Segunda
Opinión
Nadie puede dudar hoy día que la economía está
teniendo serias dificultades.
Prácticamente no hay sector que no se encuentre en problemas y con una
tendencia bastante marcada hacia una peor situación.
Mientras la recesión se acentúa y
el tipo de cambio libre vuela por las nubes, las autoridades económicas parecen
estar viviendo en otro país, o tal vez en otra dimensión.
La política oficial ha sido hasta el
presente la de establecer restricciones
y controles de todo tipo y en abundancia. La idea central es aquella de que la
gente, el mercado en general, no está haciendo lo que el gobierno quiere que
haga y es, por lo tanto, necesario disciplinarlo, controlarlo y encauzarlo.
Todos podemos vislumbrar el resultado de tal enfoque. Pero siempre es bueno
hacer algunas precisiones.
La caída en las exportaciones y en
las importaciones en el último mes alcanzó porcentajes preocupantes. Casi un
12% en las primeras, y hasta un 20% en las segundas.
Las importaciones se retrajeron
como consecuencia de una menor actividad, y también como resultado de las
limitaciones y prohibiciones oficiales que operan cada día con mayor virulencia
sobre las empresas que requieren insumos provenientes del exterior.
Las exportaciones sufrieron
también, especialmente por la reticencia de los productores sojeros a
desprenderse de sus stocks, en parte por la caída del precio internacional de
la oleaginosa, y en buena medida por el excesivamente bajo precio del dólar que
el Estado nacional les paga.
En efecto, con la retención del 35%
que soportan los exportadores, un dólar de $ 8,40 al cambio oficial, termina
siendo abonado en $ 5,46. Si tenemos en cuenta que el billete en el mercado
denominado “contado con liquidación”, que está en el orden de los $ 14,80,
podemos comprobar fácilmente la magnitud del desfase.
Los discursos de Cristina Fernández
en la ONU dejaron un regusto bastante amargo en los mercados. El enojo supuesto
o real de la presidenta ante el mundo no parece ser buen consejero a la hora de
los negocios.
Ciertas comparaciones o
asociaciones, como por ejemplo aquella de que Alemania se hubiera puesto del
lado de los fondos denominados “buitre” no resulta alentadora para nadie. Y en
la misma dirección va también la comparación entre esos fondos y el terrorismo
del grupo denominado Estado Islámico. La evidente pérdida del sentido de las
proporciones siempre es una mala cosa, y debería ser rápidamente rectificada.
No esperamos que eso ocurra, desgraciadamente.
La obsesión del gobierno por
intentar frenar la corrida hacia el dólar tiene su lógica, porque la brecha
cambiaria obliga a revisar las expectativas y en definitiva la producción de
todos los sectores de la economía.
Muchos insumos ingresan al país a
través del “contado con liquidación” ante la premura y ante la necesidad de
dólares que el Banco Central niega.
El gobierno ha intentado responder
con la ley de abastecimiento, que más allá de su evidente inconstitucionalidad
tiene como finalidad obligar a los productores sojeros a desprenderse de su
stock mediante la amenaza de requisa, con argumentos francamente insólitos como
el del acaparamiento indebido. La
intención se magnifica cuando se sabe que los bancos oficiales están negando
créditos al campo para obligar por esa vía
a la venta de existencias para poder financiar la actividad presente y
futura.
A vuelapluma, podemos observar que
otros sectores, como por ejemplo el energético, tienen serias dificultades
debido a que los precios que se pagan por las unidades producidas siguen
estando lejos de los valores del mercado internacional. El aumento del precio
de los combustibles líquidos se ha hecho una constante desde que YPF fue
confiscada al grupo español Repsol. Con los precios de las naftas y del gasoil,
está intentando financiarse hasta donde es posible una mayor actividad
exploratoria por parte de la empresa ahora estatal. Pero no se vislumbra la
llegada masiva de dólares para invertir en la zona de Vaca Muerta ni en ningún
otro lado. La desconfianza y el tipo de cambio oficial desalientan cualquier
inversión.
A todo esto se suma la prohibición
de remesar utilidades, que abarca a toda la economía o casi.
Y por supuesto que no va mejor la
industria automotriz o el sector inmobiliario. Ni los planes “procreauto” ni el
eterno blanqueo de capitales para generar CEDINES han dado resultado.
El trigo, el maíz, los lácteos, la
carne, sufren también los estragos de una política económica que actúa mediante
prohibiciones, gabelas adicionales y leyes claramente violatorias del derecho
de propiedad.
HÉCTOR
BLAS TRILLO
Buenos Aires, 6 de setiembre de 2014
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