El Ágora
LA HISTORIA
OFICIAL
El sólo
hecho de que el Poder Ejecutivo salga a crear por decreto un
instituto denominado Nacional de Revisionismo Histórico
Argentino e
Iberoamericano “Manuel Dorrego” parece lo suficientemente
abominable como para
prestarle la debida atención.
Pretender
revisar la historia para reescribirla desde un sesgo ideológico
determinado es
la mayor garantía de que cualquier cosa que salga de allí será
un panfleto
cargado de ideología vacua y maniquea. Es una extraña confesión
la de pretender
revisar la historia no para volver el “relato” más neutral, sino
para hacerlo
tanto o más tendencioso que aquel que se pretende corregir.
Al leer los considerandos del decreto de creación del mencionado Instituto , nos encontramos por ejemplo con uno que nos dice que “se abocará…a todos aquellos….que defendieron (como Manuel Dorrego) el ideario nacional y popular contra el embate liberal y extranjerizante de quienes han sido, desde el principio de nuestra historia, sus adversarios y que, en pro de sus intereses, en pro de sus intereses, han pretendido oscurecerlos y relegarlos de la memoria colectiva del pueblo argentino”. Más adelante, podemos leer también quiénes son los elegidos (y por lo tanto etiquetados de antemano) a cuyo estudio se abocará el organismo, con el ánimo de “profundizar el conocimiento de la vida y obra de los mayores exponentes del ideario nacional, popular, federalista y latinoamericano” Y cita, al parecer a modo de ejemplo, a San Martín, a Artigas, a Güemes, a Estanislao López, a Rosas, a Perón, a Eva Duarte, a Hipólito Yrigoyen y a unos cuantos más, entre los cuales resaltamos a José Martí y a Simón Bolívar.
Al leer los considerandos del decreto de creación del mencionado Instituto , nos encontramos por ejemplo con uno que nos dice que “se abocará…a todos aquellos….que defendieron (como Manuel Dorrego) el ideario nacional y popular contra el embate liberal y extranjerizante de quienes han sido, desde el principio de nuestra historia, sus adversarios y que, en pro de sus intereses, en pro de sus intereses, han pretendido oscurecerlos y relegarlos de la memoria colectiva del pueblo argentino”. Más adelante, podemos leer también quiénes son los elegidos (y por lo tanto etiquetados de antemano) a cuyo estudio se abocará el organismo, con el ánimo de “profundizar el conocimiento de la vida y obra de los mayores exponentes del ideario nacional, popular, federalista y latinoamericano” Y cita, al parecer a modo de ejemplo, a San Martín, a Artigas, a Güemes, a Estanislao López, a Rosas, a Perón, a Eva Duarte, a Hipólito Yrigoyen y a unos cuantos más, entre los cuales resaltamos a José Martí y a Simón Bolívar.
Nosotros no
somos historiadores
y no vamos a incursionar aquí en el análisis de los méritos o
desméritos de
tales o cuales personajes históricos. Consideramos que de eso se
ocupan quienes
están en condiciones de hacerlo por haber dedicado su vida a
ello.
Pero no queremos dejar de hacer algunas reflexiones
que vienen a
cuento. Señalemos antes
que nada que al
frente del Instituto se ha nombrado al escritor y médico de
profesión Mario O
Donell, quien desde 1989 adhirió a peronismo primero menemista,
y luego
kirchnerista. Que fue Secretario de Cultura durante el gobierno
de Carlos Menem
y que entre otras cosas gozaba al menos hasta hace unos años, de
una jubilación superior a
3.000 dólares
mensuales que supo
defender en
entrevistas radiales (cuando tenía algo más de 50 años) con el
curioso
argumento de la trayectoria
personal.
Si bien no pretendemos escarbar en la vida y obra del director
designado, no
podemos dejar de mencionar esos antecedentes, porque en el día
de la fecha
hemos visto un par de artículos firmados por él en los diarios
La Nación y
Perfil defendiendo su posición, mencionando precisamente su
trayectoria
personal, pero omitiendo toda referencia a su curiosa jubilación.
Hay que decir que no pocos escritores e historiadores
como Halperín
Donghi, Vicente Palermo, Natalio Botana y Beatriz Sarlo, han salido a cuestionar
duramente esta
iniciativa oficial en busca del relato propio. En total, más de
200
historiadores se han unido en la crítica con argumentos que no
han sido
rebatidos.
Bien, hecha esta breve y necesaria introducción,
vayamos a las
reflexiones que queremos hacer.
Que el gobierno nacional salga mediante un decreto a
crear un Instituto
que se define a sí mismo como sectario y clasista no es un tema
menor. Es
realmente una porquería.
Que se mezcle en una misma bolsa a genuinos e
indiscutidos próceres
como José de San Martín o Simón Bolívar con políticos y
militares que tendrán
lo suyo pero que ocuparon posiciones gracias a golpes de Estado
y que en definitiva, como
en el caso de Perón,
echaron de la Plaza de Mayo a la organización integrada por
varios referentes
de este mismo gobierno tampoco es un dato menor.
Pero la alusión al “embate liberal y extranjerizante”
se lleva de lejos
los laureles del más rancio autoritarismo clasista y maniqueo.
Los
historiadores y escritores que han salido al ruedo a criticar
este engendro de
origen claramente fascista, no pertenecen en la mayoría de los
casos a ningún
ideario liberal, y mucho menos extranjerizante. Ni tampoco ha
habido aquí un
embate ayer por la mañana contra el cual hay que luchar desde el
propio seno
del poder central para contrarrestar al liberalismo
extranjerizante. Y mucho
menos luchar de este modo.
El liberalismo es una doctrina basada en la libertad
económica y
política, que podrá compartirse o no pero que nada tiene que ver
con
extranjerizar nada. Leyendo la defensa del adefesio que hace el
señor O Donell
en los diarios citados, vemos que alude al liberalismo como un
pensamiento
basado en ideas de libertad económica pero autoritarismo
político. Y eso es una
gruesa falsedad. El liberalismo no es eso, y este señor no puede
ignorarlo. Y
si acá lo que ocurrió es que hubo un embate de misteriosas fuerzas depredadoras de lo
“nacional y
popular”, ese embate recibirá algún nombre, el que sea, pero no
liberal. No es que
queramos ensañarnos con este
personaje, al que evaluamos por sus actos como una persona
demasiado versátil y
muy afecta a ideologías de fuste totalitario; pero si a eso le
sumamos la
incoherencia e incluso la desfachatez ideológica, se hace muy
difícil callar.
También habla O Donell del “neoliberalismo
historiográfico” que
francamente no parece que merezca comentario alguno, excepto
decir que en el
siglo XIX no existía ningún “neo”, que sepamos.
Es evidente que como queda bien hablar de
“neoliberalismo” utiliza esa
palabreja para juntarla a quienes escriben la historia y que en
general están
vivos. Es políticamente
correcto
usarla para descalificar, pero es manifiestamente estúpido
hacerlo para atacar
a centenares de profesionales que trabajan seriamente y que
deberían ser
refutados conceptualmente y con datos históricos extraídos de
documentación
comprobable, y no mediante declamaciones políticas de baja
estofa. Porque el
etiquetamiento y la descalificación, tan afecto a las
mentalidades totalitarias
que este señor claramente defiende, no puede ser consentido ni
tolerado por las
personas de bien, cualquiera sea su ideología. Y los hechos son
hechos.
Sabemos que en la Argentina se ha asociado por lo
general al
liberalismo con la extranjerización, y también con el
autoritarismo político.
Pero consideramos que alguien que se encarama por decisión de
una funcionaria a
la sazón presidenta de la República
como
una especie de líder revisionista, lo menos que puede y debe
hacer es
expresarse con propiedad.
Ahora bien, en la Argentina el sufragio universal y
obligatorio hizo
que a fines del siglo XIX y comienzos del XX llegaran al poder
precisamente
gobiernos de sesgo popular, como el del nombrado Yrigoyen.
Aquellas leyes que
posibilitaron la democratización de la política, por así
decirlo, tuvieron el
sesgo de la llamada Generación del 80, hoy vilipendiada en los
colegios por
imperio de planes oficiales que no resisten un análisis como
este, aún breve y
concreto.
Nadie ignora las enormes corrientes migratorias
llegadas al país en
aquellos años y tampoco nadie ignora que la Argentina llegó a
estar en el
séptimo u octavo lugar del mundo. Muchas cosas serán
discutibles, no lo
dudamos, pero que el país había crecido, se había democratizado
y había
alcanzado un lugar privilegiado es un hecho histórico indudable.
Si esto no ha
sido así, lo que corresponde que se haga es refutarlo con datos
concretos, y
explicar al mundo entero por qué razón la Argentina estaba en el
lugar en el
que estaba, y llegaban las oleadas migratorias que llegaban,
nada más que para
ser aprovechadas por la “oligarquía” vernácula.
De hecho, la moneda argentina era reconocida en todo
el mundo. Y en ese
entonces sí que no se hablaba de dólares. En lugar de eso, se
acepta como si
tal cosa la creación por decreto de un organismo encargado de
redactar una
historia oficial basada en etiquetamientos y descalificaciones,
con nombre y
apellido además, y desde el vamos, para colmo. NI siquiera se ha
molestado el
Poder Ejecutivo en disimular un poco.
Cuando días pasados la presidenta resaltó en el acto de la UIA que
habíamos “perdido”
en la batalla de Caseros, se colocó claramente del lado rosista
de la historia.
Ella y quienes piensan como ella podrá sentirse perdidosa, pero
estaba hablando
como presidenta de la Nación, no de un grupo faccioso, el que
fuere.
Hace bastante tiempo que desde los canales oficiales
de difusión,
creados y sostenidos con el dinero del pueblo argentino, se ha
adoptado la
política de la “militancia” y la facciosidad más recalcitrante.
Hace rato que
ciertos historiadores, como Felipe Pigna, vienen construyendo un
“relato” (como
se dice ahora) y poniendo intencionalidades de todo tipo en
personajes
históricos que obviamente no pueden contestar. Lo hacen en Canal
7, en el Canal
Encuentro, en Radio Nacional y en otros medios de la larga lista
que sostiene el
gobierno para su propaganda política.
Pero la función de los historiadores, si no nos fallan
las
entendederas, no es esa. Cuando en el canal Encuentro vemos a
personajes como
Pigna o como Soriano mostrar la historia desde un punto de vista
claramente
etiquetador, no cabe menos que preguntarse (lo hemos hecho
muchas veces) por
qué no se abren las puertas a quienes no piensan de ese modo,
siendo que los
medios públicos deben ser de todas las ideas y no sólo de la
facción en el
poder.
La respuesta llega sola. A la amalgama “militante” de
patas cortas y
tradición etiquetadora, le siguen los decretos para crear
organismos no de
investigación, sino de búsqueda de honores y méritos para
determinadas personas
con nombre y apellido, y la descalificación de otras que llegará
también con
nombre y apellido.
La historia oficial tiene la claridad meridiana de la
torpeza y de la
vulgaridad más infame. Siempre tiene esas características y no
solamente con
los actuales gobernantes.
Basta ver cómo se pavonean conspicuos “artistas” y
“periodistas” que no
hacen sino aplicar la más rotunda genuflexión hacia el actual
poder político.
Pero las facciones y la historia no van de la mano. El
“relato” hace
daño, pero no tanto como para reescribir la historia desde los
dineros públicos
y con tono partidario. Ya se intentó otras veces en varias
partes del mundo,
para finalmente evaporarse en un segundo, como ocurrió con el
nazismo, con el
fascismo italiano, con el comunismo soviético y con la
“revolución cultural”
china; para citar sólo algunos ejemplos.
HÉCTOR BLAS TRILLO
Buenos
Aires, 4 de diciembre
de 2011
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