Segunda Opinión
La frase que como pregunta da título a este comentario, es atribuida a Bill
Clinton y pronunciada en el año 1992, en oportunidad de su puja por llegar a la
presidencia de los EEUU.
En verdad, fue acuñada por su estratega de campaña, James Carville, que la
colocó en un cartel en su oficina. Junto a ella, había otras dos frases, una
haciendo referencia al sistema de salud, y la otra era “cambio versus más de lo
mismo”.
No avanzaremos aquí sobre la cuestión de la salud porque no es el asunto
que nos mueve para este comentario, referido esencialmente a la cuestión
económica. Sí lo haremos sobre los otros dos.
Si observamos lo que viene ocurriendo en este tiempo en materia económica,
todos más o menos podemos estar de acuerdo en que tenemos algunos problemas
bien concretos. A saber:
- Alta tasa de inflación y
creciente.
- Evidente escasez de dólares
- Recesión creciente
- Baja de los precios de las
commodities
- Falta de inversión externa
- Escasez de energía
- Deterioro marcado del sector
automotor
- Ídem del inmobiliario
- Creciente conflictividad social
por cuestiones laborales
- Dificultades para la
importación de insumos esenciales.
- Aumento considerable del
déficit fiscal
- Cepo cambiario
Y podríamos seguir enumerando problemas. Prácticamente no hay un sector en
la economía que esté funcionando aceitadamente y sin inconvenientes. Se
dificultan importaciones, se prohíben exportaciones, se persigue a quienes se
resisten a vender.
El panorama decididamente no es bueno. A lo enumerado se suma también la
cuestión financiera, la operatoria con moneda extranjera en el mercado de
títulos y acciones, los cambios en el Banco Central y un largo etcétera.
Y también son de gran relevancia otras cuestiones, como el caso de los
llamados fondos “buitre” y la
complicación que significa el denominado “default selectivo”.
Vistas así las cosas, estamos en problemas y son serios. El aumento del
gasto público es tomado por las autoridades como la forma de incentivar el
consumo, pero al mismo tiempo existe una marcada resistencia a reabrir
paritarias y se busca detener la disparada del tipo de cambio con el objeto no
tan oculto de frenar la escalada inflacionaria.
¿Todo esto es inevitable y se corresponde con un escenario negativo? No
necesariamente.
Las dificultades que estamos atravesando podrían morigerarse
ostensiblemente si el enfoque político de la cuestión fuera otro.
El permanente ataque a sectores económicos, las teorías conspirativas, la
ley de abastecimiento, el control policial como política cambiaria y la falta
de entendimiento con los holdouts son problemas reales y concretos que derivan
de una concepción política.
La visión del equipo económico sobre el papel de la emisión de moneda es
realmente incomprensible. Para el ministro Kicillof la emisión espuria no es
inflacionaria y para justificar su postura ha declarado públicamente que los
EEUU también han emitido muchísima moneda en los últimos años sin que
necesariamente se acelerara de dramáticamente la inflación norteamericana.
El detalle de la confianza que el público deposita en una moneda
determinada es, para el joven ministro, algo inexistente. La llamada velocidad
de circulación también.
Es decir que quien tiene hoy las riendas de la economía en la Argentina ha
confundido de manera flagrante el rol que cumple la emisión de moneda y por lo
tanto la posibilidad de corrección del problema es nula. Y el agravamiento es
una obvia consecuencia.
Mientras la presidenta deposita más y más poder en su ministro, pontifica
en sus discursos semanales culpando a empresarios, a banqueros, a productores
agropecuarios, al sistema financiero internacional y, en el redondeo trágico de
una realidad que le es esquiva: a los periodistas.
Hace un par de semanas la presidenta la emprendió contra los programas
matinales de las radios y dio a conocer una suerte de estadística sobre
noticias económicas y políticas, separándolas en buenas y malas. Un equipo de
funcionarios se ha dedicado, evidentemente, a escuchar las radios todas las
mañanas para establecer cuántas noticias buenas y cuántas malas se dan a
conocer en cada medio. Así, la presidenta informó que el 79% de las noticias
dadas por algunas radios eran malas. Y
agregó una frase realmente notable. Dijo que Radio Nacional tenía un promedio
positivo, porque lo único que faltaba era que tal emisora tuviera “mala onda”.
Este enfoque y este comentario final es lapidario: la señora cree que no es
que abunden las noticias malas o las buenas, sino la intención de las radios de
volcar la balanza para un lado o para el otro según tengan buena o mala onda. De tal manera, unas y otras estarían
informando de manera indebida, y no solamente las que tendrían “mala onda”.
Se entiende así que la Dra. Kirchner tenga a un ministro de economía que
vive culpando a todo el mundo (literalmente) de las fallas de la economía
nacional y que cada vez le otorgue más poder para intentar cambiar el rumbo
mediante la policía cambiaria, el desguace forzado de medios periodísticos
díscolos y en suma una ley destinada a meterse en las empresas a ver qué hacen,
cómo, cuándo y por qué. Más de lo mismo, en dosis superlativas, esperando un
resultado diferente.
Las acusaciones a los sojeros por no vender su cosecha pasan por el mismo
enfoque. No es que no conviene vender la soja para recibir poco más de 5 pesos
por dólar y en el mejor de los casos colocarlo en plazo fijo a una tasa anual
del 23% con una inflación del 40%. No. Es por “mala onda” que lo hacen, de puro
“destituyentes” que son y por eso “acaparan” su producción.
Podemos dar más ejemplos: no es que hay problemas en el mercado automotor
con los insumos que deben adquirirse con cuentagotas porque el Banco Central
retiene los dólares y obliga a las empresas a conseguirlos de otro modo. No. Es
que no quieren vender los autos porque así perjudican al “modelo”, y por lo
tanto, también les cabe el mote de “destituyentes”.
No es que las empresas recurren al “contado con liquidación” para hacerse
de dólares o incluso para ingresar dólares al mercado local a un precio cercano
al dólar libre en lugar de hacerlo a $ 8,50. No. Es que están en connivencia
con Eduardo Duhalde y pretenden dar un golpe de
mercado contra el dólar.
Entonces, que existen problemas económicos y que son dramáticos es cierto.
Pero la verdad es que lo que tenemos antes que nada es una visión política
sesgada, absolutamente irracional, buscadora de culpables y en buena medida
paranoica.
Prácticamente todos los días tenemos una nueva teoría conspirativa
anunciada por el jefe de gabinete. O por
la señora en sus discursos. O por el ministro de economía.
Así las cosas, sólo podemos concluir que estamos ante un error político. No
tenemos un equipo económico serio. Estamos peleados con todo el mundo y
seguimos peleándonos. Y finalmente sufrimos las consecuencias, incluso, de no
acatar los fallos de la justicia norteamericana.
Por lo tanto, a nuestra pregunta inicial respondemos: no, no es la
economía. Es la política la que claramente está echando leña al fuego, no
resuelve los problemas y encima los agrava.
Es evidente que el gobierno desconecta absolutamente lo que hace de los
resultados que produce. Ninguna de las
medidas tomadas a lo largo de estos años ha sido revisada o considerada
inapropiada. No. Siempre ha sido la realidad la que, caramba, no ha querido
adaptarse a la medida.
El absurdo es elocuente. Entonces, con el mayor de los respetos podemos
afirmar en esta instancia que no es la economía, sino la política; estúpido.
HÉCTOR
BLAS TRILLO
Buenos Aires, 13 de octubre de 2014
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