El Ágora
En
el discurso
inaugural del 132º período de sesiones ordinarias del Congreso
Nacional, la
presidenta de la Nación volvió a incurrir en el error fáctico de
culpar de la
inflación a los empresarios, si bien se cuidó de usar esa
palabra al parecer
maldita. La insistencia
en la búsqueda
de culpables de todos los males que pudieran estar acaeciendo en
el país
resulta a estas alturas tan poco creíble como las divagaciones
estadísticas del
vapuleado INDEC, hoy en trance de ser resucitado con las enormes
dudas que ello
genera.
No
es sólo que la
inflación es un fenómeno monetario que no se daría si no
existiera una moneda
de cambio, sino que el propio gobierno da claras muestras de no
ignorar que
esto es así, y es por eso que decidió nombrar a una persona
seria al frente del
Banco Central, como lo es Juan Carlos Fábrega, técnico
reconocido por todos los
sectores del profesionalismo.
Está
bastante claro, a
nuestro entender, que no se trata entonces del error de quien
desconoce las
cuitas de la economía y el valor de la moneda; sino de quien, a
sabiendas, una
vez más, recurre a la falacia.
El
llamado a "a sancionar instrumentos que
defiendan de una
buena vez a los usuarios y consumidores frente al abuso de
sectores
concentrados, de sectores monopólicos y oligopólicos" es,
claramente, un intento cínico de movilizar pasiones. Todo el mundo
sabe que no
le hace falta llamar a nadie para imponer leyes de cualquier
naturaleza en un
Congreso que es absolutamente dócil, al punto que varios
legisladores han
reconocido públicamente que, aun estando en desacuerdo, votan de
manera favorable
por “disciplina partidaria” todo cuanto se les presente.
Por
lo demás, los declamados “sectores concentrados”, al igual que
los “monopólicos
u oligopólicos” no han sido jamás identificados, puestos en
evidencia y su
accionar profesionalmente demostrado. La
verdadera entelequia del facilismo político de acusar a “los
demás” de
monopolistas o concentrados ya nos tiene bastante más que
hartos.
Veamos: en el mundo los monopolios supuestos o reales son
creados por el
proteccionismo estatal, dado que de otra forma la competencia los destruye en poco tiempo
en caso de que
llegaran a conformarse. Ello ocurre
porque la posibilidad de estar “solos” en el mercado
“achancha” el
funcionamiento, ensoberbece, y finalmente provoca la llegada de
alguna forma de
competencia. La misma suerte corre, claro está, para los
oligopolios.
En la
Argentina no existen monopolios, a menos que el gobierno se
digne alguna vez a
nombrarlos y a demostrar que lo son. Porque llamar al grupo
Clarín, por
ejemplo, como monopolio, es una soberana inconsistencia y no
hace falta
demasiado para descubrir la cantidad de medios de todo pelo y
color que
compiten en el mercado de la información. Especialmente medios
oficiales y
oficiosos. Por lo demás, si este gobierno abriera la economía,
en lugar de
cerrarla cada vez más, la competencia externa terminaría con
cualquier
conformación monopólica que se formara. Incluso más de una vez
en estos años el
gobierno amenazó con “abrir importaciones” de tales o cuales
productos, con lo
cual tiene bien en claro de qué se trata.
Los grupos
“concentrados” requieren en
primer lugar definir qué cosa es la “concentración”. ¿Tres empresas, cinco,
ocho, catorce? Y luego
definir qué cantidad del mercado
absorben. ¿el 70, el 80, el 100%? Es decir, para hablar de
concentración hay
que hablar de cantidades y de calidades. Hay que demostrar lo
que se dice y
dejar de sanatear, si se nos permite el término.
Ahora
bien, supongamos por un momento que todo esto sea así, que sea
realmente como
una y otra vez discursea la presidenta. ¿No existe una ley de
defensa de la
competencia en la Argentina? ¿No existe acaso una ley de
abastecimiento con la
que el gobierno amenaza una y otra vez a todo el mundo? Esta
última ley, que
muchos juristas consideran derogada y el gobierno insiste en que
está vigente,
es una verdadera amenaza para el comercio en todas su formas, y
una impresionante
gama de poder otorgada a los gobernantes para que literalmente
hagan lo que
quieran. Invitamos a quien quiera leerla a hacerlo aquí http://www.infoleg.gov.ar/infolegInternet/anexos/55000-59999/58603/texact.htm
Existiendo semejante
legislación, ¿alguien podrá explicar a santo de qué la señora
presidenta pide
al Congreso que sancione los “instrumentos que defiendan de una
buena vez a los
usuarios y consumidores”? Señora, la ley de abastecimiento es
del año 1974, y
según los amigos del gobierno está plenamente vigente ¿qué más
hace falta?
La verdad de la
historia es que todo esto parece un gran acto de cinismo para
seguir ocultando
la realidad, tal como ha venido ocurriendo en tantos aspectos de
la vida
política y económica del país en todos estos años. Salir a
plantear a
legisladores que deben votar instrumentos que ya existen en
apenas una pobre
puesta en escena. Porque los proyectos además vienen del poder
ejecutivo y los
legisladores oficialistas los votan a libro cerrado.
La señora presidenta
hizo referencia, como tantas veces, a los precios que suben de
manera “injustificada”
¿qué cosa es injustificada? ¿Qué suban o que lo hagan demasiado
a juicio de la
señora? Pues bien, si suben de manera generalizada, eso se llama
inflación.
Descartado está entonces que finalmente, aunque no la nombre, la
presidenta
reconoce que el país está sumido en un fenómeno inflacionario.
Ya era hora,
sobre todo luego del “sinceramiento” del índice de precios
exigido por el FMI.
Veamos entonces qué
cosa es lo que no se justifica. La señora hizo alusión a los
automóviles, y ha
dicho que han subido más que la misma devaluación de enero. Ha considerado, por lo
tanto, que los
vehículos no deberían haber subido más que eso.
Pero resulta que los insumos cuya medida es el dólar no
son todos los
gastos en los que se incurre para fabricar un auto o lo que sea. Y es evidente que en estos
dos meses han
subido muchas cosas. Y además hay serias expectativas
inflacionarias, que ahora
el gobierno intenta frenar de manera ortodoxa, dicho sea de
paso.
¿Cuál es la razón por
la cual la presidenta supone que los precios deben subir a lo
sumo tanto como
suben los insumos nominados en dólares? Un misterio insondable
se cierne sobre
este punto. Los precios suben porque hay inflación. La inflación
genera
incertidumbre, la incertidumbre genera miedo, el miedo genera la
conveniencia
de quedarse en bienes y no en dinero que pierde valor. Nadie en
su sano juicio
sale a vender algo sin tomar por lo menos un margen de seguridad
al momento de
tener que reponer el bien. Y los bienes suben de precio mientras
haya
consumidores que los paguen.
¿Cuánto valdrá el
dólar dentro de dos meses? ¿Alguien puede asegurar que si tiene
que fabricar o
comprar un bien para la venta dentro de dos meses podrá hacerlo
con el dinero
que obtiene hoy por un bien idéntico que acaba de vender?
La falta de realismo
para analizar el fenómeno inflacionario ya no puede ser
ignorancia, insistimos.
Es otra cosa.
Acá se trata, tal vez
de manera consciente, de enfrentar a la gente, como ocurre en
Venezuela, y como
ha ocurrido en la misma Argentina en otras épocas, cuando Juan
Perón enviaba a
la gente a “combatir el agio y la especulación “ y a denunciar
al “comerciante
deshonesto”, que no era otro que el que no quería vender los
productos al
precio fijado por el gobierno. Así fue como muchos terminaron en
la cárcel de
Villa Devoto.
Y ese es también otro
aspecto que hay que mencionar aunque no sea de referencia
directa al discurso
de hoy. Porque la insistencia neurótica para que todo el mundo
venda la soja o
lo que sea y “liquide los dólares” ante el Banco Central, es una
exigencia por
lo menos inconsistente. La gente vende cuando le conviene, no
cuando el
gobernante quiere que lo haga apremiado por la falta de dólares.
Así funciona la
economía. Y la referencia a las sucesivas “corridas”, a la que hizo también
mención la presidenta,
invita a reflexionar por qué se producen tales corridas.
Porque si acá todo el
mundo “se llevó la plata con pala” y ha ganado tanto como ha
repetido la
señora, cabe preguntarse a título de qué salir corriendo a
comprar dólares.
Como con la inflación, las razones por las cuales la gente corre
a comprar
bienes, dólares o paquetes
turísticos
debe ser buscada en la política económica y monetaria, no en la
presunción de
que los individuos son demonios apátridas que solo piensan en
destruir un
gobierno democrático.
Más bien esto último
es también parte del “relato” de búsqueda de culpables,
obviamente. ¿cuál es la
razón de que se impusiera
una absurda
percepción de impuesto a las ganancias sobre compras de moneda
extranjera sino
la certeza de que la gente la compra porque la considera barata?
La señora presidenta
ha incitado una vez más a la violencia física con la violencia
verbal. No es
cierto que su discurso haya sido “respetuoso” como dijo el ex
intendente de
Tigre. Es una clara
actitud ofensiva
decir que "No hay
ningún justificativo
para aumentos de precios por encima de valores que no se
condicen con la
realidad y que solamente saqueen el bolsillo de los argentinos”. ¿Hace falta aclarar
que esto es tratar de ladrones a innominados sectores
calificados de “concentrados”? Lo mismo hacía su
difunto esposo. “Los
demás” son ladrones, el gobierno que estafa a la gente emitiendo
moneda sin
respaldo, no tiene nada que ver.
Y esto hay que reiterarlo una vez más. Porque la
señora plantea sus
discursos desde una posición de víctima que recibe “ataques” de
grupos
antagónicos a los que califica de concentrados, hegemónicos,
corporativos o lo
que sea, para finalmente tratarlos de chorros.
Ya va siendo hora de terminar con esta forma de
cinismo de la que se hacen
eco no pocos de los adláteres del discurso oficial, en especial
algunos
ministros, como Kicillof y Capitanich.
Porque esto de presentarse como víctima de “los
insultos” como ha ocurrido
tantas veces no se condice con las afrentas permanentes que las
señora profiere
y que luego dan lugar a pegatinas nazifascistas contra ciertos
empresarios como
responsables de que en la Argentina en los últimos cuarenta y
cinco años la
moneda haya perdido la friolera de 13 ceros, y un peso actual
equivalga a 10
billones de pesos de 1969 ($
10.000.000.000.000).
Acá hay responsabilidades que claramente no se asumen. Ya
va siendo hora, repetimos, de terminar con la falacia. Y con el cinismo.
HÉCTOR
BLAS TRILLO
Buenos Aires, 1º de marzo de 2014
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