El Ágora 12/5/12
Desde ciertas
usinas oficialistas ha venido instalándose, sin prisa pero sin
pausa, la idea
de que es necesaria una nueva reforma constitucional. Desde el
juez de la Corte
que hasta el momento no ha explicado debidamente el alquiler
de sus propiedades
como prostíbulos hasta conspicuos y concupiscentes amigos del
actual gobierno
nacional, intentan convencernos de que es necesario ir hacia
el parlamentarismo
al estilo europeo, o tal vez ajustar algunos derechos que no
habían sido
previstos hacia 1994.
Pensamos basados
en las prácticas y experiencias pasadas, tanto a nivel
nacional como de las
distintas provincias, que en realidad lo que se busca es
modificar la cláusula
que impide la reelección presidencial luego de dos períodos
consecutivos. Que
ese es el fin central que se persigue, y que una vez más tanto
la hipocresía
como la cobardía ideológica pretenden ocultarlo.
Nos detuvimos en
estos días a observar el continuo enfrentamiento con el jefe
de gobierno de la
ciudad de Buenos Aires, o el insólito proceder del
vicegobernador bonaerense
boicoteando al gobernador Scioli. La pequeñez de objetivos es
tan elocuente que
no puede menos que conmovernos.
Tanto Macri como
Scioli son los posibles candidatos con algunas chances de
pretender la presidencia
en las elecciones de 2015. Tanto uno como el otro han
expresado en más de una
oportunidad sus intenciones en tal sentido; aunque es
llamativa la sumisión del
gobernador bonaerense, que ha expresado públicamente que
solamente sería
candidato si no vuelve a serlo Cristina Fernández, y que
cualquier intento de
reforma constitucional que habilite a la actual presidenta,
contaría con su
apoyo.
Lo cierto es que
está bien claro que el oficialismo intenta descolocar
política, económica,
institucional y financieramente tanto al gobernador como al
jefe de gobierno.
Es decir, intenta defenestrar a sus inmediatos perseguidores,
por así decirlo.
Lo hace sin tapujos, sin medias tintas, abiertamente, y sin
ninguna vergüenza.
A nosotros nos
recuerda lo que acontecía hacia 1987, cuando en las elecciones
de aquel año el
alfonsinismo gobernante esperaba obtener un triunfo que
abriera las puertas a
una reforma constitucional para habilitar la reelección del
líder radical. O,
más cerca en el tiempo, el intento “rerreeleccionista” de
Carlos Menem hacia
1998/99. En ambos casos, el fracaso fue
estrepitoso. En el
primero porque la mentira del llamado “plan austral” había
sido puesta en
evidencia y ya nadie creía en una estabilidad que nunca había
existido. En el
segundo, el evidente agotamiento de la llamada
“convertibilidad”, más los
hechos de corrupción y los enfrentamientos políticos dentro
del mismo
oficialismo, minaron cualquier intento reformista.
¿Cuál es la
razón por la que ahora se espera un resultado diferente? Es
posible que el
oficialismo se haya obnubilado con el famoso 54% obtenido en
las presidenciales
del año pasado. Pero todos sabemos que las causas de ese
porcentaje tienen
mucho que ver con el reparto de subsidios, ayudas, “planes” y
asignaciones
universales. Hay otras razones, como una oposición débil y
obsecuente que no
trepida en apoyar confiscaciones como la de YPF, o
apropiaciones como la de la
AFJP. La verdad es que
por esos y otros
motivos del estilo, la gente no ha visto en otros candidatos
opción alguna.
Macri no se presentó como candidato a presidente, y Scioli,
fiel a su
obsecuencia, no se enfrentó.
Ahora bien, para
el año 2015 faltan casi 4 años. 4 años en la Argentina es una
eternidad. Y si
consideramos, como lo hacemos, que la situación económica es
fundamental para
marcar la cancha, debemos tratar de visualizar en qué
situación nos encontramos
para ver si podremos llegar a ese año en condiciones
razonables en cuanto a la
popularidad de los posibles postulantes.
Es evidente la
aceleración del proceso inflacionario. Es un dato que la
inflación es un
impuesto y que su aplicación genera por imperio de la propia
devaluación de los
billetes que se emiten, una emisión cada vez mayor. La
inflación produce
descontento e inestabilidad. También desocupación y
dificultades serias en la
cadena de pagos. Deteriora el poder de compra cada vez con
mayor rapidez, y
genera protestas “sociales” de todo tipo cada vez on mayor
frecuencia. Es una
droga cuyos efectos perniciosos no tardan en aparecer y menos
aún tardan en
multiplicarse como una verdadera plaga.
Fue la inflación
la que hizo perder aquellas elecciones de 1987 al oficialismo.
También fue la
inflación la que obligó a Alfonsín a renunciar. Fue el “voto
cuota” el que
permitió la reelección de Carlos Menem en 1995, y fue el
deterioro de la
convertibilidad el que terminó de voltear su proyecto
reeleccionista en 1999. El
daño económico es terrible. “No hay
regimiéntico que los deténguica si tienen hámbrica los
populáricos”· dice la
poetisa chilena Violeta Parra.
En estas horas
vemos cómo se han cajoneado los proyectos de ajustes de
tarifas de servicios
públicos. Los subsidios siguen vigentes. El transporte público
sigue manteniendo
valores ridículos pese a la premura con la que intentó ponerse
en práctica el
proyecto de la tarjeta SUBE, cuya fecha de lanzamiento
original era el 10 de
febrero pasado.
En nuestro modo
de ver es claro que el gobierno viene postergando los ajustes
a como dé lugar
para evitar el descontento social, que sin embargo es
creciente.
¿En qué quedaron
los proyectos de otorgamiento de créditos para la vivienda con
cuotas que no superarían
el valor del alquiler? ¿Llegaron a todos los planes “carne
para todos”· y
similares? ¿qué pasó con el tren bala?
El mantenimiento
de ciertos precios por debajo de los valores de mercado
mediante el
otorgamiento de subsidios no significa que los precios no
suban, sino que suben
pero la diferencia la paga el Estado con recursos que pueden
provenir del
superávit fiscal o de la emisión lisa y llana de moneda. Los precios congelados de
ciertos productos
no significa que no suban de precio, sino que suben pero la diferencia la pagan los
fabricantes o los
distribuidores. ¿Puede sostenerse esto indefinidamente? Obvio
que no.
Separemos un
poco el ángulo de observación: ¿cuál es la política educativa
del país? ¿cuál
la de seguridad? ¿y la de energía? ¿hay realmente alguna
política nacional que
podemos decir está establecida y se sigue consecuentemente a
lo largo de los
años?
Todos los
paliativos monetarios, se llamen planes, ayudas, subsidios o
asignaciones, no
son otra cosa que la forma de demostrarnos y demostrarse el
fracaso del intento
modernizador, si es que tal intento existe. ¿Cuántas personas
sobreviven
gracias a las ayudas el Estado y sin producir bienes o
servicios en
consecuencia?. Millones, por supuesto.
¿Por qué los
jubilados no lograron el 82% móvil? Porque si lo lograran no
dependerían de la “bondad”
oficial. ¿Por qué el gobierno, y la presidenta en particular,
se vanaglorian de
ser grandes repartidores de dinero si eso es síntoma de
fracaso y no de éxito?
Porque es bien
obvio que lo que un Estado moderno debe lograr es trabajo y
bienestar para la
población en su conjunto, y no millones de personas pendientes
de la caridad
pública como ocurre.
Ahora bien, cómo
se financia todo esto. Lo sabemos: con los precios del “yuyo”
y de las
commodities en general. Con la emisión de moneda sin respaldo.
Con los fondos
apropiados de las AFJP, con las reservas del Banco Central,
con la inflación y
con la creciente presión tributaria. Y muy pronto con el
retorno de las
llamadas “cuasimonedas”. ¿Hasta cuándo?
¿Hasta 2015?.
Nuestra opinión
es que esto terminará mucho antes, aunque no podemos precisar
cuándo,
naturalmente.
Podemos decir
que, de ser así, el nuevo intento reeleccionista terminará
como los anteriores,
y que la debacle caerá sobre los políticos actuales como cayó
sobre los
anteriores, y como probablemente caiga sobre los futuros,
arrastrando tras de
sí a millones de habitantes de esta sufrida Nación.
HÉCTOR BLAS TRILLO
Buenos Aires, 12
de mayo de 2012
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