El ágora
CONSECUENCIAS DE UNA MUERTE MISERABLE
“Calma, que no panda el cúnico” El Chapulín Colorado
La desesperación ha cundido en el Matrimonio y sus adláteres. Nadie parece estar a salvo de las consecuencias de la lamentable muerte de un joven adoctrinado y empujado por los mismos dirigentes que ayer desde la Plaza clamaban por justicia.
Desde el escenario montado al efecto, el dirigente trotskista José Huermus, que responde al nombre artístico de “Jorge Altamira” se desgañitaba pidiendo justicia. Allí estaban desde la organización “Quebracho” (cuyo líder Fernando Esteche pretende emular a históricos representantes de la más rancia extrema izquierda pero no pasa de ser un tirabombas de poca monta) hasta el diputado moronense aliado al kirchnerismo José Sabatella. Juntos pero no revueltos.
Personajes que rara vez se expresan en los medios, como el ministro de trabajo Carlos Tomada, se vieron obligados a decir algo. También lo hizo el tal Parrilli, cuya voz casi nadie conocía, pero que es el secretario de la Presidencia. El primero descubrió la llamada tercerización, luego de 7 (siete) años al frente del Ministerio de Trabajo, y el segundo se quejaba amargamente de que Mauricio Macri se hubiera opuesto a la megaexposición Tecnópolis, como una manera burda de “hablar de otra cosa” mientras el país todo sigue hablando del crimen de Mariano Ferreyra.
La presidenta Cristina Fernández pareció asumir que algo había que decir y lo hizo en varias oportunidades, luego del ominoso silencio oficial de varias horas y de la payasada de la acusación a Duhalde por una nota publicada en el diario El Cronista Comercial hace más de un año y que los muchachos de 6,7,8 pensaron (¿?) que era del día anterior.
La señora no se privó de nada. Dijo entre muchas otras cosas que hacía rato que querían tirarle un muerto al gobierno y que dada la política de no reprimir las protestas el crimen no lo perpetró el Estado; sin tomar nota que fue precisamente la falta de represión la que permitió que los vándalos fascistas del sindicato único por rama de actividad creado por Perón luego del golpe del 4 de junio de 1943, atacaran a los tiros a los adoctrinados del Partido Obrero. También, en un ejercicio de la súplica inconcebible en un primer magistrado a cargo de la seguridad de la república por ser, además, comandante en jefe de las fuerzas armadas, les pidió por favor a los manifestantes que se sacaran las capuchas y no llevaran palos.
Breve disgresión: no le pida peras al olmo señora presidenta. Los cagones son cagones siempre. No cambian ni cambiarán jamás. Si no, nunca se hubieran ocultado como lo hacen.
Con todo, lo más grave fue la acusación vacua de que los adversarios políticos querían “tirarle un muerto”. Y decimos vacua porque cualquier otra calificación sería terrible. Porque la oposición es de todo para los Kirchner y sus compañeros de ruta, de todo. Pero hasta ahora no era potencialmente criminal. Ahora al parecer también lo es.
La muerte de un militante izquierista movilizó a todo el arco de por sí sumamente activo de esa fracción política. Era de esperar, claro. Y si la muerte hubiera sido por una bala policíaca no queremos ni imaginarnos lo que hubiera pasado.
Hemos visto en la tele a un Hugo Moyano apichonado, afirmando con rotundez las falsedades más obvias. También a la señora de Bonafini, cuya incontinencia verbal es directamente proporcional a los fondos que maneja. No faltó la voz del inefable Aníbal, ni tampoco el twitteo de los camaleónicos (en un sentido preservativezco del término) personajes cercanos al poder. Curiosamente el primero dejó fuera de toda culpa al ex presidente Duhalde, al que la señora de Bonafini calificó de hijo de puta, casi como para romper el hielo.
También se hizo oír el patotero Luis D Elía. Y hasta el mismísimo Florencio Randazzo, ministro del interior cuya función primordial es manejar a la policía para que actúe cuando un grupo de vándalos intenta cortar las vías del tren, en lugar de pedirle que se quede a un costado y permita que otros vándalos saquen a los primeros de allí a los tiros.
Todos salieron a decir lo suyo. Todos. La presidenta llegó a acusar con razón a los posibles testigos porque éstos se niegan a declarar lo que vieron si no se los incorpora como efectivos en el ferrocarril. Un acto más de ignominia que muestra a las claras dónde estamos parados en cuanto a la moral media. O, como suele decirse ahora, hasta dónde rigen “los códigos”. O, para decirlo de una y para siempre: a estos tipos les importa un carajo la vida del pibe muerto. Les importa la guita y punto. ¿Eso es ser comunista? Algo no funciona en este esquema, ¿verdad?
La jueza actuante afirmó por radio y televisión que no iba a recurrir a la policía para hacer su investigación. Ello así en virtud de que hubo varios que levantaron el dedo acusador en contra de la fuerza policial por haber “liberado la zona”, cuando el que “libera” o no es el gobierno, que sigue repitiendo públicamente que “no reprime ni reprimirá cualquiera sea el costo político que deba pagar” (CFK dixit).
Uno se pregunta por qué razón esta jueza dice lo que va a hacer o no, cuando lo que debe hacer es lo que corresponda para aclarar el crimen sin contarle a nadie el camino a seguir. Mejor dicho, es lo que debería hacer.
Nadie está demasiado al tanto de lo que hacen los jueces en las miles de causas en las que intervienen todos los días. Y la verdad es que no parece ser importante lo que hacen, sino aquello a lo que arriban.
Es evidente que el pánico ha cundido y no solamente entre los miembros del Poder Ejecutivo y su apéndice sindical Moyano. El pánico parece haber llegado también a la justicia. Y todo el mundo sale a abrir el paraguas.
Eso del “espíritu confrontativo” tiene nombre y apellido en la Argentina. Acá se fomentaron cortes de rutas, bloqueos de fábricas, boicots y piquetes a estaciones de servicio, trompadas en la plaza de la República a manifestantes pacíficos por parte del piquetero D Elía, aprietes de diversa índole del secretario Moreno, insultos de todo tipo y color a los adversarios políticos fueran quienes fueren, y mil etcéteras.
Acá se ha insultado a todo el mundo desde las mismísimas usinas del poder. Hace 7 largos años que se viene insultando a todo el mundo. Que se apañan los piquetes, que se resguardan las barras bravas, que se protege a “punteros” y hasta se “perdonan” los tiros en San Vincente o la toma de una comisaría.
¿Era posible esperar otra cosa? Las calles son de nadie, eso lo sabe todo el mundo. Cada cual se defiente como puede. Contra la delincuencia, contra las patotas, contra los piquetes, contra las capuchas y los palos, contra lo que sea.
Una muerte es un hecho trágico y más todavía si se trata de una persona joven. Y peor si se produce como consecuencia de un enfrentamiento entre patotas en la calle en plena ciudad de Buenos Aires, además. La tragedia puede tener consecuencias terribles, más allá de la irreparable pérdida de un joven activista. Eso lo saben muy bien los Kirchner, que vieron caer a Duhalde tras el crimen de Kosteki y Santillán en Avellaneda. Claro, esta vez no fue la policía, tiene razón Cristina. Esta vez fue por la inacción de la policía, una inacción que es una política de Estado, como ella misma acaba de ratificarlo.
HÉCTOR BLAS TRILLO Buenos Aires, 22 de octubre de 2010
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