El Ágora
UNA LEY PARA
CADA UNO (O EL MACARTISMO SOLIDARIO)
El principio de la igualdad
ante la ley, consagrado
por nuestra Constitución Nacional, tiene su fundamento en la
individualidad del
hombre. Debemos agregar por la dudas que el concepto “hombre” se
refiere al
género humano, y nada tiene que ver con el sexo. Confusión
semántica muy común
hoy por hoy que nos obliga a este tipo de aclaraciones.
Precisamente nuestra Ley
Fundamental considera a
todos los habitantes (es decir, ciudadanos o extranjeros) dignos
de igual
tratamiento ante la ley, tanto para el ejercicio de sus
derechos, como para el
cumplimiento de sus obligaciones. Esto es así porque cada
individuo, como tal,
es diferente. Posee individualidad. Características personales,
capacidades,
inteligencia o lo que fuere. Este principio es universal, es
decir que se
refiere a todos los aspectos de la vida en la Nación.
Pues bien, lo que nos
motiva a escribir estas líneas
es la observación de que en la Argentina actual, éste principio
ha sido
abandonado prácticamente por todas las ideologías en boga. A
derecha y a
izquierda podemos ver cómo se ejercitan supuestas actitudes solidarias tendientes a
proteger “al más
débil” y cómo se acepta como algo lógico y corriente que
determinadas personas
tengan tratamientos “diferenciales” en materia de tarifas, subsidios, asignaciones y
“planes” de ayuda.
Vemos lo que está pasando
con las tarifas del
consumo hogareño de energía eléctrica o gas, donde pretenden
establecerse
categorías de consumidores, incluso barrios o zonas
supuestamente pudientes a
los cuales corresponderá aplicarle precios más altos. Pronto tal
vez aparezcan
los funcionarios con una distinción idéntica pero de los barrios
o zonas
intrínsecamente "carenciados”, aparte de la ponderación que se
llevará a
cabo de cada habitante de la Nación sobre su capacidad
adquisitiva para
determinar si deberá pagar o no una tarifa más alta o más baja.
O tal vez
ninguna. Simultáneamente, ya se habla de fijar tarifas
diferenciales para el
transporte automotor de pasajeros, siempre sobre la base de la
capacidad de
pago de los viajeros.
Hemos manifestado
reiteradas veces que los
tratamientos diferenciales contribuyen a anquilosar la pobreza,
incluso a
fomentarla. El sólo hecho de poder recibir bienes a precios
inferiores constituye
un indudable privilegio al que accederán aquellos que tengan una
condición
social más pobre o así sean considerados. Ésta condición será
conveniente
mantenerla, al menos en los papeles, para poder seguir gozando
del beneficio.
De más está decir que la
“selección” que los
funcionarios hagan respecto de quiénes entran en el grupo
favorecido y quiénes
no, dará lugar a todo tipo de corruptelas. Es decir, lo mismo
que ocurre hoy
con los planes sociales y las ayudas de diversa índole con las
que el gobierno
Nacional pretende paliar, pero eterniza, la pobreza intrínseca a
la que nos
referimos.
Nuestros padres fundadores
tuvieron muy en cuenta
estas cuestiones al momento de redactar, de manera simple y
llana, los
criterios fundamentales sobre los que debe sentarse la vida de
una comunidad.
La Constitución Nacional no recurre a grandes disquisiciones
semánticas para
enunciar lo simple y llano. Esto es sabido. Pero el concepto es
fijo, concreto,
contundente. Un par de renglones bastan, a diferencia de las
grandes parrafadas
incomprensibles que utilizan hoy en día nuestros legisladores.
Ser iguales ante la ley nos
obliga a todos a pagar
por lo que consumimos aquello que lo consumido vale. Por lo
tanto no
corresponde que algunos paguen un precio más elevado que otros.
Pero además de
no corresponder, es nefasto desde el punto de vista del
desarrollo social.
Se fomenta así la
desigualdad en lugar de promover
la igualdad. También el
llamado clientelismo político. Pero no
sólo se los fomenta, sino que se los establece con la
fundamentación de que su
aplicación es un rasgo de bondad, ética y atención de “los
humildes”. Todo
empeora , sin embargo, en la cuestión de los llamados
cartoneros, o de los
limpiavidrios, o de la cantidad impresionante de gente que
duerme en las calles
de Buenos Aires y en el suburbio. O en las innúmeras “villas”
paupérrimas que
como manchas de aceite crecen todos los días en tantísimos
barrios de las
ciudades más pobladas del país.
Digamos también que no se
trata de que a las gentes
en dificultades hay que dejarlas morir de inanición o cosa por
el estilo. En
definitiva de lo que se trata es de encontrar el rumbo para
lograr un
crecimiento sostenido y sin artilugios monetarios, para que la
promoción del
bienestar general sea un hecho concreto motivado en la capacidad
y el esfuerzo
de los habitantes de la Nación, y no en la dádiva otorgada
displicentemente por
los gobernantes.
Cada vez más los sectores
que otrora defendían esta
visión de la realidad se han plegado al discurso políticamente correcto de la ayuda permanente.
Pero la verdad es que más
allá de nuestra posición
principista lo cierto es que darle a los gobernantes el poder de
fijar
indefinidamente prebendas o ayudas, es lo mismo que constituir
prerrogativas o
fueros personales, cuestiones que también están sanamente
vedadas por nuestra
Carta Magna.
Es que la idea de que las
cosas pueden obtenerse sin
esfuerzo lleva a muchas personas a quedarse en esa región en la
cual la ayuda
siempre les llegará. Eso lo sabemos todos. Lo que ocurre con los
“planes” es
una muestra cabal de lo que decimos. Basta interrogar a las
personas que
acompañan a ciertas manifestaciones y piquetes para comprobar
que están allí
porque reciben ayudas y están sujetas a
perderlas si no concurren.
Esto, que es tan obvio, en
esta Argentina del
“relato”, no se discute siquiera. Nadie se atreve al parecer, a decir con todas las
letras que la igualdad
ante la ley es un principio claro e inobjetable. Que más allá de
lo que diga la
misma Constitución, el otorgamiento de favoritismos a unos que
otros han de
pagar, conforma el lumpen del populismo totalitario.
También hay que decir que
esta necesidad de
distinguir entre pobres y ricos, lleva a los gobernantes a
obtener todo tipo de
información de la población. A “ficharla” para decirlo cortito.
Cosa que ocurre
por ejemplo con la tarjeta SUBE para viajar en el transporte
público, que
requiere que la persona que la adquiere deba aportar sus datos
personales,
número de documento y demás, de tal modo que dicha tarjeta se
convierte en una
especie de “chip” que permite seguir los movimientos del
usuario. Si esto no es
una pieza de colección del totalitarismo más puro, qué otra cosa
lo será.
Si repasamos por ejemplo lo
que ocurre con los
denominados “manteros” de la calle Florida, podemos ver que los
funcionarios se
ocupan de manifestar claramente la diferencia que existe entre
simples
revendedores de productos
que obviamente
no pagan ningún impuesto; y aquellos llamados artesanos que
parece que tuvieran
un permiso especial para ubicarse donde les plazca. En la ciudad
de Buenos
Aires hay normas específicas que autorizan a quienes solamente
buscan
sobrevivir a instalarse y vender sus productos.
Pero en realidad todos los habitantes de la Nación
buscamos sobrevivir,
y por lo tanto la colusión entre los intereses de unos y de
otros es evidente.
Los comentarios que pueden
oírse o leerse de parte
de todo tipo de políticos y opinantes, avalan desde ya la idea
de que los
artesanos puedan vender sus productos libremente o bajo ciertas
condiciones;
pero los revendedores no. Y la pregunta que correspondería
hacerse es por qué
no. Porque no todos los necesitados tienen la virtud de poder
elaborar
artesanías, suponiendo que tal rubro quedara debidamente
definido, además. De
tal modo que si los necesitados en cuestión no son capaces de
fabricar
artesanías, deberán arreglárselas como puedan. Y si todo el
mundo fuera capaz
de elaborarlas, entonces tendríamos una invasión de vendedores
ambulantes fuera
de toda lógica.
Como puede verse, todo el
esquema se cae por imperio
de esa especie de macartismo solidario que pretende dividir a la
población entre
ricos y pobres, con una traza demasiado gruesa y demasiado
clientelista que
deberán establecer los funcionarios y políticos de turno.
Si existen “planes
sociales”, asignaciones
universales por hijo y demás esquemas de ayuda, cabe preguntarse
por qué los artesanos
o quienes fueren podrán ubicarse en la vía pública y vender sus
productos. La
inobservancia de lo obvio no deja de ser siempre un síntoma.
Como hemos dicho, en estos
aspectos no existen
mayores diferencias ideológicas. No importa si se trata del
gobierno Nacional o
del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Siempre la tendencia
es a distinguir
entre algunos y el resto, lo cual constituye una evidente
desviación del
principio de igualdad ante la ley que da lugar a este
comentario.
Debe quedar en claro que no
es una ley para cada uno
lo que debe existir,
sino una ley para todos. Y
también es
importante dejar perfectamente sentado que, más allá de nuestra
opinión
principista, una cosa es
ayudar al
desvalido, o al que tiene dificultades durante un lapso
determinado, y otra muy
distinta es hacerlo durante años y años sin final del partido a
la vista. Basta
analizar la situación en determinados países avanzados, cuya
capacidad y
recursos es muy superior a la nuestra, en los cuales se
determinan plazos
concretos para que los beneficiarios de subsidios sean dados de
baja. Pretender
(y en definitiva mantener) ayudas de emergencia sine die es, como hemos dicho, eternizar el
problema y de ningún
modo resolver la cuestión de la pobreza.
Héctor Blas Trillo Buenos Aires, 15 de
enero de 2012
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