Segunda Opinión
“Las opciones son: aceptar una
variación brusca del tipo de
cambio, financiar la fuga de capitales con endeudamiento
externo, o limitar
transitoriamente el acceso a los dólares demandados para el
ahorro” (M. Marcó
del Pont, presidenta del BCRA)
La brusca
variación en la
explicación sobre los motivos por los cuales se impide a la
población comprar
moneda extranjera ha sido demasiado elocuente como para dejarla
pasar así
nomás.
Rápidamente el
discurso del
titular de la AFIP e incluso los textos de negativa de la página
afipiana
fueron sepultados por la realidad.
Nunca existió
tal cosa como un
intento de evitar que se adquirieran dólares con dinero no
justificado
impositivamente. Jamás estuvo en la mente de los funcionarios
algo así como la
corroboración de la capacidad económica de los interesados en
comprar. Todo fue
una gran mentira, como reiteradamente lo señalamos desde esta
columna.
Resultaba
absurdo suponer que se
combatía de ese modo el dinero negro, ya que lo que se hacía era
avisarle al
comprador que no tenía los papeles en regla. Un verdadero
absurdo, como tantas
cosas que ocurren en estos días en materia económica.
Finalmente, la
presidenta del
Central explicó al diario Página 12 la verdad de toda esta
historia del llamado
“cepo cambiario”. O se produce una devaluación, o se financia la
fuga de
capitales con endeudamiento externo, o se cierra la canilla para
que nadie
pueda comprar dólares. Ni más ni menos.
Entonces, antes
de seguir con
este comentario dejemos bien en claro una cosa: otra vez se le
ha mentido a la
gente respecto de las verdaderas razones de esta medida. Hasta
que finalmente
hubo que admitir la triste realidad.
Obviamente no
se llegó a este
punto por casualidad. Durante años el Banco Central compró
moneda extranjera a
un precio exageradamente alto con emisión de moneda. Así pudo
aplicar el
impuesto a las exportaciones y así pudo decir que tenía
superávit fiscal. Y así
pudo gastarse el dinero emitido en subsidios, en obras, en el
llamado gasto
social, etc.
Si ahora se
aceptara que todo
aquel que quiera comprar moneda extranjera pudiera hacerlo, el
precio de ésta subiría,
y es a eso a lo que se
refiere la señora Marcó del Pont. ¿Y por qué razón ahora no
quiere el gobierno
que el tipo de cambio varíe bruscamente? Simplemente porque el
salto inflacionario
sería fatal, y el derrumbe inevitable.
Sin embargo,
todos parecen
percibir claramente que las prohibiciones no solucionan el
problema sino que
por el contrario lo agravan. El dólar en la operatoria conocida
como “contado
con liquidación” supera los $ 6,70. En Montevideo alcanza los $
7.-. El
voluntarismo de la presidenta del Central es evidente. El dólar
no vale lo que
dice que vale, por más que sostenga lo contrario.
Ahora bien,
¿este tipo de políticas
restrictivas tienen consecuencias? Obviamente que sí. Las
prohibiciones como
sabemos afectan no solamente a quienes quieren adquirir moneda
extranjera para
atesoramiento. Afectan también a las importaciones. Afectan por
lo tanto a la
producción local allí donde se requieren insumos importados.
Afecta los precios
de los productos locales sustitutos, que tienden a subir
impulsados por la
falta de oferta. Y así podríamos seguir. Ningún acto de
intervención es inocuo.
Ninguna restricción es indiferente. Ninguna prohibición en
materia económica da
como resultado una baja en los precios. Todo lo contrario.
Los
exportadores de materias
primas perciben hoy un dólar neto de retenciones (impuesto) a
las
exportaciones, surgido del tipo de cambio oficial. Por lo tanto
un exportador
de soja percibirá aproximadamente $ 4,50 menos el 35% de ese
valor. Cuestión de
hacer la cuenta $ 2,93 por dólar. Esto equivale a algo así como
el 44% de lo
que vale el billete verde en la operación “contado con
liquidación”. ¿Cómo se
supone que resolverá el gobierno este intríngulis?
Acá dejamos de
lado por considerarlas
obvias , cuestiones como la falta de respeto del derecho de
propiedad, de la
libertad para disponer de los ahorros, y en general toda
cuestión relativa a la
legalidad de esta clase de medidas. Tratamos de analizar la cosa
desde el punto
de vista económico.
Las
exportaciones están viéndose
limitadas debido a que las restricciones aplicadas a las
importaciones no solamente
afectan la producción local, sino que originan represalias de
parte de aquellos
países que comercian con nosotros. En el último mes, el
intercambio con Brasil
cayó un 32%. No es un dato menor si pensamos que el comercio
bilateral es del
orden de los 33.000 millones de dólares anuales. Si el porcentaje de caída
se mantuviera,
estamos hablando de una cifra del orden de los 10.000 millones
de dólares entre
importaciones y exportaciones a ese país.
Obviamente que
este problema no
lo tenemos solamente con Brasil, sino que también lo venimos
teniendo con los
demás miembros del Mercosur, con Europa, con los EEUU y,
naturalmente, con China,
el gran comprador de nuestra soja y su derivado el aceite de esa
oleaginosa.
Si observamos
lo que ocurre con
los depósitos en dólares en el sistema financiero local, vemos
que la caída
desde que se iniciaron las restricciones alcanza al 40%, lo cual
representa hoy
por hoy algo así como 6.000 millones de dólares. Es decir que
los depositantes
retiran su dinero del sistema, lo cual afecta entre otras cosas
las reservas
del Banco Central. La gente prefiere el colchón o las cajas de
seguridad. La
merma de tales depósitos continuará, obviamente.
Las
restricciones alcanzan
también a las distribuciones de dividendos por parte de empresas
extranjeras,
que se ven así imposibilitadas de girar los dólares de sus
accionistas.
En definitiva,
y para no hacer
tan largo esto, la realidad es que la economía argentina por
este camino se
achica, se restringe, se limita y se deprime. ¿Esto es lo mejor
que puede
ocurrir para resolver el problema creado por éste mismo
gobierno?
La confiscación
de las acciones
del accionista mayoritario de YPF por ley de la Nación y la
falta de
resarcimiento económico a tal accionista es otro dato elocuente.
El camino
elegido, lo mismo que con las AFJP o con las reservas del Banco
Central, es el
de quedarse con el dinero ajeno. Lo mismo que ocurrió con el
festejado default
de Adolfo Rodríguez Sáa y la posterior “quita” del 70% de la
deuda en dólares,
de la que tanto se ufanaba Néstor Kirchner.
La verdad es
que el gobierno
necesita dinero porque los números no cierran. Y como no lo
tiene, se apropia
de él mediante confiscaciones, expropiaciones, “quitas” o
prohibiciones.
¿Cuánto lleva el INDEC fraguando los índices de precios? La
variación de la
tasa de inflación afecta el rendimiento de los bonos indexados
emitidos por el
Estado argentino, entre otras cosas. Constituye una verdadera
estafa, aunque
denominarla así resulta demasiado duro. Pero la verdad es que
mientras las
provincias que todavía miden la inflación están hablando de un
25% anual
aproximadamente, el INDEC habla de algo menos del 10%. Y éste es
el ajuste que
se aplica a tales bonos.
¿Cómo se
logrará que lleguen inversiones
al país? ¿Quién estará dispuesto a poner un dólar en una
Argentina que
verdaderamente no respeta el derecho de propiedad, que fija
precios, que
restringe el giro de dividendos, que no permite comprar moneda
extranjera,
etc.?
El voluntarismo
intervencionista
es como una droga: cada vez requiere de una dosis mayor.
Ahora se ha
dispuesto obligar a
los bancos a prestar parte de sus fondos a tasas no superiores
al 15% anual
para “actividades productivas”. Si los bancos prestan dinero a
tasas negativas
(porque 15% es, evidentemente, una tasa inferior a la inflación
real), los
restantes operadores deberán pagar la diferencia.
Si por otro
lado se usarán
fondos de la ANSES para dar préstamos para la vivienda, los
futuros jubilados
serán los encargados de hacerse cargo de la pérdida surgida de
las tasas
negativas que se aplicarán a tales préstamos.
La ANSES presta
dinero para
viviendas, o al menos dice que eso hará. Mientras tanto no paga
los juicios de
los actuales jubilados porque dice que los números no le
cierran. Y el 70% de
tales jubilados cobra hoy la jubilación mínima, del orden de los
$ 1.600
mensuales.
¿Por este
camino se resolverá el
problema que enunciamos en el epígrafe? Es decir, ¿así
lograremos que las restricciones
a la compra de divisas sean “transitorias”?
Lamentablemente
no lo creemos
así. Los problemas que afrontamos son realmente serios y se
agravan día tras
día. Las medidas que el gobierno aplica no hacen sino agravar la
situación.
Se buscan
culpables, se habla de
intenciones aviesas y “destituyentes”, se desestiman las
opiniones de
economistas que inclusive adhieren al oficialismo.
Se alteran
datos, se acusa
a los empresarios, a los
bancos, a los empresarios,
al “campo”, a los especuladores y a los “neoliberales”. Se
cierran fronteras,
se emite moneda para financiar gasto corriente, se retrasan las
tarifas de los
servicios públicos de manera dramática. Se hace cualquier cosa
menos asumir la
realidad.
Y así, las
esperanzas se
esfuman. Incluso en estos momentos en que la soja ha llegado
nuevamente a los
600 dólares en Chicago. No es suficiente. No es posible sostener
al país
basándonos en el precio de la oleaginosa, eso es obvio.
El tipo de
cambio atrasado no
podrá sobrevivir mucho tiempo. Esto ya ha ocurrido en la
Argentina. Demasiadas
veces. Realmente se impone un baño de realismo. Y
lamentablemente no lo vemos
en el horizonte político cercano.
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