Finalmente tuve oportunidad de ver la película "La vida de los otros", que muchos críticos recomendaron con fervor. La acción transcurre en los últimos años de la República Democrática Alemana, es decir en la Alemania Oriental.
Se trata, como en cualquier dictadura, de investigar, revisar, espiar y meterse en la vida de ciertas personas con el ánimo de descubrir si tales gentes tienen algún atisbo de "contrarrevolución". Es decir, si por algo, lo que sea, se oponen al Estado-sistema.
La película tiene algo de melancólico, y resulta bastante menos cruel que la realidad misma de los autoritarismos que en el mundo han sido, y son. El "investigado" es un escritor, que entre otras cosas comete el sacrilegio de escribir un artículo para el Der Spiegel, en el que se refiere a la tasa de suicidios en el país, segunda detrás de la de Hungría. Claro, el famoso semanario se edita en Alemania Federal, y los muchachos no quieren que el mundo se entere ni siquiera de cuántas personas se suicidan es su patria. Es que en el paraíso comunista nadie debería suicidarse, se supone.
La película es recomendable en general, pero para quienes tenemos ya algunas décadas de vida no es para nada sorprendente. En todo caso si lo es, es por lo "light" que termina siendo con relación al encargado de espiar vida y acciones de un escritor, su entorno, su pareja, su vida íntima y todos los detalles durante las 24 horas del día, turnándose para ello con otro oscuro "funcionario" del régimen.
A mí en lo personal me recordó mucho a una película que lo tiene como protagonista a Woody Allen, y que transcurre en los años del macartismo en los EEUU. Se llama "El testaferro" y su protagonista, Allen, es un mozo de un bar que cumple la penosa función de firmar obras de autores prohibidos por sus inclinaciones políticas, reales o no. Allí el absurdo llega a límites verdaderamente impresionantes. Así como el régimen nazi investigaba apellidos, amistades, árboles genealógicos y toda la parafernalia de la locura persecutoria del tirano, en los EEUU de Mc Carty los movimientos de los funcionarios penetran poco a poco en la vida de la gente hasta límites insospechados. En realidad, lo hacen sin ningún límite. Porque a medida que se acercan a él, nuevas apreciaciones y descubrimientos se producen. Una foto de época en una manifestación, un amigo afiliado al partido Comunista, un allegado a la pareja del investigado que alguna vez tuvo algo que ver con algun reclamo de origen izquierdista. No importa. Como en el famoso librejo de Wayne Dyer;: "El cielo es el límite". O mejor dicho el infierno.
Lo que personalmente me produce una cierta angustia y quiero reflejarla aquí, es el comprobar que mucha gente joven, de entre 30 o 40 años, universitaria además, no tiene idea de estas cosas. No es que tiene alguna idea no del todo clara. No. No tiene ninguna.
He tenido oportunidad de conversar con gente de esa generación, y es notable cómo pintan las dictaduras nazifascistas latinoamericanas, en general con un alto grado de estereotipos sobre policías y gendarmes (como las viejas obras de Einsenstein), pero con tal poco conocimiento de la realidad del espionaje, la intriga y la presión ideológica que tales sistemas encierran por definición. Y con el mismo fervor, muchos jóvenes ignoran sistemáticamente las vejaciones que sufre todos los días el pueblo cubano a manos del dúo de déspotas que conduce la isla desde hace casi medio siglo.
Volviendo a la película en sí, la época que refleja es la segunda parte de la década del 80, cuando está por celebrarse, y se celebra finalmente, el 40ª aniversario de la creación de la RDA. El dictador, Honeker, con mano firme conduce los destinos de un país desgastado, oscuro, atrasado hasta lo indecible, que gasta sus horas y sus esfuerzos en vigilar a los demás, que a su vez vigilan a quienes los vigilan a ellos. La caída del Muro se produce en su transcurso, y las tropelías de los burócratas de la Stasi terminan de un día para otro sin pena ni gloria. Sin ganas, sin deseos de vivir, los ex superagentes se van para sus casas, a seguir su triste existencia.
En esos días, acá en la Argentina, se publicó en los diarios una "solicitada" firmada por "intelectuales" entre los que se encuentra don Ernesto Sábato y el recientemente fallecido fiscal Ricardo Molinas, saludando y celebrando los 40 años de la RDA. El texto lo tengo guardado en algún lado y trataré de encontrarlo porque no tiene desperdicio. Se trata de una adhesión incondicional al régimen comunista y a su jefe, Honeker. Un régimen que sarcásticamente llamó a su país "República Democrática Alemana".
Y uno no puede menos que preguntarse si estos tipos no sabían lo que firmaban. Porque es posible que el obnubilamiento impida observar detalles, pero a grandes rasgos, personas adultas, supuestamente leídas y "escribidas", que conocen el mundo, no pueden haber ignorado la triste realidad. Sin embargo lo hicieron. Sí, lo hicieron.
La gran paradoja de nuestra existencia pasa por el incomensurable poder de la negación freudiana. Individuos instruídos en muchos casos (en muchísimos no tanto, y en no pocos, nada) celebrando el fascismo y la muerte. La delación, la alcahuetería, la barbarie, la tortura, el crimen, el exilio logrado en las más penosas circunstancias. Toda la imbecilidad humana al servicio a su vez de imbéciles que creen que así construirán un mundo mejor. O al menos eso es lo que le dicen a la gente.
Los despotismos han caído uno a uno a lo largo de la historia. Y los que quedan caerán más temprano que tarde. Tal vez aparezcan otros, seguramente. No se me ocurre que eso vaya a ocurrir en la Venezuela chavista. Se trata de una payasada de proporciones que sólo durará si el petróleo supera los 50 dólares el barril. Pero finalmente caerá. Porque ningún despotismo dura más que una vida y el bolivariano ni eso.
Y silbando bajito, me quedo con la preocupación de observar cómo los más jóvenes ignoran cosas tan elementales. Porque no solamente se trata de que en el colegio o en la universidad no se las han mostrado (como jamás les muestran lo peor del peronismo, por ejemplo). No, se trata de que ni siquiera lo deducen. Ni siquiera lo imaginan. No se les ocurre pensar seriamente que un régimen de "partido único", es decir de "entero", puede sobrevivir sin conformar un Estado policial ridículo y cruel.
¿Cómo se supone que pervive el régimen castrista si no es con la férrea labor de la policía secreta, los jefes de manzana y los vales de racionamiento para que el pueblo hocique si quiere comer?. Muchos de tales jóvenes han viajado a Cuba. Más en estos días. Si bien el miedo de la gente es muy grande, algún atisbo de explicación tienen que haber encontrado para que esa gente viva con 10 dólares por mes siempre y cuando "compre" sus alimentos en los Comités de Defensa de la Revolución. Pero no tenemos noticia de que hubieran pensado que ésa es la genuina trampa del tirano a su pueblo. Ser el dueño de toda la producción, pagar migajas como sueldo, y repartir comida contra la entrega de los vales. Es tan simple que da pavor ver cómo nadie parece comprenderlo. Los "intelectuales" de la solicitada celebrando los 40 años de la RDA seguro que no. Pero, ¿y el resto?. ¿No lo comprenden, no lo piensan, o lo comparten?. Porque mucho más no parece haber. Y si lo comparten pero no lo dicen, entonces estamos definitivamente fregados, señores.
En fin.-
Héctor Trillo
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