Translate

sábado, 21 de octubre de 2006

EL 11 DE SETIEMBRE

Vimos por televisión las imágenes del recordatorio de las víctimas del ataque terrorista a la ciudad de Nueva York ocurrido hace tres años. Allí pudimos ver, por enésima vez, cómo dos aviones de pasajeros en manos de bárbaros y fanáticos se estrellaban contra las famosas Torres Gemelas, sembrando la muerte y la desolación en medio del fuego, el derrumbe, la explosión y el llanto.



El ataque no fue solamente contra las torres, como todos sabemos. También hubo un avión que se estrelló en el Pentágono y otro más que si bien se estrelló no alcanzó su supuesto objetivo.



Hubo más de 3.000 muertos. Muchísimos heridos y toda la inmensa secuela de dolor que provoca la barbarie en su máxima expresión.



Aquel mismo día, recordamos nuestro modesto texto escrito en caliente donde recomendábamos ver por televisión ciertos programas para comprobar, por si cupiera alguna posibilidad en contrario, la hijaputez de la justificación por parte de ciertos comunicadores que al día de hoy se dedican a llorar sus miserias por no estar "en el aire".



"Las invasiones bárbaras" llegaron al gran país del Norte justo cuando en el poder se encontraba, hacía muy poquito, un presidente republicano que es considerado por casi todo el mundo como un mediocre:



George W. Bush. Una de las primeras cosas que acudieron a nuestra mente aquel día, luego del sacudón inicial, fue la de qué hubiera ocurrido si el presidente hubiera sido Bill Clinton, o, por qué no, James Carter. O incluso Kennedy. Pero no, era Bush. Y el hecho de tratarse de un presidente de la derecha americana, sirvió para que la basura ideológica metiera sus dedos en la llaga de la culpa, para justificar su regocijo ante la barbarie y el horror conferido a seres inocentes dedicados al trabajo cotidiano. Incluso no faltaron quienes hicieron hincapié en le hecho de que en las torres estaban las oficinas de financistas y ricachones. Digamos que por tal motivo bien muertos estaban.



Desde nuestra modesta posición "periodística", recordamos que la bestialidad era, y sigue siendo, esencialmente estúpida. Que la reacción en cadena que tales hechos generarían sería inconmensurable, y que nadie estaría a salvo de sus consecuencias, empezando por la región del mundo donde se cultiva la ignorancia y el fanatismo para vaciar de contenido las almas de jóvenes y niños para así convertirlos en suicidas a los cuales se les promete un masallá lleno de gloria y bondad eternas.



Los dirigentes, empezando por el mismísimo Osama Ben Laden, se esconden como ratas en sus cuevas mientras con enormes recursos provenientes de grandes fortunas familiares obtenidas gracias al petróleo de sus territorios, financian el entrenamiento y la planificación de los actos terroristas a cargo de aquellos jóvenes preparados para morir y no para vivir.



Los pueblos a quienes se les quitan los recursos para estas perversidades, se sumen en la pobreza, en el atraso, en el fanatismo, en la ignorancia y en la miserabilidad más absoluta. Todos hemos visto por televisión o en el cine cómo vegeta esa gente en medio del polvo y la tierra, carentes de todo, temerosos. Incluso muchos recordarán a los Talibán golpeando a la gente en las calles para que concurra a los templos religiosos, al tiempo que las mujeres vivían encerradas en sus casas sometidas a la más absoluta oscuridad.



Mientras tanto, las inmensas fortunas del petróleo de sus líderes, descansan en los bancos de otras partes del planeta, en cuentas secretas, o con denominaciones falsas, para disfrute de las enormes familias que conforman el poder despótico en sus territorios, y para financiar la muerte y la ignorancia, como decimos.



Muchos estarán pensando que debemos decir algo también de los norteamericanos y de su inmenso poder. Y de cómo actúan éstos en el mundo desde siempre. Ahora lo haremos.



Ante todo diremos, para que quede bien pero bien claro, que no defendemos los ataques indiscriminados del poder norteamericano contra ninguna región del mundo. Tampoco compartimos las intervenciones en los asuntos de otras naciones.



Que no participamos de la idea del "internacionalismo" tan caro a los comunistas de los años 70, tampoco. Y que no defendemos la recua de invasiones yanquis del último medio siglo.



Pero que no defendamos eso no significa que nos quedemos con la idea del "Satán" que tienen los fanáticos de la Jihad. De ninguna manera.



Lo que sí debemos recordar es que durante la llamada guerra fría, la actitud norteamericana de defensa de sus intereses fue ante todo eso: la de defender sus intereses. Lo cual puede ser muy mal visto en el mundo, pero resulta imposible analizarlo si no se trata de entender qué ocurría con el otro integrante de la tal guerra. Y para nosotros es claro que el mundo "dividido en dos" que mencionaba la vieja "Marcha de la Bronca" era una realidad que muchos ideólogos de la hijaputez que señalamos al principio de este comentario, pretenden que la gente olvide.



Inclusive en los aciagos años 70, cuando los movimientos militares de origen fascista se encaramaron en el poder en América Latina, resultaba evidente que los luego llamados "jóvenes idealistas"



eran en realidad mercenarios entrenados y pagados por el Kremlin de entonces y su brazo dependiente en América: Fidel Castro. Los grupos terroristas de ese entonces eran también "terrorismo de Estado"



financiado desde Moscú y entrenado en la isla en manos del tirano títere. El mismísmo Ernesto Guevara fue desplazado del poder en Cuba y se le asignaron los recursos suficientes como para iniciar su última aventura en Bolivia, considerada en ese entonces "carne de cañón" para continuar la carrera comunista en la región.



Insistimos. No tratamos de decir que la política exterior norteamericana haya sido buena y noble, sino que nadie es el Diablo al lado del Santo en este mundo. Cosa no nos cansaremos de repetir.



Bien. Sin embargo los justificadores del terror no han hecho otra cosa, una y otra vez, que regocijarse porque "ahora les tocó a ellos" sin entender, en su licuación cerebral, que la barbarie no termina en un hecho terrorista, sino que se multiplica ad infinitum.



El terrorismo está, hoy por hoy, ganando la batalla. Esto lo decimos sin empacho. Las invasiones bárbaras efectivamente se han metido en Occidente. Allí está la pobre España sometida al terror eligiendo a un presidente débil y timorato que en su primer acto de gobierno retira las tropas peninsulares de Irak. Allí está, como siempre, una Francia concededora, una Italia temerosa, y tantos otros países cediendo poco a poco ante el avance del crimen y el fanatismo.



El mundo está sometido hoy en día a todo tipo de controles, averiguaciones, espionajes, trabas, barreras, limitaciones....los seres humanos somos antes que cualquier otra cosa, números en algún registro, portadores de nacionalidad, sospechosos según el color de nuestro pelo.



No vale la pena abundar en lo que todo el mundo sabe.



Las invasiones de Irak y de Afganistán tuvieron un objetivo de base: terminar con el centro del terror. Es obvio que este fin no fue logrado. Hoy, un adversario demócrata en EEUU, Kerry, pretende ser la paloma que se opone al halcón Bush. Pretende seguir los pasos del sometimiento a la barbarie y así va a una derrota electoral segura. Es decir que el mediocre Bush seguirá siendo presidente por cuatro años y por lo tanto la línea política internacional de lucha contra el terrorismo seguirá siendo la misma. O casi.



¿A quién favorece esto?, preguntamos esencialmente a los miserables justificadores. ¿Ha sido pues el ataque a las torres un acto digno de ser considerado válido, aparte del crimen que significó?.



Quienes se han regocijado con la barbarie no han entendido todavía que la escalada de violencia que se ha iniciado no concluirá, sino que continuará provocando millones de víctimas de todas partes del mundo, sea por atentados, por degüellos, por armas químicas, por guerras o por lo que sea.



Y la razón es muy simple: el mundo occidental no resolverá el problema sometiéndose. Porque someterse es aceptar la barbarie de las ratas en sus cuevas. Y por más que ciertos políticos se aprovechen y se rindan para ocupar espacios de poder ante la población temerosa, a la larga las bestias vendrán por ellos también, como ha ocurrido a lo largo de la historia y tan bien reflejara Bertold Bretch en aquel memorable pasaje de su obra.



Queda para el final una reflexión que podemos decir que se mueve al amparo de la lógica. Los justificadores se han cansado de repetir, también, que los yanquis invadieron Irak por su petróleo. Sin embargo lo que están haciendo hoy día los países occidentales dominados por el terror es retirar sus tropas de ese territorio. Si el terrorismo ataca a quienes enviaron tropas a Irak, es fácil concluir que algo de razón le asistía a EEUU cuando resolvió derrocar a Saddam.



No pretendemos, ni jamás lo hicimos, justificar ninguna forma de barbarie. Los yanquis se encontraron con torturadores de su propia extracción en las cárceles iraquíes. El mundo se enteró a los pocos días de eso, gracias al sistema que rige los destinos del gran país del Norte, reiteramos. Un director de cine se llena hoy de dinero merced a su obra en contra de los republicanos mostrando las bestialidades y los temores de las gentes que tienen la enorme responsabilidad de contestar al terror de los suicidas secos de mente.



Ese director tiene dinero y pantallas en su propia patria. Nadie lo prohíbe ni lo hará.



Por eso EEUU es lo que es, le pese a quien le pesare. Y a los justificadores les pesa. Vaya si les pesa.



Volvemos a preguntarnos qué hubiera ocurrido si en el poder yanqui hubiera habido un demócrata en lugar de un republicano cuando las invasiones bárbaras acontecieron. Recordamos que fue Kennedy quien se embarcó en la guerra de Vietnam.



También recordamos que fueron los EEUU los que ganaron la segunda guerra mundial, y que para ello fueron necesarias dos bombas atómicas, porque el Imperio del Sol Naciente no estaba dispuesto a entregar sus armas luego de apoyar la barbarie nazi. Aquellos kamikazes eran imbatibles, dado que arrojaban sus vidas junto con sus aviones sobre sus objetivos. El mundo suele recordar con inmenso dolor la muerte de inocentes de las bombas. Los justificadores suelen hacer más hincapié en ellas que en los 6 millones de judíos muertos en los campos de concentración.



Pero los yanquis terminaron la guerra de ese modo. Y luego ayudaron a la reconstrucción incluso de sus enemigos, como el caso del propio Japón o de Alemania.



La historia no muestra a un bando malo y al otro bueno. Y no pretendemos que sea exactamente así. No lo es, de hecho. Y ya sabemos que nuestros detractores volverán con la vieja cantinela de lo ocurrido en Chile, o donde fuera. No volveremos a explicar la guerra fría, que está en los buenos libros de historia. Tampoco intentaremos hacer entender a quien no quiere, porque eso es inútil.



Pero sí diremos una y otra vez que la gran batalla del mundo está, como desde siempre, entre la civilización y la barbarie. Y creemos que está bien claro dónde se ubica cada una.



Héctor Blas Trillo (11/09/2004)

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Seguidores