Segunda Opinión
Cardenal Bergoglio: ¿prejuicio o dogmatismo?
Tal como suele ocurrir con bastante frecuencia, el Cardenal Bergoglio hizo referencia en su último discurso a cuestiones de actualidad política y económica haciendo hincapié en aspectos que tienen que ver con la pobreza y la llamada desigualdad social.
Por lo general los religiosos se refieren a estos aspectos desde una perspectiva basada en sus propias creencias, lo cual no está mal, por supuesto. Pero no está demás dejar en claro que las creencias no son otra cosa que eso: creencias. Y por lo tanto no constituyen demostraciones irrefutables sino más bien todo lo contrario. Y una cosa es creer que tal o cual doctrina puede ser efectiva para resolver un problema social y otra muy distinta es creer en seres sobrenaturales y cuestiones por el estilo. Con todo el respeto que tales creencias puedan merecer.
Sabemos que el tema es duro porque estos textos que distribuimos son leídos por toda clase de público que en su mayoría adhiere a distintas religiones. No queremos herir susceptibilidades ni afectar el credo de nadie. Tan sólo resaltar que quien observa la vida desde la perspectiva de la existencia de un ser sobrenatural que por encima de todos nosotros decide, no está en la misma situación que la del científico que simplemente analiza fríamente las variables que entran en su entramado lógico.
Ni uno ni el otro pueden afirmarse dueños de la verdad. Ni ellos ni ninguno de nosotros. Pero, nobleza obliga, es aconsejable que cada quien avance en detalle sobre aquello que mejor conoce, y deje el campo menos reconocido para los entendidos en la materia. En otras palabras, declamar justicia puede resultar un hermoso gorjeo para los oídos, pero explicar cómo se logrará y demostrarlo es, sin duda, un cantar bastante más amplio. Y si además de parte de ciertas premisas políticamente correctas, peor.
Por lo general los religiosos incursionan con facilidad en temas políticos y sociales, y también lo hacen en cuestiones económicas. En verdad, mucha gente lo hace y está muy bien que así sea. Cada quien es dueño de opinar de lo que quiera. Pero la investidura de un Cardenal le da de por sí un valor superlativo a sus expresiones y por lo tanto genera una tendencia a respetarlas a rajatabla, a no cuestionarlas y por ende a tomarlas como verdades de a puño. Y no lo son ni remotamente.
Para no hacerla demasiado larga, iremos de lleno al grano. Dijo el Cardenal Bergoglio lo siguiente: La crisis económico-social y el consiguiente aumento de la pobreza tienen sus causas en políticas inspiradas en formas de neoliberalismo que consideran las ganancias y las leyes del mercado como parámetros absolutos.
¿Podrá desmenuzarse esta afirmación? Lo intentaremos.
¿Qué cosa es el neoliberalismo, corresponde preguntarse antes que nada, y cuál es la diferencia entre éste y el genuino liberalismo de Adam Smith o de Ludwing Von Mises?
Nunca hasta el día de hoy hemos visto siquiera un mísero atisbo de explicación al respecto, de parte no sólo de los religiosos como Bergoglio sino de NADIE, de ninguna profesión y de ninguna tendencia ideológica en ninguna parte del mundo.
Pero el Cardenal afirma que ciertas formas de neoliberalismo consideran a las ganancias y a las leyes del mercado como parámetros absolutos. De hecho deja afuera a otras formas, lo cual implica no generalizar por las dudas. Y efectivamente los principios del liberalismo se basan en materia económica en las pérdidas y las ganancias como parámetros a partir de los cuales puede medirse la eficiencia, establecerse el orden de prioridades y optimizar la utilización de los recursos económicos. Pero lo que no coincide con esa ideología es el aserto de que debido a esta consideración se ha derivado en una crisis económica y social y en un aumento de la pobreza. Y nos explicamos en seguida. Antes diremos sin el ánimo de polemizar que la afirmación según la cual resulta negativo tomar ciertos parámetros como absolutos da lugar a que los mismos pasen a ser relativos permitiendo incorporar otros parámetros en su lugar, puede llevar (y muchas veces en los hechos así ocurre) que estos nuevos parámetros sí sean tomados como valores absolutos. Se reemplazaría así a ciertos parámetros absolutos (ganancia y mercado) por una gama difusa de parámetros tal vez absolutos generalmente definidos como sociales. O tal vez lo que se intenta afirmar es que tales parámetros (ganancia y mercado) deben ser abandonados de manera definitiva y reemplazados por otros parámetros no enumerados. Según el dicente, parece ser que las leyes del mercado se oponen a la dignidad de las personas y de los pueblos, mientras que tales otros parámetros, no.
¿Alguien podrá explicar en pocas palabras qué significa esta afirmación? Veamos: el Cardenal está diciendo que las leyes del mercado se oponen a la dignidad y por lo tanto, suponemos, deberían ser abolidas. ¿Puede abolirse la natural valoración que las personas hacen de los bienes escasos y necesarios? Digámoslo de otro modo: ¿han podido abolirse tales leyes en alguna parte del mundo? suponiendo que eso efectivamente hubiera ocurrido, ¿se han obtenido resultados mejores para la dignidad de las personas y de los pueblos?
Otorguemos la concesión de que dado que se habla de parámetros absolutos, el Cardenal habrá querido decir que en deben considerarse a tales parámetros como relativos, y por lo tanto no necesariamente condenados a su abolición, sino a su consideración dentro de otros parámetros no definidos que tienen que ver con el sostenimiento de la dignidad humana.
El sostenimiento de la dignidad humana en términos económicos tiene un costo, que está vinculado por ciertos ideólogos con la llamada distribución del ingreso, que a su vez se relaciona con esa vaga definición de solidaridad según la cual por la fuerza quienes son más eficientes deben colaborar con quienes sufren carencias repartiendo sus ganancias con ellos. Este tipo de política viene llevándose a cabo en la Argentina desde los años 30, incluso en contra de la Constitución Nacional que garantiza la libertad de comercio. Pero no solamente eso.
¿Aquellas personas menos favorecidas lo son por las condiciones del mercado en un momento dado o también habrá quienes simplemente no hacen el esfuerzo y esperan tranquilamente la distribución prometida? ¿No es acaso un incentivo al ocio el promover ad infinitum políticas tendientes a distribuir lo que otros producen? ¿No es también un desaliento a la producción? ¿Mejora la situación a partir de estos principios que suponemos tienden a restablecer la dignidad humana por encima de las frías leyes del mercado? ¿Quien pone un negocio o desarrolla una actividad por lo general lo hace con el objeto de distribuir lo que gana? ¿Está en tal caso en condiciones de competir en el mercado internacional si no puede utilizar la maximización de los beneficios para ajustar sus precios y vender más barato?
Un dato no menor es el de que si la producción no es suficiente para abarcar la demanda de bienes de consumo, por ejemplo, el otorgamiento de dádivas dinerarias es un claro incentivo para la suba de los precios de tales bienes. Y para incentivar la producción, lo que propone el liberalismo es que se deje producir, justamente. Ejercer toda industria lícita, en un marco de libertad para comerciar.
La Argentina no ha sido en los últimos 60 o 70 años un país liberal, o neoliberal si le gusta más a Bergoglio. Veamos algunos ejemplos:
1. Controles de precios a lo largo de muchos años, y varias veces con condenas políticas y hasta cárcel a quienes no respetaren las listas de precios máximos
2. Tipo de cambio fijo o controlado por el Estado, lo cual implica controlar el precio del cambio y por ende del valor de todo aquello que se importa y exporta.
3. Impuestos que en la actualidad superan largamente el 50% del total de los ingresos (no de las ganancias, sino de los ingresos brutos) de toda la población.
4. Subsidios de toda naturaleza y color a determinadas actividades, desde transporte aéreo o ferroviario hasta combustibles.
5. Tarifas sociales para que paguen más los que más tienen, que son a su vez los que pagan más impuestos.
6. Sindicatos únicos por rama de actividad al estilo del Duce, lo cual supuestamente fortalece el poder gremial para negociar mejores condiciones de trabajo.
7. Derechos y garantías de todo tipo a los trabajadores, incluyendo el derecho de huelga que está vedado a los empresarios.
8. Colegiación obligatoria para el desempeño profesional en casi todas las actividades.
9. Monopolio de la emisión de la moneda por el Estado, que fuerza legalmente su curso.
10. Fijación de salarios, cargas de familia, descansos laborales, licencias especiales con goce de sueldo, vacaciones, aguinaldo, etc.
11. Autorización estatal para exportar o para importar cualquier clase de bienes con el objeto de garantizar una mejor calidad de vida y la mesa de los argentinos.
12. Clausura de concesiones con argumentos acusatorios pero no demostrados en la Justicia.
13. Planes de ayuda a desocupados, colectas para juntar dinero para ayudar a los pobres, reparto de bolsas de comida, garrafas sociales, etc.
14. Incremento casi constante de las tasas impositivas a lo largo de los años para lograr financiar al Estado y contribuir a una mejor distribución de la riqueza.
Podríamos seguir un largo rato escarbando en nuestra memoria para enumerar más y más factores intervencionistas tendientes a fomentar la dignidad humana como propone Bergoglio. Preguntas: ¿Esto es el neoliberalismo que tanto daño nos ha hecho? ¿La Argentina ha empeorado a lo largo de todas estas décadas a partir de los años 30 como consecuencia de haber elegido el neoliberalismo o más bien el intervencionismo y la arbitrariedad? ¿Acaso no pasó de ser el séptimo país del mundo a un rezagadísimo lugar que algunos lo ubican en el número 80 por lo menos?
La pobreza no se elimina repartiendo raciones de comida, sino que se elimina con mejores condiciones económicas, más capital invertido per cápita y más trabajo. Y estas condiciones requieren un poquito más que un sermón cargado de buenas intenciones pero absolutamente destinado a que en definitiva todos nos quedemos esperando que alguien venga a hacer algo por nosotros. El trabajo no surge de entre las malezas. El trabajo es la consecuencia de un engranaje económico y social que no se condice con la enorme cantidad de intervenciones a discreción de funcionarios o religiosos que se reservan para sí el patrimonio de la dignidad de las personas. Lamentamos tener que ser tan duros pero en particular la Iglesia Católica hace 2000 años que intenta repartir panes y peces para paliar la pobreza y de tal manera millones y más millones de personas esperan que alguien les entregue tales panes y tales peces sin hacer ningún esfuerzo a cambio. Los políticos hace ya varias décadas que se han volcado decididamente a colaborar con esta línea de ideas: repartir lo ajeno.
¿Es tan difícil comprender por qué razón 150.000 millones de dólares de argentinos se han fugado y no han vuelto pese a las bondades del blanqueo de capitales? ¿Hay que explicar que los capitales huyen porque sus dueños tienen miedo a que se los expropien surrealistas funcionarios que manejan el poder a discreción y no respetan una sola ley de la Nación? La huida de capitales no obedece a ninguna lógica mercantilista, como profetiza Bergoglio. El mercantilismo apunta al desarrollo del comercio y al resguardo de metales preciosos. Huir no es una doctrina política o económica, huir es una manera de evitar la arbitrariedad y el abuso. Decía el gran Alberdi que lo único que el productor exige de la ley para la distribución de sus provechos, es que ésta se abstenga de regularlos.
Nosotros en particular nos definimos ideológicamente como defensores de la li bertad del hombre así entendida. Equivocados o no sostenemos junto a los clásicos que el desarrollo económico y la mejora social no se basan en el intervencionismo sino en los derechos y garantías de la primera parte de nuestra Constitución, que son precisamente aquellos que largamente los intervencionistas violan permanentemente. Junto a Alberdi, creemos que es al Estado a quien hay que limitar y obligarlo a respetar los derechos individuales y no al revés como ocurre en esta Argentina tildada de neoliberal por este religioso.
Cuando el advenimiento del liberalismo en el mundo, la población no superaba los 400 o 500 millones de habitantes, la esperanza de vida no superaba los 35 años, las condiciones de supervivencia eran absolutamente precarias, no existían curas para la inmensa mayoría de las enfermedades y el oscurantismo y la ignorancia eran moneda corriente. Hoy en día, apenas 3 siglos después, el mundo cuenta con más de 7.000 millones de habitantes cuya expectativa de vida supera los 70 años, los adelantos tecnológicos y científicos son impresionantes y más allá de que un tercio de la población del planeta esté por debajo de la línea de pobreza y existan enfermedades, mortandades y demás desgracias, nadie en su sano juicio puede negar que la evolución ha sido extraordinaria. La base del extraordinario desarrollo alcanzado se fundamenta justamente en el acceso a la libertad de trabajo y de producción. Y al derecho de propiedad.
Y la evolución ha sido extraordinaria pese a los ensayos de todo tipo en contra de la libertad económica, que sumieron a buena parte del mundo en un estado de pobreza extrema. Baste recordar los desvencijados Lada traspasando la puerta de Brandeburgo cuando la caída del Muro. Obsérvese por instante en qué regiones del mundo se producen hoy en día los atrasos más grandes, las pobrezas y hambrunas más impresionantes y podrá colegirse claramente de qué estamos hablando.
En nuestra América el intervencionismo llevó a regímenes autoritarios, supuestamente ligados con la idea de mejorar la condición humana. Este es caso evidente de Cuba, que cuenta hoy por hoy con 3.000.000 de exiliados de los que ningún defensor del régimen ni organismo de derechos humanos parece acordarse excepto para insultarlos. En América del Sur, para no hacer la cuestión tan larga, los países que han intentado respetar las llamadas prácticas del mercado son los que más rápidamente han evolucionado: Chile, Uruguay, Perú, Colombia, Brasil. Y los intervencionistas y dirigistas que pretenden así terminar con los valores absolutos de la ganancia y el mercado, se atrasan progresivamente pese a contar con enormes recursos: Argentina, Venezuela, Bolivia.
En África el atraso es evidente y los regímenes autoritarios y corruptos están a la orden del día. En el norte de ese continente, al autoritarismo se suma la teocracia. La obligación ritual consume enormes cantidades de tiempo y de energía, además de conllevar al sometimiento y a la ignorancia a millones de personas. Lo mismo ocurre en vastas regiones asiáticas sometidas a regímenes teocráticos. En la India, las creencias religiosas contribuyen a una pátina de pobreza que no tiene visos de corregirse en tanto se la valore per se.
Corea del Norte es el ejemplo más patético de la abolición de las leyes del mercado: hambruna tras hambruna de un pueblo sometido y humillado, que ve como sus propios connacionales del Sur crecen de manera sorprendente en pocos años.
China comunista ha intentado cambiar el rumbo a partir de Deng Xiao Ping abriéndose justamente al oprobioso mercado hacia fines de los años 70, logrando una evolución milagrosa con relación a los 1000 años anteriores, siempre en materia económica.
Y por último una aclaración que estimamos pertinente. Hemos abrazado a lo largo de toda nuestra vida los principios rectores de la libertad en todas sus formas. Hemos renegado desde siempre de los perdonavidas que pretenden decirnos qué debemos hacer y disponer de nuestros bienes a su voluntad porque supuestamente ellos harán mejor las cosas con el producto de nuestro esfuerzo. Tenemos derecho, creemos entonces a responder a este Cardenal, al que consideramos bienintencionado, pero que razona como incompatible la existencia de un mercado con la solidaridad y la bondad humanas, cuando en realidad las leyes de oferta y demanda operan por encima de la condición humana y nada tienen que ver con la bondad o con la maldad de nadie.
Pretender un mundo en el que la economía se desarrolle, crezca a pasos agigantados, los productores dejen sus capitales a merced de personajes nefastos que disponen arbitrariamente si alguien puede comprar o vender, importar o exportar, a qué precios y en qué forma cuándo y cómo, no parece ser la idea que el religioso quiere trasuntar, pero es lo que ocurre.
Es por eso que no tenemos en claro si las apreciaciones que dan lugar a este comentario tienen un verdadero origen racional, se corresponden con algún prejuicio ideológico o simplemente parten de dogmatismos que nada tienen que ver con la racionalidad, como cualquiera sabe.
Muy respetuosamente recomendamos a quienes nos leen hacer un repaso de la obra de Juan Bautista Alberdi, en especial el SISTEMA ECONÓMICO Y RENTÍSTICO DE LA CONFEDERACIÓN ARGENTINA SEGÚN LA CONSTITUCIÓN DE 1853. Es probable que se aclaren un poco las cosas con la difusión de este notable texto, que parece recién salido del horno, pese a que tiene más de 150 años.
HÉCTOR BLAS TRILLO Buenos Aires, 2 de octubre de 2009
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