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martes, 8 de junio de 2010

LOS EXTRANJEROS 9/4/10

El ágora

LOS EXTRANJEROS

"Llegad, hijos de la astral Francia, vástagos de hunos y de godos, ciudadanos del orbe todos. Llegad”

Rubén Darío (Canto a la Argentina)

Uno de los grandes problemas de nuestra argentinidad es la xenofobia. No se trata de lanzar una acusación al viento para recibir la réplica sino de un intento de reflexión que nos involucre a todos.

Cualquier encuesta de opinión muestra una verdadera pléyade de detractores de extranjeros, especialmente de aquellos llegados de países limítrofes o de la llamada América Latina en general. Pero no únicamente de ellos. También caen la volteada africanos y asiáticos, o rumanos.



La xenofobia no es un problema nuestro únicamente. La idea de expulsar o excluir al que no es igual está bastante difundida en el mundo entero. Dicen los antropólogos que tiene que ver con el instinto de conservación, con el afán de cuidar lo que nos pertenece. Seguramente es así y debe ser nuestra voluntad intentar superar ese prejuicio. La cultura y la formación moral deben siempre apuntar a la superación de los escollos a la civilización. Y aunque en algún recóndito lugar de la memoria se esconda el germen del sustrato instintivo más agobiante, hay que apuntar a superarlo.



La idea generalizada tan habitual entre nosotros es aquella de que los extranjeros nos quitan lo que nos pertenece. Vienen, se dice y se repite, a robar y a usurpar, se atienden gratis en nuestros hospitales, tienen hijos argentinos para luego reclamar planes sociales, y se instalan en villas de emergencia. Es por todo ello que lo que corresponde es expulsarlos, se sostiene. Que vuelvan por donde han venido.



Esta clase de pensamientos tan generalizada cuenta con el silencio cómplice de quienes deberían poner los puntos sobre las íes y no lo hacen, tal vez porque ellos mismos adhieren a tal criterio. En realidad, ningún extranjero llega a estas playas para vivir de arriba, sino que busca un mayor bienestar que el que tiene en su país de origen. Habrá quienes esperan la dádiva, sobre todo si se la fomenta, y quienes tienen sentido de la dignidad y del esfuerzo. Así es la vida en cualquier rincón del planeta.



Hace unos días veíamos en un programa de televisión una cámara oculta donde un joven, haciendo el rol de un ciudadano peruano, pedía prestado a los transeúntes un teléfono para hacer una llamada imprescindible para él, y luego a otro rubio, esta vez europeo, hacía lo mismo. Como es de suponer en el primer caso prácticamente nadie quiso facilitarle el aparato, mientras que al segundo todo el mundo se lo prestaba sin problemas. El punto es que el tema a nosotros nos resultó presentado como una especie de cuestión racial entre morenos y rubios, cuando en realidad el trasfondo era muy otro. Dicho de otro modo: el problema no era el color de la piel sino el país de donde supuestamente provenía el necesitado.



Existen razones para desconfiar de un ciudadano peruano que están basadas en la realidad de que hay personas de ese origen que se encuentran en nuestro país indocumentadas, o viviendo en casas usurpadas y en condiciones marginales. Al mismo tiempo no resulta imaginable que un ciudadano inglés o alemán se halle entre nosotros en situación similar. Claro que no.



Esta clase de situaciones pueden plantearse prácticamente en todo el mundo. Pero resulta imprescindible separar los tantos. Aplacar tanto como sea posible el prejuicio, hasta extirparlo. Y no fomentarlo.



Por un lado hay que decir algo por demás obvio: no todos los extranjeros provenientes de la llamada América Latina son marginales, viven en villas o en casas usurpadas, ni son ladrones. Digamos que hay un porcentaje de marginalidad, es cierto. Y punto. Por otro lado es absolutamente lógico y natural que quienes en sus países están en una situación peor intenten emigrar a lugares en donde pueden estar mejor. El caso de los tan odiados EEUU es una clase magistral de lo que aquí decimos.



Por lo tanto lo primero que hay que tener bien en claro es que una generalización como la apuntada es siempre un grueso error producto del apasionamiento y el desprecio. Como cualquier generalización conduce al entumecimiento neuronal y contribuye de manera notable al repugnante apartheid.



En efecto, obsérvese que lo que suele decirse respecto de estos extranjeros es que deberían ser expulsados, no atendidos en los hospitales, arrojados a la calle como en esas cantinas de las películas en donde el dueño del local saca al borracho del fondillo de los pantalones con un patadón en salva sea la parte. Nada de esto se condice, por lo demás, con el supuesto progresismo, con la declamada solidaridad, ni con el remanido discurso de ayudar al prójimo. Esto es obvio.



Por lo demás, cualquier delincuente merece ser sancionado de acuerdo con la ley. Y la ley en esta bendita nación no distingue entre extranjeros y nacionales. Porque aquí todos los habitantes son iguales ante la ley. Por lo tanto ante cualquier delito corresponde igual pena, sin siquiera interesar la nacionalidad. Es decir, no debería interesar la nacionalidad si es que queremos ser tan democráticos, pluralistas y solidarios como declamamos.



Pero la realidad es muy otra, como está a la vista.



Ahora bien. Que en la Argentina se atienda a la gente de manera gratuita en los hospitales, que las autoridades no impidan la usurpación de propiedades y la instalación de villas en enclaves ad hoc, no es responsabilidad de ningún extranjero, sino que es absolutamente nuestra.



Que no se tomen precauciones tales como solicitar antecedentes policiales a inmigrantes como paso previo a su radicación tampoco es culpa de tales inmigrantes. Que no se haga cargo diplomático ante las embajadas de los países de origen de personas con antecedentes penales, es cosa nuestra.



Dice la sabia Constitución que esta Nación está abierta a todos los hombres del mundo que quieran habitar su suelo. Hoy la señora presidenta agregaría “y las mujeres” pero no vamos a meternos en deficiencias semánticas tan corrientes hoy y tan absurdas, por lo demás.



Al menos hasta donde se sabe existen en nuestro país unos 3,5 millones de extranjeros, cifra que seguramente será mayor todavía. Es obvio de toda obviedad que aquellos que tienen características marginales son una ínfima minoría. Como también es obvio que la expulsión de tales individuos (aún legalizando semejante acto) no soluciona ni de lejos el problema de la marginalidad, de la llamada exclusión social (que con tal acto paradójicamente recrudece), ni de la atención deficiente en los hospitales o donde fuere.



La mentalidad media argentina sostiene que la salud pública y la educación en todos los niveles debe ser gratuita, y que es razonable que quienes no tienen donde vivir recurran a asentamientos. Desde la política se incentivan estas ideas mediante la creación de planes de arraigo, entrega de escrituras de propiedad a usurpadores, asignaciones universales y planes de ayuda varios; entre otras cosas. Esta realidad es incontrastable y hay que hacerse cargo de ello.



No pretendemos cuestionar aquí ni la salud ni la educación pública. Sí por supuesto reprobamos que se quiera dar viso de legalidad a lo que es ilegal, como la usurpación. Pero está claro que si para contar con ciertos privilegios lo que debemos hacer es expulsar a los extranjeros estamos errando el camino de la tan declamada igualdad que tanto se pregona. Humanos somos todos, nativos y extranjeros.



Obsérvese que hasta se da el caso de que los habitantes de la Capital se oponen a que pobladores de los alrededores se atiendan en nosocomios capitalinos. O que la provincia de Buenos Aires se queja de que le llegue la basura de la Capital. Y sin embargo todos pretendemos que la salud pública alcance a todos los habitantes y que sea gratuita. Cuando entramos en el terreno del cuidado de la quinta, todo puede ser incluido.



La Constitución habla de la educación primaria gratuita y obligatoria. Nuestros mayores entendían que una base cultural amplia favorecía la nacionalidad y el desarrollo. Pretendían eso, sentar las bases. Promover el bienestar general, no garantizarlo.



Pero nada es gratis, claro está. Y aquello que en otras partes no se obtiene del mismo modo pero aquí sí, es naturalmente un atractivo enorme para los carecientes que además encuentran fácil llegar a estas playas



Estamos ante lo que podríamos llamar un conflicto de intereses. ¿Es razonable ser solidarios, pluralistas, preocupados del prójimo y abiertos a la ayuda social y a la distribución del ingreso pero dando una patada en el trasero a los inmigrantes y que se arreglen como puedan en sus países? ¿Es lógico que existan seres humanos de primera y de segunda clase según el país de origen? ¿es entendible que quien comete un delito sea sancionado de distinta forma según cual fuere su nacionalidad? ¿es comprensible que, tal como más de una vez ha ocurrido, se le niegue a un niño la designación de abanderado de una escuela primaria a un niño por su carácter de extranjero? El absurdo es tan evidente como elocuente.



No solamente todos los hombres del mundo que quieran pueden habitar el suelo argentino. Sino que además son iguales ante la ley y admisibles en los empleos sin otra condición que la idoneidad. Las únicas diferencias provienen de aspectos políticos, tales como la prohibición de acceder a la presidencia de la república. O el derecho de voto si antes no se adquiere la carta de ciudadanía en este caso.



Cada uno de nosotros puede estar de acuerdo o no, en todo o en parte, con estos preceptos fundacionales, pero es evidente que lo que surge claro es que se ha buscado hasta donde fue posible el sentimiento libertario, la constitución de una nación donde el crisol de razas fuera posible. Donde todos los credos fueran admitidos. Donde nadie fuera discriminado por su condición de origen. Sin fueros personales, sin títulos de nobleza.



Como puede verse, no hemos intentado recurrir hasta ahora a la cuestión de que todos nosotros descendemos de los barcos, como decía Borges. Pero, sin querer golpear bajo la línea de flotación, debemos decirlo. Nuestros padres o nuestros abuelos se asentaron en esta querida tierra como pudieron. Llegaron aquí con una mano detrás y la otra delante, como se dice coloquialmente. Se afincaron luego de vivir en piezas alquiladas en conventillos. Y sí, se atendieron en nuestros hospitales, mandaron a sus hijos a las escuelas públicas, muchas veces se acriollaron más que nosotros mismos.



Si las grandes oleadas inmigratorias no se hubieran producido, la Argentina sería un país casi despoblado. No decimos esto para generar culpa, sino para comprobar cuánta razón tenía Alberdi y quienes lo seguían. Claro, él hablaba de la inmigración europea, intentaba mejorar la calidad de la población local. Eso puede verse hoy de muchas formas y no vamos a discutirlo ahora. Pero lo cierto es que muchísima gente que llegó a nuestro país no tenía instrucción alguna, era inconmensurablemente pobre y carecía de oficio. Lo mismo ocurrió en EEUU o en Canadá. O en Australia o en Nueva Zelandia.



Todos nosotros somos inmigrantes. Todos. Incluso por el principio de Juis Sanguinis muchos tenemos doble nacionalidad. De alguna manera estamos intentando aplicar a los demás las reglas que no aceptaríamos que nos aplicaran a nosotros.



Pero sobre todas las cosas, estamos confundidos si creemos que nuestra patria será mejor si expulsamos a los extranjeros por las razones que fuere. El camino es exactamente el inverso. Las fronteras deben estar abiertas para todos, porque todos tienen algo que aportar. La única limitación debería ser, precisamente, la de contar con antecedentes penales.



Esperemos que algún día lo consideremos así.





HÉCTOR BLAS TRILLO Buenos Aires, 9 de abril de 2010

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