El Ágora
A
pocas horas de un acto eleccionario cuya razón de ser desconoce
la gran mayoría
de la población, nos encontramos ante una sociedad francamente
polarizada entre
oficialistas y opositores.
Una
línea divisoria que se marca más nítidamente en cada acto que
lleva adelante el
oficialismo. Se trate de una acto político de campaña, un
programa de la
televisión adicta, un diario amigo, una radio ídem, o un
discurso proselitista, todo lo que hace el oficialismo
está hecho para
ser escuchado por oídos más o menos recalcitrantes, más o menos
fanáticos. Mentes que se
han cerrado tras un objetivo
único, casi sobrenatural, cuya definición terrenal dista
muchísimo de ser
clara.
Del
lado opositor, se observa un abanico de alternativas ideológicas
que sin
embargo tiene demasiados rasgos comunes con la visión oficial.
Intentar
opinar sobre la realidad es siempre subjetivo y se encuentra,
por eso mismo,
siempre condicionado por aquello que cada uno de nosotros puede
considerar como
importante.
En
nuestro caso, la materia económica absorbe buena parte de tal
subjetividad,
aunque no por eso dejamos de ver o tal vez de intuir que muchas
otras cosas
están ocurriendo de manera tan
persistente como perversa en nuestra comunidad.
En
efecto, los argentinos en general en materia económica han
desarrollado un
sesgo ideológico de características intervencionistas en el que
el Estado tiene
un papel preponderante. También se nota por momentos un
exacerbado nacionalismo
que impide razonar sobre la universalidad de las ideas, de los
criterios y,
especialmente, que limita la capacidad de elección (en un
sentido amplio) de
aquello que es mejor. O que al menos para nosotros lo es. Porque
lo mejor no
tiene color ni nacionalidad.
Si
vemos lo ocurrido con la confiscación de las AFJP o de las
acciones de Repsol,
para citar un par de ejemplos, veremos que la coincidencia de
casi todo el arco
ideológico es notable. Lo mismo ocurre por ejemplo ante leyes
tales como la de
fertilización asistida, que se ha votado masivamente pese a que
los propios
legisladores han manifestado no tener la menor idea de cómo se
habrá de
financiar esta práctica médica, que asume así las
características de universal
y gratuita en las palabras, pero sin financiación cierta en los
hechos.
La
cercanía ideológica en estos campos entre el oficialismo y la
oposición es
realmente notable y contradice claramente en enfrentamiento que
de manera
estudiada lleva adelante la presidenta de la Nación. Y que
incluso intenta
forjar la oposición.
No
existe en la Argentina una defensa unívoca del Estado de
Derecho, ni siquiera
se defienden con la debida firmeza las libertades básicas, y la
Constitución se
viola con reiterada facilidad, sin generar siquiera
presentaciones judiciales,
ni muchísimo menos intervenciones de oficio de parte de fiscales
obligados a
hacerlo, que tampoco son cuestionados por su flagrante omisión .
Y no estamos
hablando únicamente de expresiones políticas opositoras, sino de
la sociedad en
su conjunto.
Intentando
rescatar lo que podemos llamar el rol opositor, siempre
indispensable en una
sociedad que intenta vivir en democracia y en alternancia,
encontramos también una
buena dosis de recalcitrancia y fanatismo. Desde la más rancia
defensa de
regímenes dictatoriales de origen cívico militar hasta las
expresiones racistas
y xenófobas que se entremezclan con la supuesta defensa de los
derechos de los
argentinos. Estos grupos, dan más fuerza a los discursos de
barricada de la
presidenta y también a la intensísima propaganda de los medios
de difusión
estatales y paraestatales.
Es
cierto, normalmente las expresiones más rimbombantes surgen de
los
extremos. El hombre
común se manifiesta
silenciosamente, no ve con buenos ojos las arremetidas contra
todo y contra
todos los que se opongan a algo.
Pero,
como queda dicho, buena parte de lo que ocurre en la Argentina
actual es producto
del consentimiento de la mayoría de las fuerzas políticas, antes
que de la
acción monocorde de un partido de sesgo autoritario.
Salvando
las distancias, las dictaduras del signo que sean siempre
cuentan con un amplio
espectro de apoyo popular, o no pueden sostenerse. No podemos
decir, por lo
menos por ahora, que
estemos en una
dictadura, sólo es un régimen autoritario de características
neofascistas con
un grupo de dirigentes que conforman lo que se llama “la mesa
chica”· y que
junto a la presidente deciden qué leyes deben votarse, a quién
debe perseguirse,
a quiénes se debe insultar y cuáles jugarán en la primera en los
próximos
comicios. Existe una clara asociación con aquella máxima de que
“el Estado soy
yo” atribuida a Luis XIV
El
discurso varía según como venga el viento. Y personajes de gran
relieve
vilipendiados hasta hace pocas semanas, como el Papa, son ahora
utilizados en
fotografías de campaña. O dirigente que hasta hace poco eran
atacados
públicamente por la propia presidenta, como el gobernador
Scioli, ahora aparece
en los actos de campaña junto al candidato elegido por la señora
para la
provincia de Buenos Aires. Y junto, claro está, a ella misma.
Los
recalcitrantes y los fanáticos no notan estos giros. No los
consideran. O en
todo caso los juzgan irrelevantes. Del mismo modo, los
opositores que pretenden
el respeto de la ley y de la Constitución, han hecho un ominoso
silencio o han
apoyado en su mayoría la confiscación de Respol o de los fondos
de las AFJP.
Muchos de ellos votaron a favor estas verdaderas apropiaciones
de activos con
argumentos en muchos casos más cómicos que trágicos, sin medir
las
consecuencias, siquiera fuera, que acarrean estos verdaderos
ultrajes a la
propiedad privada cuyas consecuencias habremos de pagar durante
muchos años.
Así,
tenemos hoy un país semi aislado del mundo. Sin inversiones, sin
capitales que
aporten al crecimiento. Con un inmenso aparato propagandístico y
de reparto de
dinero impreso que cada vez vale menos porque cada día tiene
menos respaldo. Y
sin perspectivas de una evolución favorable en ningún aspecto.
Desde
el círculo áulico del poder se
“baja
línea”, como se dice ahora, con relación a la preservación del
“modelo”, o a la
necesidad de que tal “modelo” siga durante 50 años, evidenciando
una vez más,
por si hiciera falta, este autoritarismo casi salvaje de quienes
creen a pie
juntillas que las idas y venidas en materia económica,
financiera, cambiaria y
hasta de adhesiones políticas o religiosas,
son en verdad un “modelo”. Pero además, que demuestran la
clara falta de
convicción democrática que anida en ciertas mentes, que
consideran a la aludida
alternancia democrática como una demoníaca pretensión de quienes
se oponen al
éxito.
El
eslogan de la “década ganada” contrasta con los indicadores de
pobreza y de
indigencia que surgen de cálculos no solamente de universidades
o instituciones
privadas, sino de las propias provincias argentinas.
Los
funcionarios más cercanos al gobierno lucen arrabaleros,
insultando y
manejándose con un teléfono y dicen que hasta con un revólver
sobre el
escritorio. “Dan órdenes” a empresarios, a financistas, a
banqueros. Atacan
desde el atril a quienes disienten de su modo de ver, los atacan
con insultos y
con descalificaciones, no con debate serio y técnico de ideas.
La
señora presidenta hace anuncios de aumentos de jubilaciones o de
perdón sobre
retenciones de impuestos a los aguinaldos que surgen y deben
surgir de las
leyes, y no de la voluntad omnímoda de una presidenta que sube o
baja el pulgar
para lograr el “agradecimiento” del pueblo.
La
clara intención de mantener “la sartén por el mango”, luce en
este tema con
toda su desnudez. Si quien “da” es la señora, quien “recibe” se
siente
agradecido de que la señora le “de”.
El
oscurantismo se hace extensivo a toda la soterrada basura de la
corrupción. Se
acusa a periodistas y a otras personas por mostrar en la
televisión lo que todo
el mundo puede ver, porque ni siquiera se trata de conjeturas.
Las mansiones,
los aviones privados, los terrenos en el Calafate y los
departamentos en puerto
Madero están ahí.
Desde
el gobierno se insiste en la “inclusión” de los menos
favorecidos, cuando todo
se reduce a dádivas y subsidios para millones de personas a lo
largo de un
montón de años. Dádivas y subsidios que significan, como obvia
contrapartida,
votos. Pero que además demuestran que el “modelo” no está
resolviendo los
problemas, ni parecen sus mentores interesados en resolverlas.
Las
mentiras en las estadísticas, las mentiras en las respuestas
públicas de parte
de funcionarios, la negación de la realidad subsumida incluso en
la palabra “relato”,
están a la vista. Un relato es un cuento, ¿qué duda cabe?
Estamos
en una encrucijada que en nuestro modo de ver costará mucho
resolver, tal vez
un par de generaciones inclusive. Una triste realidad.
HÉCTOR BLAS TRILLO
Buenos Aires, 4
de agosto de 2013
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