El Ágora
La agonía del “relato” 5/2/12
Desde hace algunos años, tal vez durante el gobierno de Néstor Kirchner o después de la llegada de Cristina Fernández, un grupo de autotitulados “intelectuales” se volcó de lleno al oficialismo y comenzó a utilizar una retórica, una verborragia, un discurso laberíntico en el que abundan palabras de poco uso corriente (que obligan al lector a recurrir más de una vez al diccionario) o las oraciones largas y enmarañadas, de dificultosa comprensión y no sólo para el hombre común, sino muy probablemente para los autores mismos. Fue este grupo, si no estamos mal orientados, el que comenzó a hablar del “relato” para referirse al modo de expresar la realidad política y social, y también los hechos que acontecen. El modo de describir esa realidad pasó a ser, en el seno del oficialismo, el “relato”.
Entonces, de allí se pasó a la “construcción del relato”, es decir (entendemos) a la manera de elaborar el texto que describe los hechos.
Como cualquiera puede inferir, la descripción de los hechos, es decir el “relato”, difiere de unas personas a otras por cuanto la visión de las cosas es diferente según el cristal que utiliza cada uno. Entonces, los “intelectuales” de marras separaron el “relato” de ellos (o el de sus amigos oficialistas) del “relato” del resto de los mortales de la República.
Si esta curiosa trama verborrágica y fundamentalista tuvo la posibilidad de prender, fue porque, según se comenta, la presidenta quedó casi deslumbrada con ella. Se sintió identificada y apoyó formalmente esta forma de contar la realidad y de calificar a quienes la cuentan de manera diferente, cualquiera sea la forma.
En este juego semántico se ha dividido a la población en dos partes bien diferenciadas: los que adhieren al “modelo” y el resto. Los justos y los pecadores. Los elegidos y los réprobos.
Cualquier cosa dicha por algún medio, periodista, político, empresario o simple habitante opositor, es descalificada desde el goebbeliano aparato de propaganda oficial.
Tal vez todo se hizo más patente (y patético) durante la crisis con el campo en el año 2008. Recordamos casi risueñamente la intervención del “observatorio de medios”, de relativamente reciente creación, del decanato de la facultad de ciencias sociales de la Universidad de Buenos Aires, y, obviamente, de los “intelectuales” a los que nos referimos.
No vamos a volver sobre aquellos hechos porque entendemos son de todos conocidos y cada cual habrá sacado ya sus conclusiones. Pero lo cierto es que la famosa Resolución 125 implicaba una carga tributaria que desde algunos sectores agrícola ganaderos fue considerada excesiva. Una reacción sectorial por un conflicto de intereses dio lugar a un “relato” oficial sobre golpismo. Los protestantes fueron calificados de golpistas y de muchas otras cosas. Sin embargo, la resolución famosa sometida a la votación del Senado Nacional derivó en un empate que fue definido por el presidente del Senado Julio Cobos, vicepresidente de la Nación.
El “relato” derivó precisamente en acusar a Cobos de “traidor” y un montón de epítetos de baja estofa que obviaremos en aras de la salud mental. Lo cierto es que en tal “relato” se omitió la referencia al golpismo. El golpismo podría caber para algunos líderes de las agrupaciones ruralistas, pero nunca para la mitad de los representantes de las provincias en el Senado Nacional.
El “relato”, entonces, distinguió a golpistas de traidores, y a traidores de senadores opositores, en todo caso ingenuos que apoyaron nada menos que a la más rancia expresión de adhesión a la dictadura y a la oligarquía vacuna. Llegado este punto, entendemos que el mentado “relato” había hecho tanta agua por todos los costados, que debió archivarse más o menos rápidamente. La soja dejó de ser un “yuyo”, las negociaciones intentaron mantener al menos esa fuente de recursos, y todo quedó en una especie de odio innominado por indefinido-
Hoy, vemos que cualquier grupo o sector (incluso dentro del oficialismo) que exprese alguna forma de disenso, es inmediatamente descalificado por los autores del “relato” oficial. No se trata de gentes que ven las cosas de otra forma y con las que es posible disentir. No. Se trata de enemigos funcionales a las fuerzas del mal.
¿Cómo juega en todo esto el título que hemos dado a éstas líneas?
En 2008 el gobierno nacional intentó calificar de golpismo a una lucha por la defensa de intereses sectoriales que no difiere mayormente de cualquier lucha de intereses. Hoy está ocurriendo algo parecido.
Cuando Hugo Moyano sale a comparar la “sintonía fina” con la “flexibilización laboral” de tiempos de Carlos Menem lo que está haciendo es descomponer hasta en lo más íntimo a los forjadores del “relato” oficial. Y nada menos que comparándolos con el menemismo.
Pero cuando la presidenta de la República habla de terciar en las Paritarias intentando evitar que los aumentos que solicite el sector laboral tengan su asidero en los subsidios que el gobierno otorga, lo que está haciendo es decir que tendrá la última palabra. Y que si a la señora o a su círculo áulico la cosa no le gusta, habrá veto.
La estructura sindical en la Argentina fue establecida de este modo por el propio peronismo. Este es un hecho histórico que arranca en 1943, y no ahora. El peronismo necesitó contar con el aparato sindical y lo hizo a lo largo de muchos años. Pero justamente para contar con el apoyo masivo, debió fijar ciertas pautas, como la afiliación compulsiva y los aportes a cargo de los empleadores actuando como agentes de retención de los obreros.
El conflicto aparece cuando los dirigentes sindicales, como Moyano, disienten del gobierno central y pretenden continuar su derrotero por fuera de la “disciplina” oficial.
El sindicalismo cegetista está mostrando hoy, las mismas uñas que en 2008 mostraron los ruralistas. A aquellos se los había favorecido con un tipo de cambio generoso que les permitía soportar cómodamente las “retenciones”, hasta un punto. A éstos se les venía concediendo prácticamente todo lo que pedían, también hasta un punto.
Es el gobierno nacional el que permite que existan leyes de afiliación compulsiva. Es la mayoría justicialista la que posibilita que los laburantes en la Argentina sean cautivos del sindicato con personería gremial. La “caja” se fundamenta en la ley peronista. No en la voluntad de los obreros que financian el régimen.
Por eso, cuando Moyano o quien fuere sale a patear el tablero, inmediatamente el “relato” oficial intenta defenestrarlo. Y tal vez lo logre, porque también es cierto que el poder del sindicalista es un poder con pies de barro, sustentado en una “caja” que el gobierno bien puede disolver o cambiar de manos de un plumazo, como hizo con las AFJP. Basta dar personería gremial a sindicatos paralelos para terminar con la caja única.
Más allá de todo esto, es obvio que lo que está ocurriendo en esta Argentina de 2012 es que se terminó la fiesta y que alguien deberá pagar. Serán los “ricos”, los que viven en los countries o las petroleras. Tal vez en primer lugar deban pagar los opositores, como suele ocurrir en regímenes de este tipo en el mundo entero. Las gentes que reciben subsidios de todo tipo son votantes del régimen. El resto puede que lo sea en parte. Pero el país está dividido en dos, como decimos. Y es seguro que en la mitad oficialista están los beneficiados con todo tipo de planes, por lo tanto quienes deberán pagar serán los segundos.
Ésta es la “sintonía fina”. Y no otra cosa.
Pero los subsidios superan largamente las cifras que puede soportar hoy el país. Y no alcanza con recortar prebendas a tales o cuales vecinos de tales o cuales barrios cuyos mapas aparecen en los diarios como si se tratara de zonas en cuarentena emergentes de alguna epidemia del siglo XIX. Abarca también a quienes viajan en colectivo, cuyo fichaje está llevándose a cabo por medio de la tarjeta SUBE, y, entre muchos otros, a quienes están por encima de los sueldos mínimos. Y en éstos últimos están muchos, muchísimos obreros a los que Moyano debe defender para sostener él mismo su poder.
Por eso, o la “sintonía fina” se vuelve “más fina”, o el enfrentamiento irá escalando hasta que se produzca alguna forma de fractura bastante fuerte.
¿Quién asumirá los costos de aceptar que el Poder Ejecutivo se inmiscuya en las Paritarias, y por lo tanto será tildado de complaciente con el sector empresarial? ¿Qué sindicalista aceptará ser considerado “colaboracionista” por el resto?
El “relato” prueba así su eufemístico origen. Tomar como verdad absoluta y revelada la concepción oficialista (o cualquiera otra) de la historia es una soberana estupidez. Pretender que toda la ciudadanía lo acepte así es absurdo e inconsistente. Toda la propaganda de cualquier régimen se choca finalmente con una realidad bien terrenal y suficientemente alejada de la verborragia oficial. Tomar nota de esto a través de lo ocurrido en la historia del mundo no parece ser el fuerte de los autodenominados “intelectuales” oficialistas. Pero la realidad termina imponiéndose más temprano que tarde, y el “relato” poco a poco va mostrando las aristas más picudas de su franca agonía.
HÉCTOR BLAS TRILLO Buenos Aires, 5 de febrero de 2012
La agonía del “relato” 5/2/12
Desde hace algunos años, tal vez durante el gobierno de Néstor Kirchner o después de la llegada de Cristina Fernández, un grupo de autotitulados “intelectuales” se volcó de lleno al oficialismo y comenzó a utilizar una retórica, una verborragia, un discurso laberíntico en el que abundan palabras de poco uso corriente (que obligan al lector a recurrir más de una vez al diccionario) o las oraciones largas y enmarañadas, de dificultosa comprensión y no sólo para el hombre común, sino muy probablemente para los autores mismos. Fue este grupo, si no estamos mal orientados, el que comenzó a hablar del “relato” para referirse al modo de expresar la realidad política y social, y también los hechos que acontecen. El modo de describir esa realidad pasó a ser, en el seno del oficialismo, el “relato”.
Entonces, de allí se pasó a la “construcción del relato”, es decir (entendemos) a la manera de elaborar el texto que describe los hechos.
Como cualquiera puede inferir, la descripción de los hechos, es decir el “relato”, difiere de unas personas a otras por cuanto la visión de las cosas es diferente según el cristal que utiliza cada uno. Entonces, los “intelectuales” de marras separaron el “relato” de ellos (o el de sus amigos oficialistas) del “relato” del resto de los mortales de la República.
Si esta curiosa trama verborrágica y fundamentalista tuvo la posibilidad de prender, fue porque, según se comenta, la presidenta quedó casi deslumbrada con ella. Se sintió identificada y apoyó formalmente esta forma de contar la realidad y de calificar a quienes la cuentan de manera diferente, cualquiera sea la forma.
En este juego semántico se ha dividido a la población en dos partes bien diferenciadas: los que adhieren al “modelo” y el resto. Los justos y los pecadores. Los elegidos y los réprobos.
Cualquier cosa dicha por algún medio, periodista, político, empresario o simple habitante opositor, es descalificada desde el goebbeliano aparato de propaganda oficial.
Tal vez todo se hizo más patente (y patético) durante la crisis con el campo en el año 2008. Recordamos casi risueñamente la intervención del “observatorio de medios”, de relativamente reciente creación, del decanato de la facultad de ciencias sociales de la Universidad de Buenos Aires, y, obviamente, de los “intelectuales” a los que nos referimos.
No vamos a volver sobre aquellos hechos porque entendemos son de todos conocidos y cada cual habrá sacado ya sus conclusiones. Pero lo cierto es que la famosa Resolución 125 implicaba una carga tributaria que desde algunos sectores agrícola ganaderos fue considerada excesiva. Una reacción sectorial por un conflicto de intereses dio lugar a un “relato” oficial sobre golpismo. Los protestantes fueron calificados de golpistas y de muchas otras cosas. Sin embargo, la resolución famosa sometida a la votación del Senado Nacional derivó en un empate que fue definido por el presidente del Senado Julio Cobos, vicepresidente de la Nación.
El “relato” derivó precisamente en acusar a Cobos de “traidor” y un montón de epítetos de baja estofa que obviaremos en aras de la salud mental. Lo cierto es que en tal “relato” se omitió la referencia al golpismo. El golpismo podría caber para algunos líderes de las agrupaciones ruralistas, pero nunca para la mitad de los representantes de las provincias en el Senado Nacional.
El “relato”, entonces, distinguió a golpistas de traidores, y a traidores de senadores opositores, en todo caso ingenuos que apoyaron nada menos que a la más rancia expresión de adhesión a la dictadura y a la oligarquía vacuna. Llegado este punto, entendemos que el mentado “relato” había hecho tanta agua por todos los costados, que debió archivarse más o menos rápidamente. La soja dejó de ser un “yuyo”, las negociaciones intentaron mantener al menos esa fuente de recursos, y todo quedó en una especie de odio innominado por indefinido-
Hoy, vemos que cualquier grupo o sector (incluso dentro del oficialismo) que exprese alguna forma de disenso, es inmediatamente descalificado por los autores del “relato” oficial. No se trata de gentes que ven las cosas de otra forma y con las que es posible disentir. No. Se trata de enemigos funcionales a las fuerzas del mal.
¿Cómo juega en todo esto el título que hemos dado a éstas líneas?
En 2008 el gobierno nacional intentó calificar de golpismo a una lucha por la defensa de intereses sectoriales que no difiere mayormente de cualquier lucha de intereses. Hoy está ocurriendo algo parecido.
Cuando Hugo Moyano sale a comparar la “sintonía fina” con la “flexibilización laboral” de tiempos de Carlos Menem lo que está haciendo es descomponer hasta en lo más íntimo a los forjadores del “relato” oficial. Y nada menos que comparándolos con el menemismo.
Pero cuando la presidenta de la República habla de terciar en las Paritarias intentando evitar que los aumentos que solicite el sector laboral tengan su asidero en los subsidios que el gobierno otorga, lo que está haciendo es decir que tendrá la última palabra. Y que si a la señora o a su círculo áulico la cosa no le gusta, habrá veto.
La estructura sindical en la Argentina fue establecida de este modo por el propio peronismo. Este es un hecho histórico que arranca en 1943, y no ahora. El peronismo necesitó contar con el aparato sindical y lo hizo a lo largo de muchos años. Pero justamente para contar con el apoyo masivo, debió fijar ciertas pautas, como la afiliación compulsiva y los aportes a cargo de los empleadores actuando como agentes de retención de los obreros.
El conflicto aparece cuando los dirigentes sindicales, como Moyano, disienten del gobierno central y pretenden continuar su derrotero por fuera de la “disciplina” oficial.
El sindicalismo cegetista está mostrando hoy, las mismas uñas que en 2008 mostraron los ruralistas. A aquellos se los había favorecido con un tipo de cambio generoso que les permitía soportar cómodamente las “retenciones”, hasta un punto. A éstos se les venía concediendo prácticamente todo lo que pedían, también hasta un punto.
Es el gobierno nacional el que permite que existan leyes de afiliación compulsiva. Es la mayoría justicialista la que posibilita que los laburantes en la Argentina sean cautivos del sindicato con personería gremial. La “caja” se fundamenta en la ley peronista. No en la voluntad de los obreros que financian el régimen.
Por eso, cuando Moyano o quien fuere sale a patear el tablero, inmediatamente el “relato” oficial intenta defenestrarlo. Y tal vez lo logre, porque también es cierto que el poder del sindicalista es un poder con pies de barro, sustentado en una “caja” que el gobierno bien puede disolver o cambiar de manos de un plumazo, como hizo con las AFJP. Basta dar personería gremial a sindicatos paralelos para terminar con la caja única.
Más allá de todo esto, es obvio que lo que está ocurriendo en esta Argentina de 2012 es que se terminó la fiesta y que alguien deberá pagar. Serán los “ricos”, los que viven en los countries o las petroleras. Tal vez en primer lugar deban pagar los opositores, como suele ocurrir en regímenes de este tipo en el mundo entero. Las gentes que reciben subsidios de todo tipo son votantes del régimen. El resto puede que lo sea en parte. Pero el país está dividido en dos, como decimos. Y es seguro que en la mitad oficialista están los beneficiados con todo tipo de planes, por lo tanto quienes deberán pagar serán los segundos.
Ésta es la “sintonía fina”. Y no otra cosa.
Pero los subsidios superan largamente las cifras que puede soportar hoy el país. Y no alcanza con recortar prebendas a tales o cuales vecinos de tales o cuales barrios cuyos mapas aparecen en los diarios como si se tratara de zonas en cuarentena emergentes de alguna epidemia del siglo XIX. Abarca también a quienes viajan en colectivo, cuyo fichaje está llevándose a cabo por medio de la tarjeta SUBE, y, entre muchos otros, a quienes están por encima de los sueldos mínimos. Y en éstos últimos están muchos, muchísimos obreros a los que Moyano debe defender para sostener él mismo su poder.
Por eso, o la “sintonía fina” se vuelve “más fina”, o el enfrentamiento irá escalando hasta que se produzca alguna forma de fractura bastante fuerte.
¿Quién asumirá los costos de aceptar que el Poder Ejecutivo se inmiscuya en las Paritarias, y por lo tanto será tildado de complaciente con el sector empresarial? ¿Qué sindicalista aceptará ser considerado “colaboracionista” por el resto?
El “relato” prueba así su eufemístico origen. Tomar como verdad absoluta y revelada la concepción oficialista (o cualquiera otra) de la historia es una soberana estupidez. Pretender que toda la ciudadanía lo acepte así es absurdo e inconsistente. Toda la propaganda de cualquier régimen se choca finalmente con una realidad bien terrenal y suficientemente alejada de la verborragia oficial. Tomar nota de esto a través de lo ocurrido en la historia del mundo no parece ser el fuerte de los autodenominados “intelectuales” oficialistas. Pero la realidad termina imponiéndose más temprano que tarde, y el “relato” poco a poco va mostrando las aristas más picudas de su franca agonía.
HÉCTOR BLAS TRILLO Buenos Aires, 5 de febrero de 2012
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