en pesos a interés para luego “salir” logrando grandes ganancias en dólares.  También produce “atraso cambiario” la limitación que existe en diversas importaciones, porque no es cierto que se pueda importar cualquier cosa sin limitaciones, como quieren hacernos creer ciertos políticos inescrupulosos. El argumento es siempre el mismo: si abrimos las importaciones la competencia destruye el empleo local. Pero la limitación en las importaciones también lo hace, precisamente al producir atraso cambiario, encarecimiento de los bienes nacionales y baja de su calidad. Pese a lo cual se insiste en dictar normas de “compre nacional” que han demostrado ser nefastas para el país desde hace muchísimos años.
        Tal vez nos hemos extendido demasiado en este artículo, pero entendemos que es necesario poner las cartas sobre la mesa y dejar de apostar al oportunismo político. La Argentina no tiene la tercera parte de su población bajo la  línea de pobreza por culpa de los supermercados. Basta de ingenuidades.


Buenos Aires, 4 de junio de 2017                                             HÉCTOR BLAS TRILLO

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