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jueves, julio 05, 2018

SEGUNDA OPINIÓN: "LES HABLÉ AL CORAZÓN..." 4/7/18

Segunda Opinión
“LES HABLÉ AL CORAZÓN…”
        “…Y ME CONTESTARON CON EL BOLSILLO” Juan Carlos Pugliese (Ministro de Economía del gobierno de Raúl Alfonsín)

            El tema del que nos ocuparemos en este breve artículo, tiene mucho que ver con la idea que subyace en las palabras del Dr. Pugliese, un ministro de economía colocado allí de apuro para intentar capear el temporal que el gobierno de Alfonsín atribuía a un “golpe de mercado”.
            Justamente en aras de la brevedad, no vamos a contar nuevamente la historia, a mano de quien quiera adentrarse en ella en muchísimas páginas “web”.
          Acabamos de publicar unas líneas acerca de lo que hemos dado en llamar el “solidarismo”, una rara simbiosis que pretende buscarse entre el sentimiento y los negocios, conceptos desde el vamos tan incompatibles como el agua y el aceite.
         Pero como en la Argentina la historia se repite una y otra vez, como en “La invención de Morel”, la magnífica novela de Adolfo Bioy Casares, nuevas luces iluminan viejos recuerdos que algunos suponían olvidados.
         Esto viene a cuento de algunos comentarios que hemos escuchado en las últimas horas, referentes a la actual situación de crisis cambiaria y también financiera.
        Al parecer, ya no solamente existe el viejo fantasma del jamás definido “neoliberalismo”. Tampoco el retorno seguro y señero a la “bicicleta financiera”. No. Ahora se distingue entre el llamado “capitalismo serio”, y el por lo visto malhadado “capitalismo financiero”.  El primero, sensible, productivo, creativo y pujante. El segundo, perverso, intrigante, cargado de hipocresía, falsedad y pésimas intenciones mezquinas y egoístas.
         Muy bien. Tenemos entonces, como fácilmente podemos colegir: capitalistas buenos y capitalistas malos. Capitalismo positivo y capitalismo negativo y ruin. Hay entonces un capitalismo “serio” y otro que no lo es. Y quienes así opinan, ¿son serios?
         ¿Por qué razón existe lo que ahora pasó a llamarse “capitalismo financiero”?. Pues porque el manejo de la producción y los servicios requiere de financiamiento. No es tan difícil. Si hace falta dinero para inversión o para gastos, y ese dinero no se tiene, es factible “comprar” ese dinero en el mercado, ¿cómo?, endeudándose y pagando un precio: la tasa de interés.
         En la Argentina, el gran tomador de dinero es el Estado (nacional, provincial y municipal). Y no lo es desde hace algunas horas, lo es desde hace muchísimos años. El Estado acumula déficit fiscales a lo largo de 7 décadas, salvo escasísimas oportunidades. Esos déficit deben financiarse. La financiación se logra emitiendo deuda, o emitiendo dinero. Nada que no se sepa.
        Cuando se emite deuda se demanda dinero y ese dinero cuesta. Y cuando se demanda mucho dinero ese dinero cuesta más caro. Y cuando se emite moneda sin respaldo el dinero pierde su valor. Y cuando se emite deuda en moneda emitida sin respaldo y que pierde su valor como consecuencia, las tasas de interés suben.
       Cuando el Estado interviene y fija tasas de interés subsidiadas, los agentes intentan tomar créditos a tales tasas para luego prestar el dinero a las tasas reales del mercado.
       Cuando el Estado emite moneda y presiona sobre los precios de los bienes y servicios, debe recurrir al mecanismo de tomar deuda para quitar del mercado esos pesos, para lo cual paga más altas tasas de interés cada vez.
       Cuando intenta frenar la suba del dólar pasa lo mismo. Y es por eso que ingresan capitales en dólares (llamados vulgarmente “golondrina”), para comprar bonos en pesos, hacer la diferencia y volver a pasarse a dólares logrando altos rendimientos en la moneda verde.
       Creemos que esto es bastante entendible para cualquiera que se tome el trabajo de intentar entenderlo.
       Por lo menos nosotros hace no menos de 20 años que venimos escribiendo y hablando de estos mismos temas.
       Cuando distintos gobiernos de diversa extracción intentan frenar el ingreso de los capitales “golondrina”, el Estado se queda sin financiamiento. Cuando los capitales “golondrina”, salen disparados buscando mejores horizontes habiendo hecho la diferencia, los funcionarios se ponen nerviosos y ciertos grupos y grupúsculos políticos e ideológicos se espantan.
       Entonces, cual cruzados lanzados al campo de batalla, rezongan e intentan frenar las consecuencias: El capitalismo “financiero”, los capitales “golondrina”, y concomitantemente los “formadores de precios”, los comerciantes “vivos” y todo el resto de la eterna cantinela.
       Atacar las consecuencias de los problemas que un Estado gastador e ineficiente genera, parece ser el deporte nacional.  Pero tengamos presente una cosa: los políticos en general van a buscar culpables fuera. Hablar de capitalistas perversos y antipatriotas les viene como anillo al dedo. Pero es el Estado en su demanda infinita de financiación el que crea el problema, no los que hacen su negocio como consecuencia.
       No queremos atacar ni descalificar a nadie. Pero, señores, los seres humanos no regalan su dinero. Y si lo hacen, están en todo su derecho. Pero pretender que lo hagan para lograr el éxito económico es un absurdo.
       Si el dinero se regala, por lo demás, no aumenta la riqueza. Y si no aumenta la riqueza, se genera pobreza.
         Exactamente eso es lo que ha llevado al país a tener un tercio de la población bajo la línea de pobreza.


      

       Buenos Aires, 4 de julio   de 2018                                        HÉCTOR BLAS TRILLO

SEGUNDA OPINIÓN: EL "SOLIDARISMO" 3//7/18

Segunda Opinión
EL “SOLIDARISMO”
        «No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés.» Adam Smith

         En estas horas tan complicadas en las que la economía argentina se consume en su propia salsa producto de décadas de populismo, distribucionismo y voluntarismo, nos encontramos  nuevamente con los consabidos reclamos a empresarios, “formadores de precios”, comerciantes y productores agropecuarios  a los que se los acusa de insensibles, insolidarios, antipatriotas y varios adjetivos por el estilo.
         Rápidamente se vuelcan a estas lides los políticos de toda laya y estirpe, que ni lerdos ni perezosos encuentran la comodidad de poner la responsabilidad de décadas de desaguisados en quienes quieren ganarse la vida desde una empresa o un negocio cualquiera, de ser los responsables de la desgracia en la que se ha sumido al país al menos desde los años 40.
         Así las cosas, escuchamos y leemos a funcionarios a cargo de las carteras involucradas con la producción, las finanzas y la economía, batir el parche pidiendo “solidaridad” y amenazando con castigar a los díscolos que “aumenten los precios sin razón”.
        En el medio del magma en que nos encontramos, surgen las acusaciones a quienes operan “en negro”, a quienes guardan sus cosechas en silos en lugar de salir a venderlas, y hasta a los medios de difusión. Una vez más los medios de difusión.
       Efectivamente. La diputada Elisa Carrió le pidió a la población, desde un canal de cable capitalino, que “apague su televisor” en una rémora notable de pedidos en la misma dirección a cargo de personajes nefastos, como Jorge Capitanich siendo jefe de gabinete rompiendo un diario en público, o la diputada Diana Conti pidiendo a los gritos que “miren menos a Lanata”. Sin contar la canallesca campana contra el grupo Clarín o los escupitajos a fotografías de reconocidos periodistas a los que fueron invitados LOS NIÑOS en la Plaza de Mayo.
      Un historiador de talla, como Jorge Ossona nos habla de la necesidad de ser patriotas. Y especialmente se refiere, según hemos oído, a los productores que guardan sus granos en silos y no salen a venderlos, especulando así con el precio pese a que se le han quitado las retenciones (a las exportaciones).
      Claramente estamos ante un ataque agudo de “solidarismo”. Y  una vez más, y por encima de que la clase política intente cubrirse por guardia y por retaguardia, la dirigencia argentina cree que el problema está en el comportamiento medio del argentino, que no es ni solidario ni patriota. Así, conspicuos personajes del populismo de tantos años, demuestran tener razón: somos todos insolidarios, vendepatrias y por lo tanto antipatriotas, por eso el país no despega.
       A ninguno de nuestros beneméritos dueños de la ética y de la solidaridad se le ocurre pensar, ni por un instante, que toda operación comercial, la que fuera, se lleva a cabo mediante la moneda de curso legal. Dejemos a los políticos y sus intereses partidarios o sectarios. Hablemos de historiadores, “intelectuales”, escritores y toda la claque “culta”. Ninguno de nuestros benefactores intelectuales parece tomar en cuenta que el Estado viene incrementando la masa monetaria a razón de un 30% anual y pagando tasas de interés que orillan el 50% para poder financiar la fiesta. No. Sólo esperan que todos seamos “solidarios” y salgamos a malvender nuestro esfuerzo, en una moneda que pierde su valor como consecuencia de la “política monetaria” para financiar un gasto insoportable e insostenible.
      ¿Por qué razón alguien malvendería su cosecha siendo obligado a liquidar las divisas al tipo de cambio que el propio gobierno dice, repite y actúa intentando frenarlo en su disparada alcista? ¿No equivale eso a pedirle que venda a un precio menor al que obtendría si el gobierno no pusiera tiempo, esfuerzo y  muchísimo dinero en intentar contener el alza?
      ¿No está fuera de toda lógica suponer que en una economía cuya presión tributaria hace que de cada peso que alguien recibe, 60 centavos al menos vuelvan al Estado como impuestos, y esto sin contar la inflación, que es también un impuesto?
       Tal vez nuestros “solidaristas” deberían preguntarse por qué razón el gobierno, éste o el que fuera, no actúa de manera tal de garantizar al país una moneda sana y que no pierda su valor como consecuencia de un gasto desmadrado, inconsistente, inviable y hasta inútil. Si no deberían, tal vez, buscar allí la solidaridad que ellos sí tienen pero los productores y comerciantes NO. En realidad, y para que no se tome esto literalmente, digamos que en economía existe lo que se llama la maximización del beneficio. El mejor uso de los recursos disponibles, que siempre son escasos. De eso estamos hablando, de ser razonables y utilizar el dinero lo mejor posible, siendo discretos, modestos y austeros. ¿Nada para decir al respecto, estimados “solidaristas”?
       ¿No es acaso un absurdo suponer que los precios que “forman” no sabemos bien quiénes incluyen una caterva interminable de impuestos, retenciones, contribuciones, aportes, percepciones, tasas y hasta mentirosas “fumigaciones”? ¿Alguien puede imaginar que toda la venta en negro que vemos todos los días en calles, estaciones de tren, de ómnibus, plazas y lugares públicos de todo tipo surge como los hongos por efecto de alguna plaga que nos devora a todos?
       ¿Acaso no ha sido el propio Estado el que ha promovido Saladas y Saladitas, y se ha cansado de “contratar” empleados mediante la figura del monotributista para no tener que soportar cargas sociales, aguinaldo y vacaciones? ¿No se firman todos los años convenios surgidos de paritarias “libres” con cargos “no remunerativos”, es decir con eufemismos berretas para no asumir que las cargas sociales son impagables?
      ¿No se busca, acaso, con todas las “promociones” que el gobierno encara, otorgar “planes” y exenciones impositivas y previsionales para incentivar la producción y el empleo? ¿No significa eso reconocer que el sistema tal como está NO PROMUEVE NI INCENTIVA la producción y el empleo?
     Nos hemos referido muchas veces a la maraña burocrática que verdaderamente encarajina cualquier administración, y perdón por el término, la hace inviable e incumplible.
      Y cuando estamos tapados por el estiércol y por el magma de impurezas populistas y oportunistas, vienen los artífices de tal situación, a acusar a productores, empresarios, comerciantes y emprendedores varios de ser los responsables de que la moneda argentina, la unidad de cuenta en la que están todos obligados a operar, NO SIRVE.
      Apelar al sentimentalismo es un recurso válido en telenovelas. Incluso en las viejas novelas de bolsillo de Corín Tellado. Apelar a la “sensibilidad” que al parecer es algo que los argentinos no hemos “internalizado”, salvo, claro está, políticos, historiadores, “intelectuales” y demás gases raros. Porque ellos sí la tienen clara. Clarísima.
         Se les ha olvidado eso sí, el detalle de que nadie malvende el producto de su esfuerzo. Y de que nadie vende algo si no hay otro que está dispuesto a pagar el precio.
      El “solidarismo” no sirvió nunca para nada. Excepto para hacer daño.
      Y una vez más está ocurriendo lo mismo

HÉCTOR BLAS TRILLO                                                                        Buenos Aires, 3 de julio   de 2018             

miércoles, junio 27, 2018

EL PROBLEMA ES EL DÉFICIT FISCAL (21/6/18)

Segunda Opinión
EL DÉFICIT FISCAL ES EL PROBLEMA
        “En economía puede hacerse cualquier cosa, menos evitar las consecuencias”

         No por reiterada, la frase con la que encabezamos este comentario deja de ser absolutamente cierta.
         Reiteremos entonces lo que tantas veces hemos expresado: el problema crónico que tiene la economía argentina es el déficit fiscal. Porque su financiamiento requiere de mayor deuda pública, mayor presión tributaria y emisión de moneda. De tal forma, no existe posibilidad alguna de que no termine decayendo la actividad económica y exacerbándose el proceso inflacionario.
         El peso argentino se devaluó en más del 50% en algo más de 5 meses. Y todos los esfuerzos de las autoridades por intentar frenarlo fueron inútiles. O casi. El valor del peso tenía que terminar acomodándose a la situación real de la economía. La cotización del dólar se había quedado atrás respecto del índice de precios al consumidor por una sola razón: porque abundaban los dólares. Por el endeudamiento, por el ingreso de capitales “golondrina” para colocarlos en Lebacs, por el blanqueo, por el incremento de las exportaciones en el inicio del actual gobierno debido a la quita de las retenciones, etc.
        La situación cambió cuando el déficit de la balanza comercial fue en aumento.  Es que el atraso cambiario es un buen incentivo para importar lo que sea, desde bienes de capital hasta automóviles, desde elementos electrónicos hasta bienes de consumo masivo, como textiles y calzado.
        Cuando la situación de la economía es absolutamente deficitaria, solo cabe esperar que el peso en algún momento pierda el valor tanto como crece la emisión de moneda sin respaldo. Y eso es inexorable. Cualquier estadística lo muestra: más temprano que tarde se vuelve al punto de equilibrio.
        Pero, claro, cuando se llega al punto de inflexión, aparece la idea de una crisis. Las autoridades se asustan, la gente se asusta. Todo el mundo sale corriendo y es lógico.
        No vamos a hacer leña del árbol caído o a  ponernos duros con lo que ha venido ocurriendo. Pero sí destacar al menos lo más trascendente.
        Por un lado nos vimos obligados a recurrir al FMI para lograr financiamiento. Por el otro se anunció finalmente una baja del gasto público de orden del 15%. Se subieron las tasas de interés por encima del 40%. Se hicieron cambios en el gabinete. Las conferencias de prensa del ministro Dujovne en horas de la mañana mostraron, a nuestro criterio, que el caballo seguía estando detrás del carro. Y sigue estando lamentablemente.
        El ministro nos contó que habíamos tenido una mala cosecha por efecto de la sequía. Que las tasas de interés en EEUU habían aumentado y eso perjudicaba a la Argentina. También que llegarían unos 15.000 millones de dólares del FMI en el primer tramo del acuerdo. Todo esto es cierto.
        Pero con todo el respeto del que somos capaces, sólo podemos decir que el ministro nos relató el problema. Y la función de las autoridades es prevenir las dificultades. Quienes construyen edificios antisísmicos toman en cuenta que éstos deben resistir y no caerse cuando el siniestro ocurra. Lo mismo quienes fabrican aviones, deben hacerlos tan resistentes como sea posible a las tormentas y descargas eléctricas.
         Por eso mismo es que creemos que el ministro Dujovne no ha aportado nada en lo que a tranquilizar el mercado se refiere. Sólo nos ha dicho que no habían previsto lo que finalmente ocurrió.
         Entre los cambios de los funcionarios se destaca el del presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, que presentó su renuncia, según se informó,  y en su lugar fue designado Luis Caputo. Pero en el mercado lo que se sostiene es que Sturzenegger fue invitado a renunciar, o sea que fue desplazado de su cargo. Desde aquel aciago 28 de diciembre en que se anunció la “recalibración” de las metas de inflación, que el jefe del Banco Central venía siendo muy cuestionado.
         Casi todos los especialistas han explicado que Caputo es un técnico, que tiene buenos contactos y que ayudará a corregir los problemas. Su política intentará desarmar la bola de nieve de las Lebacs y seguramente todo se tranquilizará.
          Muy bien, sin querer ser agoreros nosotros tenemos no pocas dudas respecto de cómo siguen las cosas. El desplazamiento del Presidente del Banco Central muestra que la poca o mucha independencia indispensable de esa institución ha quedado en el plano de las buenas intenciones.
          Es verdad que al haber sido recategorizada la Argentina como país “emergente” (era hasta ahora país “fronterizo”) tenemos un buen aliciente.  Pero todos los puntos que hemos mencionado describen una situación: estamos tratando de cubrir el agujero, de calmar las aguas, de tranquilizar la plaza e incluso de pagar menos por el financiamiento. Y el problema de fondo es que tenemos que terminar con el cáncer que origina la necesidad de tal financiamiento: el déficit fiscal.
         No tenemos dudas de los esfuerzos que están haciéndose a nivel gubernamental para intentar mejorar el deteriorado cuadro. Se ha buscado parar la obra pública que no sea indispensable y que esté en marcha. Varias obras de infraestructura se han licitado para ser financiadas de manera participada por el sector privado  (los renombrados PPP, o sea contratos de participación público privada), y el anuncio de una baja del 15% en el gasto público como señalamos más arriba. A esto se agrega el congelamiento de vacantes en la administración pública, el intento hasta ahora en ciernes de reducir la cantidad de ministerios, la intención de sanear el sistema jubilatorio y pensionado, dando de baja aquellas pensiones o jubilaciones otorgadas de manera ilegal, y varios etcéteras.
         El problema es serio y a nuestro entender debió encararse en todos los planos desde el primer día. La tarea es ímproba si pensamos no sólo en la administración nacional, sino en las administraciones provinciales y municipales. Amiguismo, nepotismo, “desocupación disfrazada” en empleos públicos, asesores,  “contratados” y un sinfín de compras directas o licitaciones amañadas son la muestra elocuente del lugar al que ha llegado el país luego de tantos años de desmanejo. Está intentándose, como decimos, pero hay que apurarse y el intento debe ser integral y con consensos políticos.
         Obviamente cuando llega el ajuste a nadie le gusta, como decíamos. Hemos vivido con tarifas subsidiadas, con planes y ayudas varias que llegan hoy mismo a que más de 17 millones de habitantes reciban alguna forma de subsidio directo. Así las cosas, esto es inviable.
         Comprendemos que el trabajo es ímprobo, creemos que a nadie se le escapará esta realidad, que no teñimos ni por un momento de ideas políticas. Los argentinos hace décadas que vivimos de prestado. En los últimos 60 o 70 años siempre hemos tenido déficit que debió ser financiado y pagado o defaulteado. Es la realidad.
          Cuando llega el momento de comprobar que ya no podremos vivir como vivíamos si no crecemos y desarrollamos las capacidades personales, ahí es cuando despertamos ante la realidad.
          Queda el consuelo de saber que esto no es nuevo. Nos pasó con el “rodrigazo”. Volvió a pasarnos con la “tablita” cambiaria y su derrumbe estrepitoso. Siguió pasándonos con la hiperinflación y el “plan Bónex”. Volvió a ocurrirnos con la caída de la convertibilidad y la “pesificación asimétrica” más “corralito” y “corralón”. Una y otra vez hemos debido toparnos con una realidad desagradable.
              Consideramos que no estamos hoy por hoy ante una situación tan dramática como las mencionadas, pero sí estamos complicados. Y en nuestra opinión corresponde esperar un plan integral que permita mediante consensos políticos, abandonar las prácticas que hoy llamamos “populistas” y que en verdad son tan viejas como el mundo. Encauzar la economía significa reducir el déficit fiscal a montos manejables, acabar con la emisión de moneda que hoy mismo crece al ritmo del 30% anual, llevar adelante y a fondo una reforma del Estado que incluya una reforma impositiva total.  Generar la confianza y el respeto del Estado de Derecho. Garantizar una cierta y real libertad de comercio como marca la Constitución, honrar los compromisos y especialmente tener plena conciencia de que el dinero en sí mismo es una promesa de pago, no constituye riqueza. Porque la riqueza son los bienes, y la moneda es un pagaré.
               En definitiva, todas las medidas tomadas en estos últimos días son de carácter financiero y monetario. Intentan evitar que la sangre llegue al río. Pero por un lado le cuestan al país muchísimo dinero, y por el otro no son la solución de fondo. A lo sumo suavizan el aterrizaje. 
        
      

Buenos Aires, 21 de junio  de 2018                                        HÉCTOR BLAS TRILLO

EL FINAL PREVISTO (6/5/18)

El Ágora
EL FINAL PREVISTO
       Volver a repetir las mismas fórmulas y esperar un resultado diferente es algo que parece que sólo ocurre en la Argentina

           El título de este comentario lo hemos usado varias veces. Una vez más necesitamos hacerlo.
          Lo ocurrido en los últimos días en la economía argentina demuestra que nada hemos aprendido.
         Por un lado tenemos a los mismos legisladores que votaron el presupuesto nacional para 2018 que contempla los ajustes de tarifas, presentando disparatados proyectos de congelamiento o de sujeción a la suba de salarios. Esto puede resultar muy atractivo en una parte del electorado, pero es insostenible económicamente. No es “sustentable”, como se dice ahora.
        Pero además, es un verdadero golpe de timón y por eso mismo a la seguridad jurídica. Los inversores que pudieran llegar a esta playas esperan, por lo menos, que lo que se escribe con la mano no se borre con el codo al poco tiempo. Que las reglas del juego se mantengan en el tiempo.
       El Gobierno Nacional por su parte “recalibró” las metas inflacionarias a fines del año pasado, pocos días después de haber promulgado la ley de presupuesto nacional que contemplaba OTRAS metas. Increíble.
        La Argentina se comió el capital instalado manteniendo congeladas tarifas, o aplicando tarifas políticas a lo largo de muchísimos años. Se endeudó una y otra vez para mantener la ilusión de que podría vivirse mejor de lo que las posibilidades reales ofrecían.
        Se destruyeron así rutas, ferrocarriles, tendidos de alta tensión. Todo. Se agotaron las provisiones de energía petrolera.  Una y otra vez asistimos a crisis cambiarias, inflacionarias, monetarias.
       Un breve “racconto” puede remontarnos a Aldo Ferrer luego de la salida de Onganía. Y el ajuste que derivó en el primer cambio de signo monetario. Seguimos con la “inflación cero” de Gelbard y el “rodrigazo”, continuamos con la “tablita” de Martínez de Hoz y “el que apuesta al dólar pierde” de Sigaut. Continuamos con el “plan austral”, el “plan primavera” y la debacle hiperinflacionaria de Alfonsín para pasar luego al desastre del fin de la convertibilidad, el “corralito” y el “corralón” para finalmente terminar con el “cepo cambiario” cristinista.
       ¿Por qué se repite la historia? Es una pregunta que deberemos hacernos de una buena vez.
       La respuesta es simple: tenemos una economía basada el intervencionismo, en las corporaciones, en un  sistema laboral y sindical basado en la “Carta del Lavoro” mussoliniana.
           Un gasto público exorbitante que se financia con impuestos, con inflación, con endeudamiento. Una y otra vez.
           Hoy mismo esto sigue ocurriendo. La gente veranea en el Exterior porque es más barato. Compra cosas en el Exterior porque es más barato. La pregunta que hay que hacerse es por qué ocurre eso.
           Ocurre porque la carga tributaria en el país es ENORME. También porque se mantiene artificialmente bajo el tipo de cambio.
          Observemos esto: cuando el tipo de cambio se atrasa, se resiente la exportación. Y el tipo de cambio se atrasa para frenar la inflación. Cuando se ajusta el tipo de cambio a un valor más realista, se favorece la exportación, pero se incentiva la tasa de inflación. Entonces se suben las tasas de interés, así se frena la suba del tipo de cambio. Y vuelta a empezar.
         Una y otra vez, como en la maravillosa novela de Bioy Casares “La invención de Morel”, la historia se repite.
        Durante décadas hemos vivido en un esquema populista de reparto de dádivas. Décadas de tarifas “políticas”, décadas de atraso cambiario para frenar la tasa de inflación artificialmente. Décadas de subsidios, décadas de aumento de la presión fiscal. Décadas de licitaciones amañadas, de “quintitas” de corporativismo donde unos pugnan por vivir a costillas de otros. Décadas.
        Los nuevos anuncios del Gobierno Nacional ubican la tasa de interés en el 40% anual, cuando hace poco más de una semana estaba en un 27,25%.  Prácticamente un 50% más. A su vez, se mantiene la tasa de inflación prevista en torno del 15%. Esto significa una tasa positiva del 25% anual. En el mundo, la tasa de rendimiento efectiva está entre el 1 y el 3%. Esto es inviable. Mucho más que inviable. Es directamente surrealista.
         Bueno sería que nuestros beneméritos políticos se sentaran y opinaran para lograr algo sustentable. Verdaderamente sustentable.
         Esto de retrotraer tarifas, congelarlas, lo que sea, no es serio. No es posible. No es congruente con lo que votaron hace 6 meses.
        Quien pretende no ajustar que diga de dónde sale el dinero para bancar el “no ajuste”. Asumamos de una buena vez por todas la realidad. O nos tapará una vez más el magma populista.
Buenos Aires, 6 de mayo de 2018                                                         HÉCTOR BLAS TRILLO



UNA POLÍTICA ECONÓMICA Y FISCAL ERRÁTICAS (29/4/18)

El Ágora
UNA POLÍTICA ECONÓMICA Y FISCAL ERRÁTICAS
        
     Lo que está ocurriendo estos días en la vapuleada economía argentina ya lo hemos vivido muchas veces. Una vez más la corrida contra el dólar versus las tasas de interés y ambas cosas versus la inflación. Nada nuevo bajo el Sol. 
     Entendemos que es necesario una vez más “objetivar” el problema, como dicen en psicología, para ver si podemos encontrarle la vuelta al eterno intríngulis argentino.
     El “pecado original” es el déficit fiscal, que crea la necesidad de financiarlo con emisión monetaria, con endeudamiento (emisión monetaria futura) y con mayores impuestos.
     Si se quiere corregir el déficit es necesario gastar menos, o recaudar más. O una combinación de ambas cosas. No hay misterios en esto.
     Pero, claro, a nadie le gusta tener que ajustarse el cinturón. Los políticos lo saben y lo viven todos los días. La oposición al gobierno (al que sea) pretende la  bondad de “no ajustar” para que no sufra la gente. Los gobernantes se pliegan a esa consigna en alguna medida, ya que no hacerlo les quita votos. La suba de impuestos ha llegado a un límite que de por sí es insostenible. El endeudamiento externo creciendo en el orden  de los 30.000 millones de dólares anuales, la masa monetaria  aumenta el 30% cada año también.
     La suba de tarifas de servicios de gas, electricidad y agua es indispensable. Pero hacerlo (más allá de errores e injusticias burocráticas) las vuelve prohibitivas para muchos.
       Ahora se ha puesto el ojo en los tributos provinciales y municipales que se agregan en las facturas.  Así, la gobernadora Vidal ha anunciado que se quitarían los tributos en la provincia de Buenos Aires, que ascienden a un 15,5% del monto facturado en la electricidad, por ejemplo.
       Se trata de cargos viejísimos, uno de los cuales data de 1967, otro de 1973 y el último de 1978.
       Ni siquiera importa el destino que se da hoy a estos recursos  provinciales. Lo cierto es que algún destino tienen. Y suprimirlos originará problemas presupuestarios a la provincia, que deberá resolverlos. Y a no olvidar que el déficit provincial es también enorme.
      A su vez el gobierno nacional ha encarado un proyecto para eliminar de las facturas de servicios todo cargo provincial o municipal a lo largo y a lo ancho del país, con excepción del impuesto sobre los ingresos brutos. 
      Hay jurisdicciones que tienen hasta 10 cargos sobre la tarifa de energía eléctrica. Para seguridad, para los bomberos, para lo que sea.  Claro, durante décadas ha privado la política de facilidad recaudatoria. Nadie deja de pagar los servicios porque se cortan. Por lo tanto, vayamos para adelante.
    Pero otra vez lo mismo. Provincias y municipios aplican cargos a las tarifas y quitárselos de un plumazo originaría un bache en la recaudación tremendo. Nadie parece estar mirando esto. Y justamente el no mirarlo es lo que más nos alarma.
    Está muy bien quitar cargos específicos que en absoluto deberían aplicarse en las facturas de gas o de electricidad.  Pero la seriedad impone explicar con qué se sustituirán. O qué servicios dejarán de  prestarse. O, en definitiva, quién pagará ahora lo que se deja de recaudar por estos conceptos.
    A esto se suma la llamada “tarifa social”, que está vigente para muchísimos hogares y que afecta la recaudación tanto fiscal como empresaria por la prestación de los servicios. Lo que no pagan unos, lo pagan otros. Tan simple como eso.
   Veamos un poco la política del Banco Central, las tasas de interés y el tipo de cambio.
   Cuando en diciembre pasado se anunció la “recalibración” de las metas y objetivos y se subió la expectativa inflacionaria del  10 al 15%, al mismo tiempo se encaró una reducción de las tasas de interés que el Banco Central paga por las Lebacs. Insólito. Todo junto y por el mismo precio.
   Abandonar la meta de inflación fijada sólo unos días antes en el presupuesto nacional fue un golpe de timón muy duro que demostró que los cálculos hechos no duraban ni unas pocas semanas. Al mismo tiempo, bajar las tasas de interés reguladas por el Banco Central era un claro incentivo para abandonar las colocaciones en Lebacs y  “pasarse al dólar” para decirlo rápido.
    Eso es lo que empezó a ocurrir y lo que hizo que el dólar pasara de 17,50 a casi 21 pesos en poco tiempo.
    Entonces el Central salió a vender dólares para frenar la suba. Vendió la última semana más de 4.300 millones de dólares.  No alcanzó.
    Entonces el Banco Central subió la tasa de interés 3 puntos, y pasó a pagar 30,25% anual.
    Es incomprensible que se hubiera llegado a esto. Si el país tiene el déficit fiscal que tiene y éste no se resuelve, jugar a la baja de las tasas de interés o pretender frenar la suba del tipo de cambio vendiendo dólares baratos no parece ni remotamente ser la solución de nada. Como decimos al comienzo, esto  ya lo hemos vivido. Al final el Banco Central sube nuevamente la tasa de interés y detiene los efectos de la tempestad. Pero estamos todos dentro del barco y la tempestad sigue fuera.
    Cuando se promulgó la más declamada que realista reforma tributaria,  se incluyó el famoso impuesto a la renta financiera, tan pedido por propios y extraños. Parecía que era la panacea. Aplicamos ese impuesto, se corrigen todas las injusticias y colorín colorado.
    Acerquemos un poco la lupa a este asunto. La renta financiera siempre ha pagado impuesto a las ganancias en cabeza de las empresas e incluso de las personas físicas (ahora llamadas “humanas” en un pleonasmo para nosotros inadmisible). Solamente estaban exentas las rentas de las personas físicas que operaran en el marco de la ley de entidades financieras. Esto es: las operaciones en bancos, financieras y bolsas o mercados regidos por la ley 21.526. Las operaciones entre privados siempre estuvieron gravadas. Cuando alguien presta dinero para   una hipoteca o en forma particular a otra persona, a una empresa o lo que sea, la renta que obtiene paga impuesto a las ganancias desde hace décadas.
    Lo que queremos significar es que se tomó una decisión acorde con el viento de cola de lo “políticamente correcto” sin detenerse a pensar que gravar la renta con tasas que van del 5% en pesos al 15% en moneda extranjera, dentro de un proceso inflacionario como el que vive la Argentina es cuando menos temerario.
     Y justamente es esto lo que entra a jugar ahora. Se reglamentó el impuesto a la renta financiera y empezó a aplicarse. Por lo tanto la tasa de interés que regula el Banco Central ya no es lo que era, sino que es un 5% menos, o un 15% menos. Y si el dinero invertido proviene de algún paraíso fiscal es el 35%. Aplicar esto y esperar que no pase nada en el mercado financiero es, cuando menos, una ingenuidad.
     Muy bien. Pasó.  Esto pasó y debió ser previsto. Y no lo fue. Entonces ahora caemos en el “engaña pichanga” de sub ir las tasas para que quienes prestan dinero puedan recibir lo mismo que antes. En castellano: El Banco Central paga más, pero la diferencia se recauda como impuesto a la renta financiera. El Gatopardo en acción. Pero el efecto en sí es recesivo. Porque cada vez que el Estado presiona con la carga impositiva quita recursos a la actividad privada para destinarlos al barril sin fondo que resulta ser la administración pública.
     Se arguyen factores externos que sin duda también existen. La suba de tasas en EEUU produce el efecto de que se desarmen posiciones en nuestro país para volcarlas al mercado norteamericano. Pero pretender explicar lo que pasa en la Argentina sin tomar en cuenta los errores propios sólo provoca más luces amarillas.
     Sólo cabe esperar no tanto qué va a pasar con las tasas, el dólar o la inflación; sino si finalmente se tomará el toro por las astas para encarrilar la economía de manera coherente y en línea con la realidad. Los pilares son la seguridad jurídica y la vigencia plena del Estado de Derecho. Y tanto una como el otro requieren terminar con los cimbronazos provocados por factores políticos o por falta de coherencia entre los mismos funcionarios.



       
    
      

Buenos Aires, 29 de abril de 2018                                           HÉCTOR BLAS TRILLO

OTRA VEZ LA INFLACIÓN

El Ágora
OTRA VEZ LA INFLACIÓN
         Una vez más nos referiremos al fenómeno inflacionario, sus causas y sus efectos. La reiteración de lugares comunes y frases hechas demuestran que la falta de conocimientos y los prejuicios siguen vivitos y coleando desde hace demasiados años.
       La inflación es un fenómeno monetario. Esta simple sentencia debería conformar el subtítulo de cualquier asignatura en el nivel que fuere que estuviera referida a temas económicos.
       Ya no importa tanto que se comprendan o no las causas de la inflación en el gran público. Sería suficiente con que se razonara el simple hecho de que si la moneda no existiera, la inflación desaparecería de inmediato.
      Si se volviera a la economía de trueque, si los bienes se cambiaran simplemente unos por otros, sin mediar documento alguno, no habría la menor posibilidad de que tales bienes subieran todos de precio. Simplemente el mayor valor que pudieran tener unos, sería la merma en el valor de otros.
      Muy bien, como la inflación es, insistimos, consecuencia de la existencia de la moneda, es importante conceptualizar el significado de esta última.
      Para decirlo simplemente, la moneda es una promesa de pago. Es un documento que funciona como un pagaré. Los mayores recordarán que hasta los años 50, los billetes contenían aquella leyenda que signaba “el Banco Central pagará al portador y a la vista”. Y más recientemente, en tiempos de la llamada convertibilidad, la leyenda era “convertibles de curso legal”. La referencia era siempre la misma: que el Banco Central pagaría, llegado el caso, el valor en metálico en el primer caso, y en dólares estadounidenses (o sea en otro pagaré) en el segundo.
      Luego de la crisis de 1929, los billetes norteamericanos cuentan con una significativa leyenda: “En Dios confiamos” (In God we trust), que de tal modo pretende ratificar la confianza dado que la moneda de papel, siendo una promesa de pago, requiere necesariamente de la confianza indispensable para seguir teniendo un valor
      Hoy en día la gran mayoría de las monedas del mundo no tienen otra garantía que no sea la otorgada por el ordenamiento jurídico y  político de los países emisores.  La gente confía en las monedas y por eso es factible cambiar bienes y propiedades por simples trozos de papel. Simplemente todos sabemos que las monedas tienen un valor y que éste será reconocido por los demás. Si una catástrofe o una guerra nuclear sobreviniera, la moneda se vería afectada de inmediato en su valía.
      Toda esta introducción pretende, como entendemos que es obvio, explicar qué significa contar con una moneda de curso legal a la que se le asigna un valor.
      En las últimas horas se conoció el índice de precios al consumidor correspondiente al mes de marzo, que arrojó un 2,3% de incremento respecto de febrero. Comparando marzo de 2018 contra igual mes de 2017, la tasa de incremento superó el 25%.
       Como siempre ocurre, aparecieron las explicaciones y los más diversos comentarios intentado argumentar por qué razón “la inflación fue tan alta”.
       Pero resulta que el índice de precios al consumidor no es la inflación si hablamos apropiadamente.  Se trata de un índice elaborado sobre la base de una ponderación de lo que se entiende es la canasta básica de un hogar tipo. Dicho en palabras simples: un índice que parte de una determinada proporción de consumo de bienes y servicios en un hogar típico. Qué porcentaje de los ingresos se gasta en gas, en comida, bebida, en ropa, en salud, etc.
        Durante muchos años, a este índice se le llamaba “costo de vida”. Es decir, cuánto nos cuesta vivir cada mes con relación al mes o meses anteriores. O años anteriores.
        Las afirmaciones respecto de que aumentaron las tarifas de gas o de luz, o aquellas que señalan el incremento de los útiles escolares por el comienzo del ciclo lectivo pueden ser muy interesantes, pero desde el punto de vista de explicarnos la inflación no sirven para nada.
       Porque los precios suben porque hay inflación, y no al revés.  Como hay inflación porque pierde valor la moneda, entonces se produce un incremento de las unidades pesos que se pagan por cada bien o servicio.
       Y esto no es un simple juego de palabras. Si nos centramos en las tarifas, todos sabemos que éstas fueron y todavía siguen siendo subsidiadas por el Estado. Lo mismo ocurre con el transporte público. En términos económicos esto significa que tales tarifas ya eran  más altas, sólo que era el Estado el que pagaba tal incremento y no los consumidores. Por lo tanto, el ajuste de las tarifas ha provocado que sean ahora los consumidores y no el Estado el que pague tal aumento. Como en el primer caso, el mayor precio no se refleja en el índice al consumidor, la suba permanece disimulada. Pero evidentemente el precio total que percibe el prestador del servicio, es mayor que el que paga el consumidor.
      En el caso de los útiles escolares, éstos tienen subas estacionales. Lo mismo ocurre con innúmeros productos, desde flores hasta pan dulce, huevos de Pascua u hoteles y pasajes en temporada alta.
     Los productos más demandados estacionalmente, prácticamente no se venden el resto del año y por lo tanto sus precios pegan saltos en temporada de gran demanda. Y esos saltos incluyen la inflación acontecida pero que no se había reflejado antes porque la demanda era muy baja.
     Por lo tanto no es que la inflación se acelera o se desacelera según lo que ocurra con las tarifas o con la demanda estacional, sino que la inflación ya se había producido, y cuando la demanda aumenta, se traslada a los precios. Pero siendo un fenómeno monetario, la inflación es producida porque el Estado emite moneda adicional para enfrentar el déficit fiscal. La emisión de moneda al no corresponderse con una mayor cantidad de bienes y servicios en oferta que sean proporcionales a tal incremento, provoca la pérdida de valor de esa moneda y por consiguiente la suba de los precios.
     Otro efecto que provoca inflación es la llamada “velocidad de circulación de la moneda”. Esta expresión se refiere al promedio de tiempo que las personas conservan su dinero en sus bolsillos o donde sea y no lo gastan. Cuanto más rápido la gente convierte su dinero en consumo, más aumenta la demanda y eso provoca  también suba de precios. Generalmente la velocidad de circulación es inversamente proporcional a la confianza. Cuanta menor confianza, más rápido se desprende la gente del dinero.
     La inflación se combate, en consecuencia, bajando el déficit fiscal, porque de ese modo deja de emitirse moneda para financiarlo. Así, la moneda deja de perder valor, se restaura la confianza, y disminuye la velocidad de circulación.
    El actual gobierno también ha recurrido al endeudamiento como forma de financiación del déficit. Como podría ocurrir en cualquier hogar, si el dinero no alcanza y pedimos prestado, podemos seguir consumiendo, pero más temprano que tarde, deberemos pagar.  Pedir dinero prestado significa que alguien deja de consumir para que podamos hacerlo nosotros.
     Otro comentario que hemos oído en estas horas es el referido a la “cultura inflacionaria”. Ingeniosa frase que pretende decirnos que tenemos algo así como un chip incorporado que nos hace aumentar los precios siempre más de lo que sería prudente hacerlo. Es decir, hay que aumentar los precios, pero menos.
     Esta frase se derrumba a poco que recordemos que durante los 10 años de la llamada convertibilidad no había prácticamente inflación porque nuestra moneda estaba atada al dólar norteamericano, que es una moneda fuerte que tiene muy poca oscilación en cuanto a su valor. Parece que entonces tal “cultura”  simplemente se había evaporado. Obviamente la causa es bien clara: al atar el peso al dólar y siendo éste último una moneda confiable, adió a la “cultura inflacionaria”.
     Hay que tener en cuenta que los precios han de aumentar siempre lo que la gente esté dispuesta a pagar por los bienes y servicios que se ofrecen. Lo que los profesionales llaman “convalidación por el mercado” entre otras denominaciones.
     Si los precios suben más de lo que los consumidores están dispuestos a pagar, los productos no se venden. O se venden mucho menos. Y esto genera sobreoferta y caída de los precios.
    También es muy común oír que los precios suben porque sube el precio de las materias primas pero luego si tal precio baja, igualmente los valores de venta al consumidor quedan más altos.  Esto es bastante cierto. Pero mucho depende de la demanda de tales bienes y de la competencia que exista. La gente se acostumbra a pagar un valor más alto y lo convalida.
    Quien sube un precio no lo bajará mientras la demanda sea suficientemente aceptable. Hay que tener en cuenta que la economía es una ciencia social y los resultados no son matemáticos. Oscilan según el humor de la gente.
    Y un comentario final para las “cadenas de distribución”, que suelen ser también tomadas como causales de la inflación. Las cadenas de distribución no producen inflación. Si son malas y caras, eso hace que los productos sean mucho más caros que si tales cadenas fueran buenas o mejores. Pero no son causantes de las subas de precios. Dicho de otro modo: si no hubiera nada de inflación, igualmente tendríamos productos a precios mayores que en países o lugares donde tales cadenas son más eficientes.
    Podemos ver que en los años de la llamada convertibilidad, ciertos precios eran muy elevados comparados con otros países (por ejemplo los EEUU) pero no por eso subían todos los meses.
    Entendemos que tener en claro el proceso inflacionario ayuda a quitar fantasmas y a no echar culpas de manera indebida. Todos queremos ganar más y vivir mejor. Todos tratamos de tener el mejor salario, los mejores honorarios, los mejores precios. Esto es universal.
   Descorrer el velo a viejos fantasmas producto de enseñanzas falaces nos sirve para comprender el fenómeno y facilita atacar sus causas. No hay que olvidar que la inflación la produce la política, para decirlo cortito. Entonces echar la culpa a “formadores de precios”, supermercadistas y comerciantes “inescrupulosos” es el deporte universal de la política. Poner la culpa en el otro es desde el vamos una luz amarilla para cualquiera. Pero la facultad de emitir moneda la tiene únicamente el Estado. No debemos olvidar nunca esto.
   
        

Buenos Aires, 14 de abril de 2018                                           HÉCTOR BLAS TRILLO


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