SEGUNDA OPINIÓN
Suplemento del Boletín semanal Ecotributaria
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ECONOMÍA: UN CLIMA ENRARECIDO
Si bien previstos desde hace largo tiempo, los conflictos derivados de las pujas sectoriales por mejorar posiciones muestran en todo su esplendor el régimen corporativo imperante.
Hace ya dos largos años que desde esta columna comentamos que la inflación había llegado para quedarse. En aquellos momentos empezaban a arreciar los controles de precios, disfrazados de acuerdos. Como suele ocurrir con ésta clase de políticas voluntaristas, los comienzos suelen ser suaves, cargados de reuniones y soluciones fáciles vinculadas a algunos precios de algunos productos de consumo por lo general masivo, que luego son anunciadas con bombos y platillos por los funcionarios, incluyendo al propio primer magistrado.
Pero a medida que la realidad va alejándose de la fantasía acuerdista, el voluntarismo de marras va tornándose día a día en un retorcido engranaje de presiones, sanciones, prohibiciones, permisos, registros y toda la enorme gama intervencionista para intentar acercar la realidad esquiva a la fantasía de un grupo de burócratas.
Así, a los insultos y acusaciones infamantes del Dr. Kirchner contra “los empresarios”, “los productores agropecuarios”, “las privatizadas”, “los neoliberales”, y otras generalizaciones vacuas y jamás demostradas contundentemente, siguieron luego los componedores subsidios crecientes, la resurrección de la Secretaria de Comercio Interior de la mano de un pintoresco funcionario con características de mandamás que parece creer que para pasar a ser una nación económicamente pujante y poderosa es preciso ser guapos al mejor estilo de la descripción borgeana. Es decir, compadritos.
El deterioro progresivo de rentabilidades y la evidente caída salarial no dan respiro. La verdadera bizarría iniciada en el INDEC, arranca desde indignación hasta sonrisas de parte de propios y extraños. Los indicadores no son creíbles y mientras acaba de anunciarse que el IPC subió un 0,7% en abril, los cálculos de la mayoría de los profesionales son bastante mayores. Así las cosas, los afectados son los tenedores de bonos ajustables por CER. Y quien se favorece es el propio Estado, que de tal modo tiene menos carga de intereses.
El intervencionismo una vez que inicia su marcha no puede detenerse, y en eso estamos. Las distorsiones provocadas por la prepotencia oficial, intentan ser corregidas con más prepotencia y con más intervencionismo.
Por otra parte, las elecciones de este año juegan un rol de importancia en el corporativismo reinante. Todos quieren llevarse todo, como en el juego de la perinola, pero como ese “todo” debe ser puesto por los otros, nadie quiere ser “los otros”.
Conflictos sindicales sobran. El paro por una quincena de CARBAP ha golpeado fuerte (por más que se diga lo contrario) a las autoridades económicas. Se sabe que hay intenciones de volver a ofertar hacienda de origen militar, al mismo tiempo que se presiona a frigoríficos para que ofrezcan carne a los precios sugeridos. Claro, ni una cosa ni la otra apuntan a resolver el problema iniciado hace un poco más de un año con la inconstitucional y patética prohibición de exportaciones de carnes. En absoluto. Se trata de patear la cuestión para adelante.
Otros indicadores muestran la cruda realidad que se impone: se anuncian subsidios a las carnes, luego de haber iniciado sin cortapisas la destrucción del mercado ganadero. Nuevos subsidios se plantean para el transporte público de pasajeros. Y lo mismo ocurre con otros rubros con el único objetivo de que los precios reales no se reflejen de manera alguna en los índices. El aumento de las tarifas de electricidad para los hogares fue corrido a febrero de 2008. En un esquema inflacionario con tasas del 15% anual promedio este tipo de medidas tienen la única finalidad de tirar hacia adelante los problemas, sin solución de continuidad.
La andanada contra las AFJP y la evidente falsedad que se observa en declaraciones políticas sobre las bondades del llamado régimen de reparto como contraposición a un régimen privado que no es tal, viene logrando que una cantidad importante de trabajadores abandonen el sistema de capitalización para pasarse al primero. De tal modo, se espera que el Estado cuente con los recursos para afrontar una cifra de 1.200.000 nuevos jubilados surgidos de la moratoria para quienes no tienen los años de aportes y que acaba de finalizar el 30 de abril. Se habla de una cifra de $ 5.500 millones anuales.
El gobierno sigue luchando, además, para que los distintos gremios se “planten” en un 16,5% de pedido de incrementos salariales. Un “techo” acorde con estimaciones oficiales pero contrario absolutamente al razonamiento también oficial de que las subas de salarios no son inflacionarias.
Si no lo son, señores, no importa el quántum.
Por lo demás, es preciso ajustar un poco los tantos y dejar de lado enconos ideológicos y acusaciones vacuas y sin sentido ni pruebas. El “dolor del crecimiento” aparentemente basado en el “poquito de inflación” no se corresponde con la vieja ley de Say, que sostiene que toda oferta genera su propia demanda. Si esto es así, entonces los precios no deberían subir sino bajar.
La realidad es muy otra, claro está. El crecimiento pavoroso de la masa monetaria incide sobre la demanda y presiona a la suba de precios.
Los controles y congelamientos provocan escasez. Aparecen nuevas marcas con mayores precios y menor contenido neto por envase, mientras aquellos bienes con “precios acordados con el gobierno” desaparecen de las góndolas.
La pregunta para hacerse es: ¿Cómo se espera que siga la película?. Si observamos el crescendo, de controles, sanciones, condicionamientos, retenciones a las exportaciones, prohibiciones, aprietes y finalmente manipulación de los índices, podemos fácilmente colegir cómo terminará esta cuestión. Nunca hemos tenido dudas al respecto y muchas veces lo hemos considerado de este modo.
Oíamos en el día de hoy por radio a un candidato oficialista que volvía a achacar los males a los noventa, a los grupos que se beneficiaron con el neoliberalismo, a aquellos que pretenden atacar al gobierno para empobrecer y marginar a la gente, etc. El propio presidente Kirchner suele dar este tipo de mensajes según los cuales el mundo se divide en dos en cuanto a la forma de hacer las cosas: quienes las hacen como el gobierno actual, y quienes las hacen mal y con perversión. El estereotipo de buenos y malos que pone a todos los adversarios en ideas del lado de los malos sin discusión posible, y a todos los adherentes del lado de los buenos, ídem.
Este tipo de discursos preocupa precisamente por su banalidad, si se nos permite. Si bien el mundo está movido por intereses, nadie puede seriamente afirmar que sus pensamientos son el resumen de la bondad y de la ética, mientras que los pensamientos de todos los otros, son lo contrario. Las virtudes y las condiciones humanas no pertenecen a ninguna ideología, precisamente porque las ideas no conllevan virtudes, y por lo tanto nadie es dueño de ellas por creer que tiene la razón políticamente. Y si a esto le sumamos el pasado de todos los políticos actuales casi sin excepción, está más que claro que es muy fácil hacer cruzar las virtudes de una vereda a la otra en cuestión de días u horas.
Tanta diatriba ideológica no modifica el fondo de la cuestión. Las inversiones de los 90 fueron una realidad del mismo modo que la salida de las hiperinflaciones de los 80 necesitaba de una dosis de audacia. Quienes supuestamente se beneficiaron turbiamente con las llamadas privatizaciones, no borran a quienes en su momento lo hicieron con las estatizaciones, como paradójicamente está volviendo a ocurrir.
El clima se ha enrarecido tanto que las acusaciones políticas están a la orden del día. Las próximas elecciones dan pie a ello. Pero el gasto público, en este marco, viene incrementándose a un ritmo varias veces superior a la tasa de inflación oficial. Si bien los ingresos también crecen, lo hacen en menor medida con lo cual el superávit primario viene reduciéndose año a año. Nadie ignora que los políticos cuando dirimen sus primacías salen a realizar obras si están en el poder. El manejo del erario es una cuestión que pocos se atreven a discutir. La discreción es exacerbada por el propio Congreso que sin chistar otorga superpoderes.
Así las cosas, es bastante difícil ser optimistas. Sin Estado de Derecho, sin reglas claras, con humores cambiantes, y con voluntarismos francamente autoritarios, no parece que vayamos para mejor. Es cierto, lo dijimos muchas veces, que el país ha salido de la crisis de 2002. Se han recuperado niveles de producción aprovechando la capacidad ociosa proveniente de las inversiones de los 90. Incluso se han realizado algunas nuevas inversiones, aunque hay que recordar que cuando se habla de este tema hay que tener cuidado, ya que mayoritariamente tales inversiones provienen de la telefonía celular y de la construcción.
A la ministra Miceli podrá no gustarle pero la realidad es que la Argentina no es un país al que acudan masivamente inversiones como lo hacen a México o a Brasil, por ejemplo. En esencia, las puntualizaciones que tratamos de efectuar en este trabajo tienen muchísimo que ver con que esto ocurra.
Ningún camino, el que fuera, puede ser bueno si no se tiene la seguridad jurídica indispensable para poder seguir adelante. El problema de la Argentina es que no ha sido capaz, por décadas, de apegarse a las normas y respetarlas a rajatabla. No hay casi conciencia de ello.
Nadie que sepamos ha iniciado planteos de inconstitucionalidad por las prohibiciones de exportaciones, los controles de precios o el incumplimiento de los contratos a cargo del Estado. Todo el mundo parece tener asumido que las cosas son así. Y desgraciadamente no lo son.
Buenos Aires, 5 de mayo de 2007
HÉCTOR BLAS TRILLO
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