SEGUNDA OPINIÓN
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ACTUALIDAD ECONÓMICA: BANQUEROS POCO SOLIDARIOS
La presidenta de la Nación ha dicho y reiterado el conocido eslogan según el cual los bancos prestan dinero a quien no lo necesita. Sobre este razonamiento, apostrofó a los banqueros para que faciliten el crédito a la producción y actuando de modo solidario con las necesidades de inversión que tiene el país.
No es poca cosa. Suponer que los bancos actúan de manera poco solidaria y que no colaboran con las necesidades del país para luego salir a retar a los banqueros para que lo hagan, parece más bien un sermón moralista que un análisis inteligente proveniente de los múltiples asesores economistas que respaldan el “modelo”.
El concepto no sólo no es nuevo sino que puede hacerse más abarcador. La solidaridad como panacea del crecimiento. La idea de que para ser mejores como país debemos ser más compinches con nuestros conciudadanos necesitados. Dar la mano a quien lo necesita por el bien de todos.
Sin embargo, cuando acercamos la lupa a estos discursos políticamente correctos, encontramos una importante caravana de equivocaciones que rayan el absurdo. Aún los utopistas suelen distinguir cabalmente el sueño de la realidad. Pero ni siquiera ellos esperan el desarrollo económico sobre la base de criterios de solidaridad que descartan cuestiones matemáticas elementales.
Para no salirnos del eje que motiva este comentario, cabe decir que los bancos administran dinero de terceros y tienen como función otorgar préstamos y recibir depósitos por los que cobran y pagan intereses. No decimos nada nuevo con esto. Pero sí cabe decir que solamente puede funcionar un banco si cuenta con depósitos por los que paga una tasa razonable de acuerdo a las condiciones del mercado, y presta su dinero también a tasas (en este caso llamadas activas) igualmente razonables. Si la ecuación no funciona el banco se funde como cualquier negocio.
¿Por qué se supone que los bancos deben prestar dinero a bajas tasas a quienes desean producir algo, más allá de la mencionada base financiera de la actividad y muy probablemente sin contar con las garantías adecuadas? Una razón podría ser porque si bien en este tipo de préstamos los bancos podría trabajar a pérdida (una tasa del 12 o 13% es decididamente negativa respecto de la inflación real), obtienen ganancias de otro tipo de préstamos. ¿Qué préstamos serían los rentables? En principio los préstamos al Estado. Las Letras del Banco Central ajustadas por inflación, por ejemplo. Los bancos prestan dinero al Estado de modo recurrente y obtienen allí tasas que pueden resultar positivas. Ello es porque el propio Estado ofrece tales tasas. ¿Y por qué lo hace cuando lo lógico de este esquema “solidario” sería que no lo haga para que la masa de fondos prestables fuera mayor y de tal modo la oferta tan grande que llevaría a los bancos a prestar a pérdida a las Pymes? Sería lo mismo que hace cuando cierra exportaciones cárnicas: aumentar la oferta.
No lo hace porque el Estado necesita retirar el dinero de circulación emitido en exceso para comprar dólares caros. Sin embargo, el mismo Estado reclama que el dinero se preste a tasas más bajas. ¿No es esto un sofisma?. Cuando el secretario de comercio “dibuja” la tasa de inflación, baja el rendimiento de las letras indexadas emitidas por el Banco Central, con los cual los bancos ni siquiera tienen allí el “escape” que significa obtener rentabilidad desde el mismo Estado. Es decir, empeora aún más las cosas.
Pero, yendo al esquema básico planteado por la presidenta: ¿prestarle a quienes producen y no a quienes consumen mejora las cosas? Si el consumo de bienes durables por ejemplo está en los altos niveles en que está es debido precisamente al crédito que otorgan los comercios y supermercados a través de las tarjetas de crédito y demás. Si ese crédito se retrae para que exista dinero disponible para las Pymes, ¿quién demandará luego los bienes producidos? Seguramente aquellos que disponen de dinero contante y sonante.
¿Esto es lo que se busca? El exceso de oferta de bienes que originaría tal esquema, produciría una baja de los precios de tales bienes y por lo tanto las nuevas empresas quebrarían y no podrían pagar sus créditos. Situación que afectaría a los bancos que habían, a su vez, prestado a tasas negativas. Esto ha ocurrido sistemáticamente con los bancos públicos a lo largo de décadas. Sólo que tales bancos no siempre bajan sus persianas (varios bancos provinciales sí lo hicieron en los años 90), sino que son “asistidos” por el gobierno mediante redescuentos y licuaciones varias. También mediante corralitos y corralones, aunque en este caso la cuestión es más general.
Hace algunos meses el gobierno salió con bombos y platillos a anunciar créditos para inquilinos a los efectos de que pudieran acceder a una vivienda propia pagando las cuotas con el dinero que utilizaban para pagar el alquiler. El plan fracasó, como se sabe. Pero el gobierno intentó ese plan.
Ahora bien, ¿ese plan no consistía justamente en prestar dinero a los consumidores y no a los productores? ¿No era acaso exactamente lo contrario de lo que ahora nos dice la presidenta de la Nación e inclusive la nueva funcionaria a cargo del Banco Nación? Porque efectivamente los adquirentes de propiedades son consumidores, no productores.
El embrujo perverso del proteccionismo a ultranza tiene esta clase de contradicciones tan flagrantes que se derrumban estrepitosamente al primer cimbronazo.
Si el supuesto negocio es, como explicamos, absolutamente perdidoso para los bancos, y además puede conducir a las Pymes que encaran los préstamos a tasa negativa a la quiebra. ¿De quién es el negocio?
Si los precios luego bajan por falta o escasez de crédito para el consumo, las pymes que encaran esta clase de esquemas terminarán sucumbiendo, como decimos. Dejarán de pagar sus créditos y deberán rematar sus bienes para pagar sus deudas.
Pero avancemos un poco más todavía. ¿Cuál es la razón de que las pymes no tengan hoy por hoy crédito genuino a tasas razonables? No es una razón, sino varias. Veamos: En primer lugar el Estado toma los fondos mediante la emisión de letras, y por lo tanto los fondos no están disponibles. En segundo lugar, la demanda de bienes por parte de la gente lleva a los comercios a ofrecer créditos porque los consumidores resultan mejores pagadores, de cifras menores, y de tal modo se distribuye el riesgo entre millones de personas. Además de eso, la gente no cuestiona las tasas leoninas que se cobran. En tercer lugar, las pymes en cuestión no ofrecen garantías suficientes o no se arriesgan a tomar créditos a tasas positivas, que hoy por hoy no bajan del 24% anual, con un dólar prácticamente planchado, además. En otras palabras, hay crédito más para los consumidores y menos para los productores porque ese es el negocio actual. Modificar ese negocio implica que alguien deberá hacerse cargo de la diferencia. ¿Quién?
El Banco Nación ofrece líneas de crédito blando y luego acomodará sus balances y sus pérdidas como lo ha hecho siempre. Los beneficiarios serán en su mayoría aquellos que tengan relación con el poder, como ha sido siempre. El Banco Provincia hará algo parecido, seguramente. Los bancos particulares serán acusados por ser sus banqueros poco solidarios o “avaros”, vaya uno a saber. Y nada se resolverá.
Si observamos lo ocurrido en los EEUU con las hipotecas llamadas subprime, vemos, salvando las distancias, un comportamiento similar. Nadie pareció preocupado cuando se armaba la gran bola de nieve de los créditos hipotecarios otorgados por los bancos a clientes que probablemente no pudieran afrontar la deuda. Pero en cuanto comenzó la hecatombe, todo el mundo salió a decir que los banqueros no habían tenido suficiente cuidado. Algo idéntico a lo que dijo Néstor Kirchner cuando tras el default salió a afirmar, en conjunto con Roberto Lavagna, que si la gente o las entidades le habían prestado dinero a la Argentina a las tasas que pagaba nuestro país, deberían asumir las consecuencias. Y si no le hubieran prestado, como no le prestan ahora, habría que rogar al cielo que existiera una Venezuela chavista que se haga cargo de prestar a tasas más que elevadas en dólares, y con el plus de ser un gran negocio para los negociadores venezolanos gracias al “tipo de cambio oficial” que rige en el país caribeño. El proverbial dicho castizo: “palos porque bogas, palos porque no bogas”.
HÉCTOR BLAS TRILLO Buenos Aires, 8 de marzo de 2008
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