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lunes, 28 de julio de 2014

LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN 19/4/14

El Ágora
 LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN
La libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oír.


Hablar sobre libertad de expresión en la Argentina implica, necesariamente, dejar de lado ciertos tabúes que todos en algún grado tenemos y que por lo tanto vuelven aún más subjetivas nuestras opiniones. Es mi intención acercarme a  ese objetivo en las siguientes líneas. Intentarlo al menos.
Hace ya muchos años que viene observándose en la Argentina que los gobiernos atacan desde distintos flancos a la libertad de expresión.  Algunos con mayor virulencia, otros más tímidamente, pero todos han intervenido de algún modo para intentar acallar, o al menos morigerar, a la prensa libre.
El ataque de la cúpula del poder político abarca varios flancos, como digo,  y creo yo que todos más o menos los conocemos. Por un lado se ataca  a los “grupos mediáticos”, asignándoles a ellos un poder omnímodo capaz de mellar el gobierno. Por el otro se descalifica a los periodistas que trabajan en tales medios con el argumento de que si trabajan para ellos no pueden opinar de manera independiente y solamente sirven a sus intereses. El remanido discurso incluye la conocida frase de sesgo autoritario que dice que “libertad de empresa no es lo mismo que libertad de prensa”. De donde se deduce que en tal caso, la democracia republicana habría de funcionar sin libertad de empresa.
Con estas premisas, por así decirlo, se ha iniciado un derrotero antimediático hace ya unos cuantos años, que ha recrudecido especialmente luego de la llamada crisis del campo. Fue entonces cuando el expresidente se enfrentó de manera masiva al grupo Clarín, con cuyos representantes hasta ese entonces almorzaba en Olivos con regularidad y además siendo presidente le otorgó todo tipo de concesiones, como la recordada fusión entre Cablevisión y Multicanal, entre otras cosas.
Sobrevino entonces el ataque a varios periodistas, a quienes a la manera nazi se los sometió a una pantomima de “juicio popular” para finalmente colocar sus fotografías e invitar a niños de corta edad a lanzar escupitajos contra ellos.  Los niños al servicio de un sistema político son un clásico en estas tendencias políticas.
A esta verdadera resurrección de las prácticas más nazifascistas le siguió el llamado a “debate” por la ley de medios audiovisuales, que terminó en una farragosa progresión de más de 160 artículos cuya cara visible lleva nombre y apellido: el grupo Clarín.
En el medio, la grotesca campaña iniciada desde los despachos oficiales y también desde  los medios oficialistas tuvo como consigna aquella verdadera afrenta a la inteligencia resumida en “Clarín miente”.
También los gobernantes trazaron un plan tendiente a cooptar la mayor cantidad posible de medios gráficos, radiales y televisivos mediante el deplorable uso de la propaganda del gobierno dirigida a favorecer a los grupos amigos del régimen.
El mecanismo de cooptación es lo suficientemente perverso y merecería mayor atención de parte de la ciudadanía sana y democrática.  Al menos hasta donde se ve, los grupos económicos amigos del poder, que resultan favorecidos con  la obra pública o el juego, son los que más temprano que tarde terminaron dedicándose a una actividad absolutamente ajena a la suya propia, como es la adquisición de radios, canales de televisión, e incluso grupos mediáticos, como es claramente el caso del llamado Grupo Hadad adquirido por el empresario del juego Cristóbal López. De esas adquisiciones, lo primero que surgió es la masiva baja de los periodistas críticos del régimen, como no podía ser de otra manera.
La distribución facciosa de la publicidad oficial hacia los medios amigos mereció fallos de la mismísima Corte Suprema que exigen la racionalidad democrática en la asignación de la pauta publicitaria. El Poder Ejecutivo, fiel a su estilo, ha decidido hasta el momento desconocer esos fallos, como es el caso flagrante de la Editorial Perfil.
El canal de televisión del Estado, se ha convertido en un adefesio de propaganda que roza claramente el ridículo. Obvio y falaz, obsecuente, insulso y trabajosamente rastrero.  En él resaltan claramente el verdadero panfleto llamado 6,7,8 y las emisiones de Fútbol para Todos, que han utilizado el deporte más popular como una punta de lanza para agobiar a los atribulados televidentes con propaganda  a favor del gobierno e inclusive en contra de políticos opositores. Una propaganda que, como todas las propagandas políticas, trashuma obsecuencia y miserabilidad.
Por otro lado, se ha legislado una regulación en la producción y distribución del papel para diarios, mientras arreciaba el ataque contra el grupo Clarín, contra la empresa Papel Prensa, e incluso contra la señora Herrera de Noble y sus hijos adoptivos, sin descuidar, claro está, al denominado CEO del grupo, el contadorHéctor Magnetto.
Vale la pena recordar los ataques a Papel Prensa, con cadena nacional incluida, los ataques al grupo Clarín, incluida la surrealista  imagen del ex secretario Moreno en un avión rumbo a Angola infestado de globos con la leyenda Clarín miente y el agregado de los calcetines con idéntica leyenda entregados a niños angoleños en el medio de una puesta en escena para vender cosechadoras y “saladas” al país africano gobernado por una dictadura cruel que, de paso sea dicho, no mereció una sola palabra crítica de parte del gobierno argentino.
O aquella incursión de este mismo personaje junto al actual ministro de economía y al presidente de la  Comisión Nacional de Valores en la asamblea del mismo grupo periodístico prepoteando y agraviando a los presentes, lleva a las personas de bien a preguntarse qué clase de límites ha de tener esta gente. Y qué clase de límites habrán pensado ponerles los políticos que representan a otros “espacios”, como se dice ahora.
Ahora bien, dicho todo esto a modo de recuento, es también útil decir que hasta la ruptura entre Kirchner y Clarín, todo marchaba sobre ruedas entre el gobierno y el señor Magnetto. Cabe preguntarse, con justas motivaciones, por qué.
La respuesta es bastante más que obvia.  La Argentina es un país corporativo, donde las Cámaras empresarias, los sindicatos, los contratistas del Estado y otros sectores luchan por espacios de poder esperando las ventajas que un Estado omnímodo puede asignarles. Unos contra otros. Juntos y revueltos. Todos esperan la proverbial tajada. El régimen promocional. El blanqueo de capitales. La moratoria. La licitación amañada.  Todos esperan que las violaciones de la Constitución los favorezcan.
Y en estos últimos tiempos, un sinfín de esperanzas se han sumado a las tradicionales, desde el momento en que un Estado intervencionista y un régimen político violatorio de elementales premisas constitucionales puede decidir si te deja importar o no, si te confisca o no, si te establece controles de precios o  no, si te reintegra los impuestos o no, si te sube o baja retenciones a las exportaciones o no, y un millón de etcéteras.
Por lo tanto, la cosa está bien clara. Clarín había hecho “buena letra” hasta que el ex presidente se enojó, y al menos por lo que se cuenta, el enojo provino de la forma en que el diario de los Noble encaró el tema de la recordada resolución 125.
Pero es importante tener bien claro el concepto de libertad, que no tiene nada que ver con el corporativismo que viola las leyes y asigna recursos del Estado a piaccere.
En estos momentos las cuentas están bastante claras. Salvo  los grupos periodísticos La Nación, Clarín y Perfil, todo el espectro radial, televisivo y gráfico está en manos amigas del régimen, recibe millonadas en avisos publicitarios y hasta reparte gratuitamente sus publicaciones intentando captar adeptos. Para  la televisión, incluso se han repartido conversores para que millones de personas puedan ver en la denominada “alta definición” los partidos de fútbol cargados de propaganda, o los canales de noticias adictos al oficialismo y sostenidos con dineros públicos.
Una nota de color que a la vez es un verdadero síntoma, es la televisación los días domingo de los partidos en los cuales Boca y Ríver son los protagonistas. Alternativamente uno juega más temprano, y el otro más tarde. Pero en el medio hay un “blanco” de una hora y media en el cual el canal oficial introduce el programa 6,7,8 intentando así captar la audiencia que deja el primero de los partidos, en espera del segundo de ellos. Una notable inventiva de una decadencia y un autoritarismo faccioso increíble.
No quiero terminar esto sin hacer una referencia a un programa de televisión en el que un publicista y un encuestólogo ultraoficialistas,  debatieron con un grupo de periodistas y comunicadores.  Allí, estos personajes sostuvieron, una vez más, que los medios opositores obligan a sus “empleados” a hacer y decir lo que ellos quieren.  A esto siguieron afirmaciones del estilo de “nunca señalan lo bueno”  y cosas por el estilo. Claro, los personajes citados no hicieron ni por un instante referencia a quienes se desempeñan en el llamado “canal público”, ni al hecho de que en varios programas de televisión se acepta el debate y el disenso como ocurrió siempre, mientras que en el canal oficial el pensamiento único es una constante.
En otras palabras, estos señores critican en la actitud de los opositores lo que en las usinas mismas del régimen es una constante. De hecho ellos mismos han estado en el programa 6,7,8 en medio de una cantata oficialista que no admite disensos. Y varias veces, además.
Y ni qué hablar de los medios gráficos y radiales cooptados por el oficialismo, que son hoy por hoy una verdadera usina de propaganda que además se vuelve pesadamente reiterativa, porque se nota largamente la “bajada de línea” sobre determinados temas, que son tomados por todos ellos con la misma consigna, con las mismas palabras y con el mismo tono. Una y otra vez.
La notable diáspora se vuelve más que elocuente cuando encima, como queda dicho, mientras los medios privados sobreviven incluso a la prohibición claramente fascista a los supermercados y a las cadenas de electrodomésticos orquestada en su momento por Moreno, los medios públicos reciben fortunas del erario, es decir, de todos nosotros.
Es bien clara la cosa: estos curiosos personajes se rasgan las vestiduras de que los medios opositores hagan oposición, y aceptan de manera abyecta el tratamiento faccioso e intolerante de los medios que defienden. Una verdadera comedia trágica.
Y para terminar: la existencia de medios opositores es una obviedad en una democracia. Su función es ser críticos del régimen. La función del periodismo libre es la de criticar, meter el dedo en la llaga, sacar a la luz las trapisondas de funcionarios y políticos de toda laya.
Y si se cometen abusos, si se miente o si se actúa de cualquier forma de manera contraria a la ley, lo que corresponde es recurrir a la Justicia.
Y el gobierno tiene la obligación y el derecho de dar a publicidad los “actos de gobierno”, justamente, de manera democrática y no facciosa.  No es tan difícil. Lo difícil es torcer la realidad y la verdad, y convertirla en una actitud maniquea, corporativa e intolerante, como desde hace varios años lo hace este gobierno.
El país corporativo en que vivimos tiene su origen, además, en la discrecionalidad con la que se manejan fondos públicos para favorecer a quienes se portan bien. Esto ocurre así desde los albores del peronismo por lo menos. Y esa discrecionalidad es claramente inconstitucional y finalmente atentatoria de la libertad de expresión.
Tal vez en un futuro cercano, las fuerzas democráticas que quiero creer existen en la Argentina, se pongan las pilas para revertir este verdadero cáncer autoritario y faccioso en el que vivimos.


                

HÉCTOR BLAS TRILLO                                                      Buenos Aires,   19 de abril de 2014

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