El Ágora
Puede resultar duro decirlo con todas las letras,
pero claramente la
Argentina se encamina hacia el totalitarismo.
El totalitarismo es el sumun del intervencionismo
socioeconómico. En ese
estadio, nadie puede decidir por sí
mismo sin contar con el beneplácito del poder constituido. Todo
pasa a estar
prohibido a menos que esté específicamente permitido.
La intervención en todos los órdenes de la vida
nacional, la concentración
de la totalidad de los poderes estatales en manos de un partido
o grupo
político que limita seriamente la participación de opositores
mediante
presiones de todo tipo. Podrá gustar o no, pero eso se llama
totalitarismo.
La persecución y acogotamiento de la prensa libre
no son novedad en esta
Argentina peronista-kircnerista. Las limitaciones a la
producción e importación
de papel para diarios, la llamada “ley de medios” que claramente
ataca los llamados
“contenidos” y a la vista de todo el mundo favorece la
monopolización de la
información en manos de grupos afines al poder político, cuando
no se trata
directamente del propio Estado por medio de canales de
televisión cargados de propaganda
política, la distribución de la publicidad oficial que
discrimina abiertamente
contra medios opositores y la reciente y realmente oprobiosa
prohibición
telefónica a las cadenas de supermercados de hacer publicidad en
diarios de sus
ofertas semanales.
Los aprietes a empresarios para congelar precios,
que incluyen las “visitas”
de la AFIP o la negación de permisos para importación si no se
portan bien, son
vox pópuli. Hechos
insólitos como la
ausencia de empresas productoras de maquinaria agrícola en la
Expoagro de
Baradero o las increíbles presiones a los auspiciantes de la
Feria del
Libro para que ésta
abandone el predio
de la Sociedad Rural y se traslade a Tecnópolis son apenas
algunos de los datos
más relevantes.
Los escraches por cadena nacional a empresarios
que solamente describen un
problema en el sector inmobiliario como consecuencia del llamado
cepo
cambiario. La amenaza de “fundir” al grupo Techint expuesta con
toda crudeza
por un funcionario de segundo orden hoy encumbrado por esos
avatares del poder
omnímodo, las obligaciones de exportar para poder importar un
muchas otras
formas de coerción que condicionan la libertad de comercio, son
también apenas
casos relevantes en la vida económica del país.
Los programas de estudios cargados de propaganda
política, especialmente en
las escuelas secundarias. La carga de propaganda en programas de
televisión
supuestamente de entretenimiento “para todos”. La acusación y el
insulto al
periodismo disidente desde programas de concepción evidentemente
fascista que
ni por todo el oro del mundo aceptarían debatir con los acusados
e insultados.
La utilización de los nombres de adscriptos al esquema peronista
para denominar
escuelas, calles, plazas, paseos públicos y hasta campeonatos de
fútbol. Todo
ello constituye también otro elemento de raigambre totalitaria.
La persecución y acoso a la Justicia incluye
insultos y amenazas de ocupar
el palacio de Tribunales por parte de facciosos adherentes al
actual régimen.
Éstos no trepidan en lanzar públicamente gruesos epítetos contra
los jueces de
la Corte Suprema, al tiempo que se resguardan en otros jueces,
de rango menor,
altamente sospechados de cubrir negocios turbios y trapisondas
varias de parte
de los amigos del poder y del poder mismo.
El apriete financiero a las gobernaciones díscolas
es otro rasgo
sobresaliente de la concepción totalitaria. Disentir es sinónimo
de quedarse
sin recursos porque el régimen de coparticipación, que de por sí
es negador del
federalismo, ha quedado reducido a una mínima expresión y todo
depende de la
arbitrariedad reinante.
Claramente puede verse cómo un vicegobernador
ataca desde todos los frentes
al gobierno de Scioli en la provincia de Buenos Aires, o cómo el
mismísimo
gobierno nacional retacea recursos y colaboración con ese mismo
gobernador, o
contra otros como el de Córdoba o el de Santa Cruz que también
han osado
contradecir el rumbo impuesto casi diariamente por la jefa del
partido y
presidenta de la Nación. Ni qué hablar del jefe de gobierno de
la ciudad de
Buenos Aires, que ha sufrido y sufre toda clase de embates
incluyendo insultos
y acusaciones chabacanas y fuera de lugar de parte de
encumbrados funcionarios
al socaire del régimen, que los apaña y promueve.
Se observa un silencio atroz. Un silencio que
surge del temor a la
arbitrariedad. Los empresarios no se animan a decir en público
lo que dicen en
privado. Nadie osaría responder a un funcionario de rasgos
autoritarios como el
secretario de comercio; y mucho menos cuestionar a la señora de
Kirchner.
Un reconocido actor, como Ricardo Darín, resultó
conmovido por una extensa
misiva atribuida a la mismísima presidenta de la Nación por
haber osado poner
en duda el enriquecimiento del matrimonio presidencial. Misiva
en la que se ataca
al actor por su pasado y por un affaire con un automóvil
importado para
lisiados, todo lo cual no responde en absoluto a la pregunta
formulada.
Algo parecido ha ocurrido con un director de cine,
que debió demostrar que
las acusaciones eran inconsistentes pero cuyos interrogantes y
dudas no fueron
respondidos.
Verdaderas fuerzas de choque han aparecido y son
fomentadas por dineros
públicos. Desde “La Cámpora” regenteada por el hijo de la
presidenta, hasta “Kolina”
en manos de Alicia Kirchner, o “Vatayón Militante” o “Unidos y
Organizados”
conforman un espectro claramente faccioso y sectario, que
lucubra acciones
políticas y hasta adoctrinamiento en las escuelas para intentar
arrimar agua al
molino oficial.
Estamos citando casos relevantes acudiendo a
nuestra memoria. Y así vemos
que la concepción totalitaria de la gestión kirchnerista se ha
agravado con los
años y cada vez es peor.
Las inconcebibles respuestas pergeñadas por la
presidenta en oportunidad de
su visita a Harvard fueron “cubiertas”, por así decirlo, con
acusaciones a los
estudiantes que preguntaron, lo cual no fue sino una forma
bastante burda de no
contestar por qué se negó la inflación, el cepo cambiario o la
aclaración
convincente sobre las causas del enriquecimiento presidencial.
La reciente desaparición del caudillo venezolano
motivó la rauda partida
hacia la nación caribeña de una comitiva impresionante de
funcionarios,
incluyendo a la propia presidenta, que sin embargo resolvió
volverse antes de
las exequias. No son pocos los que sostienen que el apresurado
retorno tuvo que
ver con la visita del controvertido presidente de Irán, que con
su llegada
hubiera dado lugar a un inevitable encuentro y fotografía. No
consta que sea
así pero es obvio que si lo fuera se trató de una inadmisible
improvisación de
parte de la cancillería argentina, porque era obvia la visita
del líder iraní y
por lo tanto de un irremediable encuentro que no debería querer
evitarse, dada
la evidente presión del poder ejecutivo en ambas cámaras del
Congreso para
lograr la aprobación del acuerdo con esa nación por la causa
AMIA.
No hay sector de la vida pública que no esté a
merced del largo brazo del
aparato oficial. La confiscación de YPF, el claro encubrimiento
del
vicepresidente en el caso Ciccone, la vieja historia de Antonini
Wilson. Los
funcionarios empresarios sospechados de connivencia con el poder
político. Los ex
funcionarios acusados cuyos procesos no
sólo no terminan sino que ni siquiera se han iniciado. Todo
consuma una conjura
totalitaria que no parece tener visos de detenerse.
Esto ha sido resumido en aquella frase dicha por
la presidenta de la Nación
y que fue tomada por una cámara indiscreta: “vamos por todo”.
Los casos que brevemente aportamos en estas breves
líneas, son
manifiestamente contrarios al Estado de Derecho, a las
libertades públicas, a
la vida democrática y republicana de la Nación. Y siendo así, no
cabe sino
atribuirlos a una concepción totalitaria de la cual parece que
muchos aún no
han tomado nota debidamente.
HÉCTOR BLAS TRILLO
Buenos Aires, 9
de marzo de 2013
No hay comentarios.:
Publicar un comentario