El Ágora
Si me preguntan cómo puede
ser que durante todos estos
años en los que desde distintos profesionales vinculados al
sector energético
se ha venido anticipando que entraríamos en una seria crisis, la
verdad es que
no tengo una respuesta.
Tengo sí muy presentes
distintos hechos ocurridos a lo
largo de estos 11 años, que ponían sobre el tapete el problema.
Desde los cortes de
electricidad en industrias e
inclusive en los aeropuertos, donde se
apagaban los equipos de aire para reducir el consumo, hasta los
esfuerzos
gubernamentales para descalificar las advertencias de los ex
secretarios de
energía.
Finalmente, la ilusión se ha
terminado. Dicen los que
saben que las tarifas de
electricidad entre 2001 y hoy subieron, en el área de Capital y
GBA, algo así
como un 68% (incluyendo las industriales), mientras que los
costos de
distribución lo hicieron un 1.108%. No creo que quede mucho más
para analizar.
El desastre ha sido provocado
por un populismo
desenfrenado. Y también, por qué no, con la idea de que los
subsidios podrían
ser aumentados hasta el infinito sin consecuencias.
Hace ya varios años que todos
podemos ver y oír los
avisos de Edesur y de Edenor invitando a los usuarios a que
ahorren energía ¿no
es increíble? Las empresas que venden energía les piden a sus
clientes que usen
la energía. Es como si
cualquiera de
nosotros pusiera una zapatería y en la puerta un cartelito
pidiéndole a la
gente que no compre zapatos.
Hace unos días, la empresa
Edesur publicó una
“solicitada” en la que recordó a la población que estaba
enfrentando la mayor
demanda energética de la historia.
Esto,
para cualquier empresa que intenta vender su producto, sería una
más que
excelente noticia. Pero el sentido del aviso era muy otro. Se
trataba de un anticipo,
un alerta. Una proverbial apertura de paraguas.
¿A qué se debe semejante
absurdo? O mejor todavía: ¿a
qué se debe que semejante absurdo no moviera a la opinión
pública a preguntarse
por qué tamaña contradicción?
Yo tampoco tengo una
respuesta para esta
última pregunta. Excepto tal vez la
de la negación freudiana. Aquello
de no
querer ver y en consecuencia no ver.
En estos momentos, los cortes
de electricidad provocan
la ira de la población. Y los funcionarios responden buscando
culpables ¡Una
vez más!
Se buscan culpables cuando
los saqueos, se buscan
culpables cuando el parque Indoamericano, se buscan culpables
cuando suben los
precios, se buscan culpables cuando se acaba el petróleo y sus
derivados. ¡Se
buscan culpables, no soluciones! NI siquiera se buscan
paliativos. Armar
comités de emergencia, intentar ayudar a los afectados.
Llevarles vituallas
para capear la situación. “Contenerlos”, como se dice ahora.
No. La discurseada oficial es
siempre muy parecida:
hay que encontrar a los culpables, que siempre son los otros. El
increíble
ministro Kicillof llegó a culpar a los usuarios por encender los
aires
acondicionados ¿Hay algo más ridículo? Posiblemente siempre lo
haya.
Porque lo cierto es que los
mismos que llevaron a esta
situación (De Vido, Kicillof, Cameron) están, se supone, al
frente de la
búsqueda de soluciones.
¡Pero es que ellos fueron los
que hicieron que el país
en 12 años virtualmente no haya tenido inversiones en la
distribución de
energía eléctrica!
Un detalle no menor es que el problema fundamental
en materia de
distribución de energía, lo tenemos en Buenos Aires y
alrededores. Si bien hay
problemas, no son de la
misma
magnitud en términos
generales en el
Interior del país. Se sabe que en varias provincias el consumo
de electricidad
tiene tarifas varias veces superiores a las de la región
capitalina.
Naturalmente que uno debe preguntarse por qué en
el Interior sí se ajustan
las tarifas y en la región metropolitana no. Y no dejar de
observar que lo
mismo ocurre con el transporte público de pasajeros. Si bien
acaba de conocerse
un ajuste del orden del 66% en el precio del boleto, lo cierto
es que ha tenido
y seguirá teniendo un valor muy rezagado respecto de lo que
cuesta en Córdoba o
en Rosario, por citar ejemplos.
Desde la abolición del federalismo con la reforma
constitucional de 1994,
la Ciudad de Buenos Aires y sus alrededores pasaron a ser sin
ninguna duda el
territorio a conquistar electoralmente.
Extraigo lo que sigue de una nota publicada en el
día de hoy por el
periodista Francisco
Olivera en el
diario La Nación: “Moreno (Guillermo, el ex secretario de
comercio) podría
recordar, por ejemplo, el día de noviembre de 2007 en que llamó
a Endesa,
controlante de Edesur, para
ordenar que
Ernesto Badaracco, adjunto a la dirección del grupo, declinara
la presentación
en el Coloquio de IDEA, en Mar del Plata, un trabajo del ITBA
(Instituto
Técnico de Buenos Aires) sobre la situación energética. Endesa
no sólo cumplió,
sino que lo explicó a los medios en un comunicado redactado en
las oficinas del
Gobierno. El informe fue presentado igual. El ITBA aconsejó
aplicar precios
competitivos, y el profesor Jorge Tersoglio, reemplazante de
Badaracco en el
panel, (reclamaba) poner
orden en la
oferta y la demanda”.
Desde el ya lejano 2007 que recuerda Olivera, han
pasado 6 años. Con una
inflación promedio del 25% aproximadamente y sin que se hubieran
retocado las
tarifas, salvo aquel casi delirante intento de quitar subsidios
“por barrios”
según el poder adquisitivo, o el “renunciamiento”, de parte de
quienes
quisieran hacerlo, de tales subsidios; hecho acaecido a fines de
2011 y que iba
a continuar con notas enviadas a los usuarios para que
transmitieran una serie
de datos privados y manifestaran su voluntad de seguir o no
subsidiados,
poniéndose de tal modo a merced de investigaciones o, tal vez, a
la
consideración de los funcionarios que tuvieran acceso a esa
información
privada.
A esto habría que agregar que ya en el año 2003,
el entonces vicepresidente
Scioli dijo públicamente que era necesario ir ajustando las
tarifas de los
servicios para evitar un desfasaje que redundaría en problemas
mucho mayores.
Eso le sirvió para que el entonces presidente Kirchner lo
confinara al
ostracismo, desplazando incluso a la gente de Scioli en el área
de Turismo, que
venía de la gestión anterior y que tenía como base el
conocimiento del propio
vicepresidente por su anterior paso por la motonáutica.
Hoy por hoy el clamor es el de que todo se arregle
lo antes posible. La
angustia es generalizada. Lo que están afectados por los cortes,
sufren. Y los
que no están afectados, también sufren pensando que en cualquier
momento les
toca a ellos.
La gente reacciona como puede. Cortar calles se ha
convertido en el método
de protesta aún para quienes reclaman todos los días para que
las autoridades
hagan algo e impidan tales cortes. La
ilegalidad se ha enseñoreado prácticamente en todos los órdenes,
desde las
Saladitas hasta los cortes de calles, desde la usurpación de
propiedades
públicas o privadas, hasta la presencia de gente enmascarada y
con machetes en
manifestaciones.
Ver la fotografía del ministro De Vido y el jefe
de gabinete Capitanich
inaugurando un centro de atención de reclamos telefónicos por
falta de luz es
una broma de mal gusto. Un cuadro de una película de Fellini.
Estos funcionarios
se han pasado los últimos días contestando a las críticas
periodísticas en
lugar de atender o hacer atender a los damnificados. Acá hay una emergencia que
va más allá
incluso del discurso político, de la búsqueda de culpables, de
los reproches al
periodismo. Acá hay que ayudar a los que sufren, señores. Hay
que ocuparse de
eso y no de salir en televisión levantando el dedo acusador y
amenazando con
“estatizaciones” que no harán otra cosa que cambiar apenas el formato, dado que
las empresas
nombradas tienen en su directorio a funcionarios del Estado que
han aprobado su
gestión todos estos años.
Si el ex secretario Moreno se hubiera preocupado
por acercar propuestas de
solución en el año 2007, tal vez algo se habría hecho. Pero no,
tal como ahora
estos funcionarios, estaba más preocupado en que no se
difundiera el informe
del ITBA, que dicho sea de
paso es una
de las instituciones más serias de América toda.
Finalmente, como no podía ser de otra manera se
han echado las culpas a las
empresas, que es lo mismo que ha ocurrido con YPF, con Aguas
Argentinas, con
las empresas de telefonía celular, con los concesionarios del
sistema
ferroviario. El camino de echar culpas ha tenido un cierto eco
en la población
y por lo tanto, como es lógico, es utilizado por la política
como válvula de escape.
Pero la realidad es muy obcecada y no se resuelve
tan simplemente. Durante
muchos años las empresas de servicios públicos en manos del
Estado hicieron
inviable la prestación de tales servicios. Desde el agua hasta
el gas, desde la
luz hasta la telefonía. La
gente más
joven tal vez lo ignora, porque además en las escuelas se le
oculta bastante la
historia reciente, no sé bien por qué motivo, pero lo imagino. Precisamente las
concesiones sirvieron para
que llegaran inversiones y se diera un giro de 180 grados en
materia
tecnológica. Sin llegar a decir de mi parte que lo que se hizo
fuera
maravilloso y sin errores o trapisondas, lo cierto es que en mi
modo de ver a
fines de los 80 era imposible mantener aquellas empresas
públicas si el nuevo
gobierno pretendía cumplir su mandato. Mientras duró la
estabilidad monetaria
la cosa funcionó, con algunos problemas, claro está. Pero
funcionó, a tal punto
que, en materia de energía eléctrica,
dejaron de usarse elevadores y estabilizadores de
voltaje, la luz llegaba
a los hogares con los 220 voltios
regulares, y se terminó el cableado cruzado entre medidores, los
cortes
programados, las subas y bajas de tensión y los ruidos y
humaredas de cientos de
generadores en el centro de Buenos Aires. En poco más de dos
años, se habían
superado todos los problemas que derivaban de años de desidia
estatal en la
cuestión. Cuando se rompió la estabilidad económica, los
contratos de concesión
quedaron suspendidos y así están todavía ahora, 11 o 12 años
después. Cuesta
entender que alguien pudiera esperar otra cosa. Y cuesta
entender que no se
hubiera hecho nada en serio para corregir el problema.
Quiero ser muy claro: en esta querida Argentina
hubo que concesionar (no “privatizar”
como suele decirse de manera incorrecta y en muchos casos
adrede) todo aquello
que en los años 40 había sido estatizado. Eso mismo que ahora se
pretende
volver a estatizar para solucionar el problema. Y lo más
extraordinario es que
en todos los casos estos cambios fueron llevados adelante por el
peronismo.
Ahora la suerte está echada. Sólo cabe rezar para
que llueva y baje la
temperatura. Y luego
rezar para que no
vuelva a subir. Y
finalmente ver cómo
sigue la película con la triste historia de pretender que se
paguen tarifas
ridículas por un servicio costoso y que, como es lógico,
requiere constantes
renovaciones y mejoras.
El título que le di a este comentario me surgió
como una consecuencia de
una situación general que considero dramática. “Hágase la luz”,
como sabemos,
es una expresión de origen religioso, atribuida a Dios cuando
sacó al mundo de
las tinieblas. Y yo pensé que esa expresión es aplicable a todos
nosotros, y no
solamente en el hecho físico de tener
lámparas que alumbren nuestras noches, sino que también
se iluminen
nuestras ideas, nuestra inteligencia, nuestra observación de la
realidad por
encima de los discursos y de las críticas, de unos y de otros.
De todos. Hágase
la luz, pues.
HÉCTOR
BLAS TRILLO
Buenos Aires, 28
de diciembre de 2013
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