Contracorriente
INTERVENCIONISMO Y AUTORITARISMO
El intervencionismo intenta modificar las consecuencias de aquello que el propio intervencionismo genera.
Por lo general en estos comentarios nos referimos a temas vinculados con la economía. Es nuestro “metiér”, aquello a lo que nos dedicamos.
Pero podemos escarbar un poco más, para poder descubrir, o en todo caso traer a la superficie, que toda forma de intervencionismo ataca la libertad individual. El derecho de cada uno a ser uno mismo. Y especialmente para tomar debida nota de que no es gratis.
Podemos poner infinidad de ejemplos. Pero justamente por nuestra profesión, daremos prioridad o destaque a aquello que se vincula con la economía.
Empecemos por decir que el mundo ES intervencionista. Que no es cierto que se apliquen doctrinas liberales a ultranza, sea que se las llame “neoliberales” o con cualquier otro término “a la carte”
Los bancos centrales, las aduanas, los subsidios y promociones o las prohibiciones son formas de intervencionismo económico. La discriminación tributaria también. El manejo de la moneda como fiducia responde muchísimas veces en todas partes a cuestiones políticas, pero básicamente lo que hacen los Estados es modificar con la llamada política monetaria, aquello que el mercado naturalmente haría si pudiera actuar libremente. Este punto es fundamental para comprender el problema de fondo. La crisis de las “subprimes” o de las hipotecas en los EEUU es una clara muestra de ello.
También el intervencionismo incide largamente en materia educativa. Los países con “planes de estudio oficiales” tienden a incluir en los programas sus preferencias políticas, económicas, sociales y religiosas. De tal modo, los jóvenes se educan dentro de enfoques ideológicos bien concretos. De tal modo, el conocimiento científico de los temas económicos y sociales, se encuentra tamizado de ideologismos de diversa naturaleza que poco o nada tienen que ver con la verdad empírica.
Si bien en los países libres cada persona tiene el derecho de acceder a toda clase de opiniones y creencias, la inclusión en los planes oficiales de determinadas ideologías se incorpora en los primeros años de la vida de las personas y fija conceptos en muchos casos para siempre.
Todo esto que decimos es una breve introducción al tema que nos ocupa, pero por supuesto ni de lejos pretende avanzar sobre la cuestión, más allá de resaltar estos aspectos generales para marcar, si es posible, de qué estamos intentando hablar.
Vayamos brevemente al caso argentino.
Nuestros gobernantes pretenden inculcarnos la forma de hablar, especialmente en la actualidad con eso del “lenguaje inclusivo”, que en no pocas jurisdicciones se ha incorporado a la redacción de las normas legales. Pretenden que respetemos apreciaciones de tipo político puestas largamente en duda por la verdad histórica, como por ejemplo “los 30.000 desaparecidos”. Pretenden que llamemos a las personas no según su sexo sino según su “género”, término este de carácter gramatical que ha mutado hacia lo sexual, cuando largamente no tiene nada que ver una cosa con otra. Las pretensiones siempre pueden ser válidas. Discutibles, claro está. Lo que no es válido es la imposición. Porque los seres humanos libres tenemos el derecho de pensar como queramos y expresarnos del modo que elegimos hacerlo. No de la forma en que desean quienes tienen una cuota de poder.
El actual régimen político pretende, como sabemos, distinguir entre buenos y malos, patriotas y antipatriotas, réprobos y elegidos. Amigos y enemigos. Pueblo y antipueblo. Obviamente estas consignas sofísticas no hacen sino enfrentar a la sociedad.
El pensamiento intervencionista pretende regular la vida misma. La subyacente idea del distribucionismo termina siendo lo que se denomina una sociedad de suma cero, donde unos deben entregar parte de su esfuerzo a otros, con independencia de que tales otros se esfuercen o no.
La palabra termina siendo un arma, que debe ser bien usada a criterio del gobierno de turno. Caso contrario debe ser vedada. Prohibida. Negada y perseguida. Nuestro destino individual queda así en manos de quienes resuelven qué cosas son buenas o malas, PARA NOSOTROS. A criterio de quienes nos lo imponen.
Vayamos entonces al plano económico. Nuestro gobierno regula tasas de interés, emisión de moneda, planes de ayuda, sistemas de subsidios, tipos de cambio, actividades de interés, política tributaria, prioridades en obra pública, lo que sea.
Decide qué cosas son “servicios públicos” y por lo tanto sujetas a más y más regulaciones. Qué industrias son “lícitas” y cuáles no lo son si no las pone en marcha el propio Estado (vgr. Ferrocarriles, subterráneos, telefonía, licencias de radio y de televisión y próximamente Internet)
El margen de maniobra de la actividad personal queda así reducido dramáticamente. Nadie puede desarrollar una línea de colectivos a una tarifa determinada, deberá pasar por la secretaría de transporte, lograr la aprobación y aplicar la tarifa general que ella decida. Es un ejemplo bien concreto éste, aunque parezca extraño. Pensemos por ejemplo que en Europa los ferrocarriles son estatales. Son en general muy buenos, y muy caros. La pregunta que cabe formularse es si alguien podría prestar un servicio mejor y más económico. Eso es imposible que ocurra, simplemente porque está prohibida una iniciativa de ese tipo.
Entendemos que con todos estos ejemplos podemos comprender la esencia del intervencionismo. Agreguemos algo más de absoluta actualidad: la nueva ley de alquileres ha retraído dramáticamente la oferta de inmuebles en locación. Seguirán a esto, seguramente, los planes de viviendas “sociales”, las nuevas regulaciones a los contratos, la prohibición de desalojos y todo lo demás de sobra conocido.
Las tasas de interés negativas, el tipo de cambio regulado, el “cepo” cambiario, los controles de precios, la emisión espuria de moneda, las regulaciones del Banco Central para operar en pesos, moneda extranjera y en lo que le parezca que debe intervenir, contribuyen muy seriamente a que todo el mundo se pase a moneda extranjera y se coloque fuera del sistema. El eufemismo “fuga de capitales” es eso. Porque es “fuga” toda salida del sistema, pera colocar el dinero en un paraíso fiscal, en una caja de seguridad o en el colchón.
Es que dentro del intervencionismo está metido el autoritarismo, el intento colectivista de decirnos qué cosa es correcta y cuál debe ser prohibida. Pero, claro, toda intervención que pretende modificar la naturaleza de las cosas produce necesariamente efectos secundarios. Daños colaterales. Y tales efectos y tales daños pretenden corregirse con nuevas y más furibundas intervenciones, regulaciones y prohibiciones, que a su vez dan lugar una y otra vez a más y más intervenciones.
Intervenir en los mercados o en las relaciones interpersonales es pretender cambiar el curso de los hechos que naturalmente ocurren en la vida misma. Toda la actividad económica que monopoliza el Estado, deriva en acciones y reacciones por parte del mercado. Esa es la consecuencia que los gobernantes pretenden modificar. El destino inexorable es el empobrecimiento general de la población, la huida de capitales, la retracción de las inversiones, la falta de confianza en el sistema jurídico-político y, en última instancia, el deterioro definitivo de las instituciones, que es lo que ocurre hoy por hoy en la Argentina.
Buenos Aires, 29 de setiembre de 2020 HÉCTOR BLAS TRILLO
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