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miércoles, 29 de mayo de 2013

INFLACIÓN Y CEPO CAMBIARIO: DE ESO NO SE HABLA

Segunda Opinión
Suplemento del boletín de actualidad económica y fiscal
ACTUALIDAD ECONÓMICA: INFLACIÓN Y CEPO CAMBIARIO: DE ESO NO SE HABLA

En el discurso de apertura de las sesiones ordinarias del Congreso Nacional, la señora presidenta se refirió largamente a una gran cantidad de temas, con abundante cantidad de datos y referencias históricas. Sin embargo, nada dijo que sepamos de los dos grandes problemas de la actual situación de la economía. Esto es, de la inflación y el cepo cambiario.
Es evidente que existe una intención clara de parte del gobierno de no hacer referencia a estas cuestiones. No resulta creíble a estas alturas la versión de que la presidenta cree que no existen.
El problema inflacionario es de larga data en el gobierno del matrimonio Kirchner. Comenzó en los albores del año 2003 con la política de “tipo de cambio alto” forjada por el Dr. Lavagna para sostener una competitividad forzada mediante la emisión de moneda para adquirir dólares caros por parte del Banco Central.
Al cabo de unos años, la suba de precios inherente al “modelo” terminó licuando  el tipo de cambio inflado artificialmente, y ante la imposibilidad de afrontar el frente externo si se reconoce una devaluación que adecue las cosas a la realidad, el actual gobierno recurrió a lo que la gente denominó el cepo cambiario.  Pero, al mismo tiempo, la falta de recursos fiscales suficientes obligó a la emisión de moneda sin ningún respaldo, como tantas veces ocurrió a lo largo de la historia argentina del siglo XX.
El estado de cosas ha llevado a la aplicación de controles de precios, que forzosamente deberán ser multiplicados en las próximas semanas para poder sostener la ilusión de una baja inflación que el sólo hecho de imponer semejantes controles demuestra lo contrario. A esto se ha sumado la insólita, inconstitucional y hasta patética prohibición de publicar avisos en los diarios a los supermercados y cadenas de electrodomésticos para aplacar la demanda.
En su momento, la señora presidenta también negó la existencia del cepo  al mercado cambiario, y adujo para ello al hecho de que los argentinos pueden viajar al exterior y operar en divisas sin problemas.
La verdad es, sin embargo, claramente otra. Ambos problemas están acuciando al gobierno y a la población, afectando la tranquilidad y las expectativas futuras, y generando desconfianza y mercados negros.
La presidenta hizo muchas referencias, como queda dicho, a evoluciones históricas. Y con independencia de que las comparaciones las hizo en general con los momentos más aciagos de la crisis (años 2002 y 2003)lo cual de por sí es engañoso, es sintomático que se hubiera manejado con datos nominales, es decir no ajustados por el ritmo inflacionario. Hablar de ajustes del 1000% sin contemplar los efectos de la inflación hace presumir que el gobierno cree que quien percibe montos de ese calibre está ganando 10 veces más. Lo cual a todas luces es irreal en términos de cantidad de bienes adquiribles.
El mercado cambiario está en una situación sumamente comprometida. El dólar denominado “blue” ha llegado a los 8 pesos, terminando la semana en un valor de $ 7,80. Mientras tanto, en Montevideo las casas de cambio operaban a $9,45 por unidad en el cierre de la semana pasada. Un exportador de soja percibe por cada dólar un valor neto de $ 3,30. El problema existe y es muy real. Y demasiado grave como para ignorarlo.
La verdad es que la lógica hubiera indicado que un discurso de apertura de sesiones tuviera referencias a estos problemas y a cómo se supone que el actual gobierno encarará los mismos en este año parlamentario que se inicia. Esto no ha ocurrido.
Uno puede arriesgar y tratar de conjeturar en el trasfondo ideológico que envuelve al núcleo gobernante. Hace un par de semanas un diario de línea oficialista hacía referencia a la devaluación del bolívar en Venezuela mediante un párrafo asaz llamativo: “Venezuela contra los ataques especulativos”…el dólar oficial se devaluó a 6,30 bolívares … “aunque en el ilegal mercado paralelo este monto se duplica o triplica…”
Es interesante analizar un poco estas líneas, que fueron publicadas en Página 12. En primer lugar la mención de un mercado “ilegal”; que evidentemente es así en tanto la ley lo diga, pero que no cambia el hecho de que tal mercado existe, y en él existe una oferta y una demanda. Eso aparte del hecho de que, en el caso argentino, no son pocos los que señalan que el propio gobierno interviene para evitar que el “blue” se dispare, y los llamados “arbolitos” son moneda corriente en el Microcentro de Buenos Aires sin que nadie los detenga en su accionar. De igual manera que los controles de precios, la fijación de tipos de cambio apuntan siempre a no aceptar que el mercado hace subir el precio de la moneda extranjera. Se recurre a una especie de chaleco de fuerza legal para evitar una realidad incontrastable. La presión inflacionaria, la incertidumbre, la falta de confianza y un montón de factores asociados producen la suba del tipo de cambio. Y uno de los motivos  es la prohibición oficial de que la gente adquiera libremente la moneda extranjera en casas de cambio. Aquello que no se puede adquirir porque se prohíbe su venta, sube de precio si hay demanda. Y nadie puede declarar la ilegalidad de la demanda. Por eso cada vez que este tipo de políticas se aplican, los analistas sólo están tratando de ver cómo se sale de ellas. Y nunca la salida ha sido suave ni tranquila, sino más bien explosiva por las presiones acumuladas.  Este dato también ayuda a crear un clima negativo y aumenta la demanda de moneda extranjera.
El párrafo al que hacemos referencia también señala que el dólar paralelo en el país bolivariano “duplica o triplica” el valor oficial. En esto hay un juego comunicacional que va de consuno con la visión ideológica de la cuestión. Todo el mundo sabe que en la Argentina el dólar “blue” vale alrededor de $ 8.- y que si extrapolamos el comentario del diario en cuestión estaríamos ante la posibilidad de que costara entre 8 y 16 pesos. Es decir, una afirmación falaz, producto de la moda del “relato” que intenta desvirtuar el mercado libre al afirmar que una moneda extranjera puede costar, alegremente, la mitad o el doble.
Sabemos que en nuestro país hace varios años que las mediciones de inflación y demás que surgen del INDEC son consideradas erróneas por las consultoras privadas en general. Y también lo son por las provincias que miden la propia inflación. En términos generales, mientras el gobierno habla de una inflación que no llega a los 10 puntos, las demás mediciones acercan la cifra a los 25 puntos. La distorsión es muy grande y afecta a otras mediciones conexas, como el precio de la canasta básica o los índices de pobreza o indigencia, que reflejan de tal modo datos irreales.
Probablemente los ideólogos del gobierno tuvieran tendencia a presuponer que los índices son “ilegales” y que debieran todos ceñirse a los “legales”. De hecho varias consultoras fueron multadas y debieron dejar de publicar sus estimaciones. Pero la realidad cayó como un baldazo cuando alguien hizo la cuenta y concluyó que una persona puede comer con algo más de $ 6.- por día. La demostración por el absurdo que aprendimos en la escuela secundaria podemos verla en la realidad económica argentina.
La idea de que existe una moneda de curso legal y de que el gobierno puede fijarle el valor que todo el mundo debe aceptar, se choca con la realidad de que la gente no confía y no respeta esos valores. En verdad, el Congreso fija el valor de la moneda, pero para sostenerlo existen instituciones creadas al efecto, como el Banco Central. La moneda es un pagaré, y su valor está dado por el respeto y la confianza que la gente le asigna, y no por el surrealista intento de obligar a ahorrar en pesos.
El problema inflacionario no es, visto desde su origen, otra cosa que un problema monetario. No es que suben los precios porque sí, sino que suben porque aumenta la cantidad de moneda circulante y ésta pierde su valor. Hay otros factores que puede producir inflación, como la llamada aceleración de circulación de la moneda u otros. Pero esencialmente si aumenta la cantidad de circulante en torno del 40% anual y el producto bruto apenas crece un 1%, estamos ante una presión inflacionaria enorme. Y por añadidura también estamos ante una presión similar en el tipo de cambio.
Esto es así e intentar esconderlo debajo de la alfombra sólo genera más desconfianza. Porque los problemas deben ser encarados para ser resueltos. Y la sensación que la población tiene es la de que el gobierno no toma nota de que existen. El hecho de que la presidenta se maneje con cifras nominales es una clara muestra de ello.
Dicen los psicoanalistas que la mejor manera de encarar los problemas es empezar por reconocer que existen. No parece que ello haya ocurrido hasta el momento.

HÉCTOR BLAS TRILLO                                                      Buenos Aires,  3 de marzo de 2013

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