El Ágora
Lo
ocurrido a lo largo de esta
semana que concluye ha sido de una
gravedad inusitada. Desde los acuartelamientos policiales
hasta los
robos a comercios y casas particulares. Desde las increíbles
declaraciones del
jefe de gabinete hasta los “tuits” del viernes a cargo de la
mismísima
presidenta de la Nación. Desde el acto por los 30 años de
democracia al mismo
tiempo que se desplegaba la barbarie en distintos puntos del
país, hasta los
insólitos incrementos de haberes a policías que no tienen otra
explicación que
el miedo.
Al
comienzo, la actitud asumida
por el gobierno Nacional en el caso de Córdoba, demostró una
irresponsabilidad
y una desidia increíbles. Y esto va mucho más allá de las culpas
del gobernador
cordobés, que seguramente las tiene. Claramente Cristina
Fernández decidió, como
otrora lo hizo con la Ciudad de
Buenos Aires con el jefe de gobierno Mauricio Macri, dejar que
De la Sota “se
cocine en su salsa” sin tomar nota de que una provincia
argentina había quedado
en manos de vándalos y ladrones de toda laya.
Los
festejos por el aniversario
del retorno a la democracia fueron, una vez más, un acto
faccioso, surrealista,
felliniano. Las risas y los cánticos fueron acompañados por
bailes, que
incluyeron a la propia presidenta, mientras algunos de los
artistas
participantes hacían declaraciones oprobiosas hacia un sector de
la oposición que había
bregado para que la fiesta
se suspendiera. El conocido músico León Gieco despotricó de
manera soez contra
los opositores; olvidando,
justamente en
el festejo de la democracia, que ésta es la que comprende todas
las opiniones,
y las respeta. A lo sumo las discute, en lugar de agraviar. Mientras tanto, veíamos en
la televisión los
saqueos en Tucumán. Y recibíamos las noticias sobre muertos y
heridos.
Verdaderas barricadas armadas por vecinos para protegerse de los
ladrones, en
medio del humo y el fuego, con corridas, gente herida y demás,
podían verse en
la pantalla. Y por momentos, aparecía la señora presidenta
bailando y cantando
de manera francamente incomprensible. Porque ni aún la
celebración de la
democracia en condiciones normales hubiera dado para ese tipo de
despliegue.
Casi parecía una puesta en escena premeditada, a sabiendas de
que en otros
lugares del país, muchos compatriotas sufrían las consecuencias
del vandalismo,
el robo y el crimen.
Y si se quiere un rasgo de llamativa orfandad lo
constituyó el comentario
vertido por la presidenta respecto de los medios de
comunicación. La señora
de Kirchner hizo alusión a lo que
llamó “pantalla dividida” aludiendo a que seguramente “algún
canal” mostraría en una
parte de la pantalla el acto
en la Plaza de Mayo, y en la otra los saqueos. La preocupación
de esta mujer
por lo que se muestra en los medios de difusión es
verdaderamente sintomática.
Y probablemente sirva para comprender cabalmente el porqué de su
claro intento
de dominar la prensa en su totalidad.
Cualquier observador más o menos neutral,
cualquiera de nosotros preocupado
por lo que estaba pasando, lo último que pensaría sería en qué
cosa muestran en
la televisión. Pero para la señora eso
era lo primero que le preocupaba. La mención a “algún
canal” claramente
alude a TN, que en verdad más que alguno es el único que diverge
del pensamiento
oficial.
Uno no puede menos que preocuparse ante este tipo
de obsesiones que
abandonan a la buena de Dios a la población de varias ciudades
al tiempo que se
preocupa por lo que está mostrando la pantalla de un medio
díscolo. Y no sólo
abandona, sino que se divierte y se ríe, canta y baila en una
puesta en escena
lamentable. Porque era obvio que su preocupación estaba en otro
lado. Y además,
necesitaba decir lo que dijo.
Lo alarmante en todo esto es la falta de
comprensión, la disociación de la
realidad. Esta especie de ensimismamiento que termina
convenciendo al gobierno
que aquello que no se muestra, simplemente no ocurre. Y si
ocurre, no es
problema del gobierno.
A eso se suma el eterno intento de buscar
culpables en conspiradores,
golpistas y “destituyentes”.
Que la policía obró de manera absolutamente
impropia e irresponsable es
obvio y merecería un castigo, y no un premio. Sin embargo, se la
premia con
aumentos de sueldos insólitos al tiempo que se la acusa de
atentar contra la
estabilidad institucional ¿Cómo se entiende?
No soy sociólogo como para intentar penetrar en
las causas de semejante
grado de desborde social como el producido.
Observo con gran preocupación, como seguramente la gran
mayoría de la
población, que la violencia y el vandalismo están instalados en
prácticamente
todos los rincones del país. Por la razón que sea y en cualquier
momento
aparecen grupos de personas que cortan calles, rutas, puentes o
salidas de
camiones. Lo que sea. O
se dedican a
destrozar y robar todo lo que encuentran a su alcance
aprovechando que la
policía no está o que mira para otro lado. Como ha ocurrido
muchas veces.
Porque ya que estamos digamos que acá no se trata
de que esta vez la
policía tucumana o cordobesa liberó la zona, sino que desde los
recordados saqueos
de otros tiempos veíamos por la televisión a las víctimas
llorando sin que nadie
hiciera nada por defenderlos.
Y la policía no estaba acuartelada ni nada que se le parezca.
Hay unas cuantas cosas que son obvias en todo este
decadente panorama. Hace
ya muchos años que varios millones de personas
viven de la caridad pública y no existen perspectivas de
que esto vaya a
cambiar. También hace
largo rato que los
delincuentes en la Argentina no son sometidos al rigor de la ley
y zafan de las
condenas aplicables por diversos motivos.
A su vez hace también muchos años que se protege a los
llamados
“barrabravas”, que son utilizados en menesteres mafiosos y
responden a punteros
políticos. Hace también
demasiado tiempo
que los cortes de rutas, calles, avenidas y hasta puentes
internacionales son
consentidos cuando no azuzados por el poder político, incluido
el presidente de
la Nación, como el recordado caso de Gualeguaychú.
Los escolares que destrozan una iglesia son
protegidos por sus padres para
no quedar libres de sus cursos.
Los
sindicalistas que impiden la salida de los diarios, o que
violentan la cobranza
de peaje o de ingreso al subterráneo no reciben sanción alguna. Los saqueadores son
observados como un
fenómeno social y exculpados “si roban comida”.
Las escuelas intentan “contener” a los alumnos
liberándoles el progreso en
los cursos a pesar de no asistir a clases o ser éstas
absolutamente
deficientes. A esto hay que agregar que los “planes oficiales”
de estudios
ocultan la verdad histórica y se “oficializan” de manera
panfletaria. Con lo
cual los jóvenes no saben comprender textos, no están en
condiciones de
discernir y se fanatizan ante las consignas más abstrusas e
indemostrables.
Las cárceles son un desastre. Los presos se
escapan una y otra vez con el
supuesto consentimiento de los guardias.
No existen planes serios de recuperación de los
delincuentes, que sufren
malos tratos y vejámenes durante el encierro, de tal modo que
cuando vuelven a
la vida en libertad están en peores condiciones que cuando
fueron privados de
ella.
Y ni qué decir de los institutos de menores, que
al menos hasta donde se
sabe no están en condiciones mínimas de albergar a jóvenes
delincuentes para
formarlos, educarlos y darles un rol en la vida. Más bien todo
lo contrario.
El panorama es desolador. No existen principios de
autoridad. Aquellos que
deben mandar y ordenar, son maltratados por la gente. Desde
policías hasta
guardias de ferrocarril. Desde maestros hasta cuidadores de
plazas.
Sin embargo, la decadencia puede y debe
revertirse. Muchos jóvenes asisten
a colegios en los que se inculcan valores. Y no hablo de valores
religiosos
especialmente. Sino cosas más simples y directas. Respetar las
normas, cuidar
el agua, no arrojar basura a la vía pública. Lo que sea.
Tomar el toro por las astas puede ser dificultoso
pero no es imposible.
Terminar de un plumazo con el “barrabravismo” es
posible. Otros países lo
han hecho. Hacer que los
delincuentes
paguen sus culpas y sean internados en institutos en los que
prive la educación y el
esfuerzo puede parecer un sueño, pero no
hace muchos años era una realidad y puede y debe volver a serlo.
Observaba yo lo ocurrido con la hinchada de Boca
en el Obelisco diría que
sin asombro. La
movilización había sido
convocada por las redes sociales.
Nadie
intentó impedirlo. Nadie hizo nada.
Ahora estamos todos asustados por lo que pueda
pasar el próximo 20 del
corriente. Tenemos motivos de sobra para estarlo.
El final es muy triste. Y todos somos responsables
de lo que nos pasa. Por acción
o por omisión.
Depende de todos nosotros, como sociedad, poder
revertir esta situación.
Llegar a un acuerdo interpartidario, que convoque a todas las
fuerzas y que trace
lineamientos básicos que deberán ser cumplidos en cualquier
circunstancia. Esto
es posible. Solamente hace falta un poco de grandeza,
Siempre es posible al menos cambiar la tendencia.
HÉCTOR
BLAS TRILLO
Buenos
Aires, 14 de diciembre
de 2013
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