Segunda opinión
ACTUALIDAD
ECONÓMICA:ADMINISTRAR
LA RUINA
Los
cortes de luz de la semana anterior fueron
de una contundencia política fenomenal para poner sobre
el tapete una
vez más el drama energético. Desde hace varios años desde muchos
sectores,
incluyendo éstos comentarios, se ha venido afirmando que la
falta de adecuación
de los contratos y el congelamiento tarifario conducirían poco a
poco al
desastre.
El
deterioro de la producción energética, la falta de inversiones,
la necesidad de
importaciones crecientes (muchas veces hechas de apuro y
carísimas) han llevado
la situación a un grado de inviabilidad real y palpable.
Es
bueno recordar cómo hasta no hace mucho el ministro De Vido y
otros encumbrados
funcionarios negaban la crisis
energética y acusaban de conspiradores y golpistas a quienes,
como los 8 ex
secretarios de energía, avisaban de una y mil maneras el
problema que se
avecinaba. Al punto que llegaron a limitarle a dicho grupo la
posibilidad de
realizar seminarios y charlas para exponer informes sobre el
cuadro de
situación. Finalmente, el ministro De Vido y el llamado
viceministro de
Economía anunciaron incrementos en las tarifas, tanto de energía
eléctrica como
de gas, tanto para hogares como comercios e industrias. Con
tales ajustes se
pretenden recaudar 2.000 millones de pesos que se destinarán a
fondos fiduciarios
administrados por el Banco Nación (como eran los del conocido
caso Skanska)
para financiar obras a criterio del Estado. En verdad, entonces,
no se trata de
un incremento de tarifas sino una suba de impuestos incluidos en
las tarifas,
que no irán a las empresas distribuidoras sino al Estado.
La
persistencia en estas prácticas es realmente llamativa. Estos
fondos (en
general fideicomisos) no están en verdad sujetos a la administración y control
de los organismos
del Estado que son comunes a las empresas públicas, y por lo
tanto dan lugar a
una mayor discrecionalidad.
Las
empresas en cuestión hace rato que están virtualmente en
cesación de pagos y no
cuentan con fondos ni para pagar los ajustes salariales,
conllevan además un
fuerte déficit operativo. Estas serias dificultades no se
corrigen sino con
bajas de impuestos, ajustes reales de tarifas o subsidios.
El
ministro De Vido hizo alusión, en una disertación que encabezó
junto con
Kicillof, a que las tarifas de luz en la Argentina son
ostensiblemente más
económicas que en Brasil (once veces mayor), Chile (12 veces
mayor) y Uruguay
(16 veces más cara). En cuanto al gas, indicó el ministro que es 22 veces más caro en
Brasil, 14 veces en
Chile y 16 veces en Uruguay.
El
funcionario Kicillof señaló que las tarifas económicas permiten
a los
habitantes disponer de dinero para impulsar la economía, y en
ello las
justificó, prácticamente.
Pero
es obvio que si es necesario incrementarlas para crear un fondo
para hacer frente
a la crisis, eso significa una clara contradicción con el
impulso que ha
pretendido darse a la economía.
Desde
el punto de vista estructural, resulta francamente inconcebible
mantener
tarifas tan baratas como para desfinanciar y desinvertir el
sistema energético
mientras se incentiva supuestamente la producción y consumo de
bienes para cuya
elaboración se requiere energía.
Así, se da
la paradoja (o no tanto) de que
debemos salir a importar energía a precios internacionales para
lo cual
destinamos ingentes cantidades de divisas
provenientes de exportaciones primarias. Y entre otras cosas
importamos
electricidad de Brasil por los mismos canales construidos para
exportarle hace
algunos años, y lo hacemos desde centrales térmicas del país
vecino,
alimentadas con gas boliviano, que pagan varias veces más caro
que los que se
paga a los productores en el país
El
absurdo de terminar gastando el dinero de la bonanza de precios
de commodities para
comprar energía por
aplicar políticas de subsidios que además incentivan el derroche
energético
(son comunes las publicidades invitando a no gastar energía
eléctrica o agua)
no hace sino corroborar la falta de una política al menos
razonable en la
materia.
Ahora,
y por lo que se dijo, serán estos funcionarios los encargados de
determinar a
qué será destinado este dinero extraordinario. Y cabe
preguntarse por qué razón
Kicillof o el mismísimo De Vido habrían de saber más que los
propios
productores y distribuidores en la materia.
Las
empresas distribuidoras de energía se encuentran, según
informaciones
periodísticas, literalmente en cesación de pagos. Y lo están
precisamente por
el retraso tarifario. Además de ello, los últimos balances
presentados muestran
ingentes pérdidas que obviamente reducen el patrimonio y las
posibilidades de
seguir manteniendo el sistema de distribución. El impuesto que
ahora se agrega
no constituye un incremento en la tarifa, como que da dicho,
sino en un cargo
con destino a un fondo específico a administrar por funcionarios
del Estado
Nacional. Entonces ¿cómo se resolverá la crítica situación
financiera de las
empresas?
En
materia petrolera el gobierno ha establecido un mecanismo de
control absoluto
sobre la producción, distribución, márgenes de utilidad, precios
y demás
variables de funcionamiento empresario. De tal manera, las
empresas petroleras
que no son estatales seguirán siendo privadas por el momento,
pero
administradas y reguladas literalmente por el Estado.
En
estas condiciones ¿alguien estará dispuesto a invertir dinero en
el país con el
objeto de mejorar el cuadro de situación?
La
situación es lamentable, y lo es más allá de la posición
ideológica de cada uno
de nosotros. El Estado no está en condiciones de proveer los
fondos necesarios
como para revertir la situación de crisis energética; las
empresas privadas en
estas condiciones no invertirán ¿cuál es entonces la salida?
No
hay una salida. El poder que han adquirido ciertos funcionarios
como los nombrados,
que excede largamente lo establecido en la propia Constitución
nacional en su
artículo 14 especialmente, no puede corregir el problema y eso
está a la vista.
Hace 10 años que no sólo no puede corregirlo sino que lo agrava
día a día.
El
gobierno de Néstor Kirchner llegó a exigir que YPF distribuyera
todos los
dividendos por sus ganancias para que el grupo Eskenazi pudiera
pagar así su
ingreso en el 25% del capital de esa compañía. El propio
gobierno contribuyó,
de ese modo y muy claramente, a que YPF careciera de recursos
para invertir. Y
ahora la confiscación de las acciones de Repsol, no solamente se
ha constituido
en una verdadera violación de la propiedad privada, sino que
como obvia
consecuencia, ha cerrado los caminos a cualquier intento de
inversión, como
está a la vista.
La
pésima situación en la que nos encontramos no se resolverá con
parches como el
que motiva este comentario. Tampoco con apelaciones al
nacionalismo o
acusaciones a difusos intereses. No se resolverá insultando,
echando, quitando
o violando derechos básicos. Sólo se agravará.
Estamos,
pues, administrando la ruina.
HÉCTOR BLAS TRILLO
Buenos Aires, 25 de
noviembre de 2012
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