El Ágora
ECONOMÍA: MÁS Y MÁS
INTERVENCIONISMO
El socialismo y el intervencionismo. Ambos tienen
en común el objetivo de subordinar incondicionalmente el individuo al Estado.
(Ludwig Von Mises)
El actual gobierno
ha apostado desde sus albores a diversos grados de intervencionismo en la
economía, con la aparente intención de corregir las injusticias que
supuestamente produce el mercado en su funcionamiento libre.
Hemos manifestado
en otras oportunidades, y lo hacemos una vez más ahora, que el intervencionismo
como tal no resuelve los problemas sino que los agrava. Ello es así porque
cualquier intervención implica una transferencia de ingresos de un sector a
otro. El aliento de alguna actividad es el desaliento de alguna otra. Y porque
esencialmente produce distorsiones al alterar el equilibrio que rige la
actividad económica en su conjunto.
Durante la
presidencia de Néstor Kirchner , su ministro Roberto Lavagna se cansó de
repetir a los cuatro vientos que era necesario disciplinar a los distintos actores de la economía. En aquellos
años se recurría a inflar el tipo de cambio sosteniéndolo con emisión de
moneda, a llevar adelante acuerdos de precios que en realidad eran
imposiciones, y a aplicar impuestos
crecientes a las exportaciones para de ese modo regular los precios en el
mercado interno. Afirmar que es preciso imponer “disciplina” es un grotesco.
Nadie es “indisciplinado” por vender las cosas al precio que se las pagan, y no
es función de un ministro de un gobierno democrático aplicar sanciones disciplinarias
al pueblo. Sin embargo, este tipo de afirmaciones han sido tomadas siempre con
total ligereza incluso por toda la dirigencia. No estamos en un cuartel o en un
internado.
Todos habremos de
tener presente que el control del mercado de carnes derivó en cierres de
exportaciones, lo que a su vez derivó en cierres de frigoríficos, lo que a su
vez derivó en una baja del stock ganadero, lo que a su vez derivó en el
encarecimiento del precio en el mostrador y en la desocupación de miles de
personas que trabajaban en los muchos frigoríficos exportadores que debieron
cerrar sus puertas. Algo parecido ha ocurrido en el mercado de lácteos y
también en el triguero. Ni qué hablar lo ocurrido en el sector energético,
donde los congelamientos de tarifas de combustibles llevaron al cierre de miles
de estaciones de servicio.
Lo ocurrido con el
mercado inmobiliario o con el automotor, por citar más ejemplos, es bien claro.
El cepo cambiario derivó en una caída absoluta de las operaciones
inmobiliarias, por el fallido intento de exigirle a la gente que opere en
pesos. En el mercado automotor, dejando de lado la influencia de otros mercados
como el brasileño, el retraso cambiario produjo un boom en la operatoria con
autos denominados de alta gama, lo
cual llevó a crear un absurdo impuesto diferencial y finalmente a la crisis del sector,
especialmente luego de la devaluación de enero pasado.
Analicemos
brevemente el criterio intervencionista: cuando se pretende que un precio de
cualquier producto debe ser más bajo que lo que fija el mercado, lo que ocurre
es que el producto en cuestión tiende a agotarse; y también se generan las
condiciones para que aparezca un mercado negro.
Podemos citar innúmeros ejemplos, pero nos centraremos sólo en dos: el
dólar y la energía. El dólar tiene un precio oficial ridículamente bajo y como
tal produce el mercado negro (ahora llamado blue) y todas las idas y vueltas de
un gobierno al que se lo ve francamente desorientado. En cuanto a la energía,
se han consumido las reservas y se ha generado la necesidad de importar grandes
cantidades de combustibles líquidos y de gas; y últimamente directamente de
petróleo.
Mientras se ha
sostenido que el consumo eléctrico crece demasiado porque la gente compra y usa
aires acondicionados, desde las fuentes oficiales no se repara en el hecho de
que la gente compra esos equipos porque el consumo de electricidad ha sido muy
barato.
Ningún producto o
servicio al que se le fije un valor distinto al que la gente está dispuesta a
pagar por él, puede mantenerse en el mercado indefinidamente. Las distorsiones
surgen de inmediato, y se agravan con el tiempo. Y son ésas distorsiones las
que luego pretende corregir cada nueva oleada intervencionista, lo que da lugar a más
y más intervenciones. Hasta que toda la economía se encuentra controlada y
regulada y termina finalmente en un estallido, como ha ocurrido tantas veces en
la historia del mundo.
Los individuos en
una sociedad desarrollan iniciativas,
asumen riesgos, producen bienes y servicios. Especulan, ahorran, intentan
mejorar su condición social. Buscan lo
mejor para sus hijos. Intentan tener un mejor estándar de vida y “caminan” para
conseguir los mejores precios y la mejor calidad de todo lo que consumen. Cada
uno de nosotros intentamos lo mejor, el mejor sueldo, el menor precio, la mejor
calidad. Todo esto es obvio. Y no importa acá distinguir entre empresarios y
trabajadores, como suele hacerse de manera impropia. Todos Intentamos mejorar.
El Estado
intervencionista asume que todo funciona mal porque todo esto (y mucho más)
está regido por la mano del mercado, que produce distorsiones e injusticias. El
Estado intervencionista, entonces, dispone a través de los seres humanos que lo
conducen, producir efectos en el resto de los seres humanos que habitan ese
Estado. El supuesto es que los primeros son infinitamente buenos, creativos y
patrióticos, y que los segundos son esencialmente malos, avaros, oportunistas y
angurrientos. Puesta la realidad en
estos términos, uno no puede menos que sonreírse. Porque lo cierto es que todos somos humanos y
todos tenemos defectos y virtudes.
Y no vale la pena
ironizar respecto de que el Estado está a cargo de la clase política, y que es
ésta la que pretende dar lecciones de ética y equilibrio al resto de los
habitantes. ¡Especialmente en la
Argentina!
En estas horas
difíciles, la presidenta de la República ha optado por poner los resortes de la
economía en su conjunto, en manos de jóvenes que no demuestran ser
experimentados, pero que además, cuando deben explicar causas y efectos, se
detienen a agraviar, a acusar, y a descalificar a los empresarios, a los
banqueros, a la justicia neoyorkina, etc.
Todos y cada uno de
nosotros podemos ser tildados de culpables de que la cosa no funcione; la
inflación siga su carrera alocada, el dólar suba su precio de manera imparable
y así siguiendo. Pero la culpa es siempre de alguien más. Los gobernantes jamás
dirán que la culpa es de ellos. El cepo
cambiario no tiene nada que ver, es la gente que quiere los dólares pese a que
hay un cepo ¿se ha visto algo más absurdo?
Entonces el
intervencionismo va contra los bancos, contra las financieras, contra los
agentes de bolsa. Del mismo modo que antes fue contra las privatizadas, contra
los productores agropecuarios, contra las estaciones de servicio. Cualquiera puede caer en la volteada.
“Nadie es la
Patria, pero todos lo somos” decía Jorge Luis
Borges. Pero parece que nunca son nuestros gobernantes responsables de
las medidas que toman o dejan de tomar. Somos nosotros los responsables de que
el intervencionismo no funcione. No el intervencionismo. Somos nosotros los que
hacemos que el dólar suba. Nosotros los que no queremos los pesos. Nosotros los
que nos quejamos de una tasa de inflación que no es la que dice el INDEC:
Nosotros los que nos quejamos de gusto del impuesto a las ganancias a los
trabajadores. Y así siguiendo.
En las últimas dos
semanas, se ha avanzado con una “ley de abastecimiento” y con la penosa actitud
de acusar en público al presidente del Banco Central Juan Carlos Fábrega para
obligarlo a renunciar. Se ha avanzado nombrando en la institución señera de
nuestra moneda a una persona que se hizo notar acompañando al secretario
Guillermo Moreno en aquella embestida contra una asamblea del grupo Clarín que
el mismo Moreno, de manera patética, hizo filmar. Una persona que tiene como
audaz antecedente haber sumado el artículo 20 de la nueva ley de mercado de
capitales por medio del cual se faculta a cualquier accionista minoritario a
solicitar a la Comisión Nacional de Valores que intervenga el directorio de la
empresa por 180 días por presunción de irregularidades. Y siendo que en muchas
empresas el Estado tiene participación minoritaria luego de la confiscación de las
AFJP, la deducción es obvia: el Estado puede intervenir un montón de empresas
si así lo desea. A eso se suman las facultades que le otorga la ley de
abastecimiento al secretario de comercio, para hacer lo que desee si considera
que algo no anda bien. Incluso confiscar lo que haga falta.
El Banco Central ha
abandonado su función rectora. Su presidente es, en verdad, un apéndice del Poder Ejecutivo. El ministro de economía
es hoy cien veces más intervencionista que lo que era el Dr. Lavagna. Todo se
cierra, todo se controla.
Mientras tanto, la
economía se complica. La inflación aumenta, los salarios caen. La desocupación
aumenta. Cae la balanza comercial. Cae la balanza de pagos. El gasto público está descontrolado. La
importación de energía ronda los 15.000 millones de dólares anuales. El mercado
automotor está parado. El inmobiliario también.
Cae la producción
industrial, Brasil termina comprando trigo en EEUU, no se consiguen llantas
para los autos ni cartuchos para las impresoras. Faltan medicamentos importados. Se pierden
los mercados cárnicos, no se cumple la cuota Hilton con Europa. Hay que pedir autorización para comprar unos
pocos dólares. Se multiplican los
controles, las regulaciones, los permisos. Se revisan costos, precios,
utilidades, márgenes, cadenas de valor, sistemas de comercialización.
El deterioro es
evidente. La dependencia de cada uno de nosotros respecto de lo que el Estado
dice, es cada día mayor. La mayoría de las libertades individuales afronta hoy
algún tipo de restricción.
Basta que cada uno
de nosotros observe, con la mayor objetividad posible, cómo le ha ido a la
Argentina en los últimos años. Tomemos especialmente el período posterior a la
salida de la crisis devaluatoria de 2002. Arranquemos en 2006 y analicemos las
distintas variables. Fácilmente podremos comprobar el retroceso que viene
sufriendo la economía argentina; y también el aumento progresivo y cada vez más
elocuente del intervencionismo. La relación es directa. Más controles, más
prohibiciones, más restricciones; y al mismo tiempo baja de todas las variables
de la economía, casi sin excepción.
Todos estamos,
(cada día más) subordinados a lo que quiere y hace el Estado, como decía Von
Mises. Todos tenemos menos libre albedrío. Todos somos un poco más esclavos de
un imaginario pulgar que puede subir o bajar según como venga la mano. Nadie está
libre de ser la próxima víctima.
HÉCTOR BLAS
TRILLO
5 de octubre
de 2014
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