Segunda opinión
ECONOMÍA EN
BLANCO Y NEGRO
INTRODUCCIÓN
La
situación planteada por fuerzas como la
Gendarmería Nacional o la Prefectura Naval no registra
antecedentes,
pero tiene una clara explicación: no es habitual que se bajen
los salarios
mediante un decreto, y difícilmente sea tolerable, especialmente
si se habla de
quitas del 50 o 60%.
Indudablemente
la redacción y la subsecuente sanción
del decreto 1307/2012 resultan ser de una torpeza
incomprensible. A tal
punto que no faltan quienes opinen que se trata de un acto de
provocación.
Tanto sectores oficialistas como opositores han hecho sus
interpretaciones
políticas. Pero la cuestión, si bien está vinculada, es
esencialmente
económica. Es importante no dejar de abordar el foco primario de
cualquier
problema para intentar resolverlo de manera definitiva.
Analizar
la situación desde una perspectiva básicamente económica puede
servir para
clarificar el panorama, no ya de las fuerzas en conflicto, sino
del trabajo en
blanco en general en la Argentina.
Desde
hace ya muchos años, y en todos los frentes, sucesivos gobiernos
vienen
atacando y combatiendo el llamado trabajo en negro, es decir,
informal. Con
mayor o menor grado de éxito, lo cierto es que jamás se ha
podido solucionar
este flagelo.
En
general se tiende a establecer una cifra del orden del 40% o
algo menos de
trabajadores en condición informal.
DISTINTAS
MODALIDADES
Antes
que nada hay que distinguir entre lo que podría llamarse trabajo
en negro
genuino, de otras variantes, como ser el trabajo en negro
parcial o los casos de
percepción de adicionales
denominados “no remunerativos”.
El
trabajador que genuinamente está en negro, es aquel que
directamente no figura
en los registros de su empleador. Aquel que está parcialmente en
negro es el
que percibe un salario en blanco (que puede incluir conceptos no
remunerativos)
y el que directamente percibe una cifra “por afuera” de su
recibo, o sea
directamente en negro.
LAS
CAUSAS
Más
allá del cálculo oficial, es posible sostener que las cifras de
remuneraciones
que no están sujetas a aportes y contribuciones al sistema de
previsión social
para trabajadores en relación de dependencia superan largamente
el 40% citado.
Si se suman percepciones por fuera del sistema legal y conceptos
no remunerativos
sin duda se arribará a esa conclusión. A ello hay que agregarle
la enorme
cantidad de empleados que figuran como “contratados” en
dependencias públicas,
tanto nacionales como provinciales y municipales. Los
“contratados” son
trabajadores en relación de dependencia a los que el Estado
empleador los
obliga a inscribirse como monotributistas, y luego les exige
entrega de
facturas por honorarios. Éstos últimos suman varios centenares
de miles.
A
su vez los convenios laborales o inclusive los ajustes que
disponen los
gobiernos en determinadas circunstancias suelen llevar el rótulo
de “no
remunerativos” y por lo tanto no sujetos a aportes, ni a
contribuciones, ni a
sumar para el aguinaldo, y tampoco en caso de despido sin causa.
Obviamente
todo ello en contra de lo dispuesto en la ley de contrato de
trabajo.
Si
bien en las convenciones colectivas poco a poco estos conceptos
tienden a
regularizarse y sujetarse a aportes y contribuciones hacia el
futuro; surgen
nuevos incrementos que nuevamente adoptan esa modalidad. Esto no
es lo que
ocurre en el caso de la Gendarmería, donde la situación lleva
acumulándose más de 20
años. Es que en la
Administración Pública los
conceptos suelen sostenerse en el tiempo, y cada vez se acumulan
más rubros “no
remunerativos”. Cuando la inflación es alta, como lo es en éstos
últimos años,
llega un momento en que tales conceptos superan largamente al
sueldo sujeto a
aportes y contribuciones. Y precisamente uno de los problemas de
la merma en
sueldos de los gendarmes es consecuencia de la regularización de
conceptos no
remunerativos y por lo tanto sujetarlos a aportes, cosa que
reduce el llamado
salario “de bolsillo”.
Ahora
bien, ¿por qué ocurre todo esto? ¿por qué si la ley dice que
todo aquello que
un trabajador percibe en moneda o en especie debe ser
considerado parte del
salario y sujeto a aportes y contribuciones, ello no ocurre? Por
un lado porque
se viola la ley, indudablemente. Pero se
viola con el consentimiento de empresarios y de sindicalistas.
¿Por qué?.
La
respuesta está dada por la carga que significa remunerar en
blanco. Por cada
100 pesos de sueldo bruto el trabajador percibirá alrededor de
83; y el
empledor pagará un total cercano a 123 pesos. A ello hay que
agregar otros
conceptos tales como seguro de vida obligatorio y ART. Lo cierto
es que tomando
solamente estos conceptos el cargo total de aportes y
contribuciones es de $
40.- (17 + 23), esto significa casi el 50% más de los 83 pesos
que el
trabajador percibirá.
Un
trabajador que percibe su sueldo en blanco y recibe sin embargo
una serie de
conceptos “no remunerativos” que no están sujetos a aportes y
contribuciones,
permite que el salario “de bolsillo” sea mayor con un menor
costo para su
empleador.
Por
su parte los monotributistas aportan sí al sistema previsional y
a una obra
social, pero se trata de una cifra fija que no guarda relación
porcentual con
el monto percibido como honorarios, no cuentan con estabilidad laboral, no
perciben aguinaldo,
no serán indemnizados en caso de despido, etc.
Cabe
recordar aquí que en la misma dirección iban los llamados tiques
canasta o
vales de almuerzo, que habían sido impuestos por ley y
finalmente fueron
suprimidos cuando la ley fue modificada por una iniciativa del
diputado Héctor
Recalde, que sin embargo nunca que se sepa ha presentado alguna
queja para que
estos conceptos “no remunerativos” sigan la misma suerte, que es
lo que
corresponde.
Evidentemente
se está ante un problema de muy larga data, que se agrava con el
proceso
inflacionario y que tiene una enorme repercusión social. Pero
que se sostiene
en el tiempo porque cualquier intento de resolverlo puede ser
lapidario para
cualquier presupuesto.
En
efecto, la suba de costos como consecuencia de que los
empleadores deban abonar un
50% por el salario en blanco “de bolsillo”
conlleva la necesidad de ajustar los precios de los productos
que venden. En el
caso del Estado los mayores costos llevan a mayores necesidades
de ajustes
tributarios, o más emisión de moneda, o a ambas cosas. También a
aumentos de
tasas y todo tipo de contribuciones.
Esto
puede explicarse entonces de manera muy simple, aunque bastante
antipática para
muchos: el mercado no
aguanta la enorme
diferencia entre un sueldo que está
sujeto a cargas y otro que no lo está.
En
el mundo entero las razones aritméticas de la economía informal
tienen mucho
que ver con la imposibilidad del mercado de abonar los mayores
precios
resultantes.
Es
necesario también dar un vistazo a las razones del trabajo en
negro, tanto el
genuino como el parcial.
Las
pequeñas y medianas empresas no pueden sostener el enorme costo
impositivo y
previsional, especialmente cuando inician sus actividades. De
hecho, el mismo
Estado establece regímenes de promoción de empleo, tales como
una quita en las
contribuciones para empleos nuevos, los períodos de prueba, los
contratos a
plazo fijo o de temporada o las pasantías. Pero esto no siempre
es suficiente.
Porque a la de por sí elevada carga previsional hay que sumar la
carga
impositiva. Cualquier negocio en la provincia de Buenos Aires o
en la Capital
Federal debe asumir desde sus comienzos costos enormes por
habilitaciones,
tasas e impuestos vinculados con la instalación y puesta en
marcha, que podrá
tal vez recuperar en un futuro si
el
negocio funciona razonablemente. Si ello ocurre, es decir si el
negocio
evoluciona favorablemente, la carga tributaria hará su parte,
porque el sistema
fiscal en la Argentina parte de la base de que quienes obtienen
mayores
ingresos deben abonar tasas más elevadas, lo cual deteriora la
tasa de retorno
del capital invertido. Es decir, la utilidad marginal del
capital. Llegado este
punto, si el comerciante sube más los precios merman sus ventas,
y si no lo
hace, el negocio se vuelve muy poco atractivo.
Es
por ello que en muchas actividades un porcentaje importante se
comercializa en
negro. Esto no es novedad para quienes conocen el paño, aunque
suele atribuirse
la causa a la malignidad del comerciante. O a su avaricia.
Habrá
quienes así obren, por supuesto. Pero atribuir a factores
subjetivos tales el
comportamiento de centenares de miles de comerciantes es, cuando
menos, poco
serio.
Todo
el mundo ganar más dinero, mejorar su estándar de vida. Pero
antes obviamente
lo que quiere es no perder su capital. Y lo cierto es que el
problema persiste
a lo largo de muchísimos años. El trabajo en negro es una
constante en la
Argentina, y lo es, justamente, porque los costos previsionales
son muy
elevados y porque también lo son los demás costos ligados a
cargas públicas.
Cuando
un comerciante vende parte de su mercadería en negro, ingresa
dinero negro con
el que repone su mercadería. En negro, claro está. Por eso, paga
parte de los
salarios de sus empleados en negro.
El
circuito negro, como se le llama en la Argentina, alcanza
prácticamente a la
mitad de la operatoria de la mayoría de las empresas pequeñas y
medianas. En
algunos ramos mucho más.
La
realidad es que esto ocurre porque el mercado definitivamente no
soporta el
costo de la presión tributaria global (impuestos, tasas y
contribuciones
sociales). Muchos fabricantes no pueden vender, ni aún
queriendo, toda su
producción en blanco, porque no se la compran. Hay que agregar a
todo esto la
necesidad de anticipar los gravámenes, que tiene un costo
financiero muy
importante que equivale a una mayor tasa de impuesto. Lo mismo
ocurre con la
carga administrativa que se le exige desde el Estado a los
responsables
tributarios. Prácticamente la mitad del tiempo de trabajo de los
administrativos de una PYME está destinado a atender
obligaciones impuestas por
los organismos recaudadores. A ello se suma el costo de los
elementos
requeridos (controladores fiscales, programas informáticos,
impresoras,
papelería, fotocopias, libros especiales, etc.)
Es
obvio, finalmente, que existe una indeterminada producción
pirata que se vende
libremente en las calles de las ciudades (discos compactos,
películas,
elementos de computación, ropa, etc.). Se comercializan
productos “truchos” a
la vista de autoridades y público, inclusive en el subterráneo o
en la
mismísima calle Florida. También en trenes, en colectivos, en
puestos
ambulantes instalados en la vía pública en todas partes, y
especialmente en las
cercanías de las estaciones ferroviarias. El Estado está
consintiendo este
accionar, por acción u omisión, o directamente no puede
combatirlo. Tal vez sea
un poco de cada cosa.
En
efecto, mucha gente no tendría acceso a niveles elementales de
vida si no
adquiriera ropa y otros productos en el mercado marginal.
CONCLUSIONES
Puede
observarse que existe una relación directa entre el pago de
salarios en negro o
mediante complementos “no remunerativos”, o el eufemismo de
“contratados”, está
relacionada directamente con las posibilidades presupuestarias
en el caso del
Estado, y con la existencia de un alto porcentaje de ventas en
negro por parte,
en especial, de los pequeños y medianos empresarios.
El
manejo de las finanzas públicas como para que el dinero alcance
es
responsabilidad de los gobiernos. Parece bastante obvio que el
gasto (necesario
o superfluo) en otros rubros, lleva a los gobernantes a
sacrificar la mismísma
ley de contrato de trabajo mediante complementos, contratos o
asignaciones
otorgados de manera irregular y contrarios a la propia ley de
contrato de trabajo.
En
el caso de las empresas, no es tan cierto aquello de que las
ventas en negro
permiten a los empresarios enriquecerse ilegalmente. Y esto es
así porque la
carga tributaria y previsional es tan elevada que cuando se
pretende trabajar
íntegramente en blanco, se produce la asfixia del negocio.
La
realidad es que la comercialización en negro permite reducir
precios. Y esto no
es solamente competir deslealmente con quienes pagan todos los
tributos y
gravámenes, es también lo que por lógica buscan los
consumidores. De hecho,
todas las campañas pidiendo a los consumidores que exijan su
factura se han
chocado con una realidad bien diferente. La gente lo primero que
mira es su
bolsillo.
Por
consiguiente, si la comercialización es informal, los salarios
también habrán
de serlo más o menos en la misma proporción. Poner los salarios
en blanco
íntegramente significa no tener dinero blanco suficiente para
pagarles.
Inversamente, si se vendiera todo en blanco, pagar salarios en
negro aumentaría
las utilidades a declarar con el consiguiente sobrecosto fiscal
para el
responsable.
Una
comercialización en blanco se corresponde con salarios en
blanco, y una
comercialización en negro, con salarios en negro. Ésta cuenta
bien sencilla no
parecen hacerla las autoridades encargadas de la recaudación. Y
tampoco la
hacen políticos, economistas o periodistas.
La
economía informal tiene mucho que ver con el engorro y con los
costos. Aunque
también pueda tener que ver con la mala fe, atribuir todo a ésta
es cuando
menos reduccionista y prejuzgador. La gente buena o mala está en
todas partes.
El sistema debe poder funcionar a pesar de eso. Precisamente
para ello están
los mecanismos de fiscalización y recaudación
HÉCTOR BLAS TRILLO
Buenos Aires, 6
de octubre de 2012
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