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domingo, 24 de noviembre de 2013

UNA TRISTE REALIDAD 4/8/13

El Ágora
UNA TRISTE REALIDAD

A pocas horas de un acto eleccionario cuya razón de ser desconoce la gran mayoría de la población, nos encontramos ante una sociedad francamente polarizada entre oficialistas y opositores.
Una línea divisoria que se marca más nítidamente en cada acto que lleva adelante el oficialismo. Se trate de una acto político de campaña, un programa de la televisión adicta, un diario amigo, una radio ídem,  o un  discurso proselitista, todo lo que hace el oficialismo está hecho para ser escuchado por oídos más o menos recalcitrantes, más o menos fanáticos.  Mentes que se han cerrado tras un objetivo único, casi sobrenatural, cuya definición terrenal dista muchísimo de ser clara.
Del lado opositor, se observa un abanico de alternativas ideológicas que sin embargo tiene demasiados rasgos comunes con la visión oficial.
Intentar opinar sobre la realidad es siempre subjetivo y se encuentra, por eso mismo, siempre condicionado por aquello que cada uno de nosotros puede considerar como importante.
En nuestro caso, la materia económica absorbe buena parte de tal subjetividad, aunque no por eso dejamos de ver o tal vez de intuir que muchas otras cosas están ocurriendo de manera tan  persistente como perversa en nuestra comunidad.
En efecto, los argentinos en general en materia económica han desarrollado un sesgo ideológico de características intervencionistas en el que el Estado tiene un papel preponderante. También se nota por momentos un exacerbado nacionalismo que impide razonar sobre la universalidad de las ideas, de los criterios y, especialmente, que limita la capacidad de elección (en un sentido amplio) de aquello que es mejor. O que al menos para nosotros lo es. Porque lo mejor no tiene color ni nacionalidad.
Si vemos lo ocurrido con la confiscación de las AFJP o de las acciones de Repsol, para citar un par de ejemplos, veremos que la coincidencia de casi todo el arco ideológico es notable. Lo mismo ocurre por ejemplo ante leyes tales como la de fertilización asistida, que se ha votado masivamente pese a que los propios legisladores han manifestado no tener la menor idea de cómo se habrá de financiar esta práctica médica, que asume así las características de universal y gratuita en las palabras, pero sin financiación cierta en los hechos.
La cercanía ideológica en estos campos entre el oficialismo y la oposición es realmente notable y contradice claramente en enfrentamiento que de manera estudiada lleva adelante la presidenta de la Nación. Y que incluso intenta forjar la oposición.
No existe en la Argentina una defensa unívoca del Estado de Derecho, ni siquiera se defienden con la debida firmeza las libertades básicas, y la Constitución se viola con reiterada facilidad, sin generar siquiera presentaciones judiciales, ni muchísimo menos intervenciones de oficio de parte de fiscales obligados a hacerlo, que tampoco son cuestionados por su flagrante omisión . Y no estamos hablando únicamente de expresiones políticas opositoras, sino de la sociedad en su conjunto.
Intentando rescatar lo que podemos llamar el rol opositor, siempre indispensable en una sociedad que intenta vivir en democracia y en alternancia, encontramos también una buena dosis de recalcitrancia y fanatismo. Desde la más rancia defensa de regímenes dictatoriales de origen cívico militar hasta las expresiones racistas y xenófobas que se entremezclan con la supuesta defensa de los derechos de los argentinos. Estos grupos, dan más fuerza a los discursos de barricada de la presidenta y también a la intensísima propaganda de los medios de difusión estatales y paraestatales.
Es cierto, normalmente las expresiones más rimbombantes surgen de los extremos.  El hombre común se manifiesta silenciosamente, no ve con buenos ojos las arremetidas contra todo y contra todos los que se opongan a algo.  Pero, como queda dicho, buena parte de lo que ocurre en la Argentina actual es producto del consentimiento de la mayoría de las fuerzas políticas, antes que de la acción monocorde de un partido de sesgo autoritario.
Salvando las distancias, las dictaduras del signo que sean siempre cuentan con un amplio espectro de apoyo popular, o no pueden sostenerse. No podemos decir, por lo menos por ahora,  que estemos en una dictadura, sólo es un régimen autoritario de características neofascistas con un grupo de dirigentes que conforman lo que se llama “la mesa chica”· y que junto a la presidente deciden qué leyes deben votarse, a quién debe perseguirse, a quiénes se debe insultar y cuáles jugarán en la primera en los próximos comicios. Existe una clara asociación con aquella máxima de que “el Estado soy yo” atribuida a Luis XIV
El discurso varía según como venga el viento. Y personajes de gran relieve vilipendiados hasta hace pocas semanas, como el Papa, son ahora utilizados en fotografías de campaña. O dirigente que hasta hace poco eran atacados públicamente por la propia presidenta, como el gobernador Scioli, ahora aparece en los actos de campaña junto al candidato elegido por la señora para la provincia de Buenos Aires. Y junto, claro está, a ella misma.
Los recalcitrantes y los fanáticos no notan estos giros. No los consideran. O en todo caso los juzgan irrelevantes. Del mismo modo, los opositores que pretenden el respeto de la ley y de la Constitución, han hecho un ominoso silencio o han apoyado en su mayoría la confiscación de Respol o de los fondos de las AFJP. Muchos de ellos votaron a favor estas verdaderas apropiaciones de activos con argumentos en muchos casos más cómicos que trágicos, sin medir las consecuencias, siquiera fuera, que acarrean estos verdaderos ultrajes a la propiedad privada cuyas consecuencias habremos de pagar durante muchos años.
Así, tenemos hoy un país semi aislado del mundo. Sin inversiones, sin capitales que aporten al crecimiento. Con un inmenso aparato propagandístico y de reparto de dinero impreso que cada vez vale menos porque cada día tiene menos respaldo. Y sin perspectivas de una evolución favorable en ningún aspecto.
Desde el círculo áulico del poder  se “baja línea”, como se dice ahora, con relación a la preservación del “modelo”, o a la necesidad de que tal “modelo” siga durante 50 años, evidenciando una vez más, por si hiciera falta, este autoritarismo casi salvaje de quienes creen a pie juntillas que las idas y venidas en materia económica, financiera, cambiaria y hasta de adhesiones políticas o religiosas,  son en verdad un “modelo”. Pero además, que demuestran la clara falta de convicción democrática que anida en ciertas mentes, que consideran a la aludida alternancia democrática como una demoníaca pretensión de quienes se oponen al éxito.
El eslogan de la “década ganada” contrasta con los indicadores de pobreza y de indigencia que surgen de cálculos no solamente de universidades o instituciones privadas, sino de las propias provincias argentinas.
Los funcionarios más cercanos al gobierno lucen arrabaleros, insultando y manejándose con un teléfono y dicen que hasta con un revólver sobre el escritorio. “Dan órdenes” a empresarios, a financistas, a banqueros. Atacan desde el atril a quienes disienten de su modo de ver, los atacan con insultos y con descalificaciones, no con debate serio y técnico de ideas.
La señora presidenta hace anuncios de aumentos de jubilaciones o de perdón sobre retenciones de impuestos a los aguinaldos que surgen y deben surgir de las leyes, y no de la voluntad omnímoda de una presidenta que sube o baja el pulgar para lograr el “agradecimiento” del pueblo.
La clara intención de mantener “la sartén por el mango”, luce en este tema con toda su desnudez. Si quien “da” es la señora, quien “recibe” se siente agradecido de que la señora le “de”.
El oscurantismo se hace extensivo a toda la soterrada basura de la corrupción. Se acusa a periodistas y a otras personas por mostrar en la televisión lo que todo el mundo puede ver, porque ni siquiera se trata de conjeturas. Las mansiones, los aviones privados, los terrenos en el Calafate y los departamentos en puerto Madero están ahí.
Desde el gobierno se insiste en la “inclusión” de los menos favorecidos, cuando todo se reduce a dádivas y subsidios para millones de personas a lo largo de un montón de años. Dádivas y subsidios que significan, como obvia contrapartida, votos. Pero que además demuestran que el “modelo” no está resolviendo los problemas, ni parecen sus mentores interesados en resolverlas.
Las mentiras en las estadísticas, las mentiras en las respuestas públicas de parte de funcionarios, la negación de la realidad subsumida incluso en la palabra “relato”, están a la vista. Un relato es un cuento, ¿qué duda cabe?
Estamos en una encrucijada que en nuestro modo de ver costará mucho resolver, tal vez un par de generaciones inclusive. Una triste realidad.



HÉCTOR BLAS TRILLO                                                      Buenos Aires,   4 de agosto  de 2013

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