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lunes, 24 de noviembre de 2014

MÁS Y MÁS INTERVENCIONISMO 5/10/14

El Ágora
ECONOMÍA: MÁS Y MÁS INTERVENCIONISMO
El socialismo y el intervencionismo. Ambos tienen en común el objetivo de subordinar incondicionalmente el individuo al Estado. (Ludwig Von Mises)



El actual gobierno ha apostado desde sus albores a diversos grados de intervencionismo en la economía, con la aparente intención de corregir las injusticias que supuestamente produce el mercado en su funcionamiento libre.
Hemos manifestado en otras oportunidades, y lo hacemos una vez más ahora, que el intervencionismo como tal no resuelve los problemas sino que los agrava. Ello es así porque cualquier intervención implica una transferencia de ingresos de un sector a otro. El aliento de alguna actividad es el desaliento de alguna otra. Y porque esencialmente produce distorsiones al alterar el equilibrio que rige la actividad económica en su conjunto.
Durante la presidencia de Néstor Kirchner , su ministro Roberto Lavagna se cansó de repetir a los cuatro vientos que era necesario disciplinar a los distintos actores de la economía. En aquellos años se recurría a inflar el tipo de cambio sosteniéndolo con emisión de moneda, a llevar adelante acuerdos de precios que en realidad eran imposiciones, y a  aplicar impuestos crecientes a las exportaciones para de ese modo regular los precios en el mercado interno. Afirmar que es preciso imponer “disciplina” es un grotesco. Nadie es “indisciplinado” por vender las cosas al precio que se las pagan, y no es función de un ministro de un gobierno democrático aplicar sanciones disciplinarias al pueblo. Sin embargo, este tipo de afirmaciones han sido tomadas siempre con total ligereza incluso por toda la dirigencia. No estamos en un cuartel o en un internado.
Todos habremos de tener presente que el control del mercado de carnes derivó en cierres de exportaciones, lo que a su vez derivó en cierres de frigoríficos, lo que a su vez derivó en una baja del stock ganadero, lo que a su vez derivó en el encarecimiento del precio en el mostrador y en la desocupación de miles de personas que trabajaban en los muchos frigoríficos exportadores que debieron cerrar sus puertas. Algo parecido ha ocurrido en el mercado de lácteos y también en el triguero. Ni qué hablar lo ocurrido en el sector energético, donde los congelamientos de tarifas de combustibles llevaron al cierre de miles de estaciones de servicio.
Lo ocurrido con el mercado inmobiliario o con el automotor, por citar más ejemplos, es bien claro. El cepo cambiario derivó en una caída absoluta de las operaciones inmobiliarias, por el fallido intento de exigirle a la gente que opere en pesos. En el mercado automotor, dejando de lado la influencia de otros mercados como el brasileño, el retraso cambiario produjo un boom en la operatoria con autos denominados de alta gama, lo cual llevó a crear un absurdo impuesto diferencial  y finalmente a la crisis del sector, especialmente luego de la devaluación de enero pasado.
Analicemos brevemente el criterio intervencionista: cuando se pretende que un precio de cualquier producto debe ser más bajo que lo que fija el mercado, lo que ocurre es que el producto en cuestión tiende a agotarse; y también se generan las condiciones para que aparezca un mercado negro.  Podemos citar innúmeros ejemplos, pero nos centraremos sólo en dos: el dólar y la energía. El dólar tiene un precio oficial ridículamente bajo y como tal produce el mercado negro (ahora llamado blue) y todas las idas y vueltas de un gobierno al que se lo ve francamente desorientado. En cuanto a la energía, se han consumido las reservas y se ha generado la necesidad de importar grandes cantidades de combustibles líquidos y de gas; y últimamente directamente de petróleo.
Mientras se ha sostenido que el consumo eléctrico crece demasiado porque la gente compra y usa aires acondicionados, desde las fuentes oficiales no se repara en el hecho de que la gente compra esos equipos porque el consumo de electricidad ha sido muy barato.
Ningún producto o servicio al que se le fije un valor distinto al que la gente está dispuesta a pagar por él, puede mantenerse en el mercado indefinidamente. Las distorsiones surgen de inmediato, y se agravan con el tiempo. Y son ésas distorsiones las que luego pretende corregir cada nueva  oleada intervencionista, lo que da lugar a más y más intervenciones. Hasta que toda la economía se encuentra controlada y regulada y termina finalmente en un estallido, como ha ocurrido tantas veces en la historia del mundo.
Los individuos en una sociedad desarrollan  iniciativas, asumen riesgos, producen bienes y servicios. Especulan, ahorran, intentan mejorar su condición social.  Buscan lo mejor para sus hijos. Intentan tener un mejor estándar de vida y “caminan” para conseguir los mejores precios y la mejor calidad de todo lo que consumen. Cada uno de nosotros intentamos lo mejor, el mejor sueldo, el menor precio, la mejor calidad. Todo esto es obvio. Y no importa acá distinguir entre empresarios y trabajadores, como suele hacerse de manera impropia. Todos Intentamos mejorar.
El Estado intervencionista asume que todo funciona mal porque todo esto (y mucho más) está regido por la mano del mercado, que produce distorsiones e injusticias. El Estado intervencionista, entonces, dispone a través de los seres humanos que lo conducen, producir efectos en el resto de los seres humanos que habitan ese Estado. El supuesto es que los primeros son infinitamente buenos, creativos y patrióticos, y que los segundos son esencialmente malos, avaros, oportunistas y angurrientos.  Puesta la realidad en estos términos, uno no puede menos que sonreírse.  Porque lo cierto es que todos somos humanos y todos tenemos defectos y virtudes.
Y no vale la pena ironizar respecto de que el Estado está a cargo de la clase política, y que es ésta la que pretende dar lecciones de ética y equilibrio al resto de los habitantes.  ¡Especialmente en la Argentina!
En estas horas difíciles, la presidenta de la República ha optado por poner los resortes de la economía en su conjunto, en manos de jóvenes que no demuestran ser experimentados, pero que además, cuando deben explicar causas y efectos, se detienen a agraviar, a acusar, y a descalificar a los empresarios, a los banqueros, a la justicia neoyorkina, etc.
Todos y cada uno de nosotros podemos ser tildados de culpables de que la cosa no funcione; la inflación siga su carrera alocada, el dólar suba su precio de manera imparable y así siguiendo. Pero la culpa es siempre de alguien más. Los gobernantes jamás dirán que la culpa es de ellos.  El cepo cambiario no tiene nada que ver, es la gente que quiere los dólares pese a que hay un cepo ¿se ha visto algo más absurdo?
Entonces el intervencionismo va contra los bancos, contra las financieras, contra los agentes de bolsa. Del mismo modo que antes fue contra las privatizadas, contra los productores agropecuarios, contra las estaciones de servicio.  Cualquiera puede caer en la volteada.
“Nadie es la Patria, pero todos lo somos” decía Jorge Luis  Borges. Pero parece que nunca son nuestros gobernantes responsables de las medidas que toman o dejan de tomar. Somos nosotros los responsables de que el intervencionismo no funcione. No el intervencionismo. Somos nosotros los que hacemos que el dólar suba. Nosotros los que no queremos los pesos. Nosotros los que nos quejamos de una tasa de inflación que no es la que dice el INDEC: Nosotros los que nos quejamos de gusto del impuesto a las ganancias a los trabajadores. Y así siguiendo.
En las últimas dos semanas, se ha avanzado con una “ley de abastecimiento” y con la penosa actitud de acusar en público al presidente del Banco Central Juan Carlos Fábrega para obligarlo a renunciar. Se ha avanzado nombrando en la institución señera de nuestra moneda a una persona que se hizo notar acompañando al secretario Guillermo Moreno en aquella embestida contra una asamblea del grupo Clarín que el mismo Moreno, de manera patética, hizo filmar. Una persona que tiene como audaz antecedente haber sumado el artículo 20 de la nueva ley de mercado de capitales por medio del cual se faculta a cualquier accionista minoritario a solicitar a la Comisión Nacional de Valores que intervenga el directorio de la empresa por 180 días por presunción de irregularidades. Y siendo que en muchas empresas el Estado tiene participación minoritaria luego de la confiscación de las AFJP, la deducción es obvia: el Estado puede intervenir un montón de empresas si así lo desea. A eso se suman las facultades que le otorga la ley de abastecimiento al secretario de comercio, para hacer lo que desee si considera que algo no anda bien. Incluso confiscar lo que haga falta.
El Banco Central ha abandonado su función rectora. Su presidente es, en verdad, un apéndice  del Poder Ejecutivo. El ministro de economía es hoy cien veces más intervencionista que lo que era el Dr. Lavagna. Todo se cierra, todo se controla.
Mientras tanto, la economía se complica. La inflación aumenta, los salarios caen. La desocupación aumenta. Cae la balanza comercial. Cae la balanza de pagos.  El gasto público está descontrolado. La importación de energía ronda los 15.000 millones de dólares anuales. El mercado automotor está parado. El inmobiliario también.
Cae la producción industrial, Brasil termina comprando trigo en EEUU, no se consiguen llantas para los autos ni cartuchos para las impresoras.  Faltan medicamentos importados. Se pierden los mercados cárnicos, no se cumple la cuota Hilton con Europa.  Hay que pedir autorización para comprar unos pocos dólares.  Se multiplican los controles, las regulaciones, los permisos. Se revisan costos, precios, utilidades, márgenes, cadenas de valor, sistemas de comercialización.
El deterioro es evidente. La dependencia de cada uno de nosotros respecto de lo que el Estado dice, es cada día mayor. La mayoría de las libertades individuales afronta hoy algún tipo de restricción.
Basta que cada uno de nosotros observe, con la mayor objetividad posible, cómo le ha ido a la Argentina en los últimos años. Tomemos especialmente el período posterior a la salida de la crisis devaluatoria de 2002. Arranquemos en 2006 y analicemos las distintas variables. Fácilmente podremos comprobar el retroceso que viene sufriendo la economía argentina; y también el aumento progresivo y cada vez más elocuente del intervencionismo. La relación es directa. Más controles, más prohibiciones, más restricciones; y al mismo tiempo baja de todas las variables de la economía, casi sin excepción.
Todos estamos, (cada día más) subordinados a lo que quiere y hace el Estado, como decía Von Mises. Todos tenemos menos libre albedrío. Todos somos un poco más esclavos de un imaginario pulgar que puede subir o bajar según como venga la mano. Nadie está libre de ser la próxima víctima.



HÉCTOR BLAS TRILLO                                                                              5 de octubre de 2014

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