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sábado, 8 de diciembre de 2012

LA DIVISIÓN DE LA SOCIEDAD 01/12/12


Segunda opinión
 LA DIVISIÓN DE LA SOCIEDAD


Tal vez no haga falta pero lo aclaro por las dudas: no soy oficialista. En verdad, nunca jamás fui oficialista de ningún gobierno. Siempre fui esencialmente crítico y para nada complaciente.
Pero hace muchos años que no veo a la sociedad tan dividida como la veo hoy.
Ni siquiera se trata de ideas. Son los hechos los que francamente me conmueven y me alarman.
Si hablamos de ideas, como no soy partidario del distribucionismo a ultranza; y mucho menos lo soy del intervencionismo, no tengo ninguna base para compartir el ideario de los actuales gobernantes.
Como soy profesional de las ciencias económicas, tiendo a ubicar en primer lugar los temas económicos (“es la economía, estúpido”) y sólo después otras cuestiones. Pero lo cierto es que no comparto la visión que tiene del mundo la presidenta, y tampoco la actitud que asume ante los demás Estados en general, incluso con aquellos regímenes que le resultan simpáticos.
Cuando veo a los adeptos al actual régimen expresarse en la televisión o en la radio, los encuentro agresivos y propensos a las consignas sin ton ni son. Y lo mismo suelo ver en quienes se oponen. Veo lo que ahora ha dado en llamarse la crispación en ambos bandos. No digo que yo esté libre de ella, porque seguramente no lo estoy.
Muchas veces me he sentido agredido por la señora presidenta y antes por su difunto esposo. Agredido e insultado por pensar lo que pienso, por ser lo que soy. Por no estar de acuerdo con su visión de la vida. Por no compartir esencialmente esas ideas que intento describir al principio de estas líneas.
Desde la tarima, desde el atril o desde donde sea, ambos mandatarios se cansaron de acusar e insultar de mil maneras a simples personas que no ven el mundo como ellos. Y entre esas personas, lamentablemente me encuentro yo.
Por eso insisto, no son las ideas, sino los hechos los que me motivan a escribir esto.
Desde los programas de propaganda oficial se habla del “odio” hacia el gobierno y hacia quienes lo ejercen, pero se adhiere a un gobierno que odia profundamente a quienes no encajan en su discurso, al que llamativamente denominan “relato”. Se expresa la molestia de que a la señora presidenta la llamen despectivamente de tal o cual forma, pero se divierten cuando es ella la que llama de tal o cual forma a dirigentes, empresarios o simples ciudadanos que no comparten sus criterios.
Muchas veces me pregunté en mi vida cómo puede ser que los adherentes a Fidel Castro no tomen nota de que millones de personas debieran abandonar la isla rumbo al exilio. Y que debieron hacerlo incluso en balsas. Y que muchos han muerto ahogados o devorados por tiburones en su huida hacía un mundo que consideraban mejor. Me pregunté por qué nunca tomaron nota de que estos millones de personas aún hoy viven en el exilio, ellos y sus descendientes, y son insultados, agraviados y descalificados oficialmente por el régimen, siendo tan ciudadanos cubanos como los que así los tratan.
Lo mismo me he preguntado respecto de la barbarie fascista o nazi. Y también de la transformación de esos soldados norteamericanos que hemos visto en filmaciones torturando y golpeando a afganos e iraníes. Gente común,  gente como todos nosotros. A lo mejor vecinos de nuestro barrio, transformados en déspotas torturadores e insultadores.
Obviamente no es lo mismo que lo que pasa hoy en la Argentina, sólo lo traigo a cuento porque me cuesta asimilar una realidad que me entristece, que me hace daño.
Y me digo ¿no toman nota los oficialistas del enriquecimiento de los funcionarios, empezando por la presidenta? ¿y de las mentiras del INDEC? ¿y de los abusos de poder, los escraches, las aberraciones jurídicas, los aprietes a la justicia, etc.? ¿no observan el deterioro energético o la inflación? ¿y del destrato a los jubilados o el incumplimiento de fallos de la Corte? ¿No les conmueven las falsedades que le respondió la presidenta a los estudiantes en Harvard? ¿Y las enormidades que casi diariamente dice sin inmutarse Aníbal Fernández? ¿No les llega siquiera la idea de que la corrupción existente es una obviedad?
No. Parece que no.
¿Y el caso de Clarín? ¿No han tomado nota de que un día los Kirchner dejaron de ser “amigos” del grupo multimedios y que desde ese día empezó la guerra? ¿No vieron acaso que lo que hasta entonces era amistad y hasta complicidad con ese mismo grupo económico se había convertido de repente en diatribas e insultos y agravios?
Quiero decir: ¿por qué lo que hasta ayer estaba fenómeno hoy es una basura mentirosa? Y la verdad es que no tengo explicación.
Cuando empecé a ver en los puentes que cruzan las rutas argentinas esos afiches con el eslogan “Clarín miente” realmente pensé que casi era una campaña en contra del gobierno. Que nadie seriamente podría pensar que una simple consigna marketinera fuera la punta del ovillo para atacar e intentar destruir un grupo de medios.
Y sin embargo prendió. Veo hoy a muchos ciudadanos, políticos, periodistas, profesionales, amigos míos incluso; tomar como una verdad revelada que Clarín nos miente y que si no fuera por eso todos comprenderíamos la maravilla en la que vivimos. Y no exagero en absoluto en lo que digo. Clarín, según este particular latiguillo, nos miente en todo. Desde sus tapas hasta los suplementos deportivos.
Del otro lado, veo en las redes sociales una impresionante cantidad de insultos y descalificaciones a la señora presidenta y a sus ministros. También a empresarios amigos del régimen o a sindicalistas. No es que me asombre, porque si me insultan y me atacan desde el atril una y mil veces, es bastante lógico que reaccione. Pero me sorprende la virulencia. Diría que más que sorprenderme me asusta.
Los hechos son los hechos. Y son irrefutables. Los amigos del poder lo son muchas veces porque se benefician de serlo. Los adversarios se han convertido en enemigos y no sólo para el poder. Son los que deben pagar la fiesta. Y además reciben toda clase de insultos y acusaciones de parte de la mismísima presidenta de la Nación. Es demasiado.
Millones de personas viven hoy en la Argentina de subsidios, planes, asignaciones y créditos blandos. Son millones de individuos que se sienten mejor así y también que no tienen otras alternativas. En general ellos no quieren que el gobierno sea atacado, descalificado, insultado, etc. Siguen una lógica implacable: nadie escupe el asado que habrá de comer.
Lo que no es tan lógico es que la gente que ocupa planos dirigenciales o profesionales de lo que sea y que cuenta con una cierta independencia económica, no pueda ver de qué se trata. Ni de un lado ni del otro.
Los amigos del poder defienden a rajatabla cuestiones claramente indefendibles. Y los que se oponen a él, pretenden combatirlo con insultos o con “marchas” en la que se mezcla todo. Desde defensa a militares cuestionados por su participación en la dictadura,  hasta calificativos de la peor calaña hacia la presidenta (puta, kretina, etc.). Así las cosas, la sociedad está cada día más dividida.
Entiendo que la principal responsabilidad está en los gobernantes. Son ellos los que han iniciado un derrotero de descalificaciones y que permanentemente siguen haciendo odiosas y poco inteligentes comparaciones con un pasado “noventista” que hace rato terminó. El supuesto “contramodelo” se instaló así entre nosotros sin demasiadas explicaciones. Basta que se califique a sí mismo contrario a los noventa, y al “neoliberalismo”. Aún cuando en verdad nadie sabe muy bien qué significan esas calificaciones. Y menos todavía cuando podemos ver que muchos de los que hoy detentan el poder, antes fueron amigos y cómplices del poder anterior. Y ni qué decir de los “empresarios” (así, entre comillas) que antes comieron de unos, y ahora lo hacen de otros.
La presidenta exacerba la  división de la sociedad. Una y otra vez, casi todos los días. Hace lo mismo que en su momento hacía Eva Duarte: ataca e insulta. Si no estamos con ella somos vendepatrias y “destituyentes”. Y estar con ella puede significar ser amiga del grupo Clarín un día, y su más acérrima enemiga el siguiente.
No existe el diálogo. Nadie puede decir nada fuera del contexto oficial. Y si alguien se entera por ejemplo que viejos amigos periodistas hoy enfrentados políticamente van a tomar un café, inmediatamente sufren consecuencias.
Macartismo puro. Agua y aceite. No es  posible ser “K” e ir a un programa político de TN. Ni ser “anti K” y trabajar en canal 7.
Empresarios, periodistas, economistas y simples ciudadanos tienen miedo de resultar escrachados. Descubiertos en el desliz de opinar mal de lo que ocurre. Nadie quiere ser el agente inmobiliario acusado por la presidenta en cadena nacional por no haber presentado sus declaraciones juradas. Nadie quiere ser el director de cine Eliseo Subiela, acusado de “evasión” y finalmente sobreseído. Nadie quiere ser increpado por el inefable Guillermo Moreno. O perseguido por la AFIP de Echegaray.
El miedo no es un buen consejero a la hora de llevar adelante un país. A nadie ayuda temerle a la represalia política. Pero la represalia existe y acá pongo un par de ejemplos. ¿No la ven los adictos al régimen? ¿no les importa? ¿les parece bien? ¿O tal vez la niegan, como los castristas negaron por años tener millones de “excluidos” de su patria?
Nuestra sociedad está dividida. Y cada día lo está más.
Familias, hermanos, amigos. Peleados definitivamente.
Alguien tiene la culpa de esto. No puede decirse que sea obra de la casualidad. Acá hay razones y creo que todos las conocemos.
Si por lo menos cada uno de nosotros pudiera exigir que el otro, sea del bando que fuere, empezara a respetar sin cortapisas al que piensa distinto, otro sería el cantar.
Lamentablemente me parece que ya es un poco tarde.



HÉCTOR BLAS TRILLO                                                      Buenos Aires,   1º de diciembre de 2012

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