El Ágora (2/3/12)
LOS DOS GRANDES AUSENTES
En estas
horas, como es lógico, se multiplican los análisis sobre el
discurso de
Cristina Fernández ante la asamblea legislativa dando comienzo
al período
ordinario de sesiones. De momento, y en lo personal, no
pretendemos, de
momento, entrar nosotros
de lleno en la
vorágine del análisis sobre la enorme cantidad de cuestiones de
las que habló
la presidenta.
Sí interesa decir que la
inauguración del período
de sesiones se lleva a cabo mediante una ceremonia que incluye
un discurso
descriptivo de la labor del gobierno durante el último período
transcurrido y
el trazo de las líneas que habrá de seguir en el siguiente. Es
decir,
proyectos, ideas, lineamientos sobre lo que habrá de hacerse.
Además, el discurso
debe estar dirigido a toda la población.
Es
fácil observar en los videos la amplia movilización de
adherentes al régimen,
transportados en los clásicos colectivos escolares que se
estacionan en la
Nueve de Julio y adyacencias. Es fácil verificar las banderas de
adhesión de
grupos creados al amparo del propio Poder Ejecutivo, como el
denominado La
Cámpora, que regentea el propio hijo de la presidenta de la República. Es fácil, en
suma, comprobar que
nada de lo planeado parece haber considerado la idea de que en
una república un
presidente rinde cuentas y habla de proyectos ante los
representantes del
pueblo, y que si tiene que hacerlo en la soledad más absoluta de
las “barras”,
pues debe hacerlo así y a otra cosa. Una vez
más, en definitiva, un aceitado “aparato” que cuesta
mucho dinero ha
sido puesto en marcha con
la clara
complicidad del propio Poder Ejecutivo Nacional.
Como
todos sabemos, el discurso duró casi tres horas y media. Por
momentos se volvió
anodino ante la
proliferación de cifras
y referencias, muchas de ellas surgidas de informes desconocidos
o avalados por
índices surgidos de mentirosos organismos oficiales como el
INDEC. En buena
parte, la presidenta se dedicó a conversar con los asistentes, o
a hacer
referencias personales e intercambiar miradas, sonrisas o
búsquedas de personas
que sabía estaban presentes en el recinto. Algo similar al “Aló,
Venezuela” del
pintoresco dictadorzuelo caribeño.
Como
decimos, no queremos en este comentario analizar el discurso.
Pero sí hacer
referencia a algunas cuestiones que nos parecieron decididamente
insólitas.
En
primer lugar, la alusión a la situación en España y en
particular, la
exculpación del abogado Baltasar Garzón, presente en una de las
gradas junto a
las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo. Este profesional acaba
de ser condenado
por las Cortes españolas a once años de inhabilitación por haber
ordenado
intervenir las comunicaciones de varios imputados en casos de
corrupción. No es
del caso analizar las razones o no de la justicia española, cuya
sentencia ha
sido apelada por el ex juez, sino preguntarnos a santo de qué la
presidenta
argentina sale a defender a Garzón en un acto de inicio de
sesiones
legislativas en el Congreso de la Nación.
Todos
sabemos que se trata de un personaje singular que tiene el
antecedente de haber
actuado en casos como el del difunto dictador trasandino
Pinochet, o en la
causa por los llamados “vuelos de la muerte” en nuestro país.
Pero la condena a
la que se hace referencia tiene que ver con otra cosa, es una
causa por
corrupción política vinculada con el Partido Popular, hoy en el
poder en
España.
La
evidente toma de posición en defensa de un ex juez extranjero
constituye una
clara intromisión en asuntos de otro país, y especialmente de la
justicia de
ese otro país; y resulta cuando menos inadmisible. Y ni siquiera se trata de
que la presidenta o
quien fuera pudiera o no analizar el caso en particular, sino
que no
corresponde armar semejante espectáculo nada menos que en
Congreso Nacional
para respaldar a una figura sujeta a cuestionamientos jurídicos
en su país.
Saber ubicarse en el rol que ocupa es una de las características
del buen
gobernante. La señora de Kirchner es la presidenta de la
Argentina, no una
vocera de un ex juez extranjero que usa el Congreso Nacional
como caja de
resonancia. Pero, está
muy claro que la
pretensión era la de congraciarse con los grupos autocalificados
de defensores de
los derechos humanos.
Otro
aspecto insólito, a nuestro juicio, es la evidente negación de
los informes de
la Auditoría General sobre el estado
de
los ferrocarriles, como si estos no hubieran existido. Y también
la alusión
irónica al Jefe de Gobierno y a la policía en el subterráneo,
sin tomar en
cuenta que la ley 24.588, conocida como “ley Cafiero”, define
exactamente cuál
es la función de la Policía Federal en el ámbito de la Ciudad de
Buenos Aires y
no puede ser que la presidenta no la conozca. Hubiera sido
muchísimo más
sencillo que el gobierno nacional exhibiera el contrato acuerdo
entre éste y la
ciudad de Buenos Aires para ver si realmente se había
transferido o no el
subterráneo en el marco correspondiente, y no en semejante
circunstancia ante
el Congreso.
En
esta y otras cuestiones,
y más allá de
la objeción general al objeto del discurso, la presidenta se
mostró
prácticamente como una recién llegada al gobierno, cuando como
se sabe junto
con su difunto esposo lleva ya nueve años. Todo lo acontecido en
esos años,
resultó maravillosamente bueno, excepto lo que hicieron o no
hicieron los
demás. No observamos un
solo mea culpa.
Y sí una maldad creciente e indolente de parte de empresarios,
empresas, grupos
económicos, “monopolios” periodísticos y hasta ¡maestros!.
Pero
hubo sin embargo dos grandes ausentes en el larguísimo
peregrinaje discursivo:
la inseguridad y la inflación.
No
escuchamos una sola referencia a estos dos acuciantes temas. Como si no existieran.
En
tres horas y media de discurso la presidenta no consideró
necesario hablar de
ellos. Ni una palabra.
Da la
sensación de que la presidenta siguió la línea de lavarse las
manos ante la
inseguridad, como si ésta no sólo no existiera, sino también que
en caso de
existir no es culpa del Estado Nacional.
Pero
de la seguridad debe ocuparse el Estado Nacional y las
provincias. Cuando el
Estado Nacional desconoce una ley y
saca la policía de espacios públicos está
avalando la inseguridad y la muerte, como pasó en el
parque
Indoamericano. Allí, recordarán nuestros amables lectores, luego
de una
intervención de la Policía Federal, un incomprensible ministro
de justicia de
la Nación salió a decir que tal policía no podría ocuparse
porque no tenía
efectivos suficientes, cuando el día anterior sí los había
tenido. Además, y
siendo que corresponde que el Estado Nacional se ocupe, la
confesión de que no
tiene gente por parte del propio ministro es una confesión de
una ingenuidad notable.
Es manifestarse incapaz para ocupar
el cargo que ocupa. Que es lo mismo que ocurrió en estas horas
con la ministra
Garré. ¿Cómo es posible
que se saque a
la policía de una red de subterráneos y al día siguiente vuelva
a ponérsela
como si se tratara de un simple par de zapatos (para parafrasear
a la propia
presidenta en su ataque al jefe de gobierno)? Porque si tal
policía hace falta
en otro lugar, ese otro lugar quedará liberado por 30 días más,
¿o no? Y ha
quedado liberado hasta que quedó liberado el subte ¿no? No
queremos hacer
juegos de palabras sino mostrar la iniquidad de semejantes
argumentos.
La inflación
es el impuesto más injusto y es responsabilidad del Estado
combatirla. Es un flagelo
que afecta especialmente a quienes tienen ingresos fijos. Y
también es la forma
que tiene el propio Estado de financiar el gasto con emisión de
moneda. Emisión
que sirve para restar valor a los pesos que la gente tiene en
sus bolsillos o
en el banco. En lugar de hablar de este verdadero problema, la
señora hizo
mención de que será enviado un proyecto para derogar la ley de
convertibilidad.
Más
allá de que no son pocos los que no saben que tal ley sigue
vigente en aspectos
tales como la prohibición de indexación de los contratos, lo
cierto es que no
sólo lo está sino que lo ha estado en estos 9 años de gobierno
del Frente para
la Victoria. Y cabe preguntarse por qué ahora y por qué no hasta
ahora.
Y la
verdad es que esa ley pone una traba a la disposición de las
reservas del Banco
Central, al decir que éstas deben cubrir la base monetaria. En
este esquema, el
poder ejecutivo ha podido disponer de los “excedentes” de
reservas para
destinar al pago de los intereses de la deuda. Pero resulta que
tales
excedentes se han acabado. Y entonces ahora lo que se pretende
es poder fijar
el volumen de reservas con independencia de cuál sea la base
monetaria. De tal modo,
si tal volumen se fija por
debajo de la base monetaria, el Poder Ejecutivo podrá disponer
de la
diferencia.
Tanto
en un caso como en el otro, dado que las reservas se han
adquirido en una buena
parte mediante la emisión de moneda, su uso indebido es
decididamente
inflacionario.
Todo
esto fue aplaudido por la claque desde las gradas del Congreso
Nacional, en una
especie de parodia de la felicidad ante la desgracia.
Entonces,
la inflación y la inseguridad fueron los grandes ausentes del
discurso
presidencial. O más bien estuvieron presentes, pero de manera
solapada, al
punto de que fueron aplaudidos por los amigos del régimen,
reclutados en micros
que se estacionaron en lugares prohibidos, y que tuvieron el
raro privilegio de
llenar las gradas del congreso, al cual ninguno de nosotros ha
podido
concurrir. Y seguramente el Estado habrá pagado el precio de tal
reclutamiento,
por sí o por interpósita persona, dado que se trató de un día
laborable.
HÉCTOR BLAS TRILLO
Buenos Aires, 2 de marzo de 2012
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