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sábado, 30 de junio de 2012


El Ágora 12/5/12
EL INTENTO REELECCIONISTA


Desde ciertas usinas oficialistas ha venido instalándose, sin prisa pero sin pausa, la idea de que es necesaria una nueva reforma constitucional. Desde el juez de la Corte que hasta el momento no ha explicado debidamente el alquiler de sus propiedades como prostíbulos hasta conspicuos y concupiscentes amigos del actual gobierno nacional, intentan convencernos de que es necesario ir hacia el parlamentarismo al estilo europeo, o tal vez ajustar algunos derechos que no habían sido previstos hacia 1994.
Pensamos basados en las prácticas y experiencias pasadas, tanto a nivel nacional como de las distintas provincias, que en realidad lo que se busca es modificar la cláusula que impide la reelección presidencial luego de dos períodos consecutivos. Que ese es el fin central que se persigue, y que una vez más tanto la hipocresía como la cobardía ideológica pretenden ocultarlo.
Nos detuvimos en estos días a observar el continuo enfrentamiento con el jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires, o el insólito proceder del vicegobernador bonaerense boicoteando al gobernador Scioli. La pequeñez de objetivos es tan elocuente que no puede menos que conmovernos.
Tanto Macri como Scioli son los posibles candidatos con algunas chances de pretender la presidencia en las elecciones de 2015. Tanto uno como el otro han expresado en más de una oportunidad sus intenciones en tal sentido; aunque es llamativa la sumisión del gobernador bonaerense, que ha expresado públicamente que solamente sería candidato si no vuelve a serlo Cristina Fernández, y que cualquier intento de reforma constitucional que habilite a la actual presidenta, contaría con su apoyo.
Lo cierto es que está bien claro que el oficialismo intenta descolocar política, económica, institucional y financieramente tanto al gobernador como al jefe de gobierno. Es decir, intenta defenestrar a sus inmediatos perseguidores, por así decirlo. Lo hace sin tapujos, sin medias tintas, abiertamente, y sin ninguna vergüenza.
A nosotros nos recuerda lo que acontecía hacia 1987, cuando en las elecciones de aquel año el alfonsinismo gobernante esperaba obtener un triunfo que abriera las puertas a una reforma constitucional para habilitar la reelección del líder radical. O, más cerca en el tiempo, el intento “rerreeleccionista” de Carlos Menem hacia 1998/99.  En ambos  casos, el fracaso fue estrepitoso. En el primero porque la mentira del llamado “plan austral” había sido puesta en evidencia y ya nadie creía en una estabilidad que nunca había existido. En el segundo, el evidente agotamiento de la llamada “convertibilidad”, más los hechos de corrupción y los enfrentamientos políticos dentro del mismo oficialismo, minaron cualquier intento reformista.
¿Cuál es la razón por la que ahora se espera un resultado diferente? Es posible que el oficialismo se haya obnubilado con el famoso 54% obtenido en las presidenciales del año pasado. Pero todos sabemos que las causas de ese porcentaje tienen mucho que ver con el reparto de subsidios, ayudas, “planes” y asignaciones universales. Hay otras razones, como una oposición débil y obsecuente que no trepida en apoyar confiscaciones como la de YPF, o apropiaciones como la de la AFJP.  La verdad es que por esos y otros motivos del estilo, la gente no ha visto en otros candidatos opción alguna. Macri no se presentó como candidato a presidente, y Scioli, fiel a su obsecuencia, no se enfrentó.
Ahora bien, para el año 2015 faltan casi 4 años. 4 años en la Argentina es una eternidad. Y si consideramos, como lo hacemos, que la situación económica es fundamental para marcar la cancha, debemos tratar de visualizar en qué situación nos encontramos para ver si podremos llegar a ese año en condiciones razonables en cuanto a la popularidad de los posibles postulantes.
Es evidente la aceleración del proceso inflacionario. Es un dato que la inflación es un impuesto y que su aplicación genera por imperio de la propia devaluación de los billetes que se emiten, una emisión cada vez mayor. La inflación produce descontento e inestabilidad. También desocupación y dificultades serias en la cadena de pagos. Deteriora el poder de compra cada vez con mayor rapidez, y genera protestas “sociales” de todo tipo cada vez on mayor frecuencia. Es una droga cuyos efectos perniciosos no tardan en aparecer y menos aún tardan en multiplicarse como una verdadera plaga.
Fue la inflación la que hizo perder aquellas elecciones de 1987 al oficialismo. También fue la inflación la que obligó a Alfonsín a renunciar. Fue el “voto cuota” el que permitió la reelección de Carlos Menem en 1995, y fue el deterioro de la convertibilidad el que terminó de voltear su proyecto reeleccionista en 1999.  El daño económico es terrible. “No hay regimiéntico que los deténguica si tienen hámbrica los populáricos”· dice la poetisa chilena Violeta Parra.
En estas horas vemos cómo se han cajoneado los proyectos de ajustes de tarifas de servicios públicos. Los subsidios siguen vigentes. El transporte público sigue manteniendo valores ridículos pese a la premura con la que intentó ponerse en práctica el proyecto de la tarjeta SUBE, cuya fecha de lanzamiento original era el 10 de febrero pasado.
En nuestro modo de ver es claro que el gobierno viene postergando los ajustes a como dé lugar para evitar el descontento social, que sin embargo es creciente.
¿En qué quedaron los proyectos de otorgamiento de créditos para la vivienda con cuotas que no superarían el valor del alquiler? ¿Llegaron a todos los planes “carne para todos”· y similares? ¿qué pasó con el tren bala?
El mantenimiento de ciertos precios por debajo de los valores de mercado mediante el otorgamiento de subsidios no significa que los precios no suban, sino que suben pero la diferencia la paga el Estado con recursos que pueden provenir del superávit fiscal o de la emisión lisa y llana de moneda.  Los precios congelados de ciertos productos no significa que no suban de precio, sino que suben pero la  diferencia la pagan los fabricantes o los distribuidores. ¿Puede sostenerse esto indefinidamente? Obvio que no.
Separemos un poco el ángulo de observación: ¿cuál es la política educativa del país? ¿cuál la de seguridad? ¿y la de energía? ¿hay realmente alguna política nacional que podemos decir está establecida y se sigue consecuentemente a lo largo de los años?
Todos los paliativos monetarios, se llamen planes, ayudas, subsidios o asignaciones, no son otra cosa que la forma de demostrarnos y demostrarse el fracaso del intento modernizador, si es que tal intento existe. ¿Cuántas personas sobreviven gracias a las ayudas el Estado y sin producir bienes o servicios en consecuencia?. Millones, por supuesto.
¿Por qué los jubilados no lograron el 82% móvil? Porque si lo lograran no dependerían de la “bondad” oficial. ¿Por qué el gobierno, y la presidenta en particular, se vanaglorian de ser grandes repartidores de dinero si eso es síntoma de fracaso y no de éxito?
Porque es bien obvio que lo que un Estado moderno debe lograr es trabajo y bienestar para la población en su conjunto, y no millones de personas pendientes de la caridad pública como ocurre.
Ahora bien, cómo se financia todo esto. Lo sabemos: con los precios del “yuyo” y de las commodities en general. Con la emisión de moneda sin respaldo. Con los fondos apropiados de las AFJP, con las reservas del Banco Central, con la inflación y con la creciente presión tributaria. Y muy pronto con el retorno de las llamadas “cuasimonedas”. ¿Hasta cuándo?
¿Hasta 2015?.
Nuestra opinión es que esto terminará mucho antes, aunque no podemos precisar cuándo, naturalmente.
Podemos decir que, de ser así, el nuevo intento reeleccionista terminará como los anteriores, y que la debacle caerá sobre los políticos actuales como cayó sobre los anteriores, y como probablemente caiga sobre los futuros, arrastrando tras de sí a millones de habitantes de esta sufrida Nación.


HÉCTOR BLAS TRILLO                                                      Buenos Aires,   12 de mayo de 2012

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