Segunda Opinión
La mirada corta
Todo hombre puede publicar sus ideas libremente y sin censura previa. Las disposiciones contrarias, a esta libertad quedan sin efecto. (Decreto del Primer Triunvirato del 26/10/1811)
Ya en los comienzos de nuestra nacionalidad, con algunas limitaciones propias de la época, ya se establecía que las ideas podían publicarse libremente y sin censura previa. Una reflexión previa nos lleva a pensar acerca del porqué de legislar sobre dicha libertad.
Si nos detenemos un instante y consideramos que vivimos en democracia, resultaría bastante obvio que el respeto de los llamados derechos esenciales debe ser garantizado casi diríamos que por razones de urbanidad.
La historia, sin embargo, está plagada de totalitarismos que una y otra vez intentaron a lo largo de sus reinados, censurar al semejante de mil formas diferentes. Se ha derramado tanta, pero tanta sangre tratando de impedir que las gentes puedan expresar sus pensamientos libremente que cuesta entender que se insista una y otra vez en el vano intento de coartar tan elemental como básica libertad.
Como es fácil imaginar, este pequeño introito tiene que ver con la poderosa fuerza que hoy intenta llevar adelante el cambio de la llamada ley de radiodifusión por una nueva que pasará a llamarse “ley de servicios audiovisuales” o cosa parecida.
El gobierno del matrimonio Kirchner es, naturalmente, el gran impulsor de esta nueva ley, que lleva en principio unos 160 artículos, número que por sí solo muestra hasta qué punto pretende regimentarse y reglamentarse el derecho más obvio de todos: el de opinar.
No pretendemos entrar en los detalles de semejante retahíla de normativas, aunque sí señalar algunos cuestionamientos esenciales.
Antes habrá que decir que los continuos ataques a la prensa libre de parte de los Kirchner son de todos conocidos y no son para nada nuevos. De manera que desde el vamos estamos en presencia de individuos proclives a culpar a “los medios” tanto local como internacionalmente de “mentir”, “fusilar”, ejercer “suprapoderes” y cosas por el estilo. El verdadero delirio de suponer que las opiniones de los otros pueden modificar el sentir profundo de una comunidad y hacerle errar el camino de la historia, que solamente puede basarse en la experiencia y en la infinita cantidad de datos acumulados a lo largo de generaciones que constituyen lo que podríamos llamar la idiosincracia.
Es sabido que Kirchner en particular pretende fagocitarse al llamado “grupo Clarín” y también se sostien que se pretende otorgar preponderancia a Telecom, para reemplazar de algún modo la preeminencia de uno por la de la otra. Una soberana ridiculez a poco que se observe, ya que quienes hoy son cómplices de un sistema perverso y ruin, poco pueden sembrar hacia el futuro como no sea desolación moral y cultural.
Es torpe intentar torcer la historia a través de las palabras. Sobran de a miles los ejemplos. Ninguna mentira ha podido ocultarse mucho tiempo. Ninguna palabra ha podido reemplazar a los hechos, si parafraseamos al gran sanjuanino.
Los Kirchner se sienten perseguidos por la prensa como se sentía su gestor histórico: Perón. El “gran conductor” se adueñó de toda la prensa, la confiscó, la clausuró, la destruyó, pero no cambió la realidad ni logró evitar que medio país fuera opositor a su retórica autista y volcada al culto de la personalidad, tanto la de él como la de su difunta segunda esposa.
Cuando fue expulsado por la revolución de 1955, parecía haber comprendido su gran error. Pocos meses antes había permitido a los opositores hablar por radio. Es célebre el discurso de Don Alfredo Palacios en ese año, transmitido por radio. Una curiosidad que los más jóvenes ignoran justamente porque la ignominia de estos ahora pseudo paladines de la verdad se han encargado de ocultársela.
Podrá discutirse como se discute hoy aquel golpe de 1955, pero no podrá discutirse que de él derivó la reforma constitucional de 1957 que ha sido avalada por todos los sectores políticos, incluso el peronista. Y no hay que olvidarse que en esos años se abolió la reforma constitucional de 1949, también.
Analizar los detalles de una interminable ley reguladora de la libertad de expresión es una contradicción semántica. La libertad nunca puede estar sujeta a semejante maraña de regulaciones, a menos que lo que se pretenda sea limitarla. Y si tomamos en cuenta que existen en tal maraña innúmeras disposiciones tendientes a regular los llamados contenidos de las emisoras de radio y de los canales de televisión (exigiendo, por ejemplo, porcentajes de música nacional y cuestiones por el estilo) está más que claro que un grupo de representantes pretenden abolir, una vez más, lo dispuesto por la sabia Constitución alberdiana.
Que alguien pretenda regular la música que uno oye es el colmo del intervencionismo autoritario y fascista. Ya ni siquiera se trata de noticias o de cuestiones por el estilo, lo que de todos modos es una animalada. No. Se trata de MÚSICA. Impresionante.
Pero, si analizamos un poco lo acontecido en estos tristes años kirchneristas, podemos observar que en realidad a las diatribas jamás llevadas a la justicia por el inefable Néstor Kirchner (¡¡¡como si no pudiera haberlo hecho!!!) contra la prensa oral y escrita, le sigue el llamado “observatorio de medios”, o el decanato de la facultad de Ciencias Sociales, de innegable connotación fascista. O el grupejo de autocalificados INTELECTUALES de Carta Abierta y su increíble retórica autoritaria. A todo ello se suma esa agrupación que mete miedo sólo por lo que representa “La Cámpora”, o los incuestionables acontecimientos de tinte nazi fascista de Río Gallegos, con genuflexos del poder “sacados” que arrojan camionetas contra la gente para luego quedar impunes, o jueces impedidos de asumir sus cargos, o choferes convertidos en dueños de medios de difusión que sólo difunden panfletos de mala muerte que nadie mira, lee ni cree.
La verdad de toda esta historia es que la mirada corta del matrimonio presidencial es tan elocuente que asusta. No asustan sus patoterismos, ni los del protogoebeliano Moreno, o las farsantes declaraciones de Aníbal Fernández, que nadie cree, empezando por él mismo.
La mirada corta está en suponer que sujuzgando a la prensa será posible gobernar a piaccere. Que el lavado de cerebros dará resultado. Es increíble.
Basta ver el canal 7 para entenderlo. Personajes como Pedro Brieguer, que supo decir suelto de cuerpo que si en Cuba no había manifestaciones contra el psicópata es porque la gente estaba conforme. O discursos nazifascistas de los peores a cargo de Hebe de Bonafini, que si algo tiene y en lo que seguramente la mayoría concordará, es el insólito grado de inimputabilidad que la aqueja, cercano al de Luis D Elía, o al de Shocklender.
El entramado autoritario tendiente a controlar el espectro radiofónico y televisivo, la idea fuerza de que éste es del Estado y que por lo tanto el Estado lo “asigna”, el control de los medios, de los canales de cable, de los diarios, de la publicidad oficial que es repartida entre los amigos acogotando a los medios díscolos y tanto, tanto más....tiene una característica común a todos los pichones de mandones: la falta de visión de la realidad.
Ellos creen a pie juntillas que poniendo alambres de púas, muros, vallados, murallas chinas o lo que fuere, es posible detener al viento. Y no lo es.
Hoy, la tecnología supera largamente tanta pavada. Y cada día es peor.
Hace algunos años estuvimos en Cuba y pudimos observar cómo la emisora del Estado era una suerte de Canal 7 nuestro, con funcionarios a cargo de los comentarios políticos y la difusión de música de la “nueva trova”. MIentras tanto, la gente captaba en simplísimos y comunes receptores de onda corta las emisoras norteamericanas, mexicanas y centroamericanas en general donde se difundía música de Pimpinela y de Sandro. Y la realidad es que la gente estaba harta de escuchar sermones, cargas de culpa, invitaciones a seguir luchando contra enemigos invisibles y demás yerbas.
Lo mismo que pasa hoy en Venezuela, donde el patético Chávez intenta difundir su “socialismo del siglo XXI” cerrando radios, diarios y canales de televisión, con el argumento de que (cómo decirlo), son contreras.
Nunca han aprendido ni aprenderán los aspirantes a mandones. Nunca.
La mirada corta de todos ellos es imposible de superar con la realidad.
En tiempos de Internet, Twiter, Facebook, blogs, fotologs y tantas variantes tecnológicas que permiten hasta filmar de contrabando los crímenes chinos en el Tíbet, no han mandón de turno que pueda con la realidad. No lo hay.
No lo hubo antes, aún con todos los atrasos. Hemos visto en al vieja Checoslovaquia a los jóvenes escuchar a los Beatles en viejos aparatos de onda corta con frituras interrupciones hace cuarenta años. El régimen de oprobio no podía con ellos. Y estos impresentables piensan poder con una ley de 160 artículos que pretende que oigamos a los Chalchaleros aún si no queremos. Impresionante.
HÉCTOR TRILLO
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