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sábado, 15 de marzo de 2014

UN FINAL MUY TRISTE 14/12/13

El Ágora
UN FINAL MUY TRISTE

                
     Lo ocurrido a lo largo de esta semana que concluye ha sido de una  gravedad inusitada. Desde los acuartelamientos policiales hasta los robos a comercios y casas particulares. Desde las increíbles declaraciones del jefe de gabinete hasta los “tuits” del viernes a cargo de la mismísima presidenta de la Nación. Desde el acto por los 30 años de democracia al mismo tiempo que se desplegaba la barbarie en distintos puntos del país, hasta los insólitos incrementos de haberes a policías que no tienen otra explicación que el miedo.
     Al comienzo, la actitud asumida por el gobierno Nacional en el caso de Córdoba, demostró una irresponsabilidad y una desidia increíbles. Y esto va mucho más allá de las culpas del gobernador cordobés, que seguramente las tiene. Claramente Cristina Fernández  decidió, como otrora lo hizo con la Ciudad de Buenos Aires con el jefe de gobierno Mauricio Macri, dejar que De la Sota “se cocine en su salsa” sin tomar nota de que una provincia argentina había quedado en manos de vándalos y ladrones de toda laya.
     Los festejos por el aniversario del retorno a la democracia fueron, una vez más, un acto faccioso, surrealista, felliniano. Las risas y los cánticos fueron acompañados por bailes, que incluyeron a la propia presidenta, mientras algunos de los artistas participantes hacían declaraciones oprobiosas hacia un sector de la  oposición que había bregado para que la fiesta se suspendiera. El conocido músico León Gieco despotricó de manera soez contra los opositores;  olvidando, justamente en el festejo de la democracia, que ésta es la que comprende todas las opiniones, y las respeta. A lo sumo las discute, en lugar de agraviar.  Mientras tanto, veíamos en la televisión los saqueos en Tucumán. Y recibíamos las noticias sobre muertos y heridos. Verdaderas barricadas armadas por vecinos para protegerse de los ladrones, en medio del humo y el fuego, con corridas, gente herida y demás, podían verse en la pantalla. Y por momentos, aparecía la señora presidenta bailando y cantando de manera francamente incomprensible. Porque ni aún la celebración de la democracia en condiciones normales hubiera dado para ese tipo de despliegue. Casi parecía una puesta en escena premeditada, a sabiendas de que en otros lugares del país, muchos compatriotas sufrían las consecuencias del vandalismo, el robo y el crimen.
Y si se quiere un rasgo de llamativa orfandad lo constituyó el comentario vertido por la presidenta respecto de los medios de comunicación.  La señora de Kirchner hizo alusión a lo que llamó “pantalla dividida” aludiendo a que seguramente “algún canal”  mostraría en una parte de la pantalla el acto en la Plaza de Mayo, y en la otra los saqueos. La preocupación de esta mujer por lo que se muestra en los medios de difusión es verdaderamente sintomática. Y probablemente sirva para comprender cabalmente el porqué de su claro intento de dominar la prensa en su totalidad.
Cualquier observador más o menos neutral, cualquiera de nosotros preocupado por lo que estaba pasando, lo último que pensaría sería en qué cosa muestran en la televisión. Pero para la señora eso era lo primero que le preocupaba. La mención a “algún canal” claramente alude a TN, que en verdad más que alguno es el único que diverge del pensamiento oficial.
Uno no puede menos que preocuparse ante este tipo de obsesiones que abandonan a la buena de Dios a la población de varias ciudades al tiempo que se preocupa por lo que está mostrando la pantalla de un medio díscolo. Y no sólo abandona, sino que se divierte y se ríe, canta y baila en una puesta en escena lamentable. Porque era obvio que su preocupación estaba en otro lado. Y además, necesitaba decir lo que dijo.
Lo alarmante en todo esto es la falta de comprensión, la disociación de la realidad. Esta especie de ensimismamiento que termina convenciendo al gobierno que aquello que no se muestra, simplemente no ocurre. Y si ocurre, no es problema del gobierno.
A eso se suma el eterno intento de buscar culpables en conspiradores, golpistas y “destituyentes”. 
Que la policía obró de manera absolutamente impropia e irresponsable es obvio y merecería un castigo, y no un premio. Sin embargo, se la premia con aumentos de sueldos insólitos al tiempo que se la acusa de atentar contra la estabilidad institucional ¿Cómo se entiende?
No soy sociólogo como para intentar penetrar en las causas de semejante grado de desborde social como el producido.  Observo con gran preocupación, como seguramente la gran mayoría de la población, que la violencia y el vandalismo están instalados en prácticamente todos los rincones del país. Por la razón que sea y en cualquier momento aparecen grupos de personas que cortan calles, rutas, puentes o salidas de camiones. Lo que sea.  O se dedican a destrozar y robar todo lo que encuentran a su alcance aprovechando que la policía no está o que mira para otro lado. Como ha ocurrido muchas veces.
Porque ya que estamos digamos que acá no se trata de que esta vez la policía tucumana o cordobesa liberó la zona, sino que desde los recordados saqueos de otros tiempos veíamos por la televisión a las víctimas llorando sin que nadie hiciera nada por defenderlos. Y la policía no estaba acuartelada ni nada que se le parezca.
Hay unas cuantas cosas que son obvias en todo este decadente panorama. Hace ya muchos años que varios millones de personas  viven de la caridad pública y no existen perspectivas de que esto vaya a cambiar.  También hace largo rato que los delincuentes en la Argentina no son sometidos al rigor de la ley y zafan de las condenas aplicables por diversos motivos.  A su vez hace también muchos años que se protege a los llamados “barrabravas”, que son utilizados en menesteres mafiosos y responden a punteros políticos.  Hace también demasiado tiempo que los cortes de rutas, calles, avenidas y hasta puentes internacionales son consentidos cuando no azuzados por el poder político, incluido el presidente de la Nación, como el recordado caso de Gualeguaychú.
Los escolares que destrozan una iglesia son protegidos por sus padres para no quedar libres de sus cursos.  Los sindicalistas que impiden la salida de los diarios, o que violentan la cobranza de peaje o de ingreso al subterráneo no reciben sanción alguna.  Los saqueadores son observados como un fenómeno social y exculpados “si roban comida”.
Las escuelas intentan “contener” a los alumnos liberándoles el progreso en los cursos a pesar de no asistir a clases o ser éstas absolutamente deficientes. A esto hay que agregar que los “planes oficiales” de estudios ocultan la verdad histórica y se “oficializan” de manera panfletaria. Con lo cual los jóvenes no saben comprender textos, no están en condiciones de discernir y se fanatizan ante las consignas más abstrusas e indemostrables.
Las cárceles son un desastre. Los presos se escapan una y otra vez con el supuesto consentimiento de los guardias.  No existen planes serios de recuperación de los delincuentes, que sufren malos tratos y vejámenes durante el encierro, de tal modo que cuando vuelven a la vida en libertad están en peores condiciones que cuando fueron privados de ella.
Y ni qué decir de los institutos de menores, que al menos hasta donde se sabe no están en condiciones mínimas de albergar a jóvenes delincuentes para formarlos, educarlos y darles un rol en la vida. Más bien todo lo contrario.
El panorama es desolador. No existen principios de autoridad. Aquellos que deben mandar y ordenar, son maltratados por la gente. Desde policías hasta guardias de ferrocarril. Desde maestros hasta cuidadores de plazas.
Sin embargo, la decadencia puede y debe revertirse. Muchos jóvenes asisten a colegios en los que se inculcan valores. Y no hablo de valores religiosos especialmente. Sino cosas más simples y directas. Respetar las normas, cuidar el agua, no arrojar basura a la vía pública. Lo que sea.
Tomar el toro por las astas puede ser dificultoso pero no es imposible.
Terminar de un plumazo con el “barrabravismo” es posible. Otros países lo han hecho.  Hacer que los delincuentes paguen sus culpas y sean internados en institutos en los que prive la educación  y el esfuerzo puede parecer un sueño, pero no hace muchos años era una realidad y puede y debe volver a serlo.
Observaba yo lo ocurrido con la hinchada de Boca en el Obelisco diría que sin asombro.  La movilización había sido convocada por las redes sociales.  Nadie intentó impedirlo. Nadie hizo nada.
Ahora estamos todos asustados por lo que pueda pasar el próximo 20 del corriente. Tenemos motivos de sobra para estarlo.
El final es muy triste. Y todos somos responsables de lo que nos pasa. Por acción o por omisión.
Depende de todos nosotros, como sociedad, poder revertir esta situación. Llegar a un acuerdo interpartidario, que convoque a todas las fuerzas y que trace lineamientos básicos que deberán ser cumplidos en cualquier circunstancia. Esto es posible. Solamente hace falta un poco de grandeza,
Siempre es posible al menos cambiar la tendencia.

     




HÉCTOR BLAS TRILLO                                                      Buenos Aires,   14 de diciembre de 2013

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