El Ágora
“Sr. Coto, ¡no
le meta la mano en el bolsillo a la gente!” Néstor Carlos
Kirchner
Hay que decirlo
con total crudeza: la Argentina está viviendo una de sus horas
más aciagas desde el retorno de la democracia formal.
Detenerse a
observar qué ocurre y reflexionar sobre ello puede ser una tarea
muy penosa, pero a la vez clarificadora.
Ya no se trata
de referirse a la mentira de los índices oficiales de inflación
o de pobreza. Tampoco de
posar los ojos sobre el cepo cambiario. O de analizar lo que se
ha hecho y se hace con la Justicia. Mucho menos de recordar las
respuestas de la presidenta a los estudiantes de Harvard. O de las excusas y
violaciones de diverso calibre con las que se ha pretendido
aplicar la llamada “ley de medios”, mostrando la verdadera trama
del autoritarismo más retrógrado.
Tampoco es
cuestión de ponerse a listar la increíble cantidad de “medidas”
espantosamente pueriles tomadas al socaire de ese “mandamasismo”
de tertulia, tomadas por un surrealista secretario de comercio.
Ni de analizar los dichos de la presidenta sobre la diabetes. O
en su momento del hoy vicepresidente sobre que la inflación
afecta a los ricos.
No es cuestión
tampoco de sufrir recordando las increíbles acusaciones que
vierte el poder ejecutivo nacional sobre gobernadores o
intendentes díscolos. Ni siquiera de amargarse recordando las
confiscaciones de empresas, para colmo cargadas de argumentos
nacionalistas llenos de falacias, plagados de mentiras, sesgados
hasta lo impropio.
Todo parece
girar en torno de una inmensa improvisación, un total desprecio
de todas las instituciones, un increíble aparato de propaganda
que incluye la persecución y acusación a los medios gráficos,
radiales o televisivos que no se avienen al “relato” oficial.
Programas en la
televisión estatal de un berretismo propagandístico increíble.
Amenazas de todo tipo contra periodistas no adictos al régimen.
Insultos, ofensas y descalificaciones incluso a compañeros de
ruta, como es el caso de Daniel Scioli, que sufre diariamente
las más inconcebibles diatribas de parte de los genuflexos
referentes del poder central.
A todo esto y
mucho más se suma el nombramiento del cardenal Bergoglio como
nuevo Papa, que es en estas horas motivo de todo tipo de
acusaciones en muchos casos ridículas y cargadas de una inquina
producto de la impotencia ante una realidad palpable: el hombre
fue designado sucesor de Pedro por el Vaticano y eso no puede
modificarse. Y mucho menos por un régimen político que exhibe de
manera tan obvia su autoritarismo, su arbitrariedad, su
prepotencia y el increíble grado de sumisión al que ha llevado a
sus adeptos.
A estas alturas
son muy pocos los que ponen en duda el sesgo autoritario de un
gobierno que no muestra ningún apego institucional, y que
simplemente carga a como dé lugar contra quienes de algún modo
lo critiquen o no compartan su criterio. Criterio que por lo
demás es absolutamente cambiante, como queda de sobra demostrado
con el caso de los llamados “fondos buitre”, a los que no se les
iba a pagar un dólar y ahora resulta que parece que al menos sí
quiere pagársele lo que surge del canje de 2010.
Pero la gota que
verdaderamente rebalsó el vaso es la de la prohibición de
publicar avisos en los diarios de parte de cadenas de
supermercados y de electrodomésticos. No se trata aquí de
analizar las razones que pudiera esgrimir (si es que esgrime
alguna) el gobierno, se trata de que las empresas han recibido
llamados telefónicos amenazándolas con prohibirles importar
algunos productos o mandándoles inspecciones. Según se dice los
llamados fueron de parte de funcionarios del gobierno. Sea como
fuere, lo cierto es que los avisos desaparecieron hace ya
algunas semanas. El perjuicio a los medios independientes es
inmenso.
Como se sabe, el
gobierno discrimina la publicidad oficial y asigna enormes
recursos publicitarios a medios que prácticamente no tienen
circulación, mientras que ahoga financieramente a los medios
opositores, como son los diarios Clarín o La Nación a nivel
nacional. Pero que también abarca a otros medios y no solamente
gráficos sino también radiotelevisivos.
Toda esta
aberración autoritaria, de clarísimas características fascistas,
no ha generado una reacción como hubiera correspondido. Muy por
el contrario. Se ha producido un silencio a gritos.
Las empresas han
quitado la publicidad generando un perjuicio económico tal vez
fatal para muchos medios. La afrenta a la libertad de expresión
es evidente, y está palmariamente a la vista.
Sin embargo, el
silencio y la complicidad de muchos se ha puesto en evidencia.
Nadie dice nada. Salvo algunos periodistas o algún comentario
editorial.
Los empresarios
saben muy bien que el daño que están haciendo con su proceder es
enorme. Y saben también que ese daño se vuelve en contra de
ellos, que notablemente ven afectadas sus ventas.
El ajuste que no
es ajuste pero es ajuste se pone claramente sobre el tapete. La
falta de publicidad, aparte de ahogar financieramente a los
diarios díscolos, contribuye a bajar las ventas de supermercados
y cadenas de electrodomésticos. Una verdadera carga contra el
consumo, y por lo tanto una merma de la demanda de modo que la
presión sobre los precios sea menor. El resultado está a la
vista: bajaron las ventas, y el índice de precios al consumidor
de febrero fue menor y no solamente el mentiroso calculado por
el gobierno.
El silencio de
estos empresarios es un silencio de vieja data. Recordamos hace
ya varios años aquella oportunidad en que el ex presidente
fallecido Néstor Kirchner acusó a Alfredo Coto de meterle la
mano en el bolsillo a la gente. Es decir, de robar. El silencio
del conocido supermercadista fue
elocuente, y a la vez realmente humillante, se diga lo que se
dijere. Quien calla otorga. Y, salvo que no nos hayamos enterado
de su respuesta, el Sr. Coto otorgó.
Hacer buena
letra con un gobierno autoritario no contribuye a mejorar el
cuadro general de una democracia enclenque como la argentina. Al
contrario, la deteriora y cada día más.
Y lo más triste
de todo esto es que ninguno de los habitantes de esta bendita
tierra puede decir que está a salvo. Empresarios, comerciantes,
periodistas, profesionales, sindicalistas, trabajadores y gente
común. Todos estamos en la misma bolsa.
Fueron contra
las AFIP, contra Aguas Argentinas, contra Repsol, contra el
campo, contra los sindicalistas más amigos, contra gobernadores,
contra intendentes, contra Shell…Nadie puede decir que no irán
en contra de él.
Por eso, y a
riesgo de abusar del desasosiego de tantos, hay que decirlo.
Señores empresarios, tengan mucho cuidado, porque el día menos
pensado habrán de venir por ustedes. Y podemos agregar que
pensamos que vendrán más temprano que tarde.
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