El Ágora 9/4/12
EL INMENSO DAÑO DEL INTERVENCIONISMO
Desde
la llegada al
gobierno de Néstor Kirchner en 2003, y aún antes, durante la
gestión de Eduardo
Duhalde, nos hemos referido una y otra vez a los daños que
provoca el
intervencionismo en materia económica. Señalemos
algunos:
-
El efecto inflacionario que deriva de pretender ser
competitivos con un
tipo de cambio alto, que se obtiene mediante el simple recurso
de emitir moneda
para comprar los dólares excedentes a mayor precio del que
normalmente
determinaría el mercado.
-
El desvío de ingresos de sectores muy eficientes (en
general
agroganaderos) hacia sectores menos eficientes (industriales)
mediante el
recurso de la aplicación de tipos de cambio diferenciales
logrados sobre la
base de imposiciones diferentes a los primeros (retenciones a
las
exportaciones)
-
El irreparable daño a la productividad que originan los
controles de
precios. Daño que deja como secuela la falta de nuevas
inversiones.
-
Las limitaciones o cierres de importaciones y
exportaciones que afectan
significativamente la producción, han deteriorado los stocks
ganaderos y
finalmente terminarán deteriorando la balanza comercial por la
aplicación de
medidas de reciprocidad de parte de terceros países afectados
por las
prohibiciones.
-
La desaparición del autoabastecimiento petrolero, logrado a comienzos de los años 90
luego de casi 30
años en situación parecida luego de la anulación de los
contratos petroleros en
1963.
Podríamos
seguir
largamente, recordando que las retenciones a las exportaciones
eran
consideradas al comienzo del gobierno kirchnerista como
“impuestos distorsivos”
a eliminarse en breve
plazo, para pasar
a ser, podo después, la forma de castigar a aquellos productores
que no vendían
en el mercado lo cal sus productos al precio que se le antojaba
al Dr. Lavagna.
Y finalmente pasar a ser la manera definitiva de intentar
obtener un superávit
primario para disponer de fondos para gastar en subsidios y
sistemas de ayuda.
El
deseo de un “modelo
industrial” no es nuevo en la política argentina. Como no es
nueva la creencia,
incentivada hasta el hartazgo por políticos demagogos e
inescrupulosos, de que
si los bienes y servicios suben de precio, ello es culpa de
inescrupulosos
comerciantes que se aprovechan de la situación y se enfrentan
así a políticos
patriotas y bien
intencionados que
persiguen lo mejor para su pueblo.
Los
cierres de
fronteras no se hacen para lograr que aumenten la producción
nacional y aumente
el empleo, únicamente, se hacen para que uno se vea obligado a
“vivir con lo
nuestro”. Ningún cierre de fronteras podría tener por objetivo
que bajen
precios. Todo lo contrario, los cierres de fronteras producen
subas de precios,
lo cual constituye un daño a toda la población, inferido al
socaire de la idea
primitiva de incentivar la producción nacional y generar fuentes
de trabajo. A todo ello
se suma el atraso
tecnológico, que el ex
ministro nombrado negaba sistemáticamente, acusando a quienes en
aquel momento
pretendían que se dejara bajar el tipo de cambio, de “querer
viajar a Miami”.
Pero resulta que obviamente aquel dólar caro servía también para
limitar las
importaciones de bienes y servicios de última generación.
Es
llamativamente
incomprensible que cualquier componente electrónico cueste en la
Argentina 3
veces más que en EEUU, donde el nivel de vida es varias veces
superior y por lo
tanto tales productos son absolutamente accesibles para buena
parte de la
población. Y la verdad está en las trabas, los tipos de cambio
alterados
artificialmente, y la inconcebible carga impositiva que luego
pretende
corregirse repartiendo “notebooks” entre los chicos.
En
verdad, una de
las facetas más tristes del intervencionismo es, justamente, la
demagogia
política. Los precios de los productos no bajan porque se emite
moneda y se
genera inflación, no bajan porque se aplica toda clase de
gabelas a los
importados, no bajan porque se cierran las importaciones y por
lo tanto para
conseguirlos hay que pagar el triple o más. Pero como eso es
así, entonces los
políticos a cargo del gobierno los reparten entre los mismos necesitados que
su política
genera.
El
deterioro del
stock ganadero fue originado
en el
cierre de las exportaciones. Ahora tenemos la carne inaccesible,
y la
presidenta se ufana de que más gente consume pollo, cuando es obvio que éste cambio de
hábito se debe a que
subió el precio de la primera y obligó a la población a
sustituirla por los
segundos.
El
problema con las
cosechas de trigo que no pueden venderse persiste. Eso no hace
que el pan sea
barato, y ni hablar de las llamadas confituras y masas en
general.
Cuando
Néstor
Kirchner resolvió intervenir y politizar el INDEC para poder
confeccionar los
índices que no reflejaran la realidad inflacionaria, a fines de
2006, se decía
que pensó más que nada en estafar a quienes tenían bonos
indexados por el CER.
Es decir, pagarles menos renta por tales títulos mintiendo los
índices de
ajuste. Pero eso era
apenas una parte de
la verdad. La otra era (y es) poder dibujar la línea de pobreza
y de
indigencia. No hay que
olvidar que la
tasa de inflación oficial no supera el 10% anual mientras los
sueldos,
paritarias mediante, han subido a un ritmo promedio superior al
30% anual. Esto
quiere decir que cada vez hay menos pobres para el cálculo
oficial. Y para
disimular la realidad evidente de que eso no es cierto, se optó
por repartir “ayudas”
adicionales: los planes, las asignaciones por hijo, las
computadoras, las cosas
“para todos” (carnes, pescados, milanesas, fútbol,
automovilismo, etc.)
El
gobierno ha
recurrido a la apropiación de los fondos de las AFJP (alrededor
de 30.000
millones de dólares). A las reservas del Banco Central, a sus
“ganancias”
producto de las sucesivas devaluaciones, y finalmente a la
modificación de la
carta orgánica para poder disponer de la emisión de moneda a
gusto. Es que los
subsidios, que se iniciaron en 2006 y eran algo así como 6.000 millones de pesos, llegaron
en 2011 según
algunos cálculos a 76.000 millones (otros hablan de más de
100.000 millones de
pesos)
El
cambio que se
atrasa produce huída de capitales, incentiva la importación de
bienes (como
durante la llamada convertibilidad) y cuestiones por el estilo.
Entonces se
prohíbe la compraventa de dólares, se
cierran las importaciones, se tapa el sol con una mano.
Además
de todo esto,
mientras en un momento determinado se pretende obligar a ciertas
empresas a
distribuir dividendos, en el momento siguiente (ahora) se les
impide con
diversos artilugios más o menos ilegales. Mientras en un momento
determinado la
presidenta buscaba que el crédito fuera derivado del consumo a
la producción de
las PYMES, en el momento siguiente el crédito debe incentivar el
consumo.
Mientras un día la soja es un “yuyo” y hay que evitar la
deforestación y demás,
en el siguiente no se habla más del asunto. Todo parece
depender, única y
exclusivamente, de las necesidades de caja.
La
impresionante
dosis de arbitrariedad se suma al intervencionismo a ultranza.
Como señalamos
tantas veces, intervenir significa siempre distorsionar, y
distorsionar, obliga
a nuevas intervenciones, correcciones, cambios, idas y venidas.
El
secretario de comercio
Guillermo Moreno, como todo el mundo sabe, actúa de manera
absolutamente
discrecional y con un grado de arbitrariedad propio de algún rey
del Medioevo.
Pero el señor Moreno no es más que una representación casi
surrealista de lo
que en verdad es un gobierno surrealista.
Los
“amigos” del
poder suben y caen. Eskenazi, Moyano. La minería. Nadie está seguro de que
podrá desarrollar su
trabajo dentro de un marco legal determinado y permanente. Lo
blanco puede ser
negro en 24 horas.
El
daño que produce
el intervencionismo está en la Argentina exacerbado por la
arbitrariedad propia
de un gobierno de clara raigambre populista y cada día más
autoritario.
HÉCTOR BLAS TRILLO
Buenos Aires, 9
de abril de 2012
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