Contracorriente
LA RIQUEZA SE FORMA CON CAPITAL Y TRABAJO
“¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le haga sombra”. (Juan Bautista Alberdi)
Una y otra vez el intervencionismo estatal se encarga de complicar la vida económica de la gente. Los gobernantes insisten en trasladar los beneficios de quienes producen y se esfuerzan hacia quienes por diversas razones no lo hacen.
El estado natural de las cosas es el de la pobreza. Es el hombre con su esfuerzo e inventiva el que transforma ese estado en riqueza y progreso. No todos los seres humanos tienen la misma capacidad, la misma inteligencia, la misma inventiva o la misma intrepidez. Pero quienes tienen condiciones para crear, producir, inventar y avanzar deben tener el campo libre para poder hacerlo Y ese campo libre sólo es posible en un Estado de Derecho en el que se respetan los derechos y garantías básicos que todo ser humano debe poseer. En el caso argentino tales derechos están plasmados en la primera parte de la Constitución Nacional.
Cuando el estado obliga a unos a pagarles a otros lo único que consigue es desalentar al que produce y estimular a quien no lo hace. Todo esto es de Perogrullo, pero parece imprescindible tener que repetirlo una y otra vez, como en “La invención de Morel” donde Bioy Casares plantea la idea del eterno regreso.
Pero aún así conviene avanzar un poco más en esto. Nunca parece ser suficiente, pese a que son más que palpables los desbarajustes que produce el intervencionismo.
No se trata únicamente de la presión tributaria para sostener subsidios y planes de ayuda. No se trata solamente de la llamada “progresividad” que obliga a pagar a quien tiene más éxito un porcentaje superior en concepto de impuestos. No. También se trata de los controles de precios, de los precios máximos, de los congelamientos y hasta de los “acuerdos” de precios. Los cuerdos, como todo el mundo sabe, sólo son posibles entre pares, y un Estado que puede aplicar leyes y poder de policía sobre los habitantes, está bastante por encima de cualquier cámara empresaria o grupo de presión, el que fuere. Por eso las comillas.
Los congelamientos de precios lo que hacen es subsidiar a los consumidores a costa de la ganancia de los proveedores. A esto se suma la tasa de inflación, que es la consecuencia de la devaluación de la moneda que produce el hecho de que el Estado emite dinero sin respaldo alguno.
Normalmente los políticos culpan a los comerciantes, a los empresarios, a los “formadores de precios” de los desastres que producen. Son los políticos los que devalúan la moneda gastando más de lo que se puede y cubriendo tal gasto con emisión espuria de billetes.
Suele tener buena prensa culpar al comerciante, al supermercadista, a los “especuladores” o, como se decía en los años 50, a los “agiotistas”.
Piénsese sólo por un momento que en los años de la llamada convertibilidad, todos los especuladores, agiotistas, vivillos, arribistas y demás deudos según la calificación a que la política nos tiene acostumbrados, habían desaparecido. No había entonces “cadena de distribución” ni “intermediación parasitaria”, ni especuladores ni nada. En realidad siempre hubo de todo, porque el ser humano es así acá y en Groenlandia. Lo que ocurre es que cuando el país se maneja con una moneda estable, el efecto de la carrera contra la inflación desaparece. Y si la distribución o la intermediación son malas o caras, eso incide en los precios, pero no en el aumento constante de ellos.
Los políticos intervienen en los mercados para tratar de evitar las consecuencias de la intervención que ellos mismos llevan adelante. Un ejemplo real y bien reciente es la nueva intervención en el mercado de alquileres. O también en la llamada “doble indemnización” o la prohibición de los despidos. La realidad es que los propietarios retiran sus ofertas de alquiler, y las empresas quiebran. Todo ello obviamente afecta los precios. Se ofrecen menos productos, ergo suben los precios. Y por supuesto nadie está dispuesto a invertir en estas condiciones.
Pero esta gente sigue pensando que eso no debe ser así. Como de todos modos lo es, el intervencionismo avanza hacia la estatización. Supone que así sí. Supone que podrá hacer el Estado lo que no hacen los particulares, luego de que éstos últimos quiebran o retiran sus inversiones.
Todo el mundo sabe qué ocurre cuando el Estado se hace cargo. Hemos visto lo que ocurría con la telefonía, con los ferrocarriles, con la electricidad, con lo que sea. El final de todos estos juegos es inexorable.
Nuestro país ha desarrollado desde los años 40 infinidad de sistemas de ayuda y subsidio. Hoy mismo más de la mitad de la población recibe alguna forma de ayuda estatal. Planes, asignaciones, ayudas de emergencia. Subsidio al transporte, congelamiento de tarifas, tarifas “sociales”, boletos escolares, descuento en transportes para gente grande, boletos a precios irrisorios para el resto de la población en trenes, colectivos y subtes. Existe todo tipo de planes de ayuda, muchos superpuestos. Muchos nacionales, pero también provinciales y municipales. Y sin embargo la Argentina se ha venido abajo en materia económica desde hace por lo menos 70 años. Y la caída sigue, ayudada ahora por una desgracia como es la pandemia de coronavirus.
Y un comentario final que no por obvio deja de ser elocuente: los billetes no son riqueza. La riqueza son los bienes y los servicios. Y no mejora la calidad de vida ni el ingreso per cápita si no aumentan las inversiones y el capital per cápita. La razón por la cual un obrero en EEUU o Europa gana un salario mucho mayor incluso que un profesional en la Argentina es la acumulación de capital per cápita. Y por supuesto la productividad, es decir, el mejor uso que se le da a ese capital. En la Argentina, la burocracia, la inflación y los impuestos hacen que la productividad sea bajísima. Y la inversión también, por las razones apuntadas.
HÉCTOR BLAS TRILLO Buenos Aires, 23 de enero de 2021
No hay comentarios.:
Publicar un comentario