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sábado, 15 de octubre de 2011

JACTARSE DEL FRACASO 10/6/11

El Ágora

JACTARSE DEL FRACASO

“Hemos tenido una política habitacional que nos ha convertido en el gobierno que más viviendas ha construido en la historia” Cristina F. de Kirchner





La presidenta de la Nación llevó a cabo un acto en la Casa Rosada, ante un grupo de funcionarios que como es costumbre asisten a sus discursos y aplauden a rabiar cada uno de sus dichos. Allí vertió la expresión con la que iniciamos este comentario. El discurso, que fue transmitido por video conferencia, estuvo relacionado con la inauguración de 200 viviendas en Avellaneda.

La señora de Kirchner afirmó, también, que “estamos ejecutando 350.000 (viviendas) con lo que completaríamos 800.000 en ocho años, casi 100.000 viviendas por año”

Como se sabe, por estas horas se ha iniciado una investigación por las serias irregularidades detectadas en la Fundación de las Madres de Plaza de Mayo; y resulta cuando menos significativo que no hubiera dicho una palabra sobre ese hecho, resaltando en cambio la cantidad de viviendas “ejecutadas” durante su gobierno y el de su difunto esposo.

También dijo que “vamos a seguir trabajando para poder multiplicar también en planes que ya no sean solamente sociales, sino que puedan llegar a sectores medios, o tal vez a aquellos que, teniendo casa, no puedan lograr ampliaciones o mejoras por carecer de recursos”.

Es interesante analizar estos dichos de una perspectiva un tanto diferente a la que parece ser resulta políticamente correcta y es bandera de prácticamente todas las fuerzas que competirán en las elecciones de octubre.

Si consideramos que cada una de esas viviendas anunciadas puede ser habitada por 4 o 5 personas, lo que la presidenta ha afirmado es que en estos ocho años aproximadamente 4 millones de habitantes han logrado tener una vivienda gracias a la caridad del Estado. Es decir, un 10% de la población total del país.

¿Esto es un éxito o más bien es un fracaso? El actual y el anterior gobierno se han caracterizado por la casi discrecional asignación de recursos a sectores considerados necesitados. A ello se ha sumado la aplicación de subsidios sectoriales y también la aplicación de medidas de regulación del mercado, basadas en controles de precios, de utilidades, de cambios, de importaciones y de exportaciones, etc.

Prácticamente no hay un sector que no hubiera necesitado de la intervención del Estado para corregir los errores que supuestamente provoca el accionar de los particulares en materia económica. Parecería ser que nada funciona si no es de la mano de la presidenta y sus funcionarios interviniendo y distribuyendo según su omnipresente y omnisapiente capacidad de acción.

Aún aquellos amantes del intervencionismo a rajatabla, tienen presente aquello de que en algún momento las regulaciones deben permitir que las cosas marchen más o menos por sí solas, y no que deban multiplicarse las medidas de intervención.

En alguna oportunidad nos hemos referido al hecho de que aquel odiado “mercado salvaje” de otrora, ha sido reemplazado por esta especie de “Estado salvaje” que en todo se entromete porque el susodicho mercado todo lo hace mal y en todo perjudica a los desprotegidos habitantes de la Nación, que solamente pueden levantar cabeza gracias a la generosa intervención de un Estado, como decimos, omnipresente y omnisapiente.

Lo cierto es que para tal intervención permanente hacen falta enormes cantidades de recursos; y, más allá de otras consideraciones que haremos a continuación, es necesario proveerlos de algún modo.

El Estado absorbe grandes cantidades de dinero por la vía de la presión tributaria, que en estos momentos es largamente la más alta de la historia. A ello se suma la emisión de moneda a lo largo de todos estos años con diversos objetivos, todos ellos inflacionarios. Es decir, en otras palabras, el recurso inflacionario es un impuesto más que arrima recursos al Estado para que éste, con todo ese capital, haga las obras de las que la señora presidenta se vanagloria.

O sea que el Estado absorbe recursos de los particulares para reasignarlos según el leal saber y entender de la señora presidenta y de un puñado de funcionarios. Son ellos los que harán las cosas que la población entera no sólo no hace, sino que si la dejamos sola hace macanas. Esta es la filosofía intervencionista expresada con toda crudeza. Somos todos indómitos y abusadores, y por lo tanto requerimos la mano firme de nuestros celadores, encargados de visualizar qué cosas requiere la economía nacional e inclusive la europea o la norteamericana, cuyos funcionarios han sido arengados más de una vez por la señora de Kirchner que les ha dado consejos sobre lo que hay que hacer para que en las regiones más avanzadas del mundo, la cosa funcione como funciona aquí.

Ahora bien, más allá de la posición de cada uno sobre este particular criterio, es obvio que si la Argentina necesita permanentemente ayudar a grandes cantidades de su población de tanta cantidad de formas, algo no está funcionando bien. No es un mérito que ocho años después de iniciado el ciclo, debamos seguir recurriendo al Estado que se encargará de proveernos de viviendas, créditos, planes, subsidios, ayudas y prebendas diversas. Diríase que claramente lo que ocurre es lo contrario.

Las promociones se hacen, justamente, cuando algo anda mal. Nadie sale a estimular las ventas si no es porque las ventas no se producen.

Y la verdad es que en la Argentina hace ya unos cuantos años que nuestros gobernantes intentan, mediante diversos mecanismos, atraer inversiones que no llegan por sí solas.

Y es cuando menos significativo y digno de analizar que si la economía está creciendo en los porcentajes en los que se afirma que crece (y no decimos que no lo haga), el incentivo para acercar inversiones es muy grande. Es incomprensible, en realidad, que yendo todo viento en popa como aparentemente va, los capitales salgan del país en lugar de entrar, y el actual gobierno deba reprimir la compra de dólares y limitar las importaciones con el correspondiente retraso tecnológico y merma de la calidad de vida.

Como se sabe, por otra parte, esta tendencia a repartir cosas para ayudar a los supuestos y a los reales necesitados es una constante histórica en la Argentina. Más allá de que los recursos se destinen bien o mal, se lo haga arbitrariamente (como ocurre en estos tiempos) o con mayor rigor republicano, lo cierto es que es histórica la tendencia a construir viviendas, dar créditos blandos, aumentar la tasa de inflación, repartir cajas de comida, llevar a cabo “campañas de abaratamiento” y tantos etcéteras como el amable lector quiera agregar en la misma dirección, es una constante histórica. Sólo se trata de contar con más recursos para otorgar más prebendas. Y, obviamente, cuando los precios de los productos exportables es mayor, más posibilidades hay de que el gobierno distribuya más dádivas.

Hace por lo menos 8 décadas que el país se ha enfrascado en esta especie de distribucionismo que al menos en los dichos intenta mejorar la calidad de vida de la gente. Es útil recordar, por ejemplo, que el impuesto a las ganancias (antes llamado a los réditos) fue instaurado en los años 30, por un año y como emergencia para paliar la situación de la población más rezagada económicamente.

Todo el bagaje de disposiciones, medidas y “planes” del más diverso tipo y color tanto a nivel nacional como provincial e incluso departamental o municipal, es tan grande y diverso que resulta imposible para un ser humano en el transcurso de toda su vida conocerlo todo. Y sin embargo el país tiene hoy niveles de pobreza que nunca ha conocido en su historia, se diga lo que se dijere.

¿Cuál es el éxito que surge de una línea política que le regala a millones de personas año tras año vivienda, dinero y comida y no es capaz de generar las condiciones para que haya trabajo y producción suficiente para mejorar la calidad de vida?

¿Cuántos chicos hoy por hoy son depositados en escuelas públicas y en “comedores” para poder nutrirse? ¿Cuántos adultos tienen hoy planes de ayuda monetaria? ¿Cuántos perciben una jubilación sin haber aportado los años que el sistema requiere? ¿Cuántos regímenes de promoción industrial se multiplican hoy en diversas provincias? ¿cuántos anuncios de créditos blandos, para emprendimientos varios, ha habido a lo largo de los últimos 8 años, para limitarnos a los gobiernos a los que alude la presidenta?

¿cuánta gente ocupa villas de emergencia? ¿cuánto ha crecido en estos mismos años esa población? ¿cuánta gente está realmente por debajo de la línea de pobreza? Los cálculos de las multadas consultoras, e inclusive de la Iglesia Católica, superan por mucho más que unos cuantos cuerpos las cifras del devaluado INDEC.

Mientras tanto, el gobierno asigna sus recursos de manera más que dudosa. Es sabido que muchas veces se prioriza a provincias, municipios y también a empresarios amigos, en detrimento de los que no hicieron méritos suficientes para merecer la bendición gubernamental. También es sabido que se gastan fortunas intentando llegar a la población con la propaganda oficial, desde los canales y radios del Estado, pasando por la agencia de noticias (Télam) y continuando por los medios en manos de empresarios allegados al poder.

Desde la distribución de conversores digitales hasta la próxima llegada de LCDs a precios subsidiados y a pagar en cómodas cuotas fijas tienen como finalidad poder llegar a la mayor cantidad de población con el “relato” oficial. El fútbol y hasta el canal cultural Encuentro se cargan de propaganda, directa o subliminal. En todo ello se gastan fortunas, mientras por otra parte se niega el famoso 82% móvil a los jubilados, aún pese a que tal porcentaje está hoy referido al salario mínimo, y no al salario por la actividad realizada.

La desocupación, que hoy por hoy está en niveles bajos, encierra sin embargo secretos no revelados sobre la cantidad de nuevos empleados del Estado ocupados en estos años, más el hecho de considerar ocupada a gente que percibe planes de ayuda de diversa índole. Millones de personas perciben ingresos gratuitamente, incluso por sus hijos. O reciben alimentos. O electrodomésticos. O también casas.

Por eso no terminamos de comprender el sentido de las palabras presidenciales. Porque si lo que intenta la señora de Kirchner es demostrarnos que el Estado ahora se ocupa de los necesitados, al mismo tiempo está mostrando que no se ha ocupado de corregir las razones por las cuales debe ayudar a tales necesitados. Jactarse del fracaso es, entonces, cuando menos sintomático.

Cuanta más gente necesita ayuda, mayor es el fracaso. No menor.











Héctor Blas Trillo 10 de junio de 2011

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