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miércoles, 27 de junio de 2018

OTRA VEZ LA INFLACIÓN

El Ágora
OTRA VEZ LA INFLACIÓN
         Una vez más nos referiremos al fenómeno inflacionario, sus causas y sus efectos. La reiteración de lugares comunes y frases hechas demuestran que la falta de conocimientos y los prejuicios siguen vivitos y coleando desde hace demasiados años.
       La inflación es un fenómeno monetario. Esta simple sentencia debería conformar el subtítulo de cualquier asignatura en el nivel que fuere que estuviera referida a temas económicos.
       Ya no importa tanto que se comprendan o no las causas de la inflación en el gran público. Sería suficiente con que se razonara el simple hecho de que si la moneda no existiera, la inflación desaparecería de inmediato.
      Si se volviera a la economía de trueque, si los bienes se cambiaran simplemente unos por otros, sin mediar documento alguno, no habría la menor posibilidad de que tales bienes subieran todos de precio. Simplemente el mayor valor que pudieran tener unos, sería la merma en el valor de otros.
      Muy bien, como la inflación es, insistimos, consecuencia de la existencia de la moneda, es importante conceptualizar el significado de esta última.
      Para decirlo simplemente, la moneda es una promesa de pago. Es un documento que funciona como un pagaré. Los mayores recordarán que hasta los años 50, los billetes contenían aquella leyenda que signaba “el Banco Central pagará al portador y a la vista”. Y más recientemente, en tiempos de la llamada convertibilidad, la leyenda era “convertibles de curso legal”. La referencia era siempre la misma: que el Banco Central pagaría, llegado el caso, el valor en metálico en el primer caso, y en dólares estadounidenses (o sea en otro pagaré) en el segundo.
      Luego de la crisis de 1929, los billetes norteamericanos cuentan con una significativa leyenda: “En Dios confiamos” (In God we trust), que de tal modo pretende ratificar la confianza dado que la moneda de papel, siendo una promesa de pago, requiere necesariamente de la confianza indispensable para seguir teniendo un valor
      Hoy en día la gran mayoría de las monedas del mundo no tienen otra garantía que no sea la otorgada por el ordenamiento jurídico y  político de los países emisores.  La gente confía en las monedas y por eso es factible cambiar bienes y propiedades por simples trozos de papel. Simplemente todos sabemos que las monedas tienen un valor y que éste será reconocido por los demás. Si una catástrofe o una guerra nuclear sobreviniera, la moneda se vería afectada de inmediato en su valía.
      Toda esta introducción pretende, como entendemos que es obvio, explicar qué significa contar con una moneda de curso legal a la que se le asigna un valor.
      En las últimas horas se conoció el índice de precios al consumidor correspondiente al mes de marzo, que arrojó un 2,3% de incremento respecto de febrero. Comparando marzo de 2018 contra igual mes de 2017, la tasa de incremento superó el 25%.
       Como siempre ocurre, aparecieron las explicaciones y los más diversos comentarios intentado argumentar por qué razón “la inflación fue tan alta”.
       Pero resulta que el índice de precios al consumidor no es la inflación si hablamos apropiadamente.  Se trata de un índice elaborado sobre la base de una ponderación de lo que se entiende es la canasta básica de un hogar tipo. Dicho en palabras simples: un índice que parte de una determinada proporción de consumo de bienes y servicios en un hogar típico. Qué porcentaje de los ingresos se gasta en gas, en comida, bebida, en ropa, en salud, etc.
        Durante muchos años, a este índice se le llamaba “costo de vida”. Es decir, cuánto nos cuesta vivir cada mes con relación al mes o meses anteriores. O años anteriores.
        Las afirmaciones respecto de que aumentaron las tarifas de gas o de luz, o aquellas que señalan el incremento de los útiles escolares por el comienzo del ciclo lectivo pueden ser muy interesantes, pero desde el punto de vista de explicarnos la inflación no sirven para nada.
       Porque los precios suben porque hay inflación, y no al revés.  Como hay inflación porque pierde valor la moneda, entonces se produce un incremento de las unidades pesos que se pagan por cada bien o servicio.
       Y esto no es un simple juego de palabras. Si nos centramos en las tarifas, todos sabemos que éstas fueron y todavía siguen siendo subsidiadas por el Estado. Lo mismo ocurre con el transporte público. En términos económicos esto significa que tales tarifas ya eran  más altas, sólo que era el Estado el que pagaba tal incremento y no los consumidores. Por lo tanto, el ajuste de las tarifas ha provocado que sean ahora los consumidores y no el Estado el que pague tal aumento. Como en el primer caso, el mayor precio no se refleja en el índice al consumidor, la suba permanece disimulada. Pero evidentemente el precio total que percibe el prestador del servicio, es mayor que el que paga el consumidor.
      En el caso de los útiles escolares, éstos tienen subas estacionales. Lo mismo ocurre con innúmeros productos, desde flores hasta pan dulce, huevos de Pascua u hoteles y pasajes en temporada alta.
     Los productos más demandados estacionalmente, prácticamente no se venden el resto del año y por lo tanto sus precios pegan saltos en temporada de gran demanda. Y esos saltos incluyen la inflación acontecida pero que no se había reflejado antes porque la demanda era muy baja.
     Por lo tanto no es que la inflación se acelera o se desacelera según lo que ocurra con las tarifas o con la demanda estacional, sino que la inflación ya se había producido, y cuando la demanda aumenta, se traslada a los precios. Pero siendo un fenómeno monetario, la inflación es producida porque el Estado emite moneda adicional para enfrentar el déficit fiscal. La emisión de moneda al no corresponderse con una mayor cantidad de bienes y servicios en oferta que sean proporcionales a tal incremento, provoca la pérdida de valor de esa moneda y por consiguiente la suba de los precios.
     Otro efecto que provoca inflación es la llamada “velocidad de circulación de la moneda”. Esta expresión se refiere al promedio de tiempo que las personas conservan su dinero en sus bolsillos o donde sea y no lo gastan. Cuanto más rápido la gente convierte su dinero en consumo, más aumenta la demanda y eso provoca  también suba de precios. Generalmente la velocidad de circulación es inversamente proporcional a la confianza. Cuanta menor confianza, más rápido se desprende la gente del dinero.
     La inflación se combate, en consecuencia, bajando el déficit fiscal, porque de ese modo deja de emitirse moneda para financiarlo. Así, la moneda deja de perder valor, se restaura la confianza, y disminuye la velocidad de circulación.
    El actual gobierno también ha recurrido al endeudamiento como forma de financiación del déficit. Como podría ocurrir en cualquier hogar, si el dinero no alcanza y pedimos prestado, podemos seguir consumiendo, pero más temprano que tarde, deberemos pagar.  Pedir dinero prestado significa que alguien deja de consumir para que podamos hacerlo nosotros.
     Otro comentario que hemos oído en estas horas es el referido a la “cultura inflacionaria”. Ingeniosa frase que pretende decirnos que tenemos algo así como un chip incorporado que nos hace aumentar los precios siempre más de lo que sería prudente hacerlo. Es decir, hay que aumentar los precios, pero menos.
     Esta frase se derrumba a poco que recordemos que durante los 10 años de la llamada convertibilidad no había prácticamente inflación porque nuestra moneda estaba atada al dólar norteamericano, que es una moneda fuerte que tiene muy poca oscilación en cuanto a su valor. Parece que entonces tal “cultura”  simplemente se había evaporado. Obviamente la causa es bien clara: al atar el peso al dólar y siendo éste último una moneda confiable, adió a la “cultura inflacionaria”.
     Hay que tener en cuenta que los precios han de aumentar siempre lo que la gente esté dispuesta a pagar por los bienes y servicios que se ofrecen. Lo que los profesionales llaman “convalidación por el mercado” entre otras denominaciones.
     Si los precios suben más de lo que los consumidores están dispuestos a pagar, los productos no se venden. O se venden mucho menos. Y esto genera sobreoferta y caída de los precios.
    También es muy común oír que los precios suben porque sube el precio de las materias primas pero luego si tal precio baja, igualmente los valores de venta al consumidor quedan más altos.  Esto es bastante cierto. Pero mucho depende de la demanda de tales bienes y de la competencia que exista. La gente se acostumbra a pagar un valor más alto y lo convalida.
    Quien sube un precio no lo bajará mientras la demanda sea suficientemente aceptable. Hay que tener en cuenta que la economía es una ciencia social y los resultados no son matemáticos. Oscilan según el humor de la gente.
    Y un comentario final para las “cadenas de distribución”, que suelen ser también tomadas como causales de la inflación. Las cadenas de distribución no producen inflación. Si son malas y caras, eso hace que los productos sean mucho más caros que si tales cadenas fueran buenas o mejores. Pero no son causantes de las subas de precios. Dicho de otro modo: si no hubiera nada de inflación, igualmente tendríamos productos a precios mayores que en países o lugares donde tales cadenas son más eficientes.
    Podemos ver que en los años de la llamada convertibilidad, ciertos precios eran muy elevados comparados con otros países (por ejemplo los EEUU) pero no por eso subían todos los meses.
    Entendemos que tener en claro el proceso inflacionario ayuda a quitar fantasmas y a no echar culpas de manera indebida. Todos queremos ganar más y vivir mejor. Todos tratamos de tener el mejor salario, los mejores honorarios, los mejores precios. Esto es universal.
   Descorrer el velo a viejos fantasmas producto de enseñanzas falaces nos sirve para comprender el fenómeno y facilita atacar sus causas. No hay que olvidar que la inflación la produce la política, para decirlo cortito. Entonces echar la culpa a “formadores de precios”, supermercadistas y comerciantes “inescrupulosos” es el deporte universal de la política. Poner la culpa en el otro es desde el vamos una luz amarilla para cualquiera. Pero la facultad de emitir moneda la tiene únicamente el Estado. No debemos olvidar nunca esto.
   
        

Buenos Aires, 14 de abril de 2018                                           HÉCTOR BLAS TRILLO


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