Segunda opinión
LA DIVISIÓN DE
LA SOCIEDAD
Tal
vez no haga falta pero lo aclaro por las dudas: no soy
oficialista. En verdad,
nunca jamás fui oficialista de ningún gobierno. Siempre fui
esencialmente
crítico y para nada complaciente.
Pero
hace muchos años que no veo a la sociedad tan dividida como la
veo hoy.
Ni
siquiera se trata de ideas. Son los hechos los que francamente
me conmueven y
me alarman.
Si
hablamos de ideas, como no soy partidario del distribucionismo a
ultranza; y
mucho menos lo soy del intervencionismo, no tengo ninguna base
para compartir
el ideario de los actuales gobernantes.
Como
soy profesional de las ciencias económicas, tiendo a ubicar en
primer lugar los
temas económicos (“es la economía, estúpido”) y sólo después
otras cuestiones.
Pero lo cierto es que no comparto la visión que tiene del mundo
la presidenta,
y tampoco la actitud que asume ante los demás Estados en
general, incluso con
aquellos regímenes que le resultan simpáticos.
Cuando
veo a los adeptos al actual régimen expresarse en la televisión
o en la radio,
los encuentro agresivos y propensos a las consignas sin ton ni
son. Y lo mismo
suelo ver en quienes se oponen. Veo lo que ahora ha dado en
llamarse la crispación
en ambos bandos. No digo
que yo esté libre de ella, porque seguramente no lo estoy.
Muchas
veces me he sentido agredido por la señora presidenta y antes
por su difunto
esposo. Agredido e insultado por pensar lo que pienso, por ser
lo que soy. Por
no estar de acuerdo con su visión de la vida. Por no compartir
esencialmente
esas ideas que intento describir al principio de estas líneas.
Desde
la tarima, desde el atril o desde donde sea, ambos mandatarios
se cansaron de
acusar e insultar de mil maneras a simples personas que no ven
el mundo como
ellos. Y entre esas personas, lamentablemente me encuentro yo.
Por
eso insisto, no son las ideas, sino los hechos los que me
motivan a escribir
esto.
Desde
los programas de propaganda oficial se habla del “odio” hacia el
gobierno y
hacia quienes lo ejercen, pero se adhiere a un gobierno que odia
profundamente
a quienes no encajan en su discurso, al que llamativamente
denominan “relato”.
Se expresa la molestia de que a la señora presidenta la llamen
despectivamente
de tal o cual forma, pero se divierten cuando es ella la que
llama de tal o
cual forma a dirigentes, empresarios o simples ciudadanos que no
comparten sus
criterios.
Muchas
veces me pregunté en mi vida cómo puede ser que los adherentes a
Fidel Castro
no tomen nota de que millones de personas debieran abandonar la
isla rumbo al
exilio. Y que debieron hacerlo incluso en balsas. Y que muchos
han muerto
ahogados o devorados por tiburones en su huida hacía un mundo
que consideraban
mejor. Me pregunté por qué nunca tomaron nota de que estos
millones de personas
aún hoy viven en el exilio, ellos y sus descendientes, y son
insultados,
agraviados y descalificados oficialmente por el régimen, siendo
tan ciudadanos
cubanos como los que así los tratan.
Lo
mismo me he preguntado respecto de la barbarie fascista o nazi.
Y también de la
transformación de esos soldados norteamericanos que hemos visto
en filmaciones
torturando y golpeando a afganos e iraníes. Gente común, gente como todos nosotros.
A lo mejor vecinos
de nuestro barrio, transformados en déspotas torturadores e
insultadores.
Obviamente
no es lo mismo que lo que pasa hoy en la Argentina, sólo lo
traigo a cuento
porque me cuesta asimilar una realidad que me entristece, que me
hace daño.
Y
me digo ¿no toman nota los oficialistas del enriquecimiento de
los
funcionarios, empezando por la presidenta? ¿y de las mentiras
del INDEC? ¿y de
los abusos de poder, los escraches, las aberraciones jurídicas,
los aprietes a
la justicia, etc.? ¿no observan el deterioro energético o la
inflación? ¿y del
destrato a los jubilados o el incumplimiento de fallos de la
Corte? ¿No les
conmueven las falsedades que le respondió la presidenta a los
estudiantes en
Harvard? ¿Y las enormidades que casi diariamente dice sin
inmutarse Aníbal
Fernández? ¿No les llega siquiera la idea de que la corrupción
existente es una
obviedad?
No.
Parece que no.
¿Y
el caso de Clarín? ¿No han tomado nota de que un día los
Kirchner dejaron de
ser “amigos” del grupo multimedios y que desde ese día empezó la
guerra? ¿No
vieron acaso que lo que hasta entonces era amistad y hasta
complicidad con ese
mismo grupo económico se había convertido de repente en
diatribas e insultos y
agravios?
Quiero
decir: ¿por qué lo que hasta ayer estaba fenómeno hoy es una
basura mentirosa?
Y la verdad es que no tengo explicación.
Cuando
empecé a ver en los puentes que cruzan las rutas argentinas esos
afiches con el
eslogan “Clarín miente” realmente pensé que casi era una campaña
en contra del
gobierno. Que nadie seriamente podría pensar que una simple
consigna marketinera fuera
la punta del ovillo para
atacar e intentar destruir un grupo de medios.
Y
sin embargo prendió. Veo hoy a muchos ciudadanos, políticos,
periodistas,
profesionales, amigos míos incluso; tomar como una verdad
revelada que Clarín
nos miente y que si no fuera por eso todos comprenderíamos la
maravilla en la
que vivimos. Y no exagero en absoluto en lo que digo. Clarín,
según este
particular latiguillo, nos miente en todo. Desde sus tapas hasta
los
suplementos deportivos.
Del
otro lado, veo en las redes sociales una impresionante cantidad
de insultos y
descalificaciones a la señora presidenta y a sus ministros.
También a
empresarios amigos del régimen o a sindicalistas. No es que me
asombre, porque
si me insultan y me atacan desde el atril una y mil veces, es
bastante lógico
que reaccione. Pero me sorprende la virulencia. Diría que más
que sorprenderme
me asusta.
Los
hechos son los hechos. Y son irrefutables. Los amigos del poder
lo son muchas
veces porque se benefician de serlo. Los adversarios se han
convertido en
enemigos y no sólo para el poder. Son los que deben pagar la
fiesta. Y además
reciben toda clase de insultos y acusaciones de parte de la
mismísima
presidenta de la Nación. Es demasiado.
Millones
de personas viven hoy en la Argentina de subsidios, planes,
asignaciones y
créditos blandos. Son millones de individuos que se sienten
mejor así y también
que no tienen otras alternativas. En general ellos no quieren
que el gobierno
sea atacado, descalificado, insultado, etc. Siguen una lógica
implacable: nadie
escupe el asado que habrá de comer.
Lo
que no es tan lógico es que la gente que ocupa planos
dirigenciales o
profesionales de lo que sea y que cuenta con una cierta
independencia
económica, no pueda ver de qué se trata. Ni de un lado ni del
otro.
Los
amigos del poder defienden a rajatabla cuestiones claramente
indefendibles. Y
los que se oponen a él, pretenden combatirlo con insultos o con
“marchas” en la
que se mezcla todo. Desde defensa a militares cuestionados por
su participación
en la dictadura, hasta
calificativos de
la peor calaña hacia la presidenta (puta, kretina, etc.). Así
las cosas, la
sociedad está cada día más dividida.
Entiendo
que la principal responsabilidad está en los gobernantes. Son
ellos los que han
iniciado un derrotero de descalificaciones y que permanentemente
siguen
haciendo odiosas y poco inteligentes comparaciones con un pasado
“noventista”
que hace rato terminó. El supuesto “contramodelo” se instaló así
entre nosotros
sin demasiadas explicaciones. Basta que se califique a sí mismo
contrario a los
noventa, y al “neoliberalismo”. Aún cuando en verdad nadie sabe
muy bien qué
significan esas calificaciones. Y menos todavía cuando podemos
ver que muchos
de los que hoy detentan el poder, antes fueron amigos y
cómplices del poder
anterior. Y ni qué decir de los “empresarios” (así, entre
comillas) que antes
comieron de unos, y ahora lo hacen de otros.
La
presidenta exacerba la división
de la
sociedad. Una y otra vez, casi todos los días. Hace lo mismo que
en su momento
hacía Eva Duarte: ataca e insulta. Si no estamos con ella somos
vendepatrias y
“destituyentes”. Y estar con ella puede significar ser amiga del
grupo Clarín
un día, y su más acérrima enemiga el siguiente.
No
existe el diálogo. Nadie puede decir nada fuera del contexto
oficial. Y si
alguien se entera por ejemplo que viejos amigos periodistas hoy
enfrentados
políticamente van a tomar un café, inmediatamente sufren
consecuencias.
Macartismo
puro. Agua y aceite. No es posible
ser
“K” e ir a un programa político de TN. Ni ser “anti K” y
trabajar en canal 7.
Empresarios,
periodistas, economistas y simples ciudadanos tienen miedo de
resultar
escrachados. Descubiertos en el desliz de opinar mal de lo que
ocurre. Nadie
quiere ser el agente inmobiliario acusado por la presidenta en
cadena nacional
por no haber presentado sus declaraciones juradas. Nadie quiere
ser el director
de cine Eliseo Subiela, acusado de “evasión” y finalmente
sobreseído. Nadie
quiere ser increpado por el inefable Guillermo Moreno. O
perseguido por la AFIP
de Echegaray.
El
miedo no es un buen consejero a la hora de llevar adelante un
país. A nadie
ayuda temerle a la represalia política. Pero la represalia
existe y acá pongo
un par de ejemplos. ¿No la ven los adictos al régimen? ¿no les
importa? ¿les
parece bien? ¿O tal vez la niegan, como los castristas negaron
por años tener
millones de “excluidos” de su patria?
Nuestra
sociedad está dividida. Y cada día lo está más.
Familias,
hermanos, amigos. Peleados definitivamente.
Alguien
tiene la culpa de esto. No puede decirse que sea obra de la
casualidad. Acá hay
razones y creo que todos las conocemos.
Si
por lo menos cada uno de nosotros pudiera exigir que el otro,
sea del bando que
fuere, empezara a respetar sin cortapisas al que piensa
distinto, otro sería el
cantar.
Lamentablemente
me parece que ya es un poco tarde.
HÉCTOR BLAS TRILLO
Buenos Aires, 1º
de diciembre de
2012
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