El Ágora
¿Por qué razón
un programa
periodístico como el de Jorge Lanata alcanza hoy un rating del orden del 20% los días domingo a las
11 de la noche?
¿Dónde podemos
encontrar una
explicación de este verdadero fenómeno mediático?
Este periodista
tiene un pasado
que no siempre ha sido prístino profesionalmente hablando. Llegó
a justificar
el atentado a las Torres Gemelas e incluso a publicar una carta
abierta a
Graciela Fernández Meyjide cuando él regenteaba la revista
Veintitrés, en la
cual le explicaba que muchas veces había conversado con ella la
negativa a
suministrar cierta información cuando ella constituía “darle
pasto a la derecha”.
También es recordada aquella oportunidad en la que recibió un
puñetazo y se
colocó un vendaje a todas luces exagerado para aparecer como
periodista golpeado.
Pero este
periodista, tiene hoy
la valentía y el ingenio suficientes como para enfrentarse al
aparato
propagandístico del gobierno mejor que nadie. Lo hace desde la
sorna, desde la
ridiculización, mechadas ambas de datos ciertos, muchos de ellos
antiguos, pero
ciertos. Lo hace de alguna manera copiando el estilo de Tato
Bores, aunque el
fallecido cómico no utilizaba sus libretos para acusar a
determinados
gobernantes, sino que bromeaba con todos sin distinciones
ideológicas. Por eso,
sus verdades eran completas y no a medias.
Lanata no hace
eso. No habla de
todos los políticos. No avanza en esa dirección. Lo suyo es más
reconcentrado,
por decirlo así. Y por eso mismo, puede y debe ser tomado como
parcial.
Es decir, en la
medida en que le
cabe aquello de no dar pasto a tal o a cual, es, como
periodista, al menos
alguien que falta a la verdad objetiva, que oculta información
cuando no le
conviene a sus propósitos. No es un dato que lo exalte
profesionalmente sino
antes bien todo lo contrario.
¿Por qué
entonces se ha
convertido en el fenómeno que hoy es? Podemos ensayar una
respuesta a eso.
En los medios
televisivos no
existe una figura opositora de tanta relevancia y con tantos
buenos argumentos
a su vez tan jocosamente expresados. Lanata ironiza, se burla,
“gasta” a los
gobernantes. Lo hace con gracia, con soltura. No es que no haya
en el medio
televisivo otros periodistas que por ahí tampoco tienen pelos en
la lengua para
criticar. Pero no tienen esa vis cómica que sí tiene él y que lo
convierte en
una especie de sordina que retumba en los oídos y en las sienes
de
funcionarios, diputados, senadores y amigotes del gobierno.
Y eso hace la
diferencia. La
gente está harta de la propaganda goebbeliana oficial. Está
cansada de los
discursos en cadena con referencias personales y grititos al
mejor estilo de
Susana Giménez. Está harta de que se justifique todo, de que se
tape todo. De
que sea tomada como rehén de disputas palaciegas.
Hablamos de la
gente que no
congenia con esta forma de gobernar. No de quienes adhieren
fanáticamente a lo
que la señora presidenta llama “el modelo” y que en verdad no es
más que un
rejunte de dádivas, prebendas, prepotencias, controles,
prohibiciones e
insultos.
La gente que se
siente dañada
por ese accionar claramente fascista, encuentra en Jorge Lanata
a su defensor a
ultranza. Se venga de palabra. Siente que con él al gobierno le
ha salido un
grano en salva sea la parte.
Y no son pocos
que entienden el
por qué de los intentos gubernamentales de apropiarse de la
prensa para ponerla
en manos de sus amigos. No son pocos los que finalmente están
comprendiendo el
fin primero y último de la llamada “ley de medios”: digitar los
contenidos,
convertir a los medios en difusores de la propaganda oficial,
como en las
dictaduras, como en los años 50 en esta misma Argentina.
Lanata es un
faro para la
oposición, es un tipo que no parece temerle a ninguno de los
insultadores
oficiales. . No parece tenerle miedo a Moreno, ni a Boudou, ni a
la señora
Cristina, ni a Kunkel, ni a Rossi, ni a PIchetto, ni a “La
Cámpora”, ni a
Kicillof, ni a De Vido. Ninguno de ellos puede quitarle nada
porque él no es un
empresario. Ningún patotero oficialista puede hacer otra cosa
que cargar contra
él y tal vez darle una paliza, o escupirlo, como suelen hacer en
otros casos. Pero
no lo hacen porque son ellos los que le temen.
Lo vilipendian,
lo insultan, le
inventan chanchullos, o los sacan a la luz, no sabemos. Gastan
horas del
programa fascista por excelencia en el canal oficial. Pero no lo tocan. Porque
saben que tocarlo se
les volverá en contra.
Intentan sí,
mermar el poder del
“grupo Clarín”. Si consiguen eso, podrán doblegar al canal donde
trabaja. Pero
no es fácil.
Y aún si lo
hicieran, bastaría
con que Lanata armara un blog o un programa en Internet para
lograr tanta
audiencia y difusión como la que logra en un canal de aire.
En los
regímenes autoritarios
siempre ocurre algo parecido. Un
simple
disidente puede tener un alcance internacional impresionante.
Puede hacer
temblar a los peores dictadores.
Ocurrió
con Chamorro en la Nicaragua de Somoza, con la doctora Hilda
Molina ante el
régimen castrista, con la revista “Humor Registrado” en la
Argentina de la
dictadura militar.
No pretendemos
comparar la
situación de los países que nombramos con la Argentina actual,
sino a lo sumo
trazar un parangón respecto de cómo aparecen esas lucecitas que
se van
agrandando como el pasto que crece entre los adoquines en alguna
calle cortada.
Y que eso ocurre inexorablemente cuando priva el autoritarismo,
la
arbitrariedad, los ataques a la libertad de cualquier índole.
Nos está
pasando lo que ya nos
ha pasado. Cuando a comienzos de los años 50 Perón expropió el
diario La Prensa
pensó que así se sacaba de encima a sus enemigos. Mejor dicho, a
los que para
él eran sus enemigos. Pero años más tarde se dio cuenta de que
debía permitir
que sus opositores se expresaran en la radio. Así, poco antes de
caer, figuras
como Alfredo Palacios, Arturo Frondizi o Vicente Solano Lima
pudieron dar
discursos en las emisoras del Estado. Perón comprendió,
tardíamente, que no es
acallando como se gana la batalla ideológica, sino demostrando
que lo que se
presenta como mejor, es realmente mejor.
¿Por qué el
empecinamiento de
estos gobernantes actuales contra la prensa opositora si pese a
ella, la señora
Cristina alcanzó la reelección con el 54% de los votos? ¿No es
acaso la clara
demostración de que la batalla se gana con hechos y no con
periodismo adicto?
Parece que no. Tal vez está en la naturaleza peronista, como en
la del
escorpión: que no puede evitar picar a la rana en la mitad del
río, sucumbiendo
con ella.
El fenómeno de
Jorge Lanata está
mostrando la intrínseca debilidad del autoritarismo. La fractura
cultural entre
la esencia de la democracia y el patoterismo de “las juventudes”
seguidoras del
“modelo”.
Como decía el
poeta, la realidad tiene
más de 25 renglones por
foja. Esa realidad
la comprendió
Perón, pero no la comprendió Cristina Kirchner. Todavía.
HÉCTOR BLAS TRILLO
Buenos Aires, 1ª
de julio de 2012
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