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sábado, 28 de noviembre de 2020

CONTRACORRIENTE; EL PRESIDENTE Y LA OPULENCIA

 Contracorriente

EL PRESIDENTE Y LA OPULENCIA

       “Buenos Aires es una ciudad que nos llena de culpa por verla tan opulenta” (Alberto Fernández, presidente de la Nación Argentina)

      

           Tuvimos oportunidad de ver y oír al presidente de la Nación hablando de la culpa que “nos” produce ver a la ciudad de Buenos Aires “tan opulenta”.  Debemos decir que nos confunde bastante observar ciertas actitudes de este presidente, que distan largamente de hacernos pensar que se trata de un estadista o algo que al menos se le parezca.

         No es nuestra intención caer en agresiones o devoluciones de favores. Tampoco en chicanas, como hemos visto hasta el cansancio en estas horas. Podríamos decir, al menos, que mientras este señor ha morado en Puerto Madero, al que fuimos unas cuantas veces para comer con nuestros hijos en un restaurante de comidas rápidas o visitar la fragata Libertad. Podemos agregar, si cabe, que su jefa política reside desde hace años en la Recoleta. Podríamos meter en el mismo saco a la infinidad de políticos de extracción “nacional y popular” que exhiben la opulencia conseguida en sus cargos públicos o las jubilaciones de privilegio que ellos mismos se han votado. Podríamos remitir a nuestros lectores a “googlear” para ver las mansiones, los autos de lujo, el inconmensurable aumento patrimonial que muestran sin ir más lejos sus declaraciones juradas.  O sus cajas de seguridad. O las cámaras de “La Rosadita”. O los hoteles, las propiedades, los countries, las mansiones, los autos, lo que sea.  Pero no nos servirán de nada. Seguirán riéndose de nosotros y apuntando a hacer una Justicia maleable que los exima de culpa y cargo.

      Pero sí nos sirve para algo esta simple y brevísima recopilación de datos que TODOS hemos visto y leído en los medios de difusión que el presidente y al propia tropa intentan de todas las formas posibles, acallar.

     Los dichos del presidente sobre la opulencia de la ciudad de Buenos Aires son inaceptables. Facciosos. Sectarios. Xenófobos dentro de la propia patria. Clasistas y si nos apuran también racistas.   Son pronunciados por un presidente de la Nación, a la sazón abogado y profesor de la Universidad de Buenos Aires durante larguísimos años.

     Pero no queremos quedarnos en esto. Sin ser politólogos nos parece bastante obvio que estas penosas apreciaciones responden al menos a un par de factores. El primero que es que la propia vicepresidenta y jefa política del Dr. Fernández ha dicho hace tiempo que mientras la ciudad “hasta los helechos tienen luz y agua”, la provincia de Buenos Aires “se inunda cada vez  que llueve”. Habría que recordarle a esta señora que su líder político accedió al Poder por primera vez el 4 de junio de 1943 mediante un golpe de Estado de origen fascista,  y que en ese tiempo la Argentina estaba entre los 6 o 7  países más ricos y poderosos del mundo, con un ingreso per cápita superior al de la mayoría de los países europeos (entre ellos Alemania, Italia, Holanda, Austria, Finlandia, España, Dinamarca, Suecia) siendo apenas superado por el Reino Unido, desbarrancándose en apenas 75 años a la situación actual. En 1955 (año de la caída de Perón) nuestro país estaba ya largamente por debajo de Dinamarca, Holanda, Suecia y Alemania, siempre hablando de los países europeos. Pero no queremos abusar de la estadística. Sólo recordar y revisar lo ocurrido, luego de que la “justicia social”, y aquello de la Argentina “socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana” copara el discurso populista para terminar demostrando ser apenas un eslogan que llegó a incorporarse nada menos que  al preámbulo de la Constitución Nacional e inclusive a  los billetes de 50 centavos. Por supuesto que la decadencia continuó luego de 1955. Hoy la Argentina está en el puesto 80 en el mundo, por lo menos. Con un Estado gigantesco y las dos terceras partes de su población recibiendo algún tipo de subsidios para sobrevivir.  Y es bueno recordar, que el país fue gobernado por el partido político que regentea el Sr. Presidente en los siguientes períodos: 1973-1976, 1989-1999, 2003-2015 y que en el breve interregno comprendido entre 1999 y 2001 el gobierno fue una alianza entre el radicalismo y sectores del peronismo, de donde surgió entre muchos otros el entonces vicepresidente, Carlos Álvarez.  A su vez en muchas provincias y en demasiados municipios, el peronismo fue y es poder desde el retorno de la democracia en 1983.  La opulencia atribuida por Fernández a la ciudad de Buenos Aires, debería ser vista en el sentido opuesto. Es la decadencia y el atraso de buena parte del país de la mano del populismo.

          El segundo aspecto que también nos parece obvio es que el peronismo y todas sus facetas han manifestado desde siempre su rechazo a la ciudad capital de la República. Aparte de las declaraciones de Cristina Fernández en La Matanza en diciembre pasado sobre los helechos y las luces, están las del gobernador de La Pampa diciéndonos que “sobran porteños”. Y ni qué hablar la gobernación de la provincia de Buenos Aires acusando a la Capital de ser responsable de la expansión del coronavirus.  Nunca les ha gustado a los líderes peronistas ser rechazados por la población de la ciudad largamente más importante del país.  Y finalmente, y con total evidencia,  la señora vicepresidenta no puede soportar que a nuestra querida capital la gobierne nada menos que una coalición política opositora. Siendo esta señora presidenta, le hizo la vida imposible en todos sus aspectos, al gobierno del entonces jefe Mauricio Macri.  Qué otra cosa cabría esperar que endilgarle a la ciudad el desastre que le populismo desarrolló en la provincia a lo largo de más de 7 décadas.

         Así y todo, no podemos dejar de señalar que la cantidad de villas miserias y asentamientos varios que ahora nuestros beneméritos políticos han decidido denominar “barrios populares” para no “estigmatizarlos”, (como Kicilof a la pobreza, si hacemos un poquito de memoria), que contradicen cómoda y hasta simpáticamente la idea de “opulencia”.

        Pero el fondo de la olla de esta miserabilidad política es la comparación. Sí. La comparación entre una ciudad y el resto del país. El ridículo intento divisorio entre ricos y pobres. Entre hijos y entenados. Cuando todo el mundo sabe que los ricos no son ricos porque sí, sino por algo. Y que hay ricos que se lo han ganado y ricos que se lo han robado. Y que en la ciudad de Buenos Aires viven 3 millones de personas en las más disímiles condiciones económicas. Y que si esas condiciones son esas, eso no depende de un gobierno local sino de la política de la Nación.  Política de la Nación que durante décadas llevó adelante el régimen populista instaurado por Juan Perón a partir de 1943 y corroborado en las urnas a partir de 1945.

        Esto nos lleva a su vez a considerar otro aspecto no menos dramático de esta particular segregación de la ciudad capital del resto del país. ¿Es acaso la intención del presidente “redistribuir” lo que genera la Capital al resto del país? Esto ocurre desde los años 30 con el denominado sistema de coparticipación federal, incorporado incluso a la Constitución Nacional en 1994. ¿Acaso es un apuro adicional en la clásica idea populista que lleva a “nivelar para abajo”? ¿Es el producto de la impotencia de no poder hacer pie debidamente en el electorado capitalino, como decíamos?

        Creemos ocioso intentar aventurar una respuesta a estas preguntas. Todas ellas y seguramente otras por el estilo, nos conducen a lo mismo. El populismo en general se nutre de quitarle al que tiene algo para darle al que no tiene.  En lugar de propender a la generación de inversión y empleo, propende a la dádiva, a la “ayuda social” y por ende al anquilosamiento de la pobreza, tal como viene ocurriendo y todas las cifras lo demuestran a partir de mediados de los años 40. Hablar de la opulencia capitalina es preparar el terreno para nuevas exacciones.

        Así llevamos décadas de decadencia. Y parece evidente y demasiado triste, pero vamos por más.

 

 

 

 

Buenos Aires, 31 de agosto de 2020                                        HÉCTOR BLAS TRILLO

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