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sábado, 15 de marzo de 2014

INSISTIR EN LA FALACIA 1/3/14

El Ágora
ECONOMÍA: INSISTIR EN LA FALACIA

                 En el discurso inaugural del 132º período de sesiones ordinarias del Congreso Nacional, la presidenta de la Nación volvió a incurrir en el error fáctico de culpar de la inflación a los empresarios, si bien se cuidó de usar esa palabra al parecer maldita.  La insistencia en la búsqueda de culpables de todos los males que pudieran estar acaeciendo en el país resulta a estas alturas tan poco creíble como las divagaciones estadísticas del vapuleado INDEC, hoy en trance de ser resucitado con las enormes dudas que ello genera.
              No es sólo que la inflación es un fenómeno monetario que no se daría si no existiera una moneda de cambio, sino que el propio gobierno da claras muestras de no ignorar que esto es así, y es por eso que decidió nombrar a una persona seria al frente del Banco Central, como lo es Juan Carlos Fábrega, técnico reconocido por todos los sectores del profesionalismo.
              Está bastante claro, a nuestro entender, que no se trata entonces del error de quien desconoce las cuitas de la economía y el valor de la moneda; sino de quien, a sabiendas, una vez más, recurre a la falacia.
             El llamado a "a sancionar instrumentos que defiendan de una buena vez a los usuarios y consumidores frente al abuso de sectores concentrados, de sectores monopólicos y oligopólicos" es, claramente, un intento cínico de movilizar pasiones. Todo el mundo sabe que no le hace falta llamar a nadie para imponer leyes de cualquier naturaleza en un Congreso que es absolutamente dócil, al punto que varios legisladores han reconocido públicamente que, aun estando en desacuerdo, votan de manera favorable por “disciplina partidaria” todo cuanto se les presente.
            Por lo demás, los declamados “sectores concentrados”, al igual que los “monopólicos u oligopólicos” no han sido jamás identificados, puestos en evidencia y su accionar profesionalmente demostrado.  La verdadera entelequia del facilismo político de acusar a “los demás” de monopolistas o concentrados ya nos tiene bastante más que hartos.
           Veamos: en el mundo los monopolios supuestos o reales son creados por el proteccionismo estatal, dado que de otra forma la competencia  los destruye en poco tiempo en caso de que llegaran a conformarse. Ello ocurre  porque la posibilidad de estar “solos” en el mercado “achancha” el funcionamiento, ensoberbece, y finalmente provoca la llegada de alguna forma de competencia. La misma suerte corre, claro está, para los oligopolios.
           En la Argentina no existen monopolios, a menos que el gobierno se digne alguna vez a nombrarlos y a demostrar que lo son. Porque llamar al grupo Clarín, por ejemplo, como monopolio, es una soberana inconsistencia y no hace falta demasiado para descubrir la cantidad de medios de todo pelo y color que compiten en el mercado de la información. Especialmente medios oficiales y oficiosos. Por lo demás, si este gobierno abriera la economía, en lugar de cerrarla cada vez más, la competencia externa terminaría con cualquier conformación monopólica que se formara. Incluso más de una vez en estos años el gobierno amenazó con “abrir importaciones” de tales o cuales productos, con lo cual tiene bien en claro de qué se trata.
         Los grupos “concentrados” requieren en primer lugar definir qué cosa es la “concentración”.  ¿Tres empresas, cinco, ocho, catorce?  Y luego definir qué cantidad del mercado absorben. ¿el 70, el 80, el 100%? Es decir, para hablar de concentración hay que hablar de cantidades y de calidades. Hay que demostrar lo que se dice y dejar de sanatear, si se nos permite el término.
          Ahora bien, supongamos por un momento que todo esto sea así, que sea realmente como una y otra vez discursea la presidenta. ¿No existe una ley de defensa de la competencia en la Argentina? ¿No existe acaso una ley de abastecimiento con la que el gobierno amenaza una y otra vez a todo el mundo? Esta última ley, que muchos juristas consideran derogada y el gobierno insiste en que está vigente, es una verdadera amenaza para el comercio en todas su formas, y una impresionante gama de poder otorgada a los gobernantes para que literalmente hagan lo que quieran. Invitamos a quien quiera leerla a hacerlo aquí http://www.infoleg.gov.ar/infolegInternet/anexos/55000-59999/58603/texact.htm
Existiendo semejante legislación, ¿alguien podrá explicar a santo de qué la señora presidenta pide al Congreso que sancione los “instrumentos que defiendan de una buena vez a los usuarios y consumidores”? Señora, la ley de abastecimiento es del año 1974, y según los amigos del gobierno está plenamente vigente ¿qué más hace falta?
La verdad de la historia es que todo esto parece un gran acto de cinismo para seguir ocultando la realidad, tal como ha venido ocurriendo en tantos aspectos de la vida política y económica del país en todos estos años. Salir a plantear a legisladores que deben votar instrumentos que ya existen en apenas una pobre puesta en escena. Porque los proyectos además vienen del poder ejecutivo y los legisladores oficialistas los votan a libro cerrado.
La señora presidenta hizo referencia, como tantas veces, a los precios que suben de manera “injustificada” ¿qué cosa es injustificada? ¿Qué suban o que lo hagan demasiado a juicio de la señora? Pues bien, si suben de manera generalizada, eso se llama inflación. Descartado está entonces que finalmente, aunque no la nombre, la presidenta reconoce que el país está sumido en un fenómeno inflacionario. Ya era hora, sobre todo luego del “sinceramiento” del índice de precios exigido por el FMI.
Veamos entonces qué cosa es lo que no se justifica. La señora hizo alusión a los automóviles, y ha dicho que han subido más que la misma devaluación de enero.  Ha considerado, por lo tanto, que los vehículos no deberían haber subido más que eso.  Pero resulta que los insumos cuya medida es el dólar no son todos los gastos en los que se incurre para fabricar un auto o lo que sea.  Y es evidente que en estos dos meses han subido muchas cosas. Y además hay serias expectativas inflacionarias, que ahora el gobierno intenta frenar de manera ortodoxa, dicho sea de paso.
¿Cuál es la razón por la cual la presidenta supone que los precios deben subir a lo sumo tanto como suben los insumos nominados en dólares? Un misterio insondable se cierne sobre este punto. Los precios suben porque hay inflación. La inflación genera incertidumbre, la incertidumbre genera miedo, el miedo genera la conveniencia de quedarse en bienes y no en dinero que pierde valor. Nadie en su sano juicio sale a vender algo sin tomar por lo menos un margen de seguridad al momento de tener que reponer el bien. Y los bienes suben de precio mientras haya consumidores que los paguen.
¿Cuánto valdrá el dólar dentro de dos meses? ¿Alguien puede asegurar que si tiene que fabricar o comprar un bien para la venta dentro de dos meses podrá hacerlo con el dinero que obtiene hoy por un bien idéntico que acaba de vender? 
La falta de realismo para analizar el fenómeno inflacionario ya no puede ser ignorancia, insistimos. Es otra cosa.
Acá se trata, tal vez de manera consciente, de enfrentar a la gente, como ocurre en Venezuela, y como ha ocurrido en la misma Argentina en otras épocas, cuando Juan Perón enviaba a la gente a “combatir el agio y la especulación “ y a denunciar al “comerciante deshonesto”, que no era otro que el que no quería vender los productos al precio fijado por el gobierno. Así fue como muchos terminaron en la cárcel de Villa Devoto.
Y ese es también otro aspecto que hay que mencionar aunque no sea de referencia directa al discurso de hoy. Porque la insistencia neurótica para que todo el mundo venda la soja o lo que sea y “liquide los dólares” ante el Banco Central, es una exigencia por lo menos inconsistente. La gente vende cuando le conviene, no cuando el gobernante quiere que lo haga apremiado por la falta de dólares.
Así funciona la economía. Y la referencia a las sucesivas “corridas”,  a la que hizo también mención la presidenta, invita a reflexionar por qué se producen tales corridas.
Porque si acá todo el mundo “se llevó la plata con pala” y ha ganado tanto como ha repetido la señora, cabe preguntarse a título de qué salir corriendo a comprar dólares. Como con la inflación, las razones por las cuales la gente corre a comprar bienes, dólares o paquetes turísticos debe ser buscada en la política económica y monetaria, no en la presunción de que los individuos son demonios apátridas que solo piensan en destruir un gobierno democrático.
Más bien esto último es también parte del “relato” de búsqueda de culpables, obviamente. ¿cuál es la razón de que se  impusiera una absurda percepción de impuesto a las ganancias sobre compras de moneda extranjera sino la certeza de que la gente la compra porque la considera barata?
La señora presidenta ha incitado una vez más a la violencia física con la violencia verbal. No es cierto que su discurso haya sido “respetuoso” como dijo el ex intendente de Tigre.  Es una clara actitud ofensiva decir que "No hay ningún justificativo para aumentos de precios por encima de valores que no se condicen con la realidad y que solamente saqueen el bolsillo de los argentinos”. ¿Hace falta aclarar que esto es tratar de ladrones a innominados sectores calificados de  “concentrados”?     Lo mismo hacía su difunto esposo. “Los demás” son ladrones, el gobierno que estafa a la gente emitiendo moneda sin respaldo, no tiene nada que ver.
Y esto hay que reiterarlo una vez más. Porque la señora plantea sus discursos desde una posición de víctima que recibe “ataques” de grupos antagónicos a los que califica de concentrados, hegemónicos, corporativos o lo que sea, para finalmente tratarlos de chorros.
Ya va siendo hora de terminar con esta forma de cinismo de la que se hacen eco no pocos de los adláteres del discurso oficial, en especial algunos ministros, como Kicillof y Capitanich.
Porque esto de presentarse como víctima de “los insultos” como ha ocurrido tantas veces no se condice con las afrentas permanentes que las señora profiere y que luego dan lugar a pegatinas nazifascistas contra ciertos empresarios como responsables de que en la Argentina en los últimos cuarenta y cinco años la moneda haya perdido la friolera de 13 ceros, y un peso actual equivalga a 10 billones de pesos de 1969  ($ 10.000.000.000.000). Acá hay responsabilidades que claramente no se asumen. Ya va siendo hora, repetimos, de terminar con la falacia.  Y con el cinismo.


HÉCTOR BLAS TRILLO                                                      Buenos Aires,   1º de marzo de 2014




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